Portada del relato El Consultorio del Doctor Abernathy
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Fragmento:


— Buenas noches, Teresa. ¿Aún convencida?

Duración: 10:19

El Consultorio del Doctor Abernathy
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Texto de ajuste de pausa.

El zumbido de la lámpara de neón era la única compañía de Teresa mientras movía sus dedos enguantados por el formulario de consentimiento. Afuera, la lluvia insistía contra los vidrios, como si tratara de advertirle de algo. Nadie quería caminar por esas calles a esa hora y bajo ese clima. Nadie salvo ella, la insomne, la descompuesta, la promesa de una versión mejorada. El lugar se anunciaba discretamente con un letrero sin pretensiones: “Clínica Estética e Innovación – Dr. Abernathy”. Era suficiente. Todo el que llegaba sabía lo que buscaba.

Mientras esperaba, Teresa se preguntó si en algún sitio había un comité de ética que supiese cuántas aberraciones se perpetraban aquí. Dudaba que existieran archivos, ni pizca de escrúpulos. El formulario era simple: “El firmante reconoce que la transformación es irreversible.” Era directa. Aromas de desinfectante y metal la hicieron relamerse los labios resecos. Hacía semanas que deseaba esa inmersión final: perder lo que era. Mejorarlo.

El Dr. Abernathy apareció haciendo gala de una calidez meticulosa, manteniendo una distancia quirúrgica. Bajo su mascarilla, los ojos parecían sonreír, pero no se arrugaban nunca. El cirujano era legendario en ciertos círculos. Había dejado la cirugía convencional tras una serie de denuncias nunca comprobadas. Ahora solo atendía a quienes se atrevían a buscar lo inusual.

— Buenas noches, Teresa. ¿Aún convencida?

— La perfección no espera, doctor.

Se permitió una sonrisa, apenas músculo, casi solo hueso.

— Acompáñame. Mi asistente Victoria lo tiene todo preparado. Firmaste con lucidez, ¿verdad?

— Más lúcida que nunca.

La sala era tecnológicamente pulcra, pero había detalles inquietantes: unas prendas como de piel secándose encima de un radiador, fórceps demasiado largos, bandejas con instrumentos bañados en luz lila. “Es para la proliferación de células madre”, explicaría después Abernathy con tono casual. Pero parecía hecho para inquietar.

Mientras la anestesia hacía su labor, los últimos pensamientos de Teresa giraron en torno a cómo sería amanecer en un cuerpo nuevo, sin dolor, sin angustias, capaz de cautivar, capaz de aniquilar las inseguridades con solo mirarse al espejo. Al quedarse dormida, vio el reflejo de unos ojos —los suyos, aún— llenos de miedo y de expectación mezclados a partes iguales.

El despertar fue como emerger de un lago al amanecer: confuso, helado, pringoso. El doctor y Victoria observaban desde la penumbra, como porteros de un limbo personal.

— ¿Puedes mover los dedos, Teresa?

Movió los dedos y sintió cada hueso, cada tendón, distinto, recubierto de una piel húmeda y sensible. —¿Qué…? —La garganta no era suya.

Victoria le acercó un espejo. Teresa se contempló; la piel era translúcida, tensada como el papel de arroz, allí donde había pedido bordes definidos había protuberancias nuevas, una línea de cuatro vértebras sobresalía en la base del cuello. Los pómulos parecían de vidrio bruñido; las órbitas aún eran las suyas, pero todo lo demás era nuevo. Armonioso… pero antinatural. Perfecto, pero tan distinto.

— No te preocupes. Tu cuerpo se adapta. Es el precio de la transformación —dijo el doctor, su tono como el de un padre informando a su hijo sobre el dolor de crecer.

Durante los primeros días Teresa creyó que todo era parte de la recuperación. Los espasmos, el frío que reptaba por los brazos, la voz aflautada y la forma en la que la piel a veces parecía expandirse y retraerse por sí sola. El espejo se volvía un enemigo. No era la tipa patética de antes, pero tampoco humana. Salía solo de noche, cubierta, y sentía que todos bajaban la vista al cruzarse con ella, que nadie soportaba su nuevo aspecto, que las miradas se deslizaban sobre su piel como agua sobre cera.

La primera advertencia real vino una noche en que despertó de golpe, encorvada en el baño, vomitando algo viscoso y rojo. Al tocarse el interior de la boca, sintió llagas abiertas al final del paladar. Los dedos, esos mismos dedos que abrazaban el lavabo, temblaban y se hinchaban al contacto con el agua. Gritó, pero su voz sonó doble, como si alguien más también gritara a través de ella. En el reflejo del azulejo, algo pareció moverse bajo la piel del cuello.

Acudió de nuevo a la clínica. Abernathy la examinó con cuidado clínico.

— Es parte de la adaptación —explicó, mientras le recetaba calmantes. — Has sobreestimado tu capacidad de ajuste, pero tu cuerpo cederá. Pronto te sentirás cómoda en tu propio pellejo.

Teresa regresó a casa esa noche con la sensación de que el doctor no le decía la verdad. Tenía la certeza de que había algo más acechando en su interior. Cada noche era más difícil soportarse; la piel palpitaba, los huesos parecían querer salir de donde estaban, y su mente, su mente flaqueaba.

A las pocas semanas, los sueños comenzaron. Siempre era la sala de operaciones, siempre los mismos rostros: Abernathy, Victoria, pero con pestilentes parodias de sus facciones. Los bisturíes eran tentáculos, los guantes manchados de carne y tejido. Voces en su oído susurrando que nunca sería suficiente, que nunca dejaría de cambiar, que jamás sería “completa”.

Despertaba bañada en sudor, rascando la piel hasta sangrar. Sus dedos ya no eran del todo rígidos; las falanges podían torcerse en ángulos imposibles, adoptando gestos que una mano humana jamás lograría.

Aislada, dejó de responder a sus conocidos. Solo acudía a Abernathy, quien la observaba con frío deleite y firmaba recetas, sin la menor intención de revertir el proceso. Ni siquiera Victoria la miraba a los ojos.

Una noche, el dolor se volvió tan insoportable que deseó morir. Pero su cuerpo, extraño y resbaladizo, parecía resistirse. Se encorvó en el suelo de su baño y se sintió despojada de sí, como si algo ajeno la habitara y moldeara desde dentro.

Entre delirios, creyó ver sombras moviéndose bajo la piel, como gusanos, como raíces buscando la luz. Lloró, pero sus lágrimas olían a desinfectante.

Despertó con la rotunda seguridad de que no era Teresa, sino la suma de todo lo que nunca debió haber sido. Intentó buscar ayuda en foros, pero nadie parecía creerle. Otros pacientes de Abernathy —eso descubrió— también habían desaparecido poco después de sus intervenciones. En chats clandestinos, surgían rumores: “la carne nueva cobra vida por sí sola”, “el cuerpo sigue cambiando hasta que reclama lo que perdió”.

Desesperada, decidió colarse por la noche en la clínica, en busca de respuestas. Vio a Victoria salir, sola. El eco de sus pasos en el pasillo fue su única compañía mientras se colaba en el despacho del doctor. Allí, entre informes, Teresa encontró nombres, fechas, fotos del “antes y después” de decenas de pacientes. Ninguno parecía feliz. En todas las fotos de “después”, los ojos eran inmensamente tristes, implorantes.

En una carpeta aparte halló descripciones detalladas de cada modificación, acompañadas de notas en un lenguaje que tomó por latín o quizá por algo más antiguo aún. Una frase se repetía al final de cada informe: “El cambio nunca es completo. Lo incompleto siempre llama a lo incompleto.”

Frente a ese hallazgo, se sintió observada. Giró sobre sus talones y lo vio: Abernathy estaba tras ella.

Su mirada no era la del médico amable de antes. Era fría, depredadora.

— ¿Querías saber la verdad, Teresa? —dijo, cerrando la puerta tras de sí. — Esta clínica no es un lugar para quienes buscan simple belleza. Es un reducto para los insatisfechos, para quienes están dispuestos a renunciar a sí mismos al precio de la perfección. Pero la carne siempre recuerda lo que le han quitado.

Por un momento, su propia piel pareció vibrar, como si respondiera a la voz de Abernathy.

— ¿Qué me has hecho? —susurró Teresa, la voz no era suya, sino una amalgama de muchas voces y gritos.

— Te he convertido en lo que deseabas: algo nuevo. Pero tu cuerpo aún ansía su forma original, aún quiere sanar. Solo que no puede.

La tomó del brazo, firme pero sin violencia. Paseó su mano por los bordes antinaturales de su hombro.

— Hay quienes logran adaptarse. Hay quienes simplemente no pueden. Tú eres de los segundos, Teresa. Y eso significa que tu carne tratará de volver a lo que era… sea como sea.

Antes de que pudiera responder, sintió un estremecimiento. Un tirón debajo de la piel. Un dolor tan hondo que le arrancó un grito de animal. Abernathy la acompañó mientras se retorcía sobre el piso.

— Tranquila. Esto pasará pronto. Solo que, cuando termine, ya no serás Teresa. Serás… otra cosa.

En su mente, alcanzó a percibir destellos: las manos de Abernathy, los bisturíes, los instrumentos de Victoria. Los veía trabajar incansablemente, como si fuesen escultores y ella una masa de arcilla esperando su forma definitiva.

El último pensamiento lúcido que tuvo fue el deseo frenético de volver a tener su cuerpo original, de retroceder el tiempo y negarse… Luego, sólo hubo un negro abismo de sensaciones desordenadas y fluidos.

***

Seis meses después, la clínica sigue abierta. Nadie vuelve a ver a Teresa. Pero hay una extraña nueva asistente en la sala de espera de Abernathy: viste batas largas para ocultar los brazos deformes, se cubre la cabeza con un turbante para disimular los bultos que recorren su cráneo. Alguien que aguanta en silencio las miradas huidizas de los impacientes clientes.

Al fondo, el doctor sigue esperando, su sonrisa cada vez más pequeña, los ojos igual de secos. Quizá lo único que nunca cambia en la clínica es el modo en que la carne sigue buscando, noche tras noche, el consuelo imposible de una forma definitiva.

Porque en algún lugar de esa clínica húmeda y fría, la carne rechazada de todos los pacientes sigue palpitando, deseando volver a casa… y, a veces, lo consigue.

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