Portada del relato Nuevos cuerpos
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Fragmento:


Aquella noche, cuando regresé a casa, el ardor en la piel ya había comenzado. Pensé que sería miedo, pero era otra cosa. Una comezón en los músculos, una inquietud debajo de la carne. La primera modificación fue sutil: la mandíbula más angulosa, las arrugas devoradas una a una por una tersura antinatural. Los colegas del trabajo me miraban como a alguien que regresaba de un país lejano. Sonreían y cuchicheaban. Gema desviaba la vista, pero las yemas de sus dedos se demoraban un poco más en mis hombros.

Duración: 11:11

Nuevos cuerpos
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Texto de ajuste de pausa.

Habíamos oído hablar de él mucho antes de verle. “El Doctor”, así, en mayúscula, como quien susurra el nombre de un demonio para espantar el mal. Nadie sabía con certeza cómo se llamaba, sólo que tenía un buzón de correo detrás de una puerta siempre cerrada, en un callejón sin luz del casco viejo. Cuando me decidí a buscarle, habían pasado años desde la última vez que Gema me miró a los ojos con deseo. Me bastó esa imagen fulminante, la erosión callada del cariño, para presentarme en su consulta clandestina, el dinero apretado en el bolsillo y las venas zumbando como cables pelados.

Las paredes estaban cubiertas de espejos enmarcados por lámparas que sudaban un resplandor enfermizo. Él me recibió en silencio. Más que un hombre parecía una sombra detenida, con las facciones arqueadas, como si su rostro se fundiera con la penumbra. Cuando habló, fue con una voz tan seca y precisa que me hizo pensar en los bisturíes.

—¿Qué buscas?

—Quiero cambiar—, respondí sin atreverme a mirar mi reflejo.

Un gesto, casi una sonrisa, y se alejó entre las cortinas. Volvió con un libro grueso, sus cubiertas hechas de cuero tan viejo como el local. Lo abrió, dejando ver fotografías y dibujos de cuerpos metamorfoseados: columnas de espinas sobresaliendo de las vértebras, miradas con ojos múltiples, bocas donde antes hubo codos. Me ofreció una pluma.

—Saca lo que no te gusta. Añade lo que falta. Te enseñaré lo que nunca serás, hasta que dejes de reconocerte y quieras más.

Aquella noche, cuando regresé a casa, el ardor en la piel ya había comenzado. Pensé que sería miedo, pero era otra cosa. Una comezón en los músculos, una inquietud debajo de la carne. La primera modificación fue sutil: la mandíbula más angulosa, las arrugas devoradas una a una por una tersura antinatural. Los colegas del trabajo me miraban como a alguien que regresaba de un país lejano. Sonreían y cuchicheaban. Gema desviaba la vista, pero las yemas de sus dedos se demoraban un poco más en mis hombros.

Regresé al Doctor dos veces más antes de la primavera. Pidió fotos de mi infancia, grabaciones de mi voz, un mechón de mi cabello que olió antes de sumergirlo en formol. Lo hacía con devoción, tal y como un sacerdote prepara el altar antes del sacrificio.

Las transformaciones se aceleraron. Mi torso ganó una elasticidad batracia, mis manos se volvieron alargadas y sensibles. Ya no sudaba; mi piel parecía beberse la humedad del aire. El Doctor empezó a prescribir silencios: no debía hablar durante los amaneceres. Me entregó vendas para los ojos, “para que la luz no estropee la nueva visión”, explicó. Obedecía, alentado por el aplauso sordo de miradas ajenas, por el resurgir del deseo de Gema, que una noche me pidió que le cortara el pelo, “como ya haces contigo”, y se ofreció desnuda en la penumbra, curvando el cuerpo para imitar el mío.

Desperté sangrando una semana después de la última intervención. El Doctor torció la boca, descontento.

—Ya sólo puedes avanzar.

Al poco tiempo, Gema comenzó a evitarme. Tardaba siglos en entrar al dormitorio y cuando dormía a mi lado, lo hacía encogida sobre sí misma, como si le diera frío mi respiración. Todo fue a peor el día que, sin querer, la toqué con los nuevos dedos y ella gritó, presa del espanto. Dijo que en sueños yo le hablaba en un idioma de saliva y susurros y que mi piel olía a moho. Traté de consolarla, pero me sentí incómodo en un cuerpo que no era ni del todo mío.

Acudí al Doctor, exigiendo respuestas. Encontré la sala iluminada con una luz amarilla que recordaba el interior de una úlcera. Otros pacientes esperaban en silencio, expuestos ante los espejos como muñecos grotescos: uno con el torso cosido hasta el cuello, otra con la mandíbula abierta en una sonrisa fija. El Doctor ni siquiera me miró.

—¿Es posible volver atrás?— pregunté con un hilo de voz.

Su risa fue una ráfaga de cuchillas.

—Eso lo preguntan todos.

Me explicó que había un precio: cada modificación borraba algo que nunca podría recuperarse, aunque volviera a esculpir la piel auxiliar, aunque rehiciera a su modo mi antigua anatomía. Lo que ya no era mío jamás regresaría.

La ansiedad empezó a corroer mi mente. Estaba aterrado de volverme irreconocible para mí mismo. Empecé a notar detalles nuevos cada día: el iris de mis ojos adoptó una pequeña mancha negra con forma de espiral, perdí la sensibilidad en la lengua, la voz sonaba como si hablara desde un pozo húmedo. Cada vez que intentaba dormir junto a Gema, su cuerpo entero temblaba. Una noche, desperté y la encontré llorando en la cocina, un cuchillo en la mano. Dijo que yo era un extraño.

Intenté convencerla de que era el mismo de siempre, que sólo me había despojado de los defectos y me había convertido en lo mejor que podía ser. Pero la desesperación dejó un sabor de cobre en mi boca.

Fue entonces cuando cometí el error definitivo. Volví al Doctor y le pedí: “Hazme perfecto. Haz que nunca más tenga miedo”. Él asintió y preparó la última intervención.

Lo recuerdo así: su pulso firme, los instrumentos reluciendo bajo las lámparas. La anestesia se disolvió en mi sangre como una nube de vidrio. Percibí el crujido de mis huesos, el retorcimiento de los músculos, una sensación de ahogo mientras mi piel se abría como un vestido mojado. Vi mi reflejo—un collage de miembros ajenos, proporciones inhumanas, una belleza imposible, como si me hubieran modelado a partir de la memoria de otro. No sentí dolor. Ni frío. Ni vergüenza.

Al despertar, la sala era un cacareo de gemidos. Los otros pacientes miraban desde los rincones, algunos arrastrando los pies, otros lamiéndose las heridas. Intenté hablar; las palabras fluyeron en un idioma que no era el mío. El Doctor estaba sentado, contemplando el vacío, mientras anotaba con una letra microscópica en su libro de registros.

—Ya no volverás atrás. Eres tu obra final.

Escapé de la consulta tambaleándome, las piernas como garras de insecto. Me deslicé por las calles con torpeza y miedo. Toda la ciudad me resultaba ajena. Nadie me reconocía, nadie se atrevía a mirarme. Las cámaras de seguridad brillaban con un reflejo ambarino allí donde pasaba, pero ni la policía ni los vecinos se inmutaban: para todos era un desconocido más, un monstruo deforme y elegante con el rostro sellado bajo un antifaz de carne nueva.

En casa, Gema me esperaba. Me vio desde el umbral y empezó a gritar. No logré consolarla; sus palabras eran garabatos inconexos para mis nuevos oídos. Intenté abrazarla, pero ella retrocedió, tropezó, se rompió la muñeca. Salió corriendo, dejando un rastro de sangre y sollozos por el edificio. Nadie acudió al escándalo. Era como si existiera tras una cortina invisible, como si el proceso de mi perfección me hubiera apartado del resto del mundo. Miré a través de los espejos y mis facciones ya no eran las de ningún humano conocido: tenía ojos de fuego, una mandíbula felina, el torso cubierto de placas casi translúcidas. Tampoco yo podía llorar.

Las noches se volvieron interminables. Acechaba por los pasillos, incapaz de cerrar puertas ni ventanas, escudriñando mi reflejo para encontrar algún vestigio de lo que fui. En sueños veía a Gema, tal como era antes de esta pesadilla, pero siempre despertaba con el gemido ácido de mi nueva voz. Hablaba solo, me respondía en las lenguas que mi nuevo cuerpo podía emitir: siseos, gruñidos, pequeñas oraciones sin sentido.

La soledad me consumía. Otra noche regresé a la consulta, pero el callejón estaba vacío. La puerta ya no existía. El buzón había desaparecido como una herida cicatrizada. Pregunté a los vecinos, pero nadie recordaba haber visto nunca al Doctor. Caminé durante días, aterrado ante la idea de quedarme encerrado en este cuerpo para siempre.

Soporté semanas así, alimentándome de lo poco que podía soportar: carne cruda, algo de fruta pudriéndose. La piel siguió transformándose, como si la perfección exigida siguiera su curso sin ayuda, impulsada por una lógica monstruosa que ya no me incluía. El deseo de Gema, la mirada de los colegas, los amigos perdidos—todo eso fue disolviéndose como sal en el agua.

Pensé en acabar con todo. Me tumbé en la bañera y hundí la cabeza, esperando esa paz anestésica que olía a infancia y madre. Pero mi organismo no necesitaba aire. Mi piel absorbía la humedad, mi pecho latía lento, automático. Solo podía aguardar el final, aunque jamás llegara.

Entonces, una noche de lluvia, llamaron a la puerta. Era Gema.

Tenía el cabello revuelto y los ojos inyectados en rojo. Tardé en reconocerla. Se me acercó, temblando, pero no huyó.

—¿Estás aún ahí?

Intenté contestar, pero sólo logré producir un chasquido seco, un gruñido que heló el aire.

Ella se arrodilló, deslizó su mano sobre la mía. Vi la cicatriz en su muñeca, la herida mal curada. Entre lágrimas, dijo:

—Devuélveme al que eras. Aunque no sea perfecto. Aunque no pueda mirarte sin recordar el miedo.

Sus palabras me atravesaron, pero yo ya no podía llorar.

Intenté decirle que lo sentía, que el dolor era mío, que preferiría pudrirme antes que seguir así. Pero mi rostro ya no podía expresar lo que sentía. En ese instante, supe que la perfección era el peor infierno: convertirme en algo distinto para conquistar el deseo ajeno había matado todo lo que nos unía. Quise llorar, pero sólo caía un líquido espeso de mis mejillas. Gema se apartó. Se alejó despacio y la puerta se cerró sobre su silueta pequeña y rota.

Los días siguientes vagabundeé por la ciudad, esperando desaparecer. Poco a poco, mi carne empezó a desfallecer. Se desprendieron trozos: fragmentos de mejilla, escamas sedosas del pecho, uñas y dientes. A ratos, entre las capas, reconocía la piel original, manchada, torva. Empezaron a llegar a la consulta del Doctor otros como yo: cuerpos transformados, imbuidos de una soledad que sólo se reconocía en los sollozos guturales compartidos en ese callejón maldito.

Nadie volvió a vernos juntos. El Doctor había desaparecido. Me convertí en un rumor, un mito urbano, una advertencia para los ambiciosos que deseaban más de sí mismos. Podía verles a veces desde la penumbra, admirando sus defectos ante los espejos; deseando cambiar, anhelando ese brillo de perfección.

Nunca regresé por completo a lo que fui. Lo único que permanece, invisible pero intacto, es ese miedo de las madrugadas solitarias cuando alguien, desde un lugar lejano, susurra mi nombre verdadero. Y entonces entiendo que lo peor de la perfección es que, cuando la alcanzas, sólo puedes desear perderte a ti mismo para siempre.

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