Portada del relato El Testigo Insondable
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Fragmento:


Case consultó las notas del expediente, recitando para sí una letanía de hechos poco concluyentes: “Año de construcción, 1872. Propietarios originales, familia Waite, comerciantes de madera y textiles, ascendencia escocesa e inglesa. Seis inquilinos desde 1950, todos muertos en circunstancias consideradas accidentales, al menos por las autoridades en su momento.” Su antiguo colega —Jeremy Graft, que ahora vegetaba bajo medicación— fue el primero en señalar detalles que no cuadraban: símbolos tallados en la estructura interna, huesos de animales dispuestos en patrones, el hedor en el sótano.

Duración: 12:34

El Testigo Insondable
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Texto de ajuste de pausa.

En la radio de la patrulla, la voz del operador crepitó a través del estático, cortando el silencio sofocante de la madrugada. “Unidad 67, acuda al 1285 de la Avenida Crane, posible intruso, propietario ausente. Precaución: llamada anónima, sin respuesta en domicilio.”

El agente Solomon Case miró a su compañera, la sargento Jodie Texeira, mientras finalizaban la ronda por el deslucido barrio residencial. La fatiga era palpable —semana de doble turno, calor pegajoso fuera de temporada, ciudadanos irritables por la secuencia de extrañas desapariciones en la zona.

—Otra vez la Waite, —murmuró Jodie, encendiendo la sirena baja. La mansión Waite dominaba el extremo norte del distrito desde hacía más de un siglo, apenas mantenida en pie tras decadas de abandono, rumor y olvido.

Case negó con la cabeza, apretando el volante. La última vez que fueron llamados allí, encontraron graffiti en la cerca y huellas de pasos pequeños en el barro alrededor del portón. Niños, posiblemente adolescentes jugando con leyendas. Pero desde la aparición de los cadáveres —raras veces trasladados al depósito sin cubierta, pues los forenses se incomodaban por su estado— ninguna visita a la Casa Waite podía considerarse rutinaria.

El vehículo avanzó despacio. Las farolas iluminaban escasamente las aceras rotas y los arbustos, dejando la casa envuelta en perpetua penumbra, como si la luz no se atreviera a acercarse demasiado. A ambos lados del portón oxidado, el seto crecía torcido, un monumento a décadas de abandono.

Case consultó las notas del expediente, recitando para sí una letanía de hechos poco concluyentes: “Año de construcción, 1872. Propietarios originales, familia Waite, comerciantes de madera y textiles, ascendencia escocesa e inglesa. Seis inquilinos desde 1950, todos muertos en circunstancias consideradas accidentales, al menos por las autoridades en su momento.” Su antiguo colega —Jeremy Graft, que ahora vegetaba bajo medicación— fue el primero en señalar detalles que no cuadraban: símbolos tallados en la estructura interna, huesos de animales dispuestos en patrones, el hedor en el sótano.

Bajó del coche. Una niebla muy fina flotaba cerca del suelo, oscureciendo el camino. El aire olía a polvo y madera húmeda.

—Alerta, pero sin paranoia, —susurró Jodie, desenfundando la linterna y comprobando el seguro de su arma.

La verja cedió con un chirrido largo, y ambos caminaron a la entrada, alumbrando donde el ojo se atrevía a mirar, intuyendo más que distinguían en el ángulo de la luz. La puerta principal estaba cerrada, aunque los marcos hinchados sugerían que pronto cedería con poco esfuerzo.

Jodie giró el pomo. Cede con un quejido. El interior estaba inundado de penumbra viscosa, separando las sombras en capas, como hojas de papiro mojadas pegadas entre sí.

Recorrieron la sala, notando grabados que surcaban las molduras —nadie se tomaba tantas molestias para ocultar simples travesuras juveniles.

—¿Ves eso? —Jodie hizo girar la luz sobre lo que parecía una espiral incompleta tallada en el umbral del comedor.

—Sí. Recién hecho, —observó Case. Tocó con guantes, sintiendo la frescura del polvo de madera. ¿Eran símbolos? ¿O autómatas garabateos?

Avanzaron hacia el salón central. El suelo crujía. Pisaban sin saber si tocaban alfombra, escombros o suciedad amontonada por años. La linterna captó manchas negras trepando por una pared, extendiéndose como hongos o la sombra de una garra gigantesca.

Entonces, un gemido bajo —humano, sin duda— emergió de la segunda planta.

Ambos miraron arriba. El sonido se repitió, como si alguien sollozara con la boca tapada. Asintieron mudos y subieron cautelosos los escalones. El silencio ahora era vibrante, como si la casa también escuchara: madera, polvo, algo más profundo.

En la galería del primer piso, cada puerta era una boca negra. Llegaron a la tercera puerta. El sonido volvía a escucharse, esta vez acompañado de un susurro, palabras incomprensibles, un murmullo entre llamamiento y súplica.

Jodie anunció su presencia. Nadie respondió. Empujaron la puerta, y la oscuridad se apartó apenas, revelando a una mujer sentada en el suelo, cabello revuelto, ojos desorbitados, blusa rasgada.

—¿Está bien?— preguntó Case, acercándose despacio.

La mujer simplemente miró a través de él, o tal vez a algo detrás. Una mano descarnada asomaba detrás de una cómoda, temblorosa. Antes de que pudieran reaccionar, emergió una figura —un adolescente, con la piel marcada por cortes superficiales y la mirada vidriosa.

—No debieron abrir la puerta. Ni la de aquí ni la de abajo, —farfulló, arrastrando las palabras.

Case intentó llamar a Central. Estático. Interferencia. Solo captó, mezclada con el sonido blanco, una especie de zumbido, como grillos o viento a través de túneles infinitos.

—¿Quién eres? ¿Quién está aquí contigo?

—Escuchan—, murmuró el muchacho, clavando la vista en el suelo. —Y contestan si nombras mal. No escuches si llaman. Ciérrala, ciérrala…

Por un momento ambos policías recordaron el entrenamiento: distanciamiento, control de la escena, asegurar a los presentes. Pero algo aquí —la forma extraña del techo, el modo en que la luz oscilaba aunque no había ventanas abiertas— desequilibraba lo racional.

Case bajó la mirada. Los zapatos de la mujer estaban al revés; los pies hinchados. Un suave ulular retumbó desde algún punto más allá del piso, como viento viajando por pasadizos enterrados.

De pronto, un golpe sordo abajo. Puerta principal cerrándose sola. Jodie enfocó la linterna hacia la escalera. La madera parecía pulsar al ritmo de una respiración lenta e imposible.

—Traje a mi hermana, —susurró el joven—. Quería mostrarle... la voz. Vino de abajo.

El muchacho gimió, tirando de su brazo hacia atrás, como si intentara arrancarse la piel. Case se agachó, pero el muchacho forcejeó. La mujer, mientras, musitó apenas una palabra.

—Las puertas... estaban cerradas. Pero ellos..., ellos pueden abrir desde el otro lado.

Un estampido seco en el piso de abajo. Algo se arrastraba en el vestíbulo. Las radiofrecuencias chisporrotearon, y por la bocina de la HT emergió una voz, tinte inhumano, repetía un nombre —o lo que sonaba a esto: _Y’ha-nthlei_. Case se estremeció, sintiendo una presión creciente en los oídos.

Jodie jadeaba, petrificada, la mano en el arma.

—Nos vamos ya. Llama a refuerzos.

Bajaron todos la escalera corriendo. El joven repetía el nombre como un mantra, cada vez más rápido. Al llegar al vestíbulo, vieron cómo la entrada principal estaba ahora sellada: listones, clavos oxidados, y una pátina de limo verdoso que parecía burbujear, extradimensional.

Las sombras de la casa se plegaban sobre sí mismas, como agua arrastrada por un sumidero invisible en el centro de la sala. El zumbido intensificaba, ahora más semejante a voces a coro, fragmentos de un idioma de vocales imposibles.

Case trató de patear la puerta, pero era inútil. Giró de golpe, captando un movimiento en el ventanal lateral. Casi creyó ver —por el rabillo del ojo, rozando la percepción periférica— una silueta amplia, de brazos soldados al torso, rostros fusionados, piel aceitosa y escamosa.

Un sonido gorgoteante, mezcla de carcajada y graznido, llenó la habitación.

El adolescente se desplomó, convulsionando. La mujer gritó, tapándose con ambas manos los ojos y repitiendo entre sollozos:

—El sótano… nunca debimos mirar abajo. Cierren. ¡Cierren!

Jodie se movió a la cocina, buscando una posible ventana. Case la siguió, ambos arrastrando a la mujer. El adolescente yacía inerte, piel abotargada, labios murmurando aún palabras sin sentido.

Por el tragaluz, aunque miopes de miedo, vislumbraron el jardín. No había salida: los árboles eran columnas retorcidas, y el seto principal se había transformado en una suerte de muro de carne pulposa, ascendiendo, latiendo, bloqueando la vista al exterior.

Case miró a Jodie. El miedo puro se apoderó de ambos. La mujer apretaba sus brazos, balbuceando plegarias anticuadas.

“Escuchan, contestan, dan forma…”, masculló.

Los susurros eran ahora truenos. El suelo vibraba. Los cuadros colgaban ladeados, los retratos familiares de los Waite —ojos enormes, mandíbulas alargadas— se distorsionaban bajo la oscilante luz.

De repente, de la pared brotó una lengua negra, translúcida y gelatinosa, derramándose al suelo. Bajo la superficie brillaban ojos diminutos, iris verticales.

Sin tiempo de reacción, una fuerza arrastró a Case hacia la sala. Pegado al suelo, sintió cómo imágenes y recuerdos se desleían, sustituidos por imágenes de ciudades submarinas, cúpulas de coral y muros esmaltados con runas, donde cosas con rostro humano y miembros palmeados lo miraban desde lagunas sin luna.

El zumbido alcanzó su mente. Oyó a Jodie gritar su nombre, pero la voz era lejana, irreal.

La materia negra empezó a filtrarse por debajo de las puertas, ahogando cada rendija, desplazando el aire. Todo era frío y presión.

Vio, por un instante, el plano de la casa cruzarse con otro; un corredor infinito de puertas, algunas humanas, otras de ángulos que ningún ojo cuerdo podía comprender. Escuchó la palabra erneutamente… ahora más dulce, persuasiva:

—Y’ha-nthlei...

Recobró el control con un golpe. Jodie, cubriéndose la nariz en un intento de bloquear el hedor fétido, apretó la mano sobre la manija del sótano. La mujer les suplicaba que no bajaran.

Pero la única salida era a través de lo que acechaba abajo.

Bajaron. Unas escaleras cubiertas de limo, paredes cubiertas de símbolos —no solo espirales, sino glifos retorcidos— y en el centro, un círculo de piedra, foso poco profundo, agua negra titilando.

La oscuridad en el foso se agitó.

Del agua emergió primero una cabeza deformada por el agua, luego más, docenas, y voces unidas en salmodia, repitiendo el nombre de la ciudad sumergida, hilando más allá de los sentidos los secretos de las profundidades: tratos olvidados, promesas incumplidas, la frontera entre cuerpos terrestres y los que aguardan bajo el mar.

Case levantó el arma. Disparó, pero el proyectil fue tragado por la negrura.

De la fosa brotó un brazo blando, membranoso. Agarró la pierna de la mujer, la arrastró hacia el círculo. Ella no gritó; se dobló sobre sí misma, convirtiéndose en parte del limo, incorporándose al círculo perenne de los que allí yacían.

Jodie intentó huir, pero las escaleras de regreso parecían ahora infinitas, cada peldaño un laberinto.

Case, apenas consciente, atinó a morderse la lengua para anclarse al dolor humano.

Las voces le ofrecieron mil formas nuevas, mil nombres. Le mostraron delitos y condenas, la corrupción innombrable de quien acepta el trueque.

Por un instante, creyó ver una salida. El ojo de buey de la puerta trasera se abrió, mostrando el exterior como a través del fondo de un vaso. Jodie lo alcanzaba, los dedos alargados.

Pero la luz, cuando irrumpió, era una vibración sónicamente inconcebible.

***

Encontraron la patrulla abandonada horas después, motor al ralentí y luces de emergencia fosilizadas.

Ni rastro de Case ni de Jodie, tampoco del adolescente o la mujer.

Solo el eco de las radios, repitiendo un nombre imposible, y la promesa inscrita con clavos en la madera del piso: “Las puertas no existen; hay sólo umbrales.”

En la comisaría, nadie tomó demasiado en serio las grabaciones. Pero algunos, al pasar cerca de la Waite tras la desaparición, aún creen escuchar, en algunas noches nubladas, el zumbido bajo la tierra y detrás de cada puerta cerrada en la ciudad.

Quizá solo sea el viento. O quizá sea algo que una vez fue humano, patrullando un umbral que ningún agente de policía debería haber cruzado jamás.

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