Portada del relato La piel que habito
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Fragmento:


La sesión comenzó. Una cirugía tan meticulosa como un grabado. Cristina sintió cada movimiento, la presión lejana de brazos que se doblaban sobre su pecho, el calor fugaz de un líquido que le recorría la clavícula. Marcelo le hablaba, hilo tras hilo de frases hipnóticas; le describía la nueva forma de su cuerpo como si ya fuera suya. Con él, las palabras no eran consuelo: eran parte del proceso. "La carne es arcilla. Lo transitorio revela su verdad bajo el corte adecuado," recitaba.

Duración: 10:08

La piel que habito
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Texto de ajuste de pausa.

El zumbido de la máquina retumbaba como un enjambre de insectos en la pequeña sala sin ventanas. Cristina yacía boca arriba, desnuda salvo por una sábana de papel que le rozaba la piel fría y erizada. Las luces halógenas colgaban como estrellas muertas, pálidamente reflejadas en las paredes de acero. Era su tercera sesión. Su decisión no tenía marcha atrás.

Marcelo, el tatuador que alguna vez había ganado notoriedad en foros underground por la perfección de sus líneas y el realismo enfermizo de sus imágenes, ahora era mucho más que un tatuador. Sus herramientas se exhibían en una repisa de vidrio: al lado de las agujas, pigmentos y bisturís, reposaban mezcladoras ligadas a tubos de silicona, pequeñas sierras eléctricas, moldes de resina y escenas bandejas con lo que parecían minúsculas prótesis de titanio. "Bioartista", decía su tarjeta, con letras limpias sobre fondo negro, aunque ya nadie en el mundillo de modificación corporal empleaba nombres tan inofensivos para lo que él hacía.

Cristina había llegado a él únicamente por recomendación, a través de contactos que preferían permanecer anónimos. Cuando entró aquella primera vez, la invadió una oleada de dudas, pero la curiosidad, la promesa de una transformación total, fue más fuerte. Ahora, en el umbral de ese rito final, sentía que una infinidad de ojos la observaba desde la penumbra de la antesala, aunque estaba segura de que estaban solo ellos dos. Sabía que algunos clientes nunca volvían; hasta se especulaba fuera de la trastienda que Marcelo elegía a sus mejores obras no ya para el arte, sino para cultos aún más secretos.

"Lista," murmuró Marcelo, ajustando la mascarilla quirúrgica, sus iris claros ardiendo bajo la luz blanca. Cristina asintió, no confiando en su voz. El hombre dedicó un gesto lento a su estuche, sacando una hoja de bisturí al tiempo que una enfermera—pálida, delgadísima—le entregaba una jeringa. La somnolencia llegó tras la primera punción, no lo suficiente para dejarla inconsciente, pero lo bastante para adormecer cualquier atisbo de dolor. Marcelo veía el miedo en sus ojos, pero prefería esa tensión; los clientes anestesiados, decía, nunca salían igual.

La sesión comenzó. Una cirugía tan meticulosa como un grabado. Cristina sintió cada movimiento, la presión lejana de brazos que se doblaban sobre su pecho, el calor fugaz de un líquido que le recorría la clavícula. Marcelo le hablaba, hilo tras hilo de frases hipnóticas; le describía la nueva forma de su cuerpo como si ya fuera suya. Con él, las palabras no eran consuelo: eran parte del proceso. "La carne es arcilla. Lo transitorio revela su verdad bajo el corte adecuado," recitaba.

El procedimiento no era solo externo: buscaba modificar la musculatura para que una vez sanado el tejido, el torso de Cristina adquiriera el perfil de una iguana antropomorfa, con un relieve tridimensional, escamas simuladas y, bajo la piel, alambres y resortes anclados para mantener la posición de sus espaldas nuevos apéndices óseos. Pigmentó, tatuó, insertó pequeñas placas modeladas a mano. El rango de movimientos esperado sería limitado, pero, al decir de Marcelo, el sacrificio de la movilidad es mínimo cuando se trata de trascender el cuerpo humano.

Pasaron horas. Las lámparas colocaban todo en una noción flotante del tiempo. Cristina, medio dormida, sintió de pronto un frío taladro que le perforó la mente: una parte de Marcelo le decía, desde adentro, que eso ya no era piel. Que eso ya no era solo su carne, sino la suya también. Lo sintió no solo en el dolor difuso, sino en el extraño cosquilleo que subía por su columna cuando Marcelo limpiaba el sudor de su frente, cuando apretaba los bordes de la incisión con la precisión de un escultor. Era como si ambos respiraran al unísono. Y en ese casi éxtasis, la lucidez le trajo terror.

En algún punto del proceso, Cristina se sintió fragmentar. Su ansiedad ya no era solo física. De hecho, la frontera entre su mente y el espacio se desdibujó. Visualizó, como en un sueño lúcido, un lugar de paredes carcomidas y suelos de piel humana, donde figuras anónimas se deslizaban reptando, deformadas hasta el anonimato. Aquellos seres la miraban desde la oscuridad, los huesos cribados de implantes y cicatrices. Supo que algunos eran, o habían sido, clientes de Marcelo. Y supo también que el fin de cada procedimiento no era obtener un cuerpo más bello o excéntrico, sino reunir a estos nuevos monstruos en un pacto de dolor y mutación.

—¿Duele?,—musitó Marcelo, inclinándose sobre su oído.

—No lo suficiente para arrepentirme,—balbuceó Cristina, luchando contra el adormecimiento. Quiso gritar que se detuviera pero, al hacerlo, sintió que ya era imposible. Su cuerpo no le pertenecía del todo. Marcelo murmuró algo ininteligible en latín, y el ácido olor del cauterio invadió la sala.

Al fin, Marcelo anunció la conclusión. “Eres arte”. La ayudante le aplicó vendas y plásticos, involucrada en una especie de ritual repulsivo y sereno. Pero lo peor no fue el dolor; lo peor vino después, mientras ella yacía postrada durante días en la casa que Marcelo le prestó para su rehabilitación.

La habitación era tan hermética como la sala de operaciones, sin ventanas, con apenas la frialdad metálica y una cama demasiado baja, casi una repisa. Cristina intentó moverse y supo en carne propia que su columna era ahora una costra, una sierra bajo la piel. Cuando se palpó la espalda, los dedos reconocieron un relieve ajeno: las asperezas de un reptil, rugosas, casi vivientes.

El primer día pasó entre sueños y fiebres. En sus sueños reaparecían los seres de la cripta, aquellos clientes anteriores, susurrando palabras incomprensibles. Cuando despertó, notó que los vendajes se mojaban con un líquido espeso, ni sangre ni pus. Era oscuro, aceitoso, y tenía un aroma metálico, como si su piel sudara mercurio.

El segundo día, Cristina escuchó voces al otro lado de la puerta. Marcelo discutía con alguien sobre los límites de la carne y el deseo. Palabras sueltas: “renacimiento,” “desequilibrio,” “transgresión.” Durante la noche, creyó ver entre sueños una figura encorvada junto a su cama, examinando las heridas, aspirando el aire de su boca, dejando caer algo frío bajo sus sábanas.

Finalmente, el cuarto día, la herida inicial fue desplazada por un nuevo picor, un escozor que nacía por debajo de la piel. Cristina fue hasta el espejo del baño, uno de esos viejos, opacos, que apenas devolvían una silueta. Retiró con dificultad parte del vendaje y vio lo imposible: las placas de silicona implantadas parecían moverse. Los bordes estaban cubiertos de vasijas diminutas, ramificadas de color azulado, como si la piel intentara absorber el injerto por completo.

Cerró los ojos. El escozor aumentó. Un calambre le recorrió la columna. Entonces vio, realmente vio, la segunda cara: no la de la iguana, sino la suya propia transformada, la de otro ser que surgía desde la frontera misma de su humanidad. Se vio a sí misma como parte de una multitud subterránea, carente de identidad anterior. Marcelo estaba allí, sonriente, con una bata manchada de carmesí, dándole la bienvenida a un abismo sin fondo.

Pasaron días indeterminados. Las marcas de sutura se fusionaron gradualmente en líneas negras, como lenguas de fuego tatuadas de modo permanente en la carne. La movilidad volvió poco a poco, y Cristina experimentó la misma emoción que alguien ante un don prohibido. Se detestaba y amaba a la vez. En cada giro frente al espejo no veía a una humana, sino a la criatura que Marcelo había moldeado.

Una tarde, mientras intentaba dormir, sintió un movimiento bajo la carne de la espalda. El implante no solo estaba vivo, sino que tenía ya su propia voluntad. Un cosquilleo de patas diminutas se extendía desde la base del cráneo hasta la cintura, como si un enjambre de insectos hubieran hecho de su cuerpo su hogar definitivo. Cristina gritó, convencida de haber enloquecido, pero la criatura dentro de ella solo le respondió con más dolor y una fuerza sobrenatural que la hizo enderezarse en la cama.

Marcelo la visitó al día siguiente. Tardó varios minutos en abrir la puerta. Llevaba bajo el brazo un portapapeles repleto de fotografías de otros como ella, “clientes satisfechos”, según dijo. Cristina miró esos rostros mutados, todos enmascarados bajo extensiones y placas, y le sobrevino la extraña certeza de que no eran personas, sino trozos de carne donada a un arte sin reverso.

—Todo va según el plan,—dijo Marcelo, y le tocó el hombro modificado.—¿Sabes ya qué te falta?

Cristina sintió en ese instante una descarga eléctrica de placer y terror. No quería otra intervención, pero su cuerpo sí. La criatura interna retorció su columna, como si le suplicara abrirse aún más, transformarse, consumir la poca humanidad que restaba.

Esa noche, los sueños de Cristina cambiaron. Ya no era una víctima; era un depredador. Caminaba entre hombres y mujeres comunes, y en el reflejo de las vitrinas, solo ellos se veían humanos; ella era una sombra reptante, ayudando a Marcelo a atraer más “pacientes” a la trastienda del taller.

Una semana más tarde, en una reunión de interesados en modificaciones extremas, Cristina apareció como invitada especial. Nadie reconoció en ella a la mujer que había sido. Se mostró, orgullosa, como el primer eslabón de una nueva cadena, más monstruo que persona.

Aquella misma noche, Marcelo eligió a su siguiente paciente. Cristina, en la penumbra, se acercó —con ese reptar propio de su nueva columna vertebral— a quien dudaba en el umbral. Le susurró al oído, convincente y maternal: “Nada duele para siempre. Después, solo queda el placer.”

Y mientras ella guiaba a la siguiente candidata hacia la mesa de acero, supo que ahora la piel y la carne no separan el horror del arte; simplemente lo perpetúan. Porque quien alguna vez se deja modificar no vuelve, jamás, a ser solo humano.

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