Portada del relato La sonrisa del algoritmo
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Fragmento:


Se armó de valor y revisó el teléfono. La cámara seguía resplandeciente, y ahora, sobre lo que captaba, aparecían “stickers” virtuales: una boca enorme, dedos distintos, ojos abismales. Pulsó el botón de apagar, pero sólo subió el volumen, y el chillido del altavoz le retumbó en las sienes. Era una voz tan parecida a la suya susurrando entre silencios digitalizados:

Duración: 10:34

La sonrisa del algoritmo
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Texto de ajuste de pausa.

El teléfono vibró en plena madrugada, un susurro inquietante que se arrastró bajo la almohada. Antonia se despertó sobresaltada, como si un pequeño animal le roerá el pecho mientras dormía. La luz azul de la pantalla bailó sobre las sombras de su habitación, y por un momento creyó distinguir una figura curva junto a la puerta. Parpadeó dos veces. Nada. Solo la vieja polilla girando cerca de la lámpara.

El mensaje se abría como el filo de un bisturí:

“Te hemos etiquetado en una foto nueva.”

No tenía amigos que anduvieran despiertos a esas horas, y la notificación venía de un grupo llamado “FamiliaresX”. El avatar era un retrato antiguo de desconocidos, granulado, carente de relación aparente con ella. Una broma pesada, un spam probablemente. Sin embargo, el insomnio que le hervía la piel le empujó a mirar.

En la portada del grupo, un collage digital: imágenes y siluetas que sentía familiares, pero trastocadas, manchas de tinta y formas mutiladas entre álbumes borrosos. Había una foto precisamente suya, de hacía dos días, en la que recordaba posar ante el espejo del baño. Pero su rostro no era suyo. Sonreía, sí, pero la boca estaba descoyuntada, recortada y pegada torpemente, curvándose casi hasta las sienes. Los ojos adquirían una profundidad brillante, demasiado grande, coronados de unas ojeras verdes que no pertenecían a ningún difunto conocido.

Arrastrando el pulgar hacia abajo, Antonia notó que cada foto del grupo era una variante: ella niña con seis dedos, su abuela reeditada con una piel semicristalina, su madre de adolescente sonriendo con la mandíbula desplazada. Cuanto más abajo bajaba, más grotescas eran las alteraciones, como si en vez de filtros alguien hubiese retorcido los huesos y la carne al antojo de un deseo ajeno. Intentó salir, pero no encontraba el botón de “abandonar”. Al contrario, a cada intento, la aplicación reproducía un leve chirrido en el altavoz, como dientes royendo vidrio.

El primer comentario del último álbum la congeló:

“Lindos genes, hija. Así se mejora lo heredado.”

La cuenta llevaba el nombre de su tía abuela Clara, fallecida veintiún años atrás, esa de quien todos murmuraban cosas raras en los velorios. No se molestó en denunciar el grupo. El miedo se filtró como una baba espesa y vieja en su garganta y navegó de nuevo la galería. La última foto era en tiempo real: acostada, entre sábanas, exactamente igual a ella en ese momento, sonriendo con esa misma boca deformada. Recibió otra notificación: “Te han dado un toque”.

Lanzó el móvil lejos, contra el muro. Se sentó en la cama con el corazón destemplado y respiró hondo, como se hace después de una pesadilla. Pero al instante, el teléfono comenzó a vibrar solo. Y se encendió la cámara frontal.

***

No fue la primera vez. O eso creyó, recordando la cicatriz en la espalda que nunca pudo explicar. En su familia, había historias de operaciones secretas y prolongaciones inexplicables en las articulaciones, manos demasiado largas o tobillos dobles que los niños escondían tras los calcetines. Pero todo eso eran solo chismes de sobremesa o leyendas contadas por la bisabuela cuando se alargaban las sombras en la cocina.

Se armó de valor y revisó el teléfono. La cámara seguía resplandeciente, y ahora, sobre lo que captaba, aparecían “stickers” virtuales: una boca enorme, dedos distintos, ojos abismales. Pulsó el botón de apagar, pero sólo subió el volumen, y el chillido del altavoz le retumbó en las sienes. Era una voz tan parecida a la suya susurrando entre silencios digitalizados:

“Quisimos que te vieras mejor. Es todo parte de la sangre.”

Corrió al baño y se miró al espejo, temblando. Por un instante, su sonrisa le pareció ajena: más amplia, una hendidura que amenazaba romperle las mejillas. Se pellizcó los labios; duele. Se mojaron de sangre. ¿Era sangre, verdad? Se cubrió el rostro, conteniendo el grito.

El teléfono volvió a vibrar.

Ahora era un mensaje privado:

“Ven a vernos. Te enseñaremos todo. No temas la mejora.”

Era la dirección de la casa donde creció, la misma donde nadie quería pasar las navidades desde la muerte de los abuelos. Era una invitación con fecha y hora: las tres de la mañana. El icono de “Visto” parpadeó azul.

***

No era supersticiosa, pero esa noche el aire lucía más negruzco. Tomó un taxi—quiso desconectarse, pero el teléfono parecía una extensión de su piel. Ni siquiera el conductor le preguntó destino: lo leyó en el visor y partió en silencio.

De pequeña, la manía de su madre era tapar los retratos familiares con telas negras. Decía que así no se colaban espíritus. Decía que los espejos y las fotos eran portales. “Todo lo que te mira, puede tocarte.” Antonia se burlaba una y otra vez de esas rarezas, pero esta vez, cada palabra era un clavo más en la tapa de su cerebro.

Llegó a la casa, semiderruida y arrullada por el olor de la hiedra vieja. Las ventanas, cubiertas de papel periódico, y la puerta principal apenas sostenida por uñas de óxido.

El vestíbulo rezumaba moho y recuerdos. Todo era tal como el día del funeral, salvo que ahora el lugar rebosaba de pantallitas: en los marcos viejos habían colocado teléfonos, tablets y pequeños monitores, todos encendidos, mostrando videos o selfies transformados. Sonrisas colosales, ojos falos, rostros extrañamente hermosos, pero mutilados por filtros imposibles. Caminando despacio, Antonia encontraba su propio reflejo replicado y deformado en cada superficie brillante.

Se detuvo ante el espejo del comedor, ahora encendido por una tableta adherida sobre él. A través del cristal, la figura de la bisabuela la invitaba a acercarse. La cara de la anciana se agitaba en tenues oleadas digitales: primero surcada de arrugas profundas; luego, tersa y juvenil, pero con un contorno de los huesos forzado más allá de lo natural; después, irreconocible, derretida en un algoritmo de belleza imposible.

La voz de la tableta retumbó como si mil bocas parlotearan en germen:

—"No temas, nieta. Todo cambio es para mejor, siempre que sea en familia."

El reflejo la imitó, pero en vez de su silueta, vio un rostro sintético y brillante. Unos dedos largos y glaseados de saliva se asomaban desde detrás de la pantalla, como si pudieran acariciarla a través del vidrio.

Antonia no quería llorar, pero el temblor le subió de los pies a la raíz de los cabellos. Se giró, buscando una salida. Pero cada puerta estaba tapada por más dispositivos, y la casa vibraba con el zumbido de miles de notificaciones.

El piso de arriba, la zona prohibida, lucía más iluminado que nunca. Subió los escalones sufriendo el temblor de medianoche. Nada se le antojaba tan irreal como la colección de fotos de generaciones previas. Ahora, las imágenes colgadas en la pared se sobreimprimían con versiones de los mismos rostros alterados de forma progresiva: abuelos con tres bocas, tíos con cuellos espirales, niños con ojos fusionados. Un álbum evolutivo del horror y la modificación genética.

En el último cuarto, la gran pantalla que habían usado antiguamente para las reuniones familiares mostraba la última actualización del grupo de Facebook: “Álbum de mejoras aceptadas”.

Allí, imágenes de ella misma, una por cada posible versión: piel traslúcida, extremidades multiplicadas, sonrisas perfectas cruzando la cara de lado a lado. En cada variante, la etiqueta era su nombre, pero los comentarios eran los de sus antepasados. “Así te prefería tu abuela.” “Nuestro legado ha evolucionado.” “Ya eres parte de nosotros, querida; quédate con el molde que más te guste.”

Cerró los ojos, esperando despertar. El aire se volvió denso. Unas manos suaves y gélidas se deslizaron por su espalda, desenrollando las vendas de la vieja cicatriz. Un líquido frío, viscoso, goteó sobre la piel, abriéndose paso por los poros. Los dedos familiares, los que le acariciaban de niña mientras la abuela cantaba en voz baja sobre los portales, ahora manipulaban con precisión quirúrgica cada músculo y cada hueso en su cuerpo. Sentía como si, desde dentro, una fuerza la estuviera modelando: abriéndole la boca, alargándole los dedos, curvando las piernas hasta lograr un conjunto grotesco y refinado, el sello ineludible de la sangre que se transmuta.

Y todo en vivo; podía verlo en la pantalla grande, como si la procesión familiar estuviera celebrando cada progresiva deformidad. Los comentarios fluían, corazones y “Me encanta” se multiplicaban.

—"Bienvenida de vuelta —susurró una voz digital—. Ya formas parte del árbol, pero ahora eres su flor más extraña."

Miró sus propias manos: no eran lo que recordaba. Unas protuberancias donde antes hubo nudillos. Una sonrisa más allá de sus límites. La pantalla mostró la nueva foto de perfil, y la notificación final:

“Ahora eres administradora de FamililaresX.”

***

La vida continuó, pero en las imágenes y los espejos —e inevitablemente, cada vez que alguien abría Facebook y veía la nueva foto de Antonia, sonriente y monstruosa, con una perfección antinatural— todos sentían una incomodidad visceral y profunda. Los viejos parientes regresaban a la casa familiar una noche por año, para compartir, y cada uno llevaba consigo una marca nueva, una mejora secreta, un pequeño sacrificio a la memoria y al algoritmo de la estirpe.

Se dice que quien encuentra la invitación en su bandeja de entrada no volverá a reconocerse en las fotografías. Que los antiguos filtros y las viejas muestras de amor se han convertido en cirugía ancestral, transmitida por bits, sangre y Leyenda. Y que, en la memoria de cada móvil encendido al filo de la noche, el árbol familiar crece y florece con descendencia viral.

Si al despertar te encuentras diferente, observa bien tus reflejos y busca entre tus notificaciones. Podría ser la herencia de Antonia, o bien, el deseo inclemente de tu linaje, modelando tu cuerpo en nombre del recuerdo y del horror, hasta que nadie sepa, ni en vida ni en línea, cuál es tu verdadera forma.

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