Hay un olor aceitoso en el estudio de Lord Selyan, difícil de describir más allá de una mezcla entre los fluidos secos del cuerpo humano y el metal envejecido. Ese olor, inconfundible y persistente, lo noté la primera vez que crucé el umbral, invitado por mi antiguo colega Aleister Lome. La invitación, inicialmente, la recibí con esa mezcla de arrogancia y curiosidad reservada para las rarezas aristocráticas de Londres. “Voy a mostrarte una transformación”, escribió Aleister, “pero será tu carne quien la juzgue, no tu mente”.
La casa sobre Sarum Lane se alzaba entre nieblas de septiembre, recortando su silueta gris como un féretro vertical. La tormenta nocturna había curtido la piedra, y la tenue luz amarillenta de las farolas se reflejaba distorsionada en los ventanales. Al interior, una colección de extraños dibujos anatómicos y esculturas inquietantes adornaba los muros como si la propia casa hubiese comenzado a soñar con otras formas, otras posibilidades para lo corporal.
Me recibió Mather, el criado de confianza, con ese respeto seco y profesional de las antiguas servidumbres que huelen más a clínica que a hogar. Aleister esperaba en la sala central; su aspecto había mutado desde nuestra última reunión: delgado al extremo de lo espectral, ojos húmedos, uñas largas y piel casi tornasolada, como si toda su persona pendiera en la frontera de otro plano existencial.
“Querido Lionel”, dijo. “Te agradezco que hayas venido. Esta noche presenciarás lo que algunos llamarían horror, otros arte. Yo, sencillamente, lo llamo revelación.”
Instintivamente, tomé el vaso de licor que me ofreció. Observé sus dedos, sobre los cuales brillaban pequeños implantes de madreperla y platino, tan finamente encajados en la epidermis que parecían brotar de ésta, formando patrones geométricos e hipnóticos.
“¿Siempre fuiste tan… adornado, Aleister?” inquirí.
Sus labios se curvaron en una sonrisa que reveló caninos limados. “No adorno. Modificación. Más allá de cirugía o mutilación. Permíteme mostrarte.”
Nos adentramos por un pasillo hasta una galería secundaria, iluminada por lámparas de gas cuya luz fluctuaba, lanzando sombras danzantes sobre techos y suelos. No era mi primer encuentro con la osadía humana frente a sus propios límites—había visto piercings rituales en la India, escarificaciones en África, cirujanos clandestinos en América. Sin embargo, lo que Aleister pretendía mostrarme era otra cosa por completo.
La galería estaba repleta de vitrinas. Dentro de cada una, flotando en solución salina, se encontraban fragmentos humanos: manos con garras cristalinas, orejas talladas en espiral, párpados sellados por delicadas filigranas de oro. En otras, fotografías: cuerpos vivos, pero transformados; el costillar abierto para dejar expuesto un corazón palpitante en jaula de plata, rostros extendidos indefinidamente, como máscaras de pesadilla.
“Esto ya roza el sacrilegio”, murmuré.
“No hay sacrilegio en descubrir posibilidades”, sentenció Aleister. “Las formas que hallas monstruosas existen desde siempre en la memoria molecular de la carne, sólo esperan doctrina y bisturí. El miedo es una falsa realidad, Lionel. Quiero ofrecerte la verdadera.”
Había en su movimiento una reverencia y, a la vez, una excitación casi adolescente. Se acercó a la última vitrina. Dentro, en la penumbra verde del formol, asomaba algo de proporciones erróneas, como una figura humana cuyos brazos habían crecido hasta el suelo y cuyos ojos florecían múltiples desde la frente. Supe que, de alguna manera imposible, aquello había sido humano.
Aleister pronunció entonces una frase que resonó como un eco de ultratumba: “¿Nunca has deseado ser de otra manera? ¿Nunca has tratado, ni siquiera en sueños, de verte con otros ojos, otros huesos?”
Había, reconozco, una fascinación mórbida en sus palabras y en su colección. Quise preguntar más, pero mis labios no obedecieron. Él debió notar mi inquietud, pues añadió: “Esta noche abriré el umbral, Lionel. Todo es consentimiento. Sólo míralo.”
La pieza central de la galería era un diván cubierto de cuero negro. Encima, yacía un joven—supe por el nombre bordado en el extremo de la bata: Simon—cuyo cuerpo estaba cubierto de tatuajes apenas perceptibles a la luz. Aleister me hizo sentarme mientras tomaba las herramientas de una bandeja: cuchillos quirúrgicos, agujas, martillos de goma, objetos de metales preciosos cuya finalidad no podía siquiera adivinar.
“Inicio la obra”, murmuró, y Simon asintió, los ojos abiertos como un animal exótico, hasta brillar en delirio.
La intervención comenzó suavemente. Aleister inyectaba pigmentos debajo de la piel, moldeaba protuberancias, cortaba y cosía, retorciendo los tendones para cambiar la disposición de los dedos. En vez de horror, percibí un ritual, casi una ópera meticulosa, donde cada gramo de dolor era transmutado en éxtasis por el muchacho. Yo observaba, entre fascinado y repugnado, la forma en que su humanidad se disolvía, transformándose en algo nuevo, soñado, tal vez abominado, pero absolutamente real.
Fue entonces cuando comenzó el verdadero terror.
Sentí, o creí sentir, que el aire se espesaba. El tic-tac del reloj se duplicó. Los colores del cuarto se fundían unos con otros, y a veces el rostro de Simon era idéntico al mío, extendiéndose en una miríada de ojos flotantes. La voz de Aleister se multiplicaba, al principio en susurros detrás de mi oreja, luego interiores, luego desde mi propia boca. “Esto lleva siglos sucediendo, Lionel. El horror es la puerta.”
Intenté levantarme. Descubrí, horrorizado, que mis miembros no respondían como antes; sentía mis huesos blandos, la columna multiplicándose en ramificaciones. Las vitrinas reían. En cada fragmento humano veía reflejos de mí mismo: mi boca proyectada, mis ojos parpadeando sobre otros músculos, mi rostro extendido sobre torsos blanquecinos.
“Basta, basta”, balbucí.
Aleister se acercó. Su cara flotaba ahora sobre su cuerpo, separada apenas por un halo de carne mal soldada. “¿Ves? La carne es sólo una interpretación. El horror te parece real porque nunca cruzaste su umbral. Pero mira bien, Lionel. Nadie es verdaderamente uno. Todo es múltiple, todo es reversible. ¿No deseas que te ayude a recordar?”
Al intentar gritar, mi voz sonó estrangulada, como si proviniera de los pulmones de otro. Tras la pálida máscara de mi propio rostro en el reflejo de la vitrina, reconocí una sonrisa; la pieza de museo no era otro sino yo mismo, mi forma transformada, eternamente exhibida entre horrores volutamente ajenos.
La escena se disolvió durante un instante; el mundo se redujo a latidos irregulares. Vi a Simon levantarse, su andar ya no era humano sino polimorfo, reptando, saltando, flotando. El diván estaba cubierto de sangre fresca y oscura. Aleister volvía a mirar, grabando cada cambio con los dedos cosidos entre sí como raíces de un árbol, como tentáculos.
En el delirio, cada modificación era un padecimiento colectivo. Sentí que miles de ojos me observaban desde mis propios poros. Recordé cosas imposibles: operaciones sobre mi carne ejecutadas en cámaras de vidrio, herramientas que cortaban mi lengua, insertaban fragmentos mecánicos en mi corazón. A veces, mis brazos se multiplicaban; a veces, encontraba formas mineralizadas bajo mis costillas. Una y otra vez, mi mente repetía lo mismo: yo era sólo el resultado temporal de infinitos cuerpos.
La falsa realidad se volvió abismo. Oí a Aleister pronunciar palabras antiguas, o tal vez sólo pensamientos inyectados directamente en mi cerebro: “Nos narramos para no recordar. Es la memoria corporal la que aterra. Todo esto eres tú, sólo que has olvidado que así lo escogiste. Yo sólo lo revelo.”
Desperté en un cuarto a oscuras, la boca reseca, los huesos vibrando. La ventana abierta y la tormenta marcada sobre los cristales. Por un momento, creí que todo había sido un sueño horrible, una alucinación desatada por la mezcla de licor y arte degenerado. Me incorporé y vi, sobre mis muñecas, una incisión reciente—no mayor que el corte de una aguja fina. Alrededor del corte, círculos concéntricos de una tinta que no recordaba haber visto jamás.
Regresé a mi apartamento, pero nada pudo volver a ser igual. Algunas noches, cuando el sueño apenas roza la vigilia, siento que la carne de mi rostro comienza de nuevo a moverse, a estirarse, que mis huesos flotan y mis ojos duplican el mundo en fragmentos inasibles. Cuando me miro en el espejo, a veces no reconozco mi reflejo, y otras, incluso, no hay reflejo alguno, sólo una galería de vitrinas vacías, esperando ser llenadas.
He evitado a Aleister desde entonces, aunque a veces encuentro sus mensajes: una caja con bisturíes en mi buzón, una llamada sin respuesta, el eco lejano de sus palabras en los muros de mi habitación. Los periódicos de Londres a veces mencionan desapariciones, y sé, en lo más profundo, adónde conduce ese umbral de carne y delirio.
No estoy seguro de cuál es la realidad verdadera. ¿La piel que ahora habito, marcada y extraña, es la que siempre me correspondió? ¿O sigo, de hecho, atrapado en la galería, entre vitrinas, cada noche repitiendo—sin saberlo—mi última transformación? El horror, al final, no es la mutilación. Es, simplemente, la sospecha de que nunca hemos sido lo que creemos; que la carne sólo necesita un pequeño corte para que lo imposible insista, vuelva a nacer, y se reclame, para siempre, como nuestra verdadera forma.
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