Fragmento:
Descendimos al anochecer. Miller murmuraba oraciones, su voz fundiéndose con el rumor del viento que ascendía desde la caverna. Apenas habíamos andado unos veinte pasos bajo la tierra cuando la luminosidad de la boca quedó atrás, y la negrura nos envolvió en su mortaja. Encendimos las linternas. El aire sabía a hierro viejo y humedad; pesaba en los pulmones, como si cada inspiración proviniera de una atmósfera de tumbas.
Duración: 09:55
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Hace frío en las profundidades, un frío que no proviene del clima ni del viento, sino de aquello que no pertenece a este mundo y acecha bajo tierra. Yacen bajo colinas remotas las bocas de antiguos pasajes, traicioneras fronteras más allá de las cuales la naturaleza misma cede el paso a lo antinatural. Nunca he sabido si la curiosidad que me llevó a explorar uno de tales lugares fue auténtica o si, de algún modo, descendía de una antigua maldición de mi linaje. Cayó sobre mi espíritu en el otoño de 1884, en el condado de Humboldt, Nevada, donde rocas amarillas y grises, partidas por innúmeros desmoronamientos, marcan la tierra como cicatrices de un accidente ancestral.
En la aldea polvorienta en la que por entonces me encontraba, la superstición era más honda y auténtica que la religión; se hablaba en voz baja, al caer la noche, de las “bocas que silban”, de pozos que engullían animales e incluso hombres. Las viejas leyendas indias advertían sobre esas simas —moradas de “aquello que no debe ser visto ni nombrado”—, pero oídos modernos pronto aprendieron a desdeñar tales cosas.
Yo, por mi parte, menosprecié las advertencias, atribuyéndolas al alcohol, la soledad y los retazos de culpabilidad que todo hombre arrastra consigo en las noches en que el silencio se convierte en juez y jurado. Sin embargo, nadie pudo detallar con precisión el paradero de una cueva concreta: la llamada “Cueva de los Lamentos”, cuya fama antigua de devorar a los necios la transformó en un mito local.
El alcohol y mi propia soledad me animaron a buscar aquella sima prohibida. Me acompañó el viejo Miller, un minero jubilado cuyos ojos, velados por el polvo y la experiencia, parecían haber visto horrores inenarrables. Salimos del pueblo al amanecer, armados solo con linternas de queroseno, cuerdas, un revólver —ese talismán inútil contra el horror irreal— y víveres escasos. Miller mascullaba que era mejor llevar sal, por si “lo Otro” se mostraba hambriento.
Caminamos horas por parajes desolados. Crujían bajo nuestras botas fragmentos de hueso y sílex. Al final del día, cuando el horizonte sangraba en luces violetas, encontramos lo que buscábamos: una abertura negra, cuyas fauces parecían supurar un aliento gélido, un rechinar de la respiración de la tierra. Los matorrales circundantes se habían marchitado, y el zumbido de insectos moría abruptamente a pocos pasos de aquella boca oscura.
Descendimos al anochecer. Miller murmuraba oraciones, su voz fundiéndose con el rumor del viento que ascendía desde la caverna. Apenas habíamos andado unos veinte pasos bajo la tierra cuando la luminosidad de la boca quedó atrás, y la negrura nos envolvió en su mortaja. Encendimos las linternas. El aire sabía a hierro viejo y humedad; pesaba en los pulmones, como si cada inspiración proviniera de una atmósfera de tumbas.
El túnel se torcía, deslizándose en espiral por debajo de la roca. Al rato, se ensanchó en una cámara abovedada. Estalactitas y estalagmitas, reluciendo en la luz titilante, resultaban perversamente semejantes a colmillos dispuestos a engullirnos. Recorrimos la galería, atentos a cada eco, el tufo rancio de la oscuridad reforzando la superstición de que los ruidos procedían de algo más que nuestros pasos.
En uno de esos recodos la encontramos: una huella antinatural, una marca en la roca, como hecha por garras enormes. Miller retrocedió, encendiendo otra lámpara con manos temblorosas. “Algo vive aquí”, murmuró, provocando que la temperatura descendiera aún más en la cueva. En otro tiempo me habría reído; ahora solo temblaba.
Avanzamos, envalentonados por la promesa de un descubrimiento inaudito o la recompensa de risas incrédulas al regresar al pueblo. Pronto nos sorprendió otra cámara, oblonga y atestada por montículos de tierra removida. Al acercarnos, atisbamos pálidas y vacías calaveras humanas, dispuestas en macabro orden, como si honrasen un altar arcaico.
Miller susurró: “Podemos volver... nadie se reiría si decimos que no era seguro”. Pero el orgullo siempre ha sido un terrible consejero, y quise explorar una abertura más estrecha a la derecha. Allí, los suelos presentaban surcos recientes, garfios profundos como los haría una garra monstruosa. El temor nos dominó, pero avancé, casi arrastrando a mi renuente compañero.
El pasaje derivó en un conducto tan bajo que debimos arrastrarnos a gatas, la roca desgarrando nuestras ropas y nuestra carne. El frío se transformaba en dolor y la sensación de ser observado crecía hasta convertirse en un peso insoportable. No hablábamos; el miedo había devorado nuestras palabras.
Llegamos, finalmente, a una criptica sala circular, donde el techo apenas permitía incorporarse. En el centro, como la respuesta a un ritual invocado por la eternidad, se hallaba una figura contrahecha. No era humana, aunque su silueta recordaba vagamente a los monstruos de las pesadillas infantiles: largo torso escamado, brazos desmesurados rematados en garras y una cabeza de carnero desollado, con fauces repulsivas y ojos de caverna. Su piel reflejaba la luz de las lámparas con un brillo aceitoso, como la de una criatura nacida del fango primordial.
La criatura dormitaba o fingía dormir. El terror nos ancló al suelo, paralizándonos. Sólo el débil quejido de Miller me devolvió a la razón. Pero la razón no es rival para la desesperación: sin saber cómo, alcancé el revólver y disparé. El estruendo retumbó en la roca, y la criatura abrió uno de sus ojos abisales, negro e inabarcable como una noche sin luna.
En aquel momento, comprendí al fin el horror inherente al corazón de la cueva. Caí de rodillas, presa de convulsiones, mientras Miller intentaba arrastrarme fuera del círculo nefasto. La criatura se irguió, sus extremidades desarticuladas balanceándose con un ritmo antinatural y su boca desencajándose en un grito sin sonido, tan atroz que el alma humana solo puede vislumbrar en sus peores pesadillas.
El aire se tornó repentinamente más denso y opresivo. Sentí como si la cueva misma estuviese a punto de colapsar, como si la entrada al infierno se hubiera abierto ante nosotros. La criatura se despegó del suelo con un movimiento inhumano y se nos aproximó con velocidad imposible. En ese instante, la luz de mi lámpara titiló y casi se apagó.
Corrimos. En realidad, huimos a ciegas, tropezando y desgarrándonos en la oscuridad. Miller gritaba, pero yo solo escuchaba el latido frenético de mi corazón y el crescendo atroz de un sonido húmedo y arrastrado, como si mil serpientes gigantescas nos siguieran. El pasaje parecía interminable. Nos golpeábamos contra las paredes, nos arrastrábamos por el túnel que nos había traído hasta allí.
Miller jadeaba. “¡Me toca! ¡Me toca!”, chillaba, y de su garganta brotó un estertor pavoroso cuando algo invisible tiró de su pierna. Giré justo a tiempo para ver una sombra, mucho más oscura que la propia tiniebla, arrastrar a mi compañero lejos, hacia la cámara cereal. Oí el crujido de huesos y un grito cuya resonancia permanece aún grabada en mi memoria.
Seguí huyendo —ya sin lámpara, con la locura afilada como la roca bajo mis pies. No sabría decir cuánto duró mi huida. El túnel pareció estrecharse y ensancharse con vida propia, como si la cueva se deleitase en mi desesperación. Al final, caí de bruces, exhausto, en el vestíbulo iluminado por una débil luz lunar. Tropecé hacia el exterior, sin atreverme a voltear la mirada hacia la boca negra detrás de mí.
Amanecía cuando volví a mirar atrás. La boca de la cueva seguía allí, imperturbable, como si la noche anterior hubiera sido un sueño febril alimentado por el mal alcohol y el aislamiento. Volví al pueblo arrastrándome, cubierto de tierra, sangre seca y el hedor de lo indecible.
Durante semanas estuve febril, presa de terrores nocturnos y el eco de aquel grito que no era completamente humano. En ocasiones, en medio del insomnio, el susurro frío y húmedo de la cueva volvía a buscarme, trayendo consigo el olor a hierro y fango, el retumbar de pasos inhumanos y el gemido de quienes nunca regresaron. Nadie creyó mi relato; no sería un paria ni siquiera si me juzgaran loco, pues nadie se atrevió a interrogarme mucho.
A lo largo de los años he sabido de más desapariciones. Siempre alguien demasiado curioso, o tan solitario como yo era entonces, se aventura hacia el norte, hacia las colinas que devoran la luz y el espíritu. Los indios aún dejan sus ofrendas en la boca de la sima —hierbas, fetiches, huesos— y no permiten a los niños jugar cerca de sus inmediaciones.
Algunas noches, cuando el viento sopla del oeste, ese mismo gemido que emergía de la sombra de lo impío resuena en la aldea, y los perros aúllan lastimeros y los ancianos rezan palabras que languidecen en lenguas olvidadas. Entonces, en el borde del sueño, sé que aquello que duerme en las profundidades de la tierra aún aguarda, paciente e inmortal, alimentándose de la memoria de los hombres y del horror que siembra en los corazones de los curiosos.
Ahora, viejo y exhausto, escribo esto para advertir a los próximos. La cueva existe aún, tan real y cierta como su guardián. Bajo colinas sin nombre, lejos de las miradas de la civilización, un monstruo de antiguos tiempos aguarda. Nunca desciendas en busca de lo que no entiende el corazón; hay horrores que solo encuentran libertad cuando son nombrados, y criaturas que, en vez de esconderse del hombre, simplemente aguardan, soñando en lo profundo, al acecho de quien encienda una lámpara en la noche de la sima prohibida.
No espero ser creído. Solo busco que, cuando los gallos canten y las mujeres tiriten junto al fuego, recuerden que la tierra aún guarda secretos. Y que, por cada pregunta que uno le arranque a la oscuridad, el precio nunca es menos que el alma misma.
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