Portada del relato Las fauces del fondo
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Fragmento:


Eso encendió un murmullo que pronto se convirtió en histeria contenida. Martín apenas pudo oír la explosión de una de las alarmas exteriores, un aullido sostenido y espeluznante, antes de que todo se sumiera en una penumbra sin fin. Se cortó la luz y sólo la linterna de Martín permaneció lúcida, iluminando los rostros desencajados de sus vecinos.

Duración: 08:57

Las fauces del fondo
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Texto de ajuste de pausa.

La niebla llegó una noche de junio, arrojándose sobre la ciudad portuaria como una criatura enferma, expandiéndose desde el mar con un chillido que sólo las almas cansadas fueron capaces de escuchar. Desde hacía tres semanas, el pero del mar había mutado. Nunca azul, pero sí ahora una franja de negrura insólita que devoraba las luces de los barcos, engulléndolos en cuanto sus cascos rozaban la espesura de esa línea de agua extraña. Por las mañanas, algunos marineros aparecían en la costa, mudos, encorvados, los ojos lechosos, las bocas resecas como si acabaran de gritar hasta romperse. Nadie preguntaba por ellos abiertamente. Los recogían en camiones sin distintivos, y el aterrador sonido de los motores, al alejarse, se mezclaba con el rumor antiguo del océano que nunca dormía demasiado en paz.

La alarma general llegó una madrugada, justo cuando el reloj de la iglesia marcaba las tres. Los altavoces del puerto comenzaron una letanía distorsionada, órdenes bien articuladas llenas de miedo disfrazado de urgencia. Nadie debía salir. Nadie debía mirar por la ventana. Nadie debía escuchar tanto tiempo a la neblina. Los locutores trataban de modular la voz, pero la tensión les agrietaba la entonación.

Martín era uno de los pocos que recordaban cómo era el mar antes de esa neblina insurgente. Había llegado a la ciudad tres años atrás, después de perder todo en el sur, y se ganaba la vida transportando cajas en la terminal de carga. Esa noche de la alarma, se encontraba en su habitación de alquiler, una suerte de caja blanca con una cama y un ventanuco. Oía el estruendo de los barcos tratando de abandonar el dique, el bramido de los motores lanzando agua en vano contra lo desconocido. Detrás de esas paredes finísimas como papel, sentía la inmensidad de lo inexplicable pulsando, aguardando.

Cerca de la medianoche, alguien empezó a golpear su puerta. Era Sofía, la encargada del piso, una mujer de cuarenta años, con el semblante demacrado y un abrigo puesto encima del pijama.

"Hay que bajar al refugio", dijo apresurada. "Trae algo de comida si tienes."

Martín recogió una lata de alubias y una linterna. El corredor estaba lleno de pasos ansiosos. Nadie preguntó a nadie a dónde iban, como si todos hubieran concertado en silencio que el refugio bajo el edificio sería su única oportunidad de resistir esa noche. Cuando Martín bajó las escaleras, entre pasos torpes y gemidos ahogados, pensó en el sonido, ese ulular de la niebla, un silbido grave, profundo y caliente, que se colaba incluso por las rendijas de la piel. Lo llamaban “el canto”. Los viejos decían que era la llamada de lo que había más allá del abismo, de algo que la humanidad había ignorado durante siglos, creyéndose eterna y a salvo.

En el refugio, unos veinte vecinos se sentaron en círculo, mirando al suelo. Martin notó que muchos temblaban y algunos lloraban en silencio, como si ya hubiera ocurrido lo peor. Afuera, la niebla no dejaba de golpear las paredes con dedos de hielo. Nadie se atrevía a encender la radio.

Fue en ese momento cuando el estruendo llegó. No era un temblor, tampoco una tormenta común. Era como si la tierra se agitara bajo el choque de algo gigantesco… el crujir de metal, el gemido de rocas partiéndose. Se escuchó el derrumbe de los contenedores del puerto, el guijarro de los edificios cercanos desmoronándose en jirones.

"¿Lo escuchan?", susurró Sofía, pálida, "están aquí".

Eso encendió un murmullo que pronto se convirtió en histeria contenida. Martín apenas pudo oír la explosión de una de las alarmas exteriores, un aullido sostenido y espeluznante, antes de que todo se sumiera en una penumbra sin fin. Se cortó la luz y sólo la linterna de Martín permaneció lúcida, iluminando los rostros desencajados de sus vecinos.

Había otro sonido, más oscuro, reverberante, como un jadeo ancestral, como si el abismo mismo exhalara vida. Martín dio un paso hacia la puerta del refugio. Nadie lo detuvo. Nadie parecía respirar.

Abrió una rendija. El aire estaba inmóvil y congelado, la niebla densísima en el pasillo. No podía distinguir más allá de dos metros. Sin embargo, en el silencio, adivinó una presencia, un baluarte monumental que se movía más lento que el pensamiento.

Regresó con los demás. "No salgamos", murmuró. A esas alturas, ya nadie tenía fuerzas para discutirlo.

Horas después ―o quizás sólo minutos, porque el tiempo dejó de obedecer la lógica― el primer rugido llenó la noche. No era un sonido animal. Era la voz de una fuerza tan antigua como la existencia misma, el anuncio decidido de que los límites del mundo se habían rasgado. Seguido al rugido, una presión inenarrable. Algunos sangraron por la nariz y los oídos, otros simplemente cayeron desmayados. Martín permaneció en pie, tenso, con las uñas heridas contra el mango de la linterna, presintiendo que cualquier movimiento sería su final.

Entonces, la puerta del refugio tembló con golpes, y las paredes comenzaron a gotear agua salada. Olor a algas y a sangre primigenia. Afuera, los sonidos se multiplicaban: el caminar de columnas ciclópeas en el asfalto, el crujir de acero y ladrillo, el repiqueteo de garras enormes.

Alguien gritó que corrieran, pero era inútil. No había a dónde huir. Los que intentaron abrir la salida quedaron enfrentados al vacío de la niebla, y apenas asomaron, una sombra los envolvió, deshaciéndolos en un chasquido de humo.

Pronto, escucharon otra cosa: el crujido del asfalto cuando algo monstruoso se erguía por encima del nivel del mar, la reverberación de cientos, miles de patas sumergidas o tentáculos. Los científicos del puerto lo llamarían luego “evento de emergencia abisal”, pero para ellos significó que el mundo conocido estaba terminado.

Martín miró a Sofía, que se acurrucaba a su lado, los ojos desencajados.

“No salgas”, susurró ella. “No los mires. No respires fuerte.”

Había historias heredadas de los tiempos en que el mar era un pozo inexplorado, cuando las ciudades se alzaban lejos de la costa por temor a lo que habitaba abajo. Siempre hubo monstruos, pero nunca habían salido juntos. No hasta esa noche.

Cerca del amanecer, otro temblor sacudió el suelo. La niebla se retiró un poco, sólo lo suficiente para que las siluetas fueran visibles en la distancia. Por la rendija, Martín vio la sombra colosal de una forma que era y no era animal: un encaje orgánico de tentáculos, ojos abisales, cientos de bocas abiertas y vacías. Junto a ella, caminaba otra cosa, descomunal y segmentada, con pinzas trituradoras y el lomo cubierto de corales sangrantes. Se arrastraban vigilando, explorando, preñando el aire de una inteligencia antigua.

Martín comprendió lo que aquello significaba. No era una cacería ni una casualidad: era una invasión. El abismo se hartó de su exilio, reclamando la tierra que les fue arrebatada.

Martín perdió la cuenta de los días que pasó bajo tierra. Afuera, el mundo era rehacido, moldeado y destruido cada ciclo. La ciudad se convirtió en un monumento de ruinas blancas y torres de sal. De cuando en cuando, a través de la puerta, escuchaba los ritos de aquellos monstruos del abismo: su danza en el asfalto, el eco lejano de sus gritos arrastrados por el viento. Nadie más intentó escapar.

Una mañana, el silencio fue absoluto. La niebla desapareció tan abruptamente como había llegado. Martín y los cinco sobrevivientes salieron a la luz difusa, trémulos, cubriéndose los ojos. Las casas ya no estaban, el puerto era sólo escombros y el mar se había mezclado con la ciudad, subiendo calles y escaleras, dejando un tapiz de criaturas muertas y vegetación luminiscente.

Del horizonte surgieron figuras humanas, cubiertas de lamelibranquios y pústulas, los ojos carcomidos pero aún en movimiento. Y, en la lejanía, los monstruos abisales se retiraban, arrastrando tras ellos franjas de tierra, como si prepararan el camino para más, para un éxodo que no terminaría hasta que el fondo y la superficie fueran, al fin, uno solo. Martín entendió, entonces, que la invasión no se trataba solo de conquistar, sino de convocar, de fundir a la humanidad en una amalgama anfibia, un experimento arrancado de la conciencia de los abismos.

El mar sería ahora su refugio, su condena y su dueña. Martín sintió el frío en las piernas y el salitre trepando por la piel. El mar, y lo que había traído consigo, no se irían jamás. El abismo sólo había pedido lo que era suyo, y en su reclamación, los monstruos sólo fueron heraldos.

No hubo rescate. No hubo futuro.

Solo la promesa de una vigilia perpetua bajo el canto de la niebla.

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