Portada del relato La Promesa de la Niebla
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Durante años pensé que los abuelos eran puerta y llave a los horrores que habitan al margen de lo conocido. Cosas de niño, dirán. Imaginaciones, pesadillas. Pero hay noches en que el timbre de la casa chirría como un columpio en tormenta, noto el frío y la humedad en los huesos, y la silueta encorvada de mi abuelo me espera detrás de la mirilla: “Baja al sótano. No estés solo”.

Duración: 09:51

La Promesa de la Niebla
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

Mi abuelo murió tres veces.

La primera, cuando el fémur escupió astillas al caer de la escalera que lleva al desván. La segunda, cuando los tubos le robaron el aliento en la UCI. Y la última, mucho después de que lo enterráramos bajo la encina gorda del patio, cuando me llevó de la mano a cruzar el umbral que separa el mundo de los vivos del de los otros.

Durante años pensé que los abuelos eran puerta y llave a los horrores que habitan al margen de lo conocido. Cosas de niño, dirán. Imaginaciones, pesadillas. Pero hay noches en que el timbre de la casa chirría como un columpio en tormenta, noto el frío y la humedad en los huesos, y la silueta encorvada de mi abuelo me espera detrás de la mirilla: “Baja al sótano. No estés solo”.

El otoño en Villanueva de Mediodía siempre fue distinto. A finales de septiembre, la niebla llegaba desde el río, arrastrando el olor dulce de la podredumbre. Los vecinos tapaban rendijas con trapos. Las enredaderas de las casas parecían apretarse unas a otras, buscando calor o compañía. Y, si escuchabas bien, el viento murmuraba nombres de infancia, juegos y promesas rotas.

Vivía con mi madre y mi abuelo. Él era un hombre seco y reservado, ultimísimo guardián de secretos de un linaje olvidado. Cogía el bastón y salía al atardecer, cuando a los niños se nos prohibía estar en la calle. Si le preguntabas por qué, te miraba con sus ojos de pájaro: “No toques la tierra húmeda cuando la niebla cae”. Era fácil no hacerlo. Con la neblina, todo parecía otro mundo. El campo se borraba, la calle se hacía interminable, y los sonidos flotaban, acuchillando la quietud.

Cada octubre, mi madre sacaba del desván los tapices de lana; entre jirones de frío, los colgábamos en las paredes. Decía que mi abuelo los había traído “de su tierra”, allá en una Galicia donde la bruma era más espesa y las historias más antiguas. Siempre miré los tapices con inquietud: tenían dibujos extraños, figuras que parecían personas solo si no las mirabas mucho rato.

Mi habitación estaba junto a la de mi abuelo. A veces, oía susurros justo tras la pared; palabras que intenté cazar y que nunca encontré en ningún idioma conocido, aunque casi los recordaba en sueños, como si todos los nietos del mundo los lleváramos dormidos en la sangre. Si algún día pregunté, él se reía: “No son para niños”.

La noche en que todo cambió —la tercera muerte de mi abuelo— fue la más espesa de niebla en décadas. Mi madre dormía. Yo leía a escondidas, con linterna bajo el edredón, cuando la casa tembló suavemente. Tuve la certeza de que algo, fuera lo que fuese, acababa de cruzar el umbral invisible entre “lo que hay” y “lo que viene”.

Sentí frío. Bajé al pasillo sin saber muy bien por qué. Nadie, y nada, allí. En su habitación, mi abuelo estaba sentado en su butaca, mirando la ventana empañada; sus zapatos de paño, quietos, tejían sombras dobladas en la alfombra. No me miró cuando entré, sólo murmuró: “Ya está aquí. Cuida de tu madre. Mira detrás del tapiz cuando llegue la hora”. Un estremecimiento subió por mi espina dorsal. El aire olía a tierra mojada y a los lirios que sólo florecen para la muerte.

No entendí. Volví a la cama y me tapé la cabeza. Soñé con él y con la niebla, con figuras arrastrándose junto a los setos del patio, rascando la tierra, saliendo del río y hundiendo raíces de pálidos dedos en los muros.

Horas después, me despertó un grito. Era mi madre.

Bajé y encontré a mi abuelo encogido en su butaca, los ojos abiertos, los labios cianóticos. Una rutina que ya había vivido; fuimos al hospital, luego al tanatorio, después el entierro bajo la encina vieja, donde el frío se arremolinaba en torno a los pies de los deudos.

Regresamos a casa vacíos, entumecidos. Pero la noche, esa noche de octubre, no terminó como todas.

A las tres de la mañana, algo golpeó la ventana. El frío era más hondo, más antiguo. La niebla, cada vez más densa, lamía los cristales, y una serie de siluetas —imposibles, sin forma, como fallas en la visión— se mecían a contraluz en la calle. Cerré las cortinas. Oí a mi madre murmurar desde su cama; no dormía.

Entonces, sobre mi mesilla, vi algo que no estaba antes: el viejo bastón de mi abuelo, gastado, con la culata de plata grabada, relucía a la luz de la lámpara. Bajo el bastón, una nota escrita con su mano temblorosa: “No vengas. Ya es tarde para los vivos”.

No me atreví a tocarlo.

El sonido volvió, más fuerte. Era como un rasguido sordo, no de uñas ni garras, sino de carne húmeda frotándose contra madera y piedra.

En la penumbra, distinguí que los tapices del pasillo ondeaban, aunque no hubiera brisa. Se abrían, hinchaban, palpitaban como si respirasen. Recordé la advertencia. Caminé en calcetines —no sé por qué sentí que debía evitar los zapatos, como si el ruido pudiese alertar a aquello que esperaba fuera—, hasta llegar al tapiz que colgaba frente a la habitación de mi abuelo.

Apoyé la palma en la lana rugosa. Estaba caliente y húmeda. Sentía —no sé cómo explicarlo— un pulso subterráneo, un latido, como si algo al otro lado aguardara mi toque para responder, para salir o para atraparme.

Dudé. El bastón en mi mano pesaba como un juramento. Me giré y allí estaba: la silueta de mi abuelo, de pie, a contraluz, gesticulando en silencio para que levantara la tela.

Tragué saliva y obedecí.

No había pared detrás.

En su lugar, un corredor de piedra antigua, húmeda, cubierto de líquenes que destilaban un olor enfermo, atávico, a lodo, a huesos blanqueados por ciclos de tiempo y de marea. La niebla danzaba en espirales, como un dios acechando a la espera.

El abuelo ya no estaba. Pero había huellas de zapatos de paño en losas ennegrecidas, y, a lo lejos, se oía música: primero una melodía de nana, después coros de voces deshechas, cantando en una lengua tan vieja como el primer río.

Avancé, guiado por el sonido. El corredor se ondulaba, giraba a la izquierda, luego a la derecha, siempre descendiendo, llevándome fuera del tiempo y del sentido. Las paredes se estrechaban y, en un punto, sentí que la piedra latía como un vientre. Al apoyar la mano, noté movimiento bajo la rugosidad: algo reptaba, vivía, triturando el silencio desde siglos atrás.

Había puertas en las paredes del corredor, todas bajas y alabeadas, hechas de madera carcomida. Ruidos tras ellas: sollozos, risas prematuras de niño viejo, promesas de voces conocidas. No abrí ninguna; recordé la advertencia de no tocar la tierra húmeda por la noche.

Al fin llegué a una estancia vasta, circular. El techo era tan alto que se perdía en la niebla, y en el centro, sobre un círculo de tierra removida, mi abuelo me esperaba. Ya no era viejo, ni enfermo. Era como si tuviera mil años, o ninguno: la piel se confundía con la piedra, los ojos brillaban como carbones.

A su alrededor, otros abuelos: los de mis amigos, los de mis tías, algunos cuyos nombres sólo escuché en fotos antiguas. Todos entonaban la nana, tejían la niebla con voces gastadas, y, bajo sus pies, una grieta exhalaba vapor negro, olía a océanos y a miedo.

Mi abuelo habló, pero su voz era todas las voces: “Aquí aguardamos, nieto. Aquí custodiamos la grieta. El mundo de ahí arriba cree en el olvido, pero no olvida. La sangre recuerda. Esta noche, la grieta pide. No lo olvides”.

Sentí la sed, la necesidad de huir, pero mis pies estaban anclados. Los abuelos extendieron manos nudosas. “Debes ver”, dijeron, y me empujaron suavemente hacia la grieta.

Al mirar, vi todo y nada: ciudades sumergidas donde criaturas sin nombre dormían y despertaban, mares torcidos donde las estrellas caían en espiral, la negrura incontable de espacios entre neuronas cósmicas. El miedo era tan vasto e íntimo que gemí como un recién nacido. “No teman, nieto”, cantó mi abuelo, “pues mientras recordemos, mientras rezonguemos por las noches, mientras la silla de mimbre crujía y el bastón toque la piedra, la grieta se cerrará”.

Sentí la promesa. Alguien —una presencia enorme, más allá de la grieta— me miraba. Incapaz de articular pensamientos, sólo supe que la seguridad del mundo pendía del recuerdo, del rito, de la persistencia de abuelos tozudos, de canciones, de tapices que ocultan puertas.

De pronto, la luz silueteó la estancia. Mi abuelo me abrazó —extrañamente frío, como un manantial invernal— y susurró: “Despierta”.

Abrí los ojos en mi cama, cubierto de sudor. La niebla fuera golpeaba la ventana, pero el pasillo estaba quieto, los tapices inertes, el bastón en su sitio sobre la mesilla. Bajé a la sala; mi madre dormía, apacible.

Pero, desde entonces, cada octubre, al caer la niebla, repaso los tapices, repito las canciones. Me sorprendo echando de menos las manos rugosas que limpian las grietas de la memoria. Y, cuando el bastón suena solo en losa, yo abro la puerta, por si un día mi abuelo, o el de cualquiera, me pide custodiar el paso, el tapiz, la grieta.

Porque los abuelos, lo supe esa noche, son la promesa hecha carne y olvido, el muro leve que sostiene el peso del horror. Y mientras dure la nana y la niebla, el mundo dormirá, protegiéndose, aunque nunca sepamos de qué.

Copyrights © 2025 Miedoyhorror.com. Todos los derechos reservados.