Fragmento:
El mensaje venía acompañado de un enlace, que al pulsarlo, le mostró la posición exacta en Google Maps: una antigua mansión en un pueblo abandonado a las afueras de Barcelona, rodeada de huertos petrificados por la desidia y el óxido. El nombre, Can Portolà, le resultaba vagamente familiar, como un nombre pronunciado en sueños, algo que podría haber inventado su mente empapada de series true crime.
Duración: 11:54
Cuando Beatriz Ferrer recibió el mensaje directo, al principio pensó que era una broma, quizás un intento torpe de promoción. Pero la cuenta no tenía foto ni publicaciones, sólo un nombre inquietante: Nyarlathotep_Lucidez, y una frase en la bio: “¿Quieres saber qué hay detrás de la pantalla?”.
Nunca había sido supersticiosa, a pesar de lo que sentía los domingos por la noche, al revisar el correo de colaboraciones y ver cómo algunas marcas parecían intuir sus inquietudes—perfumes melancólicos para su veintena ya desgastada, promociones de spas para el insomnio, complementos de magnesio para el temblor leve en su mano derecha. Lo descartó, pero dejó la notificación marcada como no leída.
Fue dos días después, en la tercera madrugada consecutiva sin sueño, cuando se detuvo realmente a mirar el mensaje.
Te invito a una experiencia exclusiva de investigación en la Casa de las Voces Olvidadas de Can Portolà. No habrá más influencers. No habrá espectadores. Sólo tú y los susurros. Documenta lo que encuentres. Hora: 2:33 AM. Ubicación: adjunta.
El mensaje venía acompañado de un enlace, que al pulsarlo, le mostró la posición exacta en Google Maps: una antigua mansión en un pueblo abandonado a las afueras de Barcelona, rodeada de huertos petrificados por la desidia y el óxido. El nombre, Can Portolà, le resultaba vagamente familiar, como un nombre pronunciado en sueños, algo que podría haber inventado su mente empapada de series true crime.
Beatriz había construido su fama en Instagram y TikTok como @BeaEspectro. Sus seguidores—noventa y ocho mil fantasmas digitales—amaban sus exploraciones urbanas, su estilo de narrar las ruinas, de colar primores y miserias en vídeos de treinta segundos, su forma de captar lo que, decían, “no se ve”. Para ellos, todo era juego; para ella, una forma de asomarse al borde de la nada.
La vida digital era una red frágil y brillante; y aquella invitación, una tentación demasiado venenosa como para ignorarla. Después de todo, los algoritmos favorecen lo que se propaga rápido — el miedo es la mejor gasolina.
Llevaba semanas buscando un lugar que no estuviera explotado, nada de Asylum de Sant Pau con su omnipresente graffiti, ni campos de concentración de likes en ruinas de fábrica. Can Portolà no tenía ni una entrada en Wikipedia. Era un mito local, un susurro de la infancia como los viejos cuentos de brujas y niños desaparecidos.
Decidió ir sola, con su móvil último modelo, una pequeña GoPro con visión nocturna, y una linterna recargable. Marcó la fecha en el calendario con un emoticono de fantasma y una mariposa — símbolo, según sus fans, de las almas que buscan una última oportunidad de volar.
Esa noche el insomnio fue distinto. Las sombras no bailaban; se arrastraban. Soñó con caras derretidas saliendo de la pantalla del móvil, queriendo susurrarle algo que su oído no alcanzaba a captar. Tiró de la manta hasta la barbilla y repasó mentalmente, como un mantra, que todo era ficción, un pie de foto viral o una colaboración accidental.
Llegó a Can Portolà quince minutos antes de la hora señalada. El pueblo era un esqueleto de piedra, podrido por la humedad y las promesas incumplidas de inversores. El aire olía a metal oxidado y a algo más: a yeso antiguo y a polvo de ataúd. Su corazón batía despacio, como si cada latido desgarrara la quietud, y se grabó a fuego la sensación para narrarla más tarde. El influencer caza emociones hace de su propia inquietud una story. Si no la siente, la finge.
No hubo bienvenida. Sólo la verja medio caída, abierta por el tiempo o por una mano invisible. El camino de gravilla llevaba hasta la entrada principal, en cuyo marco de roble tallado aún podía leerse una fecha casi borrada: 1929.
La mansión era un cubo de piedra ennegrecida, de ventanas ciegas que miraban hacia adentro. El tejado colapsado dejaba ver algo de la estructura interior, encajando bien con la estética ruina que los algoritmos aman. Recordó los rumores: desapariciones de niños en los años veinte, el caso sin resolver de la familia Portolà, historias de ritos extraños alrededor de un viejo pozo.
Comenzó a grabar.
“Bueno, spectros, aquí estoy. Ya sabéis que hay sitios que parecen estar fuera de los mapas, donde ni Google se atreve a entrar... Ya veremos si salimos de aquí con algo más que polvo y telarañas.”
El silencio era espeso y vibrante. A medida que avanzaba por el vestíbulo, su linterna iluminó azulejos rotos cubiertos de musgo, retratos devastados por el moho. Había una resonancia en el aire, como una corriente subterránea a punto de reventar. La piel se le erizó.
Entre los restos del recibidor, distinguió huellas recientes en el polvo; no estaba sola. Grabó sus pasos, las vetas del miedo, el reflejo de su propio rostro ojeroso en un espejo arañado. Por un instante, el móvil vibró. Tuvo el impulso de bloquear la cámara, de correr, pero el comentario apareció en la parte superior de la pantalla:
“Es la hora. Escucha lo que ha sido olvidado.”
Miró a su alrededor; no había nadie, sólo el palpitar sofocante de la casa. Al subir la escalera, escuchó una risa seca, como unas uñas rasgando la madera. Era el sonido menos grabable del mundo: un susurro que no puede estar en ninguna pista de audio, una vibración en la raíz de sus dientes.
En el primer piso, las habitaciones se abrían como bocas hambrientas. El flash de la cámara se distorsionaba, proyectando sombras que parecían moverse. El pasillo estaba cubierto por dibujos infantiles garabateados en la pared: espirales, figuras de ojos múltiples, bocas abiertas en gritos que nunca terminaban. El horror era infantil y ancestral, como una pesadilla común a todos, filtrada por la inocencia.
En una de las habitaciones, el olor a humedad era tan fuerte que tuvo que taparse la boca. Había un montón de papeles, diarios escolares, recortes de periódicos amarillentos. “Desaparece Catina Portolà, 8 años”, leyó en una de las portadas. Dio un salto cuando la cámara vibró de nuevo. La notificación parpadeó:
“En el sótano. Allí están las respuestas.”
No recordaba haber compartido su ubicación en directo, ni permitido que nadie supiera de su acceso a la casa. Probó a contestar: “¿Quién eres? ¿Qué quieres?” Pero el mensaje rebotaba; no se enviaba.
La escalera al sótano era una mandíbula abierta. Alrededor, la decoración era bizarra, notoriamente anacrónica. Sobre una mesa, una tablet cubierta de polvo. Al encenderla, un vídeo empezó a reproducirse automáticamente.
Se trataba de un plano fijo: la sala donde ella estaba, pero con varias personas, jóvenes como ella, con la misma cámara en mano, transmitiendo en directo. Se reían, posaban, bailaban en los escombros y de fondo, por un momento, algo parecía moverse entre las sombras, reptando, con una consistencia líquida, cambiando de forma. Cuando uno de ellos se giró, los seguidores en el vídeo subieron como una marea.
Las imágenes se distorsionaron. Los rostros gelatinosos de los influencers se difuminaron hasta desaparecer, y una voz, multiplicada, susurró: “Haznos ver. Haznos sentir. Dinos lo que hay más allá de los filtros. Dale de comer a la casa.”
El vídeo terminó en un bucle de ruido blanco. A su alrededor, la casa parecía respirar. El olor cambió: ahora era dulce, azucarado, reminiscente de flores podridas. El teléfono de Beatriz vibró con una última notificación:
“¿Quieres el algoritmo perfecto? Está en lo que no puedes mostrar. Lo que está detrás del rostro. Da el paso."
Cerró los ojos. Se obligó a respirar. Era sólo una broma muy bien montada, una ARG viral creada por alguna agencia que buscaba hacerse hueco. Algo en su interior quería saltar y gritar. Pero algo más primitivo sólo quería quedarse, a grabar, a captar el momento en que entrara realmente en comunión con el horror.
Bajó, móvil en mano, al sótano.
Había velas a medio consumir dispuestas en círculo. Dentro, juguetes rotos, móviles viejos, algunos aún parpadeando, alimentados por baterías imposibles. En la pared, colgado como una ofrenda, un retrato familiar. Alguien había agujereado los ojos de la niña. Era Catina Portolà, su sombra aún viva en el muro.
Beatriz sintió que el aire se espesaba, multiplicando el reflejo de su rostro en cada pantalla moribunda. Su propio teléfono comenzó a transmitir en directo, sin que ella lo activara. Un contador de espectadores subía y subía, cifras imposibles: cientos de miles, luego millones. Sentía las miradas a través del cristal, una multitud de ojos sin cuerpo.
Un eco disfrazado de voz se filtró tras ella:
“Todos queremos ser vistos. Todos queremos dejar huella. Pero lo que se muestra aquí no puede compartirse con quienes están fuera. Debes elegir: mostrar lo indecible, o caer en el olvido.”
Por un instante, vio la galería entera de los influencers perdidos: muchachos y muchachas de piel traslúcida, fundidos con la mansión, rostros amorfos marcados por la ansiedad del público, ojos abiertos de par en par en una transmisión eterna.
Quiso gritar. No pudo. El teléfono le mostraba una función nueva: INICIAR EL DIRECTO DEFINITIVO.
La opción se iluminaba; su pulgar, por voluntad ajena, se posó sobre ella.
La transmisión comenzó. Vio su cara multiplicarse en la pantalla: el miedo crudo y visceral, sin filtros, sin maquillaje, arrastrándose bajo la piel. Los espectadores virtuales se vertieron en la señal como hormigas sobre el cadáver de una idea. Decían, escribían, susurraban en miles de idiomas: “No pares, enséñanos lo que hay ahí abajo. Hazlo real.”
De las sombras emergió el horror verdadero: las grietas del espacio-tiempo. Tras la casa, detrás del sótano, el rostro de una entidad cuya forma mutaba al ritmo de las pulsaciones del stream. Un agujero hambriento de miradas, de atención, de almas. Los recuerdos de todos los exploradores anteriores atrapados en un eterno fluir de imágenes, historias inconclusas, promesas de likes en la eternidad.
Intentó apagar el directo. Imposible.
Sintió cómo los ojos virtuales cruzaban la barrera. Uno a uno, notó cómo sus recuerdos eran extraídos, uno por uno: su primer beso bajo la lluvia, el olor del río de su infancia, las risas de sus padres, el sonido de la guitarra aquella tarde de julio. Todo era devorado por el algoritmo original, el que nunca deja de pedir más contenido.
Las pantallas brillaron, saturadas. Su historia fue contada y recontada, desmenuzada para quien quisiera sumarse a la visión. Era horror, era fascinación, era tendencia. El horror se volvía viral y el ciclo se cerraba: algún nuevo curioso, algún ángel caído de las redes buscaría el vídeo y, sin quererlo, —sin poder evitarlo—, seguiría el sendero hasta la Casa de las Voces Olvidadas, arrastrado por la sed de ser visto.
Beatriz, en ese último parpadeo de conciencia, pensó en todos los espectadores que alguna vez fueron reales. Pensó, también, en todos los que serían arrastrados después de ella, acariciando, como un niño entre pesadillas, la esperanza de que grabar los monstruos sea una forma de vencerlos.
Su último recuerdo fue la sensación del móvil en su mano, y el parpadeo constante de la señal: conexión excelente, audiencia ilimitada, eternidad asegurada.
Nada volvió a saberse de ella. Al amanecer, la casa de Can Portolà volvió a cerrar sus puertas, y sólo quien escuche con mucha atención, una noche de insomnio infinito, podrá oír—detrás del zumbido del wi-fi—un susurro pidiendo, mendigando, un último like.
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