Fragmento:
Reí, y colgué. Pero al atardecer, la curiosidad venció el aviso. Volví al cobertizo con un cuchillo de cocina y una linterna amarilla. Tallaría la calabaza. Volcaría su interior para convertirme en el primer neoyorquino dueño de una granja con la mejor linterna de Halloween del condado. ¿Por qué no reírme de las supersticiones?
Duración: 11:39
Halloween nunca había sido una fiesta relevante en Dunbridge, Massachusetts. En la ciudad vieja, de piedras musgosas, árboles retorcidos y un silencio tan denso como la neblina del puerto cercano, lo más aterrador en la fecha era el vaho que salía de bocas infantiles disfrazadas y la ocasional broma agria de algún adolescente aburrido. Sin embargo, en el último octubre, fue diferente. Y lo sé porque yo, Allan Blythe, protagonicé el inicio del descenso de Dunbridge hacia las sombras.
Comenzó con una simple calabaza.
Era el veintisiete de octubre. Rozaba los cuarenta años y acababa de heredar la vieja granja de mis abuelos Forsythe, a poco trecho del pueblo, justo donde el bosque se disuelve en pantano. Dado que mis negocios en Nueva York se habían vuelto insostenibles tras los últimos deslices y la misteriosa llamada de la abogada —"su herencia está disponible, pero debe hacerse cargo INMEDIATAMENTE"—, no tuve otra opción. Así que ahí estaba: la casa se erguía, estrecha y ennegrecida, erizada de goteras, como si la madera misma temblara de frío y miedo. No hubiese regresado, de no ser por la absoluta ausencia de alternativas.
La granja tenía su porción de historias insulsas: abuelos locos que oían voces, una tía solterona desaparecida en el bosque, y siempre, siempre, una prohibición expresa: "Nunca vayas al cobertizo tras la casa al caer la noche". Yo, hombre hecho con poca paciencia para supercherías, siempre asumí que el cobertizo era refugio de zarigüeyas o algún alambique ilegal de otro siglo. Ahora, con la propiedad a mi nombre, fui directo una madrugada, armado sólo con una linterna.
El cobertizo crujía con cada brisa. Dentro, aparte de motas de polvo, encontré herramientas oxidadas, un tonel podrido y—en el rincón más sombrío—un saco cubierto de runas lo suficientemente viejas para haber sido arañadas por las uñas de un loco. Era la única novedad. Removí la tela y allí, reluciente, como recién cortada, emergió una calabaza enorme, de piel verde oscura y una veta negra recorriendo su circunferencia.
Quise retirarla, pero el simple contacto con la corteza helada me produjo un sacudón, visión de chozas bajo lunas dobles, gritos ahogados, y monstruosos párpados cerrándose. Me aparté, la cabeza hirviendo. Fui incapaz de tocarla de nuevo, aunque sentí —sin medir por qué— que la calabaza me miraba. Literalmente.
Las horas siguientes se deslizaron lentas. No logré dormir, y poco después, la abogada Itzel me llamó para advertir: "Por favor, Allan, no retire nada del cobertizo hasta después del 1 de noviembre. Hay ritos que deben respetarse, aún para escépticos como usted".
Reí, y colgué. Pero al atardecer, la curiosidad venció el aviso. Volví al cobertizo con un cuchillo de cocina y una linterna amarilla. Tallaría la calabaza. Volcaría su interior para convertirme en el primer neoyorquino dueño de una granja con la mejor linterna de Halloween del condado. ¿Por qué no reírme de las supersticiones?
Levanté el cuchillo, di el primer tajo, y la linterna titiló. En vez de semillas o pulpa, lo que brotó del corte fue un olor indescriptible, metálico y frío, y una baba viscosa que se arrastró sobre la hoja hasta mis dedos, entrando por mis uñas. Caí de rodillas: una lengua de sombras, reluciente de un ambar fluido, me lamía la consciencia.
Durante un segundo, estuve en otro mundo. Un círculo de piedra negra, las estrellas arriba brillando como pupilas monstruosas y la luna, hinchada, presidiendo un ritual de criaturas encapuchadas cuya piel se abultaba, latía, y se extendía como barro vivo.
Regresé en el cobertizo, frente a la calabaza. Ahora tenía una cara tallada. No la había hecho yo. Dos óvalos para ojos, y una boca ancha, siniestra, ligeramente sonriendo. De la boca goteaba la baba.
Volví arrastrándome a la casa. El reloj marcaba las cinco; apenas había avanzado una hora. Dormí de tirones, sobresaltado entre pesadillas desarticuladas: niños sin rostro, voces de mis parientes muertos susurrando “No debiste mirar”.
A la tarde, ya 28 de octubre, los niños del pueblo vinieron a invitarme a la fiesta que preparaba la comunidad. Me hablaron de concursos, máscaras y, sobre todo, del "paseo de calabazas". Quien llevase la mejor ganaría una cesta de dulces. Acepté, aunque una brasa de inquietud se instaló detrás de mis ojos.
Antes de ir, eché otra mirada al cobertizo. La calabaza seguía allí, pero la cara se había tornado más nítida, los ojos parecían huecos profundos y húmedos, y por la boca, la baba negra crecía, formando un pequeño charco de sombras. Me pareció distinguir movimientos en la pulpa tras la mirada, como si adentro reptara algo vivo y hambriento.
No toqué la calabaza, pero esa noche, los sueños me arrebataron. Caminé entre charcos de luna, los árboles a mi alrededor se curvaban como dedos, y el pantano mugía con voces que pedían “llévanos de vuelta a la calabaza”. En el centro del sueño, distinguí la silueta de mi tía soltera, indefinida, vestida con harapos y la cabeza transformada en una calabaza de sonrisa negra y babeante. Trataba de hablar, pero de su boca sólo salía el mismo ambar viscoso. “Regrésalo” articulaba, “antes de la noche del velo”.
El 30, la niebla bajó densa sobre Dunbridge. No distingues las manos a un metro de distancia. Encomendándome a la lógica — “es sólo una calabaza más, sólo una coincidencia de sueños y temores heredados”— intenté lanzar la maldita cosa al río, sin hacer caso de las advertencias de mi abuela en la voz de mis recuerdos. Fui decidido al cobertizo armado con una vieja carretilla.
El cobertizo apestaba a aceite rancio y... ¿sangre? Cuando toqué la calabaza para montarla a la carretilla, la baba cubría ya su base y se arrastró frío por mi brazo, succionando mis recuerdos: sentí a mis abuelos tras la tapia, gritándome desde algún lugar entre vida y muerte, sentí todo el linaje de la familia Forsythe abriéndose como un abanico de lamentos y pecados.
Logré subirla con gran esfuerzo. Pesaba como si dentro llevara piedras y huesos. Salí encorvado, mirando de reojo cómo el, ya perfectamente tallado, rostro se crispaba y la sonrisa se ensanchaba hasta donde el cuchillo nunca habría alcanzado; ahora carente de humor y rebosando crueldad estúpida, pero consciente.
No llegué al río. Justo al cruzar el campo, la calabaza rodó violentamente, cayendo al suelo con un estruendo sordo. Volvió a babear, y líneas negras se extendieron por la hierba como raíces, fracturando el suelo. Las raíces formaban símbolos, idénticos a aquellos del saco inicial, pero ahora relucían bajo el rocío, formando un círculo que latía. Un susurro reptó entre los juncos: “Halloween... el velo es fino, Allan. Ellos vendrán”.
El terror no es un acto repentino sino una gota, cayendo sin parar. Esa noche, la calabaza volvió sola al cobertizo. Lo juro: la vi en mi ventana, arrastrándose, dejando el rastro de baba sobre los escalones. Temblé de rabia y de miedo, encerré puertas, puse muebles delante, y aun así escuché ruidos húmedos en la madera vieja, el chillido de clavos cediendo, y el arrullo pegajoso de la baba reptante.
La víspera de Halloween, los niños volvieron. “¿Le va a mostrar su calabaza, señor Blythe?” Yo respondí con evasivas y ellos rieron, corriendo hacia el pantano porque en la Noche del Velo, según la leyenda, los “duendes fangos” salían, esperando dulces o sumergiendo a los díscolos. Fui tras ellos, nervioso, porque la calabaza brillaba en mis pensamientos, como si reclamara compañía.
No los encontré a todos. Anna, la hija de los Parker, no volvió. Gritos en la neblina, linternas agónicas, y solo la risa húmeda de la baba en la maleza. La policía buscó, el pueblo murmuró, la familia me miró con odio tenue. Cuando preguntaron, mentí: “No vi nada”.
Llegó Halloween. El pueblo entero se reunió: máscaras de monstruos, linternas jironesas, niños y adultos con sonrisas talladas pero temerosos. Yo, sudando, llevé la calabaza al centro de la plaza. Iba envuelta en las mismas runas. Si no podía destruirla, tal vez el rito del pueblo la apaciguaría.
La deposité entre las otras, pero nadie se atrevió a tocarla. La sonrisa negra, ahora flameante, destilaba pequeños hilos de baba que penetraban en las calabazas vecinas, haciendo que éstas temblasen. Un niño intentó tocar la corteza y retrocedió llorando de pronto, las manos entumecidas.
La abogada Itzel apareció, vestida de negro, y se me acercó:
—Esto no es una calabaza de Halloween, Allan. Es una máscara. Una llave —susurró, mientras el gentío comenzaba a formar fila en torno a las calabazas como cada año.
Saqué fuerzas de donde no tenía.
—¿Una llave a qué?
—A la noche donde habitan nuestros errores.
Entonces, al filo de la medianoche, la cara en la calabaza se agitó como si una brisa interior la inflamara y retorciera. Las sombras parecidas a tentáculos surgieron de su boca y ojos, se arremolinaron en torno al círculo de pueblo reunido —nadie podía moverse ni gritar—, dibujando símbolos en el aire, en los cuerpos, en las propias máscaras. Sentí en los huesos un frío que no era de este mundo.
Vi a mi tía solterona, saliendo de la niebla con la cabeza de calabaza, la sonrisa transformada en la de la criatura. Vi a Anna Parker, la niña perdida, fusionada a la raíz de la cosa, la piel ahora jaspeada de verde y negro, la boca estancada perpetuamente abierta.
Las calabazas “normales” comenzaron a pudrirse de golpe; de sus interiores brotaban grillos enormes con antenas y ojos líquidos, que daban saltos infernales hasta mezclarse en la neblina. Detrás de la cara de la calabaza, sentí el abismo: la cosa que rasguñaba el velo, disfrazada de cosecha, de folclore, de ritual americano, pero nacida, lo supe ahora, de una adoración ancestral a dioses primordiales. Uno de esos nombres, ocultos en mi lengua, pugnaba por salir: Tsathoggua.
Me arrodillé, el corazón dejando de latir, mientras la calabaza se derramaba sobre la plaza, arrastrando formas sombrías que se deslizaban por las sombras de los invitados. Las formas reptaron entre máscaras de payasos y brujas, se mezclaron en la carne, y la multitud no vio nada: sólo una noche extrañamente fría, y dulces empapados de rocío.
Al día siguiente, sólo yo recordaba los símbolos, la baba, la cara viviente en la calabaza. La abogada Itzel había desaparecido. Anna Parker nunca fue hallada. El pueblo repitió el rito, pero no se atrevieron a decir lo que sucedió. Yo, condenado a la propiedad, fui testigo cada año, en la Noche del Velo: la calabaza sigue allí, rejuvenecida, la cara distinta pero igual de poderosa. Y cada vez, la ofrenda de las sombras se repite.
No desprecies las máscaras del miedo. En Dunbridge, algunas son puertas; otras, caras verdaderas que miran desde la negrura. Cada Halloween llegan más cerca. Y yo, Allan Blythe, aún me pregunto: ¿tal vez esta vez me atreveré a quemar la maldita calabaza, o el horror que habita en ella ya es parte de mí, para siempre?
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