Portada del relato Los susurros del azote marino
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Fragmento:


La llamada de Thomas debió venir del sótano. La trampilla de la despensa estaba semiabierta, al pie de una butaca cubierta por musgo. Alan bajó, alumbrando con el móvil. El aire se espesó aún más; alcanzó un hedor agrio, a marismas enfermas.

Duración: 09:38

Los susurros del azote marino
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Texto de ajuste de pausa.

El frío de la noche lo mordía aunque era verano. Nadie, ni siquiera los viejos que en otro tiempo faenaron junto a las piedras negras del puerto, se atrevía a caminar tan tarde por la costa de Dunwarren. Eran poco más de las dos de la madrugada cuando Alan Goodwin se detuvo junto a los restos del antiguo espigón, convencido de que la casualidad o tal vez fuerza más funesta que el azar lo había dejado allí, contemplando esa marea anormalmente inquieta. Esa noche debía aprender -de los modos más angustiosos- por qué jamás preguntan los Goodwin por los Wroe.

Alan era un hombre funcionalmente escéptico: las historias de su madre sobre cosas no-humanas que caminaban desde la espuma en noches sin luna, o los temores aterrorizados de su abuela respecto a la casa Wroe -abandonada desde hacía generaciones, sucia, tambaleante, con sus ventanas selladas con cruces pintadas en brea- eran para él la costra viscosa de la superstición, rezagos de una Nueva Inglaterra sepultada bajo la censura de la razón. Pero esa noche estaba allí, tras una llamada telefónica que le heló la médula: la voz de su hermano Thomas, tensa y quebrada, murmurando solo tres palabras: “ve a la casa”. Y la señal cortada de inmediato, como arrancada por una garra celosa.

Lo peor era saber que Thomas no hablaba en vano. Alan cruzó entonces el fétido camino de algas y arena, alcanzó la verja oxidada que rodeaba los ejes podridos de la mansión Wroe. Sobre la puerta, un símbolo alieno grabado en madera ennegrecida parecía vibrar y repeler toda inspección minuciosa: una espiral atravesada por tentáculos, inhumana y nauseabunda de solo mirarla. En ese instante, Alan sintió dentro de sí el temblor de la superstición, un escalofrío que intentó racionalizar, sin éxito.

Empujó la puerta, rechinando en sus goznes. Adentro, la atmósfera era densa, húmeda como el fondo de una tumba inundada. El aire tenía olor a algas viejas y cosas en descomposición. Los tablones del vestíbulo estaban marcados por huellas extrañas: largas y anchas, como dejadas por manos palmeadas, con membranas en vez de dedos.

“Thomas”, murmuró, la voz sonando opaca. El farol de su móvil titiló, luchando contra la humedad. De pronto, una voz gimió en la oscuridad, como si las paredes sollozaran en compás con el silbido de la marea.

Alan se obligó a caminar. Conocía el plano por los relatos infantiles de su madre: la cocina a la izquierda, la escalera al frente, el sótano bajo la trampilla de la despensa. Inspeccionó cada rincón, evitando mirar demasiado tiempo los cuadros ennegrecidos llenos de símbolos marinos, y los retratos polvorientos de los antepasados Wroe: todos enmarcados por una especie de limo reseco, como si la humedad del mar fluyera hasta ahí solo para tocarlos.

La llamada de Thomas debió venir del sótano. La trampilla de la despensa estaba semiabierta, al pie de una butaca cubierta por musgo. Alan bajó, alumbrando con el móvil. El aire se espesó aún más; alcanzó un hedor agrio, a marismas enfermas.

Al fondo, distinguió un resplandor azuláceo. El móvil parpadeó y murió. Siguió avanzando a tientas, sintiendo en las mejillas la viscosidad palpable del ambiente. Pronto notó que el suelo era más húmedo: había charcos de agua negra, y las paredes rezumaban. Junto a una esquina, la luz volvía a ser visible, temblando como una aureola espectral sobre una figura acuclillada.

Era Thomas. O algo que se le parecía. Su hermano alzó la cabeza con un movimiento que no recordaba a ningún gesto humano: la mandíbula desencajada, los ojos enormes y acuosos, con pupilas rectangulares e infrahumanas. Arcilloso de piel, Thomas gorgoteó:

“Llegaste”.

Alan retrocedió un paso, la garganta cerrada. “¿Qué ha pasado? ¿Por qué me llamaste aquí?”

La figura balbuceó, chasqueando los labios, exudando un charco de saliva y baba viscosa. Señaló el fondo del sótano, directo a una brecha en el muro, donde respiraba una neblina azul. “Atrás, Alan. Ellos lo saben. Nunca debimos buscar…”

De la bruma surgieron ruidos. Algo se arrastraba: una sinfonía repulsiva de ventosas, aletas magulladas y carcajadas líquidas. Alan intentó retroceder, pero su pie se hundió en un charco: el agua ya le cubría los tobillos, sucia, salina. Vio figuras emergiendo: cuerpos lampiños, lechosos, con dedos palmeados y ojos nacarados. Olían a marea antigua y mohosa, y sus bocas eran hendiduras reptilianas llenas de doble y triple hilera de dientes.

Una voz chilló -la de Thomas reinfectada por el horror-, “¡No mires atrás! ¡Sigue avanzando! ¡Ellos quieren nombres, sangre, legado…!”

El móvil estalló en chirridos. Alan corrió, tropezando con el cuerpo de Thomas -o su cáscara, pues ya no era su hermano, sino algo entre mutante y presa-, y accidentalmente rozó la aureola azul del muro. Un frío abismal lo aferró por el brazo; la piedra se sintió como piel viva y húmeda. Instantáneamente, fluyeron en su mente imágenes enfermizas: masas de seres marinos congregados en liturgia alrededor de una fosa insondable, donde una criatura ciclópea, con tentáculos y ojos brillando como faros enfermos, emergía del fondo de la tierra. Un nombre surgía en su mente, con sabor a sal empapada y locura: Dagon.

Los seres del sótano reptaban en círculo, rodeando a Alan. Notó que la trampilla quedaba demasiado lejos; la salida era imposible. Volteó hacia el muro. Sus dedos, ajenos y ya insensibles, palparon líneas gruesas, como runas toscas talladas con garras.

“Soy Alan Goodwin y no me arrodillaré”, intentó decir, pero su voz salió como un gorgoteo ahogado. La presencia de los seres marinos lo empujaba, y una presión mental lo forzaba a mirar directo al resplandor de la brecha.

Entonces comprendió. El muro era una herida, un canal, no solo en la piedra sino también en la propia realidad; de ahí emergían no solo cosas, sino memorias, y entre esas memorias… las de los Goodwin y los Wroe, entrelazadas por un pacto antiguo cuyo precio era renovado cada generación.

Vio a su madre pariendo en esta misma casa, con los susurros de los Wroe entre rezos a la marea. Vio a su abuela huyendo de una criatura sonrosada con branquias, raza maldita que usa carne humana y retira trozos de herencia cada cincuenta años. Escuchó un cántico, mitad rugido, mitad lamento: “A los hijos del agua, la sangre nunca les falta, siempre regresa…”

Los seres marinos rodearon a Alan. Sus pieles, repletas de costras y tumores líquidos, rezumaban aceite de linfa. Le hablaron no con palabras, sino con visiones: imágenes del futuro, la humanidad hincada y sumisa ante una marea de dioses primigenios y cosas informes, mientras la luna era masticada desde dentro.

Thomas, a cuatro patas y ya perdido para el reino de los hombres, se acercó y mordió suavemente el antebrazo de su hermano. Alan chilló y sintió fluir no sangre, sino un agua salada, tan antigua como las grietas del Atlántico.

Trató de resistirse. Gritó el nombre de su madre. Los seres marinos se arremolinaron, coreando el secreto ancestral: para sellar la brecha, los Goodwin debían entregar un nombre propio, un nombre de sangre. Sintió el agua subirle por la garganta, ahogándolo en su propia herencia.

“Debes nacer de nuevo”, repitió Thomas.

La piedra brilló más fuerte, y la realidad se fragmentó como un espejo. Alan tuvo la última visión de la superficie: las olas negras rompiendo sobre Dunwarren, y manos palmeadas emergiendo más allá del espigón. Sintió la marea sobre su pecho y la presión de una memoria que ya no era suya. Sintió, por fin, la herencia de los Wroe reclamándolo.

Despertó —o creyó hacerlo— flotando boca arriba, bajo el techo abovedado del sótano, el agua rozándole los labios. Los seres marinos lo miraban, expectantes. Podía respirar bajo el agua: sus pulmones se abrían y cerraban al compás de la marea. De su brazo aún manaba luz azul. A su lado, Thomas murmuraba en una lengua de burbujas.

Desde la brecha, la criatura ciclópea —Dagon o lo que lo representa— extendió uno de sus tentáculos, tocando la frente de Alan. En ese contacto comprendió: ese coloso dormido había soñado siglos con la sangre Goodwin. Había usado a los Wroe como carceleros y porteros. La deuda era paga con sacrificio, sí, pero también con transmisión, propagación. Ahora Alan era, como Thomas y los otros, guardián y servil, sacrificio y sembrador.

Se reconoció como algo a mitad de la humanidad y el basalto del abismo. Reconoció la urgencia por volver a la superficie, buscar otros Goodwin, otros descendientes sin defender, abrirles el muro con la promesa de una herencia mejor, más poderosa. Y supo, sin dudarlo, que ningún faro en Dunwarren habría de brillar para advertir a los hombres, porque los vigilantes, los auténticos vigías, servían desde ahora y para siempre al hambre de la cosa bajo la casa.

Lo último que Alan vio antes de dejar que el agua le llenara los pulmones y sus huesos se disolvieran en el limo fueron las caras de los Wroe, sumidas en el fondo del sótano, sonrientes de nuevo después de siglos, por fin en paz con la sangre y la sal que jamás abandona las piedras, ni los nombres de sus deudores.

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