Fragmento:
Había regresado tarde del hospital: trabajo en la sala de urgencias, aunque lo que he visto allí, por horrible, no se le puede comparar con nada de lo que relataré ahora. Mi departamento me recibió con la oscuridad agazapada en cada rincón, con solo mi linterna alumbrando el camino. Se sentía, en ese instante, como cruzar el umbral de una cueva donde algo, no muy lejos, acababa de moverse.
Duración: 10:52
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Hace años que no duermo bien. Las ventanas traquetean y murmuran detrás de la cortina goteada de humedad; las noches parecen hincharse hasta el punto de estallar, del mismo modo que un grito contenido durante demasiado tiempo. El aire de mi departamento, en el borde más hondo de la ciudad, apesta a vino agrio, miedo y sudor seco. Nunca fui una persona particularmente valiente; tampoco fui, antes de esto, especialmente supersticioso. Solo tenía malos sueños. Ahora tengo pesadillas despierto.
Quizás debería empezar una noche en particular de finales de noviembre. Si leo correctamente el tiempo en mi memoria vapuleada, llovía torrencialmente, y la electricidad había fallado. A pesar del blackout, la silueta de la ciudad vibraba en la distancia, vagamente azul detrás de la lluvia, como si las luces fuesen los ojos de monstruos dormidos.
Había regresado tarde del hospital: trabajo en la sala de urgencias, aunque lo que he visto allí, por horrible, no se le puede comparar con nada de lo que relataré ahora. Mi departamento me recibió con la oscuridad agazapada en cada rincón, con solo mi linterna alumbrando el camino. Se sentía, en ese instante, como cruzar el umbral de una cueva donde algo, no muy lejos, acababa de moverse.
De pronto, sonó el teléfono. Retumbó, el sonido antiguo de un fijo, en la sala vacía. Nadie llama a esas horas, y menos cuando el barrio entero parece muerto. Respondí.
Una voz temblorosa, de acento inubicable, dijo: “Escóndase. No mire detrás del espejo.” Luego, la línea quedó en silencio. El miedo me arañó la garganta. El mensaje no tenía sentido ni remitente, pero sentí al instante que lo que vendría después sí lo tendría.
Vomité el miedo con una carcajada nerviosa y me serví dos tragos de whisky sin hielo. Me repetí que era una broma pesada; los jóvenes del edificio, en la 504, a veces tocaban a la puerta disfrazados de payasos en Halloween, aunque era noviembre. Intenté leer un libro a la luz de la linterna, pero la frase resonaba y resonaba: “No mire detrás del espejo.”
Entonces, ocurrió. El espejo del corredor —antiguo, del tipo veneciano con marco dorado mate, herencia de mi abuela— empezó a empañarse. No me moví, fingí no ver. Alguna vocecita en mi interior insistía: “Aléjate del marco.” Lo hice. Pero la curiosidad me carcomía con la precisión de un bisturí. Había algo detrás, algo más oscuro que su propio reflejo, que parecía respirar.
Decidí llamar a mi amiga Clara. Le expliqué lo absurdo: “Recibí una llamada. Me dijeron que no mirara detrás del espejo, pero hay como… una sombra. Una figura. No puedo explicarlo.” Clara, acostumbrada a lidiar con mis crisis de ansiedad, intentó restarle importancia. Colgó aconsejando dormir y dejar las luces encendidas, como si eso pudiese espantar a los espectros.
Fue imposible apartar la vista, más aún ignorar la sensación que brotaba del otro lado del cristal: una voluntad atrapada, ojos con una desesperación antigua, y la certeza de que pese a todo aquello estaba allí, conmigo, esperando a que yo hiciera el movimiento incorrecto.
De niño, devoraba con avidez historias de vampiros, hombres lobos y brujas. Creía —¿sabía?— que los monstruos solo vivían en cuentos y películas. Ahora esa fe parecía ridícula. Quise conjurar aquellos monstruos clásicos en mi memoria, ponerles una cara conocida al terror. Pero este terror era desconocido: no tenía colmillos patriarcales, ni garras elegantes, ni aullido en la garganta. Era solo una presencia, y era suficiente.
Decidí cubrir el espejo con una sábana, como se cubre a los muertos antes de que empiecen a oler, y me tumbé en el sofá. Recé en silencio, aunque no creo en dioses, y pensé en exorcistas y médiums. No podía dormir.
Fue cuando escuché pasos. No eran pasos del tipo humano, sino algo más húmedo y arrastrado. El sonido empezó tras la puerta de mi dormitorio. Chocaba contra el parqué, se detenía en cada charco de luz. Arrastrando musgo, saliva, o algo peor.
Contuve la respiración. El reflejo, cubierto, parecía pulsar, como si tras la tela se estuviese horadando un túnel. Las paredes se humedecieron y del marco del espejo se deslizó una gota negra.
El olor llegó antes que la criatura. Un hedor a carne podrida, uña desgarrada. La tela de la sábana comenzó a pegarse como una segunda piel sobre el cristal, delineando la opresión de dedos largos, casi transparentes, que arañaban desde adentro. Era imposible; no había nada detrás, el apartamento se abría a la pared de siempre. Pero la sábana se volvió viscosa, húmeda y roja en los bordes, y entonces comprendí: allí, en ese punto del departamento, la realidad era delgada y frágil como una hoja de papel mojada.
“Si no miras, sigue sin existir,” me repetía. Pero los pasos venían hacia mí.
El whisky me quemó el estómago. Quise correr, pero cualquier movimiento parecía ilegal, como si provocara a algo que no tenía paciencia y solo esperaba una excusa para salir definitivamente.
“Por favor, vete,” dije en voz baja. El reflejo tembló, la sábana cayó, y por un instante que aún recuerdo con una lucidez dolorosa, vi la figura: una silueta enorme, delgada hasta la desnutrición, pero con los brazos tan largos que llegaban al suelo, un rostro magullado por arañazos y una lengua negra, interminable, que lamía el interior del espejo como si desease arrancarme la piel y saborearla.
Huí al balcón, con la lluvia golpeándome el rostro y el aire transformado en cuchillos pequeños. Tuve la absurda esperanza de que el monstruo no pudiera cruzar el límite de mi casa, como Drácula sin invitación. Pero el espejo era un umbral, no una puerta.
Volví la vista. El apartamento temblaba a cada latido de mi propio corazón. Detrás del cristal, la criatura movía la cabeza, ladeándola de una manera antinatural, como si no hubieran articulaciones, solo sueños rotos y carne. Sonreía. Lo juro.
Entonces —y aquí la memoria se fragmenta, como si hubiese soñado despierto— vi a mi reflejo. Pero no era yo: era una versión mía, pálida, reseca, con las cuencas hundidas y una lengua igual de negra saliendo de mi boca. El monstruo se estaba probando mi reflejo como uno se prueba ropa vieja, pensando si podría ir de incógnito con mi rostro.
Las luces del edificio, en ese momento, parpadearon. Me lancé hacia el espejo con una mezcla de rabia y terror, tomé la sábana y la volví a tapar, pero la tela ardía con frío, palpitaba bajo mis manos. Me arrastré hasta el teléfono, el whisky derramado pegajoso en mis zapatillas, y llamé a Clara otra vez.
“Por favor, ven. No estoy solo. No lo estoy. Está aquí…”
La llamada quedó en silencio. Al fondo, algo respiraba al compás del monstruo. Respiraba en el auricular, no podía ser Clara, no podía ser nadie humano. Colgué, mordiéndome la mano para no gritar.
Las horas pasaron como siglos. Afuera, la lluvia paró; adentro, la humedad seguía engordando el miedo. Me convencí, en algún momento, de que si podía aguantar hasta el alba, sobreviviría. Si podía aguantar sin mirar otra vez el espejo, todo pasaría.
Pero ya no era posible ignorar al huésped. De vez en cuando, la sábana se movía, como si respirara o como si el monstruo, del otro lado, acariciara la tela para que no olvidara su presencia. Vi las marcas de uñas, cada vez más profundas, frescas, sangrientas. Oía susurros en un idioma que mi cerebro no lograba traducir pero que, de alguna manera, entendía: palabras sobre hambre, soledad, promesas de ser el siguiente.
Decidí huir; corrí al pasillo a oscuras, bajé tres pisos descalzo, sin dinero ni abrigo. Golpeé la puerta de Clara hasta que tuvo piedad —o miedo— y abrió. La fría luz del amanecer apenas me tocaba, y aún podía oler la humedad y el miedo.
No dormí. Clara me servía té, me obligaba a conversar para distraerme, a respirar profundo y dejar de pensar en el espejo. “Te obsesionas, es eso. Es solo ansiedad, estrés. Duérmete en el sillón. Volveremos mañana por tus cosas.” Pero ambos sabíamos que el miedo no estaba solo en mi mente. Clara soñó con ruidos: arrastres, un espejo empañado, pasos en el pasillo. Su perra, Dalia, no dejó de ladrar esa noche. Los sueños me persiguieron, inocentes al principio: flashes de mi departamento, la sábana caída, el espejo pulsando como un corazón.
Cuando desperté, intenté reírme de mi miedo, pero la carcajada murió rápido. Clara me acompañó de vuelta. El apartamento seguía en penumbras. El espejo, cubierto aún, exudaba un vapor oscuro y aceitoso. Clara lo quitó, se miró. “No hay nada,” dijo con alivio. Yo vi algo moverse tras sus hombros, pero me callé.
Recojo mis cosas y decido irme. No volveré jamás. Vendo el espejo online, a un anticuario del centro. Clara me acompaña al camión de mudanza. El departamento queda vacío, y una última vez, antes de cerrar para siempre, siento presión tras la nuca, como si una lengua fría y húmeda quisiera darme la bienvenida al otro lado. Ya no duermo frente a espejos, nunca más.
Han pasado meses. Casi todo ha vuelto a la normalidad, salvo ese temblor frío en la base de mi espalda cada que paso junto a un espejo empolvado en cualquier habitación. Pero escucho rumores: Clara no responde mis mensajes, su vecina le vio de pie, hace un par de noches, frente al espejo que compró en la tienda de antigüedades, mirándose durante horas, como si estuviese buscando el lugar exacto por donde salir.
Cuenta la leyenda de mi abuela —que ahora comprendo— que hay monstruos que no tienen nombre, viejos como el hambre, que anhelan más que nuestra carne; ansían nuestra forma para mendigar años en el mundo de los vivos. Dicen que los espejos son portales, un pacto repetido desde hace generaciones. Que es mejor no mirar cuando el reflejo empieza a moverse solo.
Esta noche, mientras escribo, todos los espejos de mi casa están tapados. Y aún así, al fondo del pasillo, juro que escucho algo arrastrándose, escribiendo su hambre en el reverso del vidrio, esperando.
Si alguna vez atiendes una llamada a la madrugada, si una voz te dice que no mires detrás del espejo, hazle caso. Créeme. Créeme, por favor. Porque algunos monstruos clásicos no mueren en los cuentos. Solo esperan, siempre, del otro lado.
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