Portada del relato Los Susurros del Lago Gris
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Fragmento:


Esa tarde, mientras anotaba datos bajo un cielo ceniciento, me hallé cerca de una de las numerosas casuchas abandonadas en la ribera sur. Era una estructura deplorable, con maderos podridos, tejas desprendidas y un telón de musgos que oscurecía la mitad de su fachada. Se diría caída bajo un peso invisible más allá del tiempo y la intemperie. Por curiosidad, o por la malsana atracción de lo prohibido, me acerqué: la puerta colgaba por una bisagra, y el umbral, por entero cubierto de limo negro. Inspeccionando el interior solo vi ruina y polvo, mas sin razón aparente me estremecí; sentí, si cabe, la impresión de haber irrumpido en la intimidad de un ser dormido.

Duración: 09:35

Los Susurros del Lago Gris
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Texto de ajuste de pausa.

Desde la primera vez que las nieblas se alzaron sobre el lago Gris, supe que algo era distinto. Mi nombre es Warren Lynd, y aunque mi labor como topógrafo me ha llevado por parajes extraños y aun peligrosos, nunca habría sospechado que aquel breve encargo, aparentemente trivial —trazar nuevos límites sobre la superficie envolvente del lago— iba a arrojar mi mente en abismos cuya existencia no había ni sospechado.

Corre el mes de octubre; la humedad parece haber podrido las entrañas mismas de la comarca costera, pero en Jurrow, el poblado cuyas casas se agolpan como ánimas perdidas en torno al lago, ni la fermentación natural de la tierra ni el olor frío del agua quieta son el motivo del mal dormir de sus habitantes. Me lo había advertido mi buen colega, Harold, más de una vez, cuando compartíamos veladas en la taberna: “En Jurrow las noches están más vivas que los días”. Yo reía, suponiendo superstición rural, nervios de viejos pescadores y pastores. Pero, como tantas veces ocurre, la ignorancia fue mi sonrisa.

Llegué a Jurrow tras un viaje de carreta y niebla, atravesando bosques deformados por el viento perpetuo, con el lago como horizonte omnipresente; oscuro en su aparente placidez, poseía el mudo misterio de un ojo enorme que a la vez mira y aguarda a ser contemplado. Me hospedé en la modesta posada de los Whilkins, cuyas habitaciones estaban impregnadas por el tufo de siglos. Allí, la anciana dueña me sirvió pan frío y cerveza aguada antes de preguntarme, con una voz pastosa, si mi estancia sería larga. Le respondí, sin pensar, que serían tres o cuatro días, según lo permitieran las nieblas y el estado de las sendas ribereñas. Ella no contestó, pero vi en sus ojos esa miríada de renuencias, amenazas veladas por el simple temor.

Las noches eran de una negrura absoluta, apenas rota por el aullido de los lobos distantes o, en los peores instantes, por un rumor confuso que se filtraba desde el lago cuando el viento soplaba del sur. Nadie quería, comprendí luego, salir después del toque de queda no declarado. Nadie más que yo y unos pocos desesperados cuyas almas ya parecían lejanas de este mundo.

El primer día caminé la orilla septentrional, midiendo la distancia desde la ruinosa iglesia hasta el bosquecillo de sauces. Pronto advertí que el agua, aunque helada, nunca estaba quieta: infinitas ondas rompían la imagen espejeante del firmamento. No había botes en las riberas, ni redes. Pregunté a un pastorcillo donde pescaban los lugareños, pero el niño huyó, con los ojos desorbitados. Asumí, entonces, que la pesca habría sido poco benéfica en aquellas aguas.

Esa tarde, mientras anotaba datos bajo un cielo ceniciento, me hallé cerca de una de las numerosas casuchas abandonadas en la ribera sur. Era una estructura deplorable, con maderos podridos, tejas desprendidas y un telón de musgos que oscurecía la mitad de su fachada. Se diría caída bajo un peso invisible más allá del tiempo y la intemperie. Por curiosidad, o por la malsana atracción de lo prohibido, me acerqué: la puerta colgaba por una bisagra, y el umbral, por entero cubierto de limo negro. Inspeccionando el interior solo vi ruina y polvo, mas sin razón aparente me estremecí; sentí, si cabe, la impresión de haber irrumpido en la intimidad de un ser dormido.

Al volver a la posada, me aguardaba el doctor Armitage, personaje distinguido y enigmático, único forastero habitual del pueblo, envejecido prematuramente y de andar nervioso. Simpatizamos enseguida, y no tardé en preguntarle, medio en broma, medio en serio, sobre la mala fama del lago —aunque omití contarle mis sentimientos de inquietud. Él me miró con extraña compasión antes de sentenciar: “El lago es viejo, más antiguo que el hombre y lo que mora en su fondo no olvida”.

El segundo día la niebla no permitió trabajar; aproveché, entonces, a recorrer el archivo parroquial con la excusa de buscar mapas antiguos. Descubrí, tras horas entre papeles manchados, varias referencias a “olvidados vecinos de la hondura, guardianes del pacto umbrío”. Al enseñarle uno de estos pasajes al padre Millner, el cura del pueblo, éste palideció visiblemente. “No es sabio hurgar en esos viejos tratados”, musitó, devolviéndome el manuscrito con temblor.

Aquella noche, la peor de todas, fue la primera en que reconocí la diferencia entre los rumores del viento y los sonidos que surgen de las cosas que ni el viento ni el hombre consienten. A medianoche, me despertó un rumor húmedo, una suerte de arrastre viscoso seguido de leves chapoteos. Miré hacia la ventana —la niebla parecía colarse por las rendijas del postigo— y sentí el peso de miradas invisibles. Entonces, a lo lejos, pude distinguir en la orilla del lago unas siluetas encorvadas, de andar incierto, que avanzaban con movimientos torpes y cíclicos. Se disipaban si trataba de enfocar la visión, como si fuesen de humo líquido o carne descosida de su realidad. No dormí más esa noche, y al alba, apenas si conseguí balbucear un saludo a la señora Whilkins.

Las jornadas siguientes se convirtieron en luchas vanas contra la resistencia de la neblina y el progresivo deterioro de mi ánimo. La hostilidad silente de los aldeanos se hizo más patente —ya nadie me respondía, y vi que incluso el pastorcillo cambiaba de ruta para evitarme. Al regresar a la posada la tarde previa a mi partida prevista, escuché al dr. Armitage discutiendo en voz baja con otro hombre. No reconocí el dialecto, repleto de sílabas guturales y chillidos entrecortados, como de boca anegada.

Esa noche, incapaz ya de resistir la atracción malsana del lago, decidí buscar respuestas. Llevé una linterna, una fuerte garra de curiosidad y la desesperación de quien siente que toda cordura se le escapa entre los dedos. Mis pasos me condujeron de nuevo a la casucha abandonada de la ribera sur. La niebla, esta vez, no fue obstáculo, sino compañera resignada, como si participase gustosa en mi perdición.

Antes de entrar, noté huellas frescas en el fango, huellas extrañas, no humanas: más anchas, palmeadas, y con una estructura que desafiaba la simetría. Entré. Apenas avancé unos metros en la penumbra, toda la estructura crujió como si se desperezara. Oí, primero bajo, luego inconfundible, aquel susurro con el que a veces sueñan los locos. No era inglés ni idioma alguno; un balbuceo descompuesto y húmedo, como invocación de larvas en un rincón infecto.

La presión me oprimía el pecho, y el frío de siglos parecía consumirme desde el tuétano. No recuerdo si grité al sentir un fulgor errático en el rincón más profundo, donde la madera se había podrido en perpetuo contacto con el limo. Avancé, atraído por la fuerza centrípeta de las pesadillas. No fue un sueño en adelante: lo que vi, lo recuerdo con vívida claridad, aunque mi pluma apenas acierte a describirlo. Allí, en una suerte de altar de madera ennegrecida, yacía lo que sólo podría definir como reliquia o despojo de una civilización prehumana: una figura de piedra jabonosa, translúcida por momentos, que sugería un ser acuático cuya forma no seguía lógica alguna, con tentáculos y aletas, ojos de ópalo y bocas que reían en direcciones opuestas.

Sentí una náusea abismal, un vértigo de incontenible antigüedad. La estatua vibraba, como impelida por un pulso mineral y ciego. Tras ella, la pared de tablones había sido roída por años de humedad y, a través del hueco, surgía la oscuridad directa del lago, como un vientre de acechante infinito. El susurro se acrecentó: palabras de idiomas ignotos, órdenes, promesas. Yo entendía —aquella noche llegué a entender— lo que los viejos de Jurrow temían: el lago era tumba y umbral, y sus guardianes nunca abandonaron el lugar.

Un roce gélido acarició mi tobillo. Miré hacia abajo y vi un tentáculo rojizo, viscoso, surgir del agua a través del hueco podrido. Su movimiento era lento, pero lleno de inteligencia atávica. No sé de dónde saqué la fuerza; me solté, tropecé hacia afuera y corrí entre los sauces, dejando atrás linterna, cuaderno y lo que alguna vez fue mi raciocinio.

No recuerdo cómo llegué a la posada ni cómo supliqué al Dr. Armitage y la señora Whilkins que me dejaran entrar antes del alba. Permanecí allí, temblando, mientras ellos, con resignación y miedo, murmuraban plegarias a dioses olvidados. Solo alcanzaron a decirme, cuando exigí explicaciones, que todo aquello era más antiguo que sus familias, que el único modo de sobrevivir era olvidar, obedecer los pactos de silencio y nunca hablar del lago.

Al amanecer, marché de Jurrow. Nadie salió a despedirme. Mientras ascendía por la colina, me volví a mirar el lago, y durante un instante la niebla se apartó. Creí ver, en la superficie quieta, un círculo de figuras reptantes, realizando una danza de hundimiento y renacimiento, celebrando con júbilo cósmico la desesperanza del hombre.

He escrito esto desde una lejana ciudad, mientras la realidad se disuelve y la vigilia se me antoja frágil. El lago me reclama en sueños, y a menudo, el rumor húmedo del arrastre resuena bajo los tablones de mi dormitorio. Sé que no tardarán en venir —los guardianes de la hondura, los herederos de un pacto sellado hace millones de años, aguardando el descuido del hombre para arrastrarlo hasta allí donde todo miedo es río en la eternidad. Y yo, Warren Lynd, me limito ya a escuchar, temblando, los susurros del lago gris.

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