Fragmento:
Entraron en la galería de bustos, donde reposan los retratos y efigies de una familia extinta hace generaciones. “Aquí,” murmuró Hawthorn, “es donde habitan los viejos dioses. Usted, doctor, trae sus nombres de las tumbas para arrastrarlos hasta la luz. Yo prefiero ver cómo bailan en la penumbra.”
Duración: 10:07
La luz en la ventana del ala vieja era la única claridad sobreviviente en toda la casona, una estrella pálida que refulgía en la noche arrastrando, como un pozo de atracción, la atención de todos los que alguna vez habían osado pisar Crabwell House. Los caminos de grava lucían húmedos y resbaladizos; las ramas crujían, pesadas e hinchadas bajo la fatiga del otoño. Era una noche en la que los antiguos monstruos cruzan la fina película entre lo posible y lo real, y los ojos de los desprevenidos se reencuentran, después de siglos, con aquello que aprendieron demasiado pronto a no nombrar.
Esa noche, el Dr. Emory Lyttelton tenía visita. Él, arqueólogo de huesos y polvo, era más proclive a lo racional que a lo fantástico, aunque los años en Egipto y el corazón de Hungría le habían enseñado que ciertos umbrales no debían cruzarse. Su invitado arribó junto a una ráfaga de viento incapaz de colarse en la memoria; un ser enjuto cubierto por un abrigo negro cuya sonrisa, casi imperceptible para cualquier otro, le recordó al Dr. Lyttelton escenas mal grabadas de máscaras funerarias.
Los saludos iniciales se desgranaron en cortesías y palabras huecas; en la biblioteca, el fuego temblaba como un animal a punto de huir. El invitado —el Sr. Hawthorn, según la pequeña y apretada tarjeta de visita— preguntó por arte, por reliquias, por habitaciones poco transitadas. Cada diálogo parecía deslizarse sobre los muebles antiguos, arañando la madera sin perturbar jamás su superficie.
“En ocasiones,” comentó el Sr. Hawthorn, “los cuadros antiguos retienen más que pigmento.” Su voz era fina, aguda, burlona en sus inflexiones, pero lo que invadía a Emory era la rigidez de su boca: una mueca desmesurada, una sonrisa tan grande que apenas podía ser humana, y que no parecía ni siquiera anclada a la carne.
Emory recordó, de pronto, la leyenda traída por los campesinos de los Cárpatos entre susurros y parpadeos de hoguera: la Máscara Risueña, criatura que adoptaba la forma de los monstruos del pasado —vampiros, hombres lobo, demonios— infiltrándose en casas y fiestas, disfrazados por una sonrisa grotesca. Solamente los locos y los niños notaban la diferencia, decían, hasta que ya era demasiado tarde.
—¿Ha visto alguna vez, doctor, a alguien sonreír bajo el influjo de la desgracia? —preguntó Hawthorn, mientras una corriente gélida se colaba por la ventana mal cerrada.
—He visto mucho—balbuceó Emory, y desvió la mirada hacia el óleo que presidía la sala; una mujer de tez cenicienta, mirada extraviada. En el retrato había algo inquietante: si antes la boca era una línea cerrada, ahora parecía estirarse, apenas, en el principio de una sonrisa torcida y forzada.
El invitado no podía haberlo visto. Pero en la leña un chasquido saltó, la sombra creció y esa mueca fue la nota más pura del silencio.
***
Tras la cena, el Sr. Hawthorn solicitó, con voz temblorosa solo en la frecuencia que un oído sensible podría captar, una excursión por la casa. Lyttelton cedió, pues la cortesía inglesa es moral más dura que el mármol antiguamente tallado. Pero a cada paso por pasillos polvorientos y tapices apolillados, su incomodidad creció. En los espejos, el reflejo de su invitado parecía curvarse, desfigurarse; la sonrisa no mutaba, no se estiraba ni contraía, simplemente quedaba fija, una línea excesiva y brillante.
Entraron en la galería de bustos, donde reposan los retratos y efigies de una familia extinta hace generaciones. “Aquí,” murmuró Hawthorn, “es donde habitan los viejos dioses. Usted, doctor, trae sus nombres de las tumbas para arrastrarlos hasta la luz. Yo prefiero ver cómo bailan en la penumbra.”
Y entonces, en el rincón donde la penumbra era más espesa, Emory vio moverse algo. No fue el habitante lo que lo estremeció primero, sino la sensación de múltiples presencias: los colmillos de un Nosferatu se entrelazaban con la piel ajada de una momia, las garras del hombre lobo se insinuaban donde la forma se perdía. Todo era un solo cuerpo, una amalgama de horrores clásicos transfigurada en sonrisa perpetua. Era imposible descifrar el horror preciso. Todos estaban allí, fundidos en la carne del Sr. Hawthorn, su rostro una máscara de goma grotescamente estirada alrededor de dientes blancos y perfectos.
—Muchos de nosotros usamos trajes —rió—. Yo prefiero uno solo. ¿Por qué elegir?
El Dr. Lyttelton contuvo el temblor de sus manos, aunque el temor le vibraba desde la médula. Tomó pretexto de una estantería repleta para tantear la distancia entre ambos.
Detrás del huésped, entre dos bustos de alabastro, detectó una figura apenas sugerida: la señora del retrato, con la boca ahora abierta hasta el límite, dejando asomar una negrura maltrecha. El sonido de la sonrisa falsa, ese crujir de máscara, reverberó por toda la galería.
***
Subieron hacia los dormitorios. El Sr. Hawthorn hablaba de esperanzas, de rutina, de inviernos eternos soplando a través de grietas y ranuras imposibles. Emory distinguía en sus palabras ecos de antiguas historias: la promesa de una vida eterna a cambio de la memoria, la maldición del hombre convertido en bestia por una noche y para siempre. Pero cada propuesta, cada frase, era pronunciada sin despegar el labio superior del inferior, manteniendo esa semblanza de pulida cordialidad.
—¿Nota usted, doctor, como todo huésped termina por fusionarse con la casa que lo acoge?
Emory apenas contestó, temeroso; algo en esa afirmación le parecía una amenaza velada. Sabía, por los rumores del pueblo, tantas cosas terribles ya sobre Crabwell House. Un abuelo se arrojó, con una sonrisa inexplicable en el rostro, del balcón del sur; una sirvienta desapareció tras organizar un banquete, con los invitados asegurando que no podían dejar de pensar en su alegre gesto de despedida.
En la penumbra del corredor, las risotadas mudas de los cuadros parecían acompasar el paso de los hombres. En el cuarto de invitados, Hawthorn eligió una cama junto al ventanal y, antes de dormir, preguntó en voz apenas audible:
—¿Qué es lo que encuentra más espeluznante en este mundo, doctor?
Emory, con la sequedad suspendida en la garganta, no supo qué responder. El huésped, sonriendo abiertamente por primera vez, deslizó la sábana y desapareció bajo ella como un niño abominable.
***
La madrugada estiró sus dedos grises y en ese instante, desde algún lugar de la casa, comenzó un débil pero persistente crujido, como si el edificio respirase con dificultad. Lyttelton soñó con dedos de humo, con ataúdes abiertos en mitad del campo; manos con garras que, al tocarlas, se deslizaban por la piel de la máscara y volvían a su interior. Despertó con un sobresalto: desde el pasillo llegaba un susurro, una risa de bocas ahogadas.
Al abrir la puerta, la neblina se coló sobre sus pies. Cruzó el corredor guiado por la lógica de quien no cree en fantasmas, aún mientras el corazón galopa y la razón suplica huir. La sala estaba plagada de figuras: el retrato de la mujer había caído, boca abajo, y en su reverso una huella de humedad dibujaba una sonrisa oblicua.
Debajo del ventanal, estaba el Sr. Hawthorn. No solo, sino acompañado por los rostros deformes de media docena de habitantes fantasmales, todos con la misma sonrisa, la boca distendida como fisura de un ataúd. Su huésped flexionaba y extendía los brazos, el abrigo abierto, mostrando una textura de piel tan indefinida como funeraria.
—Nos alimentamos de la imitación —dijo, y la frase gorgoteó en todos los labios presentes—. Los viejos monstruos aprendieron a esconderse tras lo cotidiano; yo adopté lo cotidiano para mis disfraces. La sonrisa es la última mentira que la carne puede ofrecer.
Avanzó hacia Emory, la cara colapsando entre risas y sollozos, las facciones mutando. Primero, los colmillos del vampiro; luego, la piel manchada de licántropo; después, los vendajes de la momia. En cada transición, la sonrisa burlesca permanecía, insensible e intolerablemente amplia.
Emory tropezó hacia atrás, la mente buscando un asidero. Los otros —figuras medianamente humanas, medianamente aberrantes— sonreían también, mostrando dientes que no casaban con sus rostros. Cruzaron la estancia como si la gravedad hubiera perdido su dominio.
Solo entonces, Emory vio la máscara verdadera: una carcajada fija, una boca de marioneta tallada en los huesos. La misma sonrisa que había visto en tantos rostros de la antigüedad, pero jamás tan pura, tan repulsiva, tan vacía de humanidad.
—¡No! —gritó, el grito hundiéndose en el eco de la sala.
Lo asieron en volandas; la sonrisa del Sr. Hawthorn, primero titilante, luego enorme, fue lo último que vio antes de perder el sentido.
***
Cuando a la mañana siguiente el ama de llaves encontró al Dr. Lyttelton sentado en la biblioteca, lo halló sereno y sonriente, casi satisfecho. Ya no recordaba a nadie llamado Hawthorn, ni la visita, ni siquiera la señora del retrato que había sido recolgada limpiamente y, por supuesto, ahora sonreía con una felicidad extrañamente perturbadora.
Esa semana, los aldeanos notaron que la sonrisa del doctor contagiaba a todo aquel que se cruzaba con él en la calle, y las noches de Crabwell House se llenaron de risitas apagadas de quienes dormían —o creían dormir— bajo techos seguros.
Pero a veces, en la curva de los espejos o en la oscuridad de los cuadros, se veían gestos que no eran del todo humanos, y la mueca burlesca de la Máscara Risueña volvía a erguirse, expectante, aguardando un nuevo rostro en el que alojarse.
Nadie supo decir, después, si el miedo residía en la visita nocturna o en la certeza de que todas las casas, a la larga, acaban sonriendo.
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