Portada del relato La transmisión prohibida
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Fragmento:


Acepté y firmé el ridículo acuerdo legal. El verdadero miedo comenzó mucho después de la tarta nupcial, cuando el alcohol y el cansancio vuelven las sonrisas de los invitados cada vez más rígidas.

Duración: 09:07

La transmisión prohibida
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Texto de ajuste de pausa.

Me llamo Beatriz Sánchez y mi canal de YouTube tenía setecientos mil suscriptores antes de aquella boda. No lo digo con orgullo, sino con un temblor glacial, pues fue allí, la noche en que grabé la boda de Cristina y David, donde descubrí lo que significa realmente ser observado por el horror.

Todo comenzó con un patrocinio sencillo: vídeos de eventos personales para alimentar la sección “Viviendo contigo”, una serie donde documentaba celebraciones, primeras veces y rituales sociales a pedido de mis seguidores. La boda, celebrada en una masía del siglo XVII cerca de Sitges, prometía todos los componentes virales: una pareja bella, familia inquietantemente bien vestida, y una ubicación que sería la envidia de cualquier influencer.

Sin embargo, sellé mi condena cuando acepté las dos condiciones que David, el novio, puso durante la reunión previa al evento: “Graba todo, pero no dejes de filmar, pase lo que pase. Y, al caer la medianoche, no dirijas la cámara al jardín trasero hasta que te lo indiquemos.”

Acepté y firmé el ridículo acuerdo legal. El verdadero miedo comenzó mucho después de la tarta nupcial, cuando el alcohol y el cansancio vuelven las sonrisas de los invitados cada vez más rígidas.

La tarde transcurrió embriagada por drones zumbando, flashes, y los deseos de los seguidores enviando superchats en tiempo real. Mis moderadores bromeaban en el chat mientras yo atravesaba la sala, cámara en mano, filmando a los viejos de la familia mezclando su gin tonic con risitas nerviosas. Pero algo era distinto. No era sólo que los invitados rehuían el jardín trasero, siempre con un ojo ahí, como si al otro lado de los setos pudiera materializarse algo de su infancia.

Las luces del atardecer eran preciosas, sí, pero había algo en el aire: una tensión de expectativa, una impaciencia por la llegada de la medianoche. Cristina, con su velo de encaje, parecía el azafrán en una bandeja; radiante, pero también, en cierto modo, al límite de sus nervios. “Todo cambiará a las doce”, me susurró en un momento en la cocina, apartada de miradas. “No estoy segura de que haya querido esto.”

No tuve ocasión de preguntarle a qué se refería porque alguien gritó “¡Fotos del ramo!”, y una horda de tías y primas invadió la escena, riendo, bebiendo, tirando del vestido.

Finalmente, llegó la medianoche.

Las campanadas del pequeño reloj antiguo de la masía templaron la sala como el tintineo de una copa de cristal aporreada con una cuchara. El chat de mi directo se llenó de mensajes: “¿Qué pasa ahora?”, “¿Por qué tanta tensión?”, “¿Alguien más siente un escalofrío?”. La audiencia, alimentada por los rumores previos —yo había dejado caer en la semana previa que habría “algo especial”—, estaba al borde de la histeria colectiva.

Entonces, David apareció a mi lado. “Ahora sí, ven conmigo.” Su voz resultó tan calmada que era terrorífica en sí misma. Me llevó al jardín trasero, protegiéndome del público de la boda como si ambos fuéramos infractores, y me indicó dónde filmar con un movimiento imperioso.

El jardín era frío, y la niebla reptaba entre los setos. Nadie nos siguió. Tuve que insistir para que el técnico de sonido viniera conmigo, con la excusa de un fallo en la petaca del micro, aunque en su mirada leí el miedo genuino de quien se adentra en un pasaje prohibido.

La luna llena se filtraba entre las ramas. Cuando encendí la luz de la cámara, la pantalla se llenó de pequeñas motas de polvo. Se me ocurrió que quizás eran reflejos, pero la imagen se agitaba más de lo normal. David me miró, con la calma de quien ya ha aceptado su destino.

“Graba. Mira.” Extendió el móvil y, con una aplicación propia (según él), activó una melodía ceremonial. Noté un sonido bajo, casi vibratorio, que atravesó la atmósfera. De entre los setos deshilachados, como si hubieran estado allí desde siempre, emergieron tres siluetas: altísimas, delgadas, con rostros cubiertos por máscaras de porcelana. No sé cómo lo supe, pero aquellas figuras no eran humanos.

Cristina apareció tras ellos, caminando a paso lento, el velo vibrando como ahogado por un viento invisible. Ella estaba de espaldas, y no giró la cabeza hasta que David no se arrodilló, tembloroso, ante los tres seres. El chat enloqueció: emoticonos horrorizados, mensajes bloqueados, amenazas de cancelar la suscripción. Pero yo no podía dejar de filmar.

Las figuras extendieron sus largos brazos y, una a una, tomaron las manos de David y Cristina, quienes, aún de rodillas, parecían haber perdido la voluntad. Se escuchó un canto gutural, inhumano, algo más allá del latín, del griego, del sentido.

Entonces, de pronto, uno de los monstruos —pues ya puedo nombrarlos así— alzó la cabeza y su máscara mostró una grieta: el ojo que había detrás era una masa roja, palpitante, abriéndose como una segunda boca. Me enfrenté a la certeza de que aquello que estaban invocando era un pacto, una unión no sólo matrimonial, sino de pertenencia para siempre. No por amor, sino por sobrevivir a ellos.

De la nada, todos los invitados surgieron tras nosotros, en silencio absoluto, como sedados, observando el rito con indiferencia. La cámara temblaba en mis manos, pero seguía grabando. Uno de los monstruos giró su rostro hacia el objetivo. Sentí la mirada, una garra psicológica, un ancla en mi mente. Todos los dispositivos electrónicos colapsaron al instante: audio crepitando, pantalla a negro. Pero mi cámara, ajustada con precaución para no depender de la wifi, siguió filmando.

Fue entonces cuando Cristina gritó. Gritó con una voz que arrastraba a todas las niñas de su linaje, un terror ancestral. David intentó abrazarla, pero los monstruos los rodearon, y la niebla se cerró sobre ellos como una sábana húmeda.

Durante un segundo fugaz, la piel de Cristina y de David se tornó traslúcida. Pude reconocer en ellos brevemente las mismas grietas que recorrían las máscaras de los monstruos. De sus bocas abiertas brotaban palabras que nunca grabó mi audio, pero que cada noche desde entonces susurran en mis sueños: “No nos olvides, Beatriz. Tú eres la próxima.”

La cámara cayó de mis manos. En ese instante, la niebla se disipó de golpe y el jardín estaba vacío. No quedaba rastro de nadie, ni de Cristina ni de David, ni de los monstruos ni de los cien invitados. El reloj grande de la masía mostraba las doce y diez. Todo el mundo había desaparecido. El directo en YouTube se cortó. Durante horas erré sola por la casa, incapaz de razonar lo ocurrido.

A la mañana siguiente, las autoridades sólo encontraron mis grabaciones, mi equipo y mi declaración incoherente. Nadie tenía registro de la boda: ni lista de invitados, ni papeles. La masía se ofrecía a nuevos clientes, como una página en blanco, los trabajadores alegaban ignorancia.

El vídeo no pudo ser recuperado por nadie. YouTube me suspendió la cuenta por “contenido inadecuado y peligroso”, aunque recibí durante semanas mensajes automáticos de aquel directo: “El chat sigue abierto”, “La transmisión continúa”. Cuando intenté acceder por enlaces ocultos, solo vi un parpadeo de la imagen: la máscara rota, el ojo palpitante, y la voz grabada al borde de la comprensión. “No nos olvides, Beatriz. Tú eres la próxima.”

Intenté rehacer mi vida. Cambié de país, de trabajo, de nombre. Pero cada vez que una pareja sonríe ante una cámara o escucho el tintineo de un vaso y una cuchara, siento la presencia de aquellos seres, sus máscaras reflejadas en los espejos, las grietas que acechan en la porcelana y en mi propio rostro al despertar.

Una vez, en París, alguien me detuvo en la calle: “¿No eres Beatriz de ‘Viviendo contigo’? ¿Fuiste a la boda de Sitges?” Era un espectador joven, con la mirada perspicaz de quien ha visto demasiado en Internet. Le negué, pero él sonrió de lado y dijo: “¿Sabes que ese directo nunca terminó? El chat aún tiene gente. Gente que dice que ve cosas… detrás de ti.”

Sólo entonces entendí que hay transmisiones que nunca terminan. Un monstruo no vive sólo en los cementerios, en los cuentos de viejas. Puede residir perfectamente entre los píxeles de un streaming, en los comentarios de una boda transmitida a medianoche, en la promesa de no dejar de grabar.

Y mientras tanto, allá afuera, uno de los monstruos clásicos —con su máscara de porcelana y su ojo rojo palpitante— espera. Bajo el disfraz de una promesa. Bajo el ritual de una boda. Bajo el manto de la viralidad.

Ahora, mientras escribo estas líneas para ti, susurro lo que he aprendido: Apaga la cámara antes de la medianoche. No mires nunca demasiado tiempo al ojo de la pantalla. Porque, créeme, hay gritos que sólo pueden oírse cuando un botón rojo permanece encendido —y hay monstruos que sólo pueden llegar a ti a través de un directo sin fin.

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