Fragmento:
No hubo respuesta, pero tampoco le pareció sola. El latir de la casa subía desde el suelo, una vibración baja, sutil, apenas más grave que el propio pulso de Irene. No quería hablar consigo misma, ni pensar en la gente del pueblo que advertían sobre la casa. Jamás nadie duraba dentro, decían, ni vándalos ni borrachos; decían que podía verse, si uno era tonto o borracho, el reflejo de alguien más tras el cristal, aun si estaba solo.
Duración: 10:13
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La casa siempre fue demasiado grande, aunque solo tuviera dos pisos y una buhardilla por la que ni siquiera el viento quería asomarse. Se elevaba allí, en el único claro del bosque, odiada por los árboles y rodeada de raíces que jamás se atrevían a violar la línea de piedra del límite de la propiedad. En el pueblo muchos aseguraban que había cosas peores que los lobos merodeando entre aquellas paredes, y tal vez eso fue lo único que empujó a Irene a buscar refugio dentro de ese silencio palpitante cuando la tormenta se desató.
Venía huyendo. Por primera vez en años, sabía que alguien—no, algo—la seguía. No era solo su exmarido, aunque la certeza del monstruo humano acechaba cerca, tal vez con una linterna o, peor, con un cuchillo. Pero ese monstruo era de carne, y lo que Irene sentía ahora, allí al borde del bosque, era nada menos que el hambre de la propia noche. El miedo, entonces, se apretó bajo su esternón como una corona de espinas.
Empapada, cruzó el umbral cuando el trueno selló tras ella el portazo. El recibidor era vasto y, pese a lo que podría asumirse, no olía a polvo; el aire se mantenía frío y recién removido. Las ventanas estaban tapadas por cortinas gruesas, tan oscuras que parecían absorber cualquier destello y devolverlo hecho promesas de olvido. Todo lo que podía distinguirse lo hacía por los relámpagos que, de rato en rato, dibujaban quimeras de luz alrededor del mobiliario cubierto con sábanas.
—¿Hola? —Su voz se quebró, tan insegura como un susurro entre los árboles.
No hubo respuesta, pero tampoco le pareció sola. El latir de la casa subía desde el suelo, una vibración baja, sutil, apenas más grave que el propio pulso de Irene. No quería hablar consigo misma, ni pensar en la gente del pueblo que advertían sobre la casa. Jamás nadie duraba dentro, decían, ni vándalos ni borrachos; decían que podía verse, si uno era tonto o borracho, el reflejo de alguien más tras el cristal, aun si estaba solo.
Caminó hasta el salón principal, guiada por el reflejo intermitente de los relámpagos. Los retratos en las paredes parecían observarla; caras viejas, gastadas, de algún linaje ya podrido. Irene no podía pensar en fantasmas, no se permitía ese lujo; la vida real ya estaba infestada de monstruos. Pero cada paso que daba sobre la vieja alfombra, cada crujido bajo sus botas, le aseguraba que estaba siendo medida, evaluada, como si algo sopesara si era suficiente para comer, o destrozar, o simplemente observar su miedo.
Se aseguró que la puerta quedara trancada, y solo entonces se permitió derrumbarse en un sillón, abrazando sus propias rodillas. El viento aulló afuera y el agua empezó a colarse bajo la puerta principal, pero la casa era firme: sentía una cierta dignidad antigua, como una fiera domada hace siglos que solo espera una excusa para morder de nuevo.
Las luces, por supuesto, no funcionaban. Encontró una vela en la cocina, con cerillas tan húmedas que tuvo que usar tres antes de lograr una llama. El resplandor crepitante y tenue le hizo sentir, por un instante, que estaba a salvo de las inclemencias de afuera… pero solo por un instante.
Un golpe seco arriba, seguido por el arrastrar de algún peso. Un crujido que descendía, lento, por la escalera alfombrada. Seguramente sería algún animal, se repitió Irene: un tejón, tal vez, o un perro salvaje. Podrían ser ratas—prefería ratas. Tomó la vela y la sostuvo ante sí como una espada, aunque temblaba lo suficiente como para hacer bailar los reflejos en las paredes.
Los pasos continuaron. Desde la parte más profunda del hueco de la escalera llegó un susurro, el sonido horrendo de algo que se raspa contra la madera, como uñas largas escarbando para liberar lo que no debería moverse. Otra ráfaga de viento sacudió la casa, apagando la vela. Todo se volvió negro, salvo cuando algún relámpago, por piedad o por burla, iluminaba formas demasiado grandes para ser ratas descendiendo por la escalera y fundiéndose otra vez en la oscuridad.
Debía salir. Eso pensó mientras retrocedía hacia la cocina, buscando un cuchillo que no encontraba. Los cajones chocaban entre sí, los cubiertos tintineando con una vida propia, un griterío inarticulado de metal. Cuando por fin cerró los dedos sobre la empuñadura fría de un cuchillo de cocina, supo que era ridículo, inútil. Pero lo necesitaba, como un niño necesita un peluche.
El golpeteo en las ventanas comenzó entonces. No era la lluvia. A cada relámpago, las ventanas mostraban una silueta—alta, imposible, con brazos que colgaban demasiado hacia el suelo, como si sus nudillos fueran a hender el cristal. No un solo monstruo, sino varios, sus perfiles distorsionados; apenas un instante antes de que la oscuridad los tragara.
Se acurrucó bajo la encimera, apretando el cuchillo contra el pecho, y rezó—no a Dios (el dios de Irene estaba demasiado cansado para atenderla), sino a la posibilidad trivial de que todo fuese una pesadilla. Los pasos, y ahora también raspones, se acercaban. Desde la escalera venían los susurros, apenas palabras, pero sílabas reconocibles. El nombre de Irene.
La realidad se deformaba. Cada vez que cerraba los ojos, el interior de sus párpados hervía de imágenes—bocas rotas, dientes disparejos, lenguas tan largas que caían sobre su propio pecho, ojos de reptil abriéndose donde solo debía haber piel. Entre relámpagos veía a los monstruos y, peor, cuando no había luz, los sentía.
Se balanceó hacia adelante, y la encimera tembló. Si iba a morir, prefería intentarlo en movimiento. Salió al pasillo, y la casa se agitó como si la reconociera. En la alfombra quedaron manchas húmedas, huellas de pies sin piel, de dedos tan largos como cuchillas.
Subir la escalera era lo opuesto al instinto, pero no había salida por donde había entrado: la puerta estaba cubierta por raíces, que ya la trepaban y la sellaban como dedos barnizados de odio. El techo crujía, protestaba ante el peso invisible, y los monstruos aguardaban en el piso superior, lo sabia tan cierto como el dolor de cabeza que le martillaba el cráneo. Les oía murmurar, invocando cosas viejas; eran ecos de canciones que nunca debieron cantarse.
Piso a piso la oscuridad fue tragándole la esperanza. La penumbra se hacía densa, más fría. La seguían, claro, pero no corrían; parecían disfrutar la persecución, el modo en que se contraía el miedo en la garganta de Irene. En el primer piso, frente a una puerta cerrada, algo la esperaba. Ella lo supo—porque no eran monstruos nuevos, no los de esa noche. Los monstruos eran antiguos y la habían seguido toda la vida: sombras bajo la cama, voces entre los armarios, el tacto frío de una mano invisible en noches de fiebre. Tenían los ojos rojos, todos, pero uno tenía su sonrisa, la que ella misma se negaba en el espejo.
—Déjanos entrar, Irene —murmuraron.
El pasillo era tan largo ahora, tan deformado, que cada paso parecía regresarla, como si la casa se hubiera expandido hasta contener todos sus miedos de niña, de adolescente, de esposa golpeada. Los monstruos se reían, una risa mullida e inmensa que no tenía boca, sino muchas, todas listas para tragar los gritos.
Entró en una habitación: la buhardilla. Polvo y niebla, años de secretos amontonados. Los monstruos ya rodeaban la entrada. Irene, acorralada, miró por la única ventana. Afuera el bosque la contemplaba: ni un pájaro, ni un relámpago. Sólo los árboles doblándose, pesados de un peso que era antiguo y repugnante, incapaz de juicio, solo devoración.
La casa entera vibró. Entre los tablones, algo se deslizó, sinuoso como una víbora, y trepó a lo largo de la pared, tomando forma—una forma humana, pero sin rostro, sólo una sombra con garras. Se acercó. Irene levantó el cuchillo. La sombra se inclinó y aspiró.
El aire de la buhardilla se volvió denso, pútrido. Los monstruos observaron en silencio su intento de defensa: cuchillo en ristre, ninguna esperanza. La sombra habló, pero lo hizo sin idioma, justo en la raíz del miedo. La hizo recordar cada momento en el que había sido humillada, cada noche sin consuelo, cada líquido rojo seco bajo su piel.
—Vas a quedarte con nosotros —dijo, aunque no lo dijo—. Vas a escucharnos. Vas a aprender lo que somos.
Irene retrocedió, el filo del cuchillo cortándole el propio dedo. No era sangre lo que brotó, sólo una gota negra, idéntica a la sombra. Entendió, entonces, que había vivido siempre rodeada de ellos; que algunos humanos eran grandes monstruos, sí, pero los verdaderos —los inabarcables, los innombrables— sólo esperaban detrás de la realidad, hambrientos. Solo necesitaban romper a la presa, debilitarla. Entonces, la casa la devoró: con un tacto lento, inmisericorde, la obligó a recordar. Todo el dolor, todo el terror, una y otra vez, blando, interminable.
Afuera, la tormenta amainó. El bosque, saciado, se relajó. Los monstruos circunspectos cerraron la puerta y descendieron en fila, los pasos de sus pies húmedos resonando apenas en la madera. Irene, mientras tanto, se plegó sobre sí misma en la buhardilla, sin voz, sin nada ya propio salvo el terror que era, ahora, el único lenguaje posible.
Y cuando al fin su exmarido llegó—siempre tan tarde, siempre furioso—empujó la puerta, entró y gritó su nombre. Nadie respondió. Solo los monstruos, contentos, atentos, le dejaron pasar, y la casa cerró otra vez el cerco. Esperó. Las paredes temblaron. La noche mordió otra vez.
Y nadie en el pueblo pudo, nunca más, asegurar quién salía o entraba de la casa oscura y su invitado.
—FIN—
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