Portada del relato La senda de los corredores
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Fragmento:


Una sombra danzó en su periferia: al principio, tan leve que Samuel pensó que era una proyección de su ansiedad. Luego, se intensificó con la densidad de algo sólido. Los ojos –grises, inhumanos, demasiado viejos para pertenecer a un mortal– se abrieron dentro de la niebla.

Duración: 11:54

La senda de los corredores
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Texto de ajuste de pausa.

La niebla parecía haber decidido caer solo sobre la Avenida Sutherland esa noche, convirtiéndola en un pasillo blanquecino delimitado por lámparas mortecinas. Samuel Boile escuchaba el eco de sus propios pasos a pesar de que intentaba caminar cada vez más despacio, reprimiendo la urgencia de huir. El viento arrastraba jirones de niebla con una ansiedad desbocada; revoloteaban sobre el asfalto como confeti viscoso.

Ya habían pasado tres noches desde el primer encuentro. Desde que la silueta se materializó entre los sauces, contemplándolo con un hambre más vieja que las piedras. No debería estar allí, lo sabía. El parque Glenwald tenía una reputación insidiosa, un historial de desapariciones, mutilaciones y melancolías inexplicables que todos en la ciudad conocían, pero que unos pocos –él entre ellos– preferían fingir que no existían.

La costumbre de correr por la noche era una herencia de su juventud. Trabajo implacable, ansiedad perenne y matrimonios rotos: todo empujaba a Samuel hacia la senda polvorienta cada anochecer. Pero ahora, la única razón por la que corría era el miedo.

Los otros corredores –porque los había– se distinguían apenas en la neblina: reflejos imprecisos, el reflejo de los faros en las miradas húmedas, el chasquido de los tenis. Sin embargo, esta noche nadie más asomó en los márgenes. Samuel estaba solo, o casi solo, y lo sabía.

El parque se extendía como un laberinto orgánico, senderos retorcidos bajo robles monumentales. Los bancos se vislumbraban como ataúdes de piedra, abandonados. Pasó junto a una de esas bancas, y el aire se volvió más frío. En algún lugar, demasiado cerca, un aullido; y Samuel supo que no era un perro.

Recordó la historia de Charlotte Klempt, la joven enfermera que se había extraviado durante una maratón benéfica el otoño anterior. Una testigo aseguró haber visto “hombres sin rostro” siguiendo la trayectoria de Charlotte, pero al día siguiente la cordura de la mujer se deshizo como el humo. Decían que ahora pasaba los días dibujando remolinos y escaleras en las paredes de su habitación acolchada.

El sendero se cerró más, como si los arbustos y troncos intercambiaran sus lugares en su ausencia. El corazón de Samuel avanzaba en sincopas; cada zancada parecía retumbar en el centro de su cráneo. Se repetía, como un mantra: “Están detrás. Siguen detrás. Solo debes seguir corriendo”.

Una sombra danzó en su periferia: al principio, tan leve que Samuel pensó que era una proyección de su ansiedad. Luego, se intensificó con la densidad de algo sólido. Los ojos –grises, inhumanos, demasiado viejos para pertenecer a un mortal– se abrieron dentro de la niebla.

Samuel jadeó. Un hombre –no, un ser– lo contemplaba desde la curva, su silueta interrumpida por malformaciones. La piel parecía una máscara estirada, los labios cosidos y a la vez siempre en acecho. Vestía harapos, o quizá pieles de otros corredores. Caminaba. Ni deprisa, ni lento: solo avanzaba, como si no necesitara llegar a ninguna parte.

Samuel giró bruscamente, frenético. La senda que antes lo había traído al parque ahora parecía desconocida, los postes distantes formaban una hilera interminable, imposible de alcanzar. Un zumbido sibilante provenía del bosque, y Samuel reconoció el rumor: multitud de voces, muchas y murmullantes, pronunciando su nombre.

El instinto lo guió hacia la derecha, saltando sobre raíces nudosas y charcos oscuros. Miró hacia atrás: la sombra ya no estaba sola. Otros la acompañaban, algunos más pequeños, otros desproporcionadamente alargados. Pero todos compartían los mismos ojos agrietados y la piel deslucida por la intemperie, como si hubieran nacido con el parque y esperado pacientemente siglos enteros la llegada de Samuel.

–¡Me están cazando!– pensó Samuel entre sollozos silenciosos.

Siguió corriendo. Las figuras avanzaban en bloque silencioso, una coreografía macabra que no aceleraba, no tropezaba, no dudaba nunca. Cada esquina del parque cedía bajo sus absurdas geometrías: los bancos reverberaban en repeticiones imposibles, los árboles pugnaban por cerrarle el paso pero siempre cedían un espacio ínfimo justo antes de que pudiera estrellarse. Y la niebla, sobre todo la niebla, alzándose en remolinos como si un par de manos invisibles moldearan la realidad a su antojo.

Pronto Samuel supo, sin dejar de correr, que no llegaría a ningún lado. Incluso si su cuerpo no desfallecía, el parque era un lazo, una cinta de Moebius que lo arrojaba de regreso a sí mismo. Y sin embargo, corría. A cada giro y a cada cuesta respondía con una letanía de jadeos.

A su espalda, las criaturas –¿monstruos? ¿fantasmas?– parecían multiplicarse con cada vuelta; pero cuando Samuel intentaba contarlas, los números se confundían, y sentía que su propio reflejo –dilatado, versado en terrores inéditos– marchaba algún lugar entre ellos.

–Samuel– murmuró una voz a su derecha. Era femenina, suave. Un destello de esperanza.

La siguió, a pesar de que su razón se desmoronaba. Entre la penumbra, una figura emergió al costado del sendero: Charlotte, con el rostro tan pálido y demacrado que parecía una estatua. Sonreía, aunque la curva de su mandíbula no correspondía del todo a un gesto humano.

–Ven. No luches más. Aquí corremos siempre– dijo, y sus pies se hundieron sutilmente en la tierra, como si jamás hubiera dejado de moverse.

Samuel quiso protestar, pero la otra figura –el primer perseguidor, aquel con la carne embebida en penumbras– se unió a Charlotte, desplazándose juntos en un vals de pasos mudos.

–¿Por qué? –preguntó Samuel. Su voz era un rasguño en el aire.

Charlotte inclinó la cabeza, y el movimiento fue tan felino, tan antinatural, que Samuel retrocedió instintivamente.

–Ya lo sabes –susurró, y ese susurro se multiplicó en un ejército de ecos, llenando el parque, las copas de los árboles, la tierra humedecida; llenó la mente de Samuel con recuerdos enterrados–. Aquí están todos los que alguna vez pensaron que podían escapar. Aquí los ciclos nunca terminan.

El asfalto bajo sus pies se licuó y endureció de nuevo. Samuel corrió todavía más, tan rápido que sus músculos ardieron con un fuego ácido. Los postes de luz giraban a su alrededor como huesos fosforescentes; la niebla flotaba y se tragaba todo.

Sin embargo, cada curva, cada desviación, era una repetición imperfecta de la anterior. Hay bancos sin nombre, farolas idénticas, árboles corruptos: el mismo mobiliario fantasma que había intentado dejar atrás. Charlotte apareció de nuevo, pero ahora con los ojos cubiertos por una niebla densa; a su lado, el primer espectro exhibía una sonrisa donde jamás debería haber una boca.

–No puedes dejar de correr –le recordaron los ecos de Charlotte–. Algunos aquí intentaron descansar. ¿Quieres ver lo que les sucedió?

Las figuras deambularon cerca de Samuel y, donde sus sombras tocaban la tierra, brotaban fragmentos de cuerpos: brazos retorcidos, rostros deformes, bocas desencajadas por un grito silenciado para siempre. Daba la impresión de que los corredores consumidos se fundían física y espiritualmente con la tierra del parque, alimentando un ciclo eterno de horrores.

Samuel gritó impotente, pero no se detuvo.

El cielo cedía a una negrura absoluta. No existía luna ni estrellas, solo el murmullo, la respiración sorda y cansada de los que nunca se detendrían. En ese laberinto, el cansancio era una trampa más: sentías que llegabas al límite, al abismo donde el cuerpo se desploma, pero, de alguna manera, seguías. Porque, quizá, el parque se alimentaba de la extenuación, del miedo que va más allá de la carne.

En un instante fugaz, Samuel atinó a recordar su hogar, a su exesposa leyendo bajo la lámpara entre las sábanas, su hijo arrojando aviones de papel por el pasillo, las palabras de aliento en la línea de meta de maratones pasadas. Pero esas imágenes se desvanecían, devoradas por el pálido abrazo de lo interminable.

A su derecha, un grupo de nuevos corredores se deslizaba con sus propios perseguidores. Era una visión de espanto: cientos de sombras, formas humanas trenzándose con horrores arquetípicos. Vampiros de garras hinchadas, criaturas con la piel dibujada de alfileres, seres glandulosos de ojos refulgentes y colmillos jamás vistos en bestia alguna. El hombre-lobo, la momia, el espectro. Y detrás de cada uno, la víctima que jamás se detuvo, atrapada para siempre corriendo al filo de la locura mientras sus cazadores los rozaban apenas– como si todo el horror residiera en saberse eternamente al borde de la captura.

Un grito brotó de la garganta de Samuel: “¡Basta! ¡Déjenme!”

Pero los monstruos no respondieron. Solo sonreían, la sonrisa antigua de los depredadores que ya no temen a nada porque conocen la naturaleza de sus presas. La espiral del parque giró una vez más; ahora era un corredor interminable, y los pasos de Samuel se marcaban en el asfalto como hendiduras incandescentes.

Para Samuel, el tiempo perdió significado. Podía correr sin sueño, sin hambre, sin esperanza. El único cambio era la fisionomía de sus perseguidores: cada nuevo bucle en la espiral añadía otro horror a su estela, una mitología errante de espantos que nunca se repetía del todo. Algunos llevaban túnicas negras, otros estaban cubiertos de vendas, otros ululaban mientras avanzaban. Uno avanzó a cuatro patas, oliendo el aire, con la piel ampollada y los colmillos chorreando pus. Otro descendió a gatas, abriendo una boca cárdena en medio del pecho.

A veces, la niebla apartaba las formas y permitía a Samuel ver otros corredores. Siempre había más, decenas, centenas: algunos conservando rasgos de humanidad, otros completamente desfigurados tras años –o siglos– de fuga. Por momentos, Samuel quiso abrazar a uno de ellos, compartir la desesperación, pero al extender la mano, la figura se descomponía en polvo y horror, fundiéndose con el vapor del parque maldito.

“Debería dejar de luchar”, pensó Samuel mientras una nueva vuelta lo arrojaba frente a Charlotte y a su carnicero espectral. Ella ya no tenía rostro. Su carne era una máscara cosida sobre otra, y debajo, ni siquiera sombra. El perseguidor principal estiró una mano translúcida y, solo entonces, Samuel notó que su propio antebrazo era ya oscuro, difuso, como si el parque comenzara a absorberlo, a sumarlo a la procesión de condenados.

En el último giro, Samuel perdió el equilibrio y cayó de rodillas. El asfalto estaba frío, y cientos de manos huesudas se alzaban bajo la superficie, tratando de asirse a su carne. Un alarido le reventó el pecho.

Pero incluso en el suelo, siguió arrastrándose, arrastrando la duda, arrastrando su humanidad desgarrada. Detrás, los monstruos aguardaban, eternos, insaciables. Algunos sonreían. Otros solo observaban. Alguien –puede que Charlotte, puede que el parque mismo– susurró:

–Corre, Samuel. Siempre hay espacio para uno más.

Y así, en la senda interminable, donde los monstruos clásicos acechaban con paciencia de siglos y los condenados jamás encontraban la salida, el terror supremo no era la muerte, ni siquiera la captura: era el paso perpetuo, el avance sin término. El horror era nunca despertar, nunca llegar. Era la promesa de la espiral, del regreso, del corredor infinito… Siempre uno más. Siempre una vuelta más, una pesadilla sin fin.

En Glenwald, nunca hay descanso para las sombras que corren.

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