Portada del relato El arte en la carne
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Fragmento:


La mujer sólo negó con la cabeza. “No quiero olvidar. Quiero que nadie más recuerde quién fui.”

Duración: 11:08

El arte en la carne
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Texto de ajuste de pausa.

Ni los gritos de los camiones silenciados en la madrugada ni el canto de los motores a lo lejos conseguían apagar el sonido constante, inquietante, del cuchillo. Un rasgueo lento, deliberado, casi amoroso, a través de la carne. Así comenzaba cada noche en la clínica de Modificaciones Akerman, el local sin vitrinas ni letreros en la angosta Callejón Violeta, oculto entre dos almacenes de latas y cigarrillos.

Antes de que llegara siquiera a atender al primero de sus clientes, el Dr. Henrik Akerman se erguía frente al espejo de su sala, martillando con los nudillos su apretado cráneo rapado. Cada mañana, como parte de su rutina, se contemplaba buscando el menor defecto, una arruga que no recordase, una línea de expresión traidora. Por fortuna, su profesión le permitía corregir, perfeccionar, extirpar.

Cuando abrió la puerta aquella noche y le vio a ella –una mujer de rostro ovalado y mirada de graznidos, los ojos coronados por bolsas de insomnio indescifrable– supo de inmediato que sería una sesión distinta. “Vengo por la memoria”, murmuró, bajando apenas el mentón y dejando al descubierto el hueso puntiagudo de su mandíbula.

Akerman, en sus años, había escuchado peticiones insólitas. Implantes de hueso que sobresalen como aletas, ojos de cristal con iris felino, piel tatuada con biosensores. Pero la memoria, eso sí era nuevo. “¿Qué recuerda usted que desee borrar?” preguntó metódicamente, creyendo adivinar el motivo tras los labios apretados.

La mujer sólo negó con la cabeza. “No quiero olvidar. Quiero que nadie más recuerde quién fui.”

Por supuesto, Akerman sonrió. “La modificación completa. Borrar la historia en la carne.” Y sin más, la invitó a pasar. Era exactamente el tipo de trabajo para el que había dejado la medicina convencional: recrear una vida, transmutar una identidad a través del bisturí, injerto a injerto, cicatriz por cicatriz.

Con el tiempo, la clínica de Akerman fue conocida no por lo que ofrecía, sino por lo que ocultaba. Allí, el mutilador de conceptos, el arquitecto de nuevas pieles, llevaba a cabo las más exquisitas y secretas transformaciones. El rumor corría: si querías ser alguien más, si deseabas que el mundo olvidara tus pecados, los surcos en tus mejillas, las marcas de tu historia, debías buscarle a él.

La mujer –llamémosla Gabriela, la última vez que tuvo nombre– se recostó en la camilla blanca como una losa. Akerman comenzó el ritual. Extrajo fotos antiguas de su cartera, una de las cuales mostraba a un niño abrazando a una madre muy joven, con una cicatriz en la ceja. “Esto quiero destruir.” Akerman alzó la ceja, la cuchilla danzando entre sus dedos.

- Es sólo una cicatriz –dijo.

- Pero toda la memoria está en la piel, doctor. Si deja de estar, ¿me reconocerán acaso? ¿Recuerdo yo misma lo que fui si los signos desaparecen?

Qué fascinante idea. Akerman no pudo evitar pensar en su propia piel, en la ausencia de cicatrices. ¿Qué de él quedaba si no la memoria de sus manos realizando cortes perfectos?

El procedimiento se dedicó primero a lo superficial: limar hueso, quitar labio, injertar con láminas de dermis sintética el antebrazo donde un tatuaje encriptaba secretos de infancia. Gabriela nunca emitió un quejido. Miraba con atención, cada tanto posando los ojos en el acero frío de las herramientas. Akerman se sintió, por primera vez en años, ansioso ante una paciente.

El bisturí describía duelos silenciosos sobre la epidermis. Una línea, una curva, un corte ligero sobre la mejilla y ya no habría diente incisivo marcando el músculo. Extirpar, lijar, rellenar; el procedimiento duró horas, en las que Akerman se interrogó si sería capaz, alguna vez, de borrar por completo un yo.

Pasaron los días. Cuando Gabriela volvió para la segunda sesión, traía la voz rota y una expresión aún más ajada, como si la piel reparada hubiera comenzado a rechazar su nuevo rostro. “La boca no me responde, doctor. No siento nada.” Él sonrió, midiendo la tensión de la dermis; era posible, sí, que hubiese dañado un par de nervios durante la reconstrucción. Pero la voz de Gabriela no era la queja superficial de un nervio cortado. Era la voz de quien ya no recuerda cómo hablarse a sí misma.

- ¿Aún me reconoce? –susurró.

- No, pero tampoco usted me reconoce, ¿no es cierto?

Durante noches, algo inquietante empezó a ocurrir. Akerman despertaba sudoroso, seguro de haber escuchado sus propios huesos crujir. Tenía pesadillas en las que no poseía manos, en las que su propio rostro era un mosaico de carne ajena; partes, fragmentos, retazos de piel endurecida que se desplazaban como gusanos bajo la superficie. Sueños en los que se miraba en el espejo y el reflejo le devolvía cien rostros, ninguno suyo, cada uno exigiendo la devolución de sus cicatrices.

Gabriela volvía semana tras semana. El trabajo se intensificó: cambio de pabellón nasal, nuevos pómulos, la inserción de filamentos de fibras ópticas en la esclera de los ojos para modificar el color. Akerman trabajaba con furia y cuidado, esculpiendo día tras día una criatura que ni él mismo podía concebir al final de la semana. Al principio fue por el desafío técnico; pronto, sin embargo, el motivo se volvió personal. Había dejado de reconocer sus propias manos; los músculos entre el pulgar y el índice eran demasiado tensos, demasiado ajenos. Se preguntó si la carne podía contaminarse de lo que cortaba, si al manipular y recomponer la memoria de Gabriela estaba, acaso, afeando la suya.

La última noche, Gabriela llegó tempranísimo, envuelta en un abrigo que cubría incluso el rostro. Akerman encendió las luces frías y recibió el envoltorio como si contuviera una herida y no una persona. Observó, estupefacto, que traía consigo una caja de madera. Cuando la abrió, desveló muestras de piel, cabellos, un diente. “Lo último que quedaba de mí”, explicó. “Quémelo. Enséñeme a ser Nadie.”

Akerman trató de resistirse, pero había ya algo irremediable en los ojos de Gabriela, un brillo roto, árido, no humano. Tomó la caja, la arrojó a la incineradora allí mismo, en el gabinete. El olor a carne quemada –propia, ajena– impregnó la sala de operaciones.

Entonces fue cuando Akerman escuchó el primer susurro. No fue una voz física, ni una alucinación rabiosa: fue una presencia en la piel, una pregunta innombrable. ¿Qué parte de uno mismo puede contarse todavía, cuando la carne ha olvidado? ¿Qué es lo que se queda cuando el cuerpo ha sido vaciado de historia?

El horror surgió de la lentitud del cambio. Al principio, Akerman notó que al cuchillo le costaba abrir la carne; la epidermis de Gabriela era ahora más densa, opaca, como si la dermis misma se negara, por fin, a ser modificada. Los músculos no respondían como antes, y cuando Akerman intentó reparar un desgarro involuntario, la sangre que manó tenía un tono plomizo, abstracto.

- No puede seguir –advirtió–. Hay zonas que ya no pueden sanar.

- Ese es el punto –contestó Gabriela, y su voz era un eco seco–. Cuando todo se haya ido, la memoria dejará de doler.

Esa noche, Akerman la dejó ir. No cerró la puerta tras ella. No levantó la vista de sus manos hasta oír, a la distancia, la puerta exterior cerrándose para siempre. Segundos después, una ráfaga de vacío recorrió la clínica, un frío que perforaba más allá de los huesos.

No volvió a ver a Gabriela. Pensó que aquello era el final; que la identidad se había extinguido bajo las luces frías de su quirófano.

Pero pronto vinieron otros. El rumor había crecido en la ciudad: el Doctor Akerman borraba historias, esculpía pieles sin pasado. Hombres y mujeres acudieron en busca de redención, venganza, evasión. Cambió cejas, rodillas, rasgos. Los clientes no tenían sombra cuando se iban: la piel sin historia, los ojos sin luz.

La fisura se abrió, lentamente, en Akerman. Las semanas siguientes, sus reflejos comenzaron a adulterarse. Un ojo marrón donde debería haber un azul, una cicatriz desconocida en la palma. Golpeaba el espejo y las imágenes no se restauraban. Una noche, se miró con atención: la cicatriz del pulgar, la que traía desde la infancia, había desaparecido. Buscó tozudamente, bajo las uñas, las arrugas de la vejez; pero nada quedaba de su historia. Las marcas de las operaciones, los tatuajes de la escuela de medicina: todo se había borrado de su propia piel, como si la memoria de sus clientes se le hubiese adherido y, en parasitismo mórbido, hubiese borrado la suya.

El terror empezó a invadirle. Cuando las luces se apagaban, sentía a personas delante de él. Rostros sin rostro. Cuerpos que no podía identificar, cuyas voces eran ecos de las suyas propias. Ciertos días, alguna mano invisible trataba de guiarle el bisturí en medio de la cirugía; otras veces, no sabía si operaba sobre un paciente real o sobre su propia carne ya descompuesta.

Un viernes cualquiera, encontró a Gabriela apostada en el umbral de la clínica. Pero no era Gabriela. Ni siquiera era esa hipótesis. Era una figura indescifrable, sin sexo, sin edad, de piel tan tersa que no reflejaba ni la luz ni el miedo. El hueco de su boca recordaba apenas el antiguo trazo de unos labios. “¿Qué quieres ahora?” preguntó Akerman, con un tartamudeo impropio de su oficio.

- No he venido a pedir nada. Vengo a devolverte lo que quitaste.

Gabriela –o lo que quedaba de ella– se despojó de su abrigo y dejó a la vista su carne blanca, sin pliegues, sin memoria. Avanzó lentamente, y con cada paso, Akerman sintió que la piel bajo su bata se endurecía, se tensaba en facciones extrañas. El cuerpo de la visitante comenzó a extenderse, como una mancha de óxido o grasa, hasta alcanzarle. Y cuando la presencia de Gabriela se fundió con él, cuando ambos fueron uno bajo la luz mortecina del consultorio, Akerman supo que sería imposible olvidar: la memoria se implanta, sí, pero nunca se extirpa. Permanece ahí, tras la piel, creciendo como un tumor que por más que se corte, siempre regresa.

Esa noche, la policía acudió ante denuncias de ruidos y luces en la Callejón Violeta. La clínica estaba vacía. Solo había, en el suelo manchado, una caja de madera quemada. Los vecinos, supersticiosos, juraron nunca volver a caminar por ese lugar. Algunos dijeron después, con la voz trémula de los que han conocido el terror, que a veces, en la esquina, les pareció ver a un hombre y una mujer, contemplando sus rostros en el reflejo de un charco. Pero ninguno recuerda cómo son ahora sus propios rostros. Ni siquiera si alguna vez han sido ellos mismos.

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