Portada del relato La huella de Innsmouth
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Fragmento:


Recuerdo la noche en que llegué a su casa. El viento del Atlántico acariciaba Innsmouth con dedos fríos, trayendo consigo un hedor de algas y podredumbre. Las calles eran un laberinto de angostos corredores y techos arqueados, siempre resonando bajo mi andar con pasos que no me pertenecían. El portón de la mansión Carrow se abrió con un chirrido lastimero. La humedad ascendía por los muros y tapices, esgrafiados con símbolos que mi mente reconocía vagamente de antiguos grimorios: tentáculos, ojos globulares, caracolas de imposible geometría.

Duración: 08:57

La huella de Innsmouth
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Texto de ajuste de pausa.

***

Mi historia no empieza en la penumbra de una celda, ni en el rugido lejano del mar, aunque termina allí. Comienza al calor de una lámpara de mesa, cuando me llegaron los documentos de la herencia de mi tío abuelo, el lúgubre y olvidado profesor Alpheus Carrow. En vida, Carrow había sido una presencia inquietante y oscura en los pasillos de la Universidad Miskatonic, obsesionado con la arqueología, los cultos antiguos y, según sus colegas, las rutas de deriva de las razas muertas. Apenas lo había conocido; a los pocos meses de mi nacimiento, mi familia cortó contacto con él por razones que nunca me fueron explicadas del todo.

Su muerte, según los informes, fue accidental y solitaria en la casa ruinosamente victoriana que ocupaba en la costera y casi olvidada ciudad de Innsmouth. Del deprimente legado que dejó, lo único que reclamé fue la extraña biblioteca, así como una caja de marfil tallada que mi abogado recomendó dejar a algún museo. Naturalmente, rechacé esa sugerencia. Tenía la vana esperanza de que, a través de los libros polvorientos y notas cifradas de mi tío abuelo, descubriría el secreto punto de su locura, ese trazo invisible que separa al sabio del fanático.

Antes de aventurarme en Innsmouth, investigué. Demasiados rumores flotaban en el aire rancio del campus acerca de aquel balneario arruinado por las envidias y los vicios de sus habitantes. Sus nombres no aparecían en los censos; sus linajes, distorsionados en deformidades y supersticiones. Los Cthulhu, los Dagon, los Marsh… Apellidos envueltos en leyendas malignas, vinculados a naufragios, desapariciones y pactos con antediluvianos señores del abismo. El nombre de Carrow, con sus ramificaciones sureñas, parecía haber adquirido una mancha específica por relación con la familia Marsh.

Recuerdo la noche en que llegué a su casa. El viento del Atlántico acariciaba Innsmouth con dedos fríos, trayendo consigo un hedor de algas y podredumbre. Las calles eran un laberinto de angostos corredores y techos arqueados, siempre resonando bajo mi andar con pasos que no me pertenecían. El portón de la mansión Carrow se abrió con un chirrido lastimero. La humedad ascendía por los muros y tapices, esgrafiados con símbolos que mi mente reconocía vagamente de antiguos grimorios: tentáculos, ojos globulares, caracolas de imposible geometría.

Antes de comenzar a clasificar la biblioteca, saqué la misteriosa caja de marfil. Al posar mis dedos sobre ella, noté de inmediato el frío helado y la rara vibración interior. Un candado giraba obstinadamente, pero con la llave dorada heredada en el testamento logré abrirlo. Dentro, sobre terciopelo reseco, yacía un libro tan antiguo como el tiempo: la cobertura era de piel, con relieves profundos de signos indecibles, y el olor a yodo y amoníaco se mezclaba con algo más, un perfume rancio y salvaje, casi animal.

El título estaba impreso en tinta desvaída: “La Sinfonía de la Locura – Traducida del Manuscrito de Urith-Neh”. El nombre me resultó familiar. Busqué entre las cartas de Carrow y hallé un diario, tinta apenas visible:

“Voces bajo la marea. De noche rasgan las paredes. El manuscrito los llama; los despierta por un momento. Nunca cerrar la caja. La caja los mantiene cautivos.”

Recordé entonces las advertencias difusas de un profesor de lenguas muertas: Urith-Neh era un culto menor de Y’ha-nthlei, la ciudad sumergida de los Profundos. De allí, decían, provenía el origen de todo mal en Innsmouth.

Las primeras páginas del libro eran ilegibles, pero cuanto más leía, más parecía adaptar mis pensamientos hasta entender el texto. Los signos flotaban delante de mis ojos, alterando el flujo de mi conciencia. Era música, un ritmo no humano, una secuencia de palabras que resonaban detrás de mi cráneo y se mezclaban con el ulular distante de las olas. Allí aprendí que la sinfonía de Urith-Neh no era simplemente un rito escrito: era ponte, ceremonia y portal hacia una conciencia mayor, hacia la vasta mente fría que dormita bajo el mar.

Los decires del libro me invitaron (o, quizás, me ordenaron) bajar al sótano. Debajo de la casa, la humedad era insoportable. Los peldaños, cubiertos de limos y residuos de alga, descendían hacia una cripta decorada con frescos de monstruosidad marina. Allí encontré una piscina circular, de agua negra, estancada, con un mosaico de runas alrededor. Uno de los azulejos tenía una hendidura, como si aguardara el encaje de un artefacto. Imaginé la caja de marfil, su vibración, y supe qué debía hacer.

El libro indicaba que la caja era el sello, prisión de algo que Carrow, en su desesperación, había logrado retener tras un sacrificio espantoso. Mi tío abuelo, decía el texto, había logrado por un instante “callar las flautas de la muerte”. Pero también temía, y rogaba a quienes leyeran después que no repitieran su error.

Tenía la caja en la mano cuando la casa comenzó a temblar. Primero, un leve susurro, como de marea creciente. Luego, el crujir de las vigas, el grito de las baldosas cediendo bajo el peso de un largo y contenido odio. Algo despertaba, algo inmenso y viscoso, que venía desde abajo.

Me volví para huir, pero una fuerza invisible me sujetó. Estaba plenamente consciente de que algo trataba de entrar en mi cabeza, de tomar posesión de mis pensamientos y emociones. Murmuré los versos de la sinfonía. Sentí que un millón de ojos me veían, desde la piscina, desde el lodo, desde todas las grietas de la casa.

La caja vibró y en mi desesperación la arrojé al agua negra. Inmediatamente, la luz en la cripta pareció contraerse. Un hedor, a mitad de ozono y carne podrida, llenó el aire. Imágenes fugaces de formas reptilianas, cuerpos retorcidos y ciudades hundidas colmaron mi visión.

No sé cuánto tiempo estuve allí, desmayado o delirando. Cuando volví en mí, la caja había desaparecido. El silencio era total, aunque el olor permanecía, cada vez más intenso.

Subí trabajosamente, notando que algo en el aire, o en mí mismo, había cambiado para siempre. La casa estaba tan desierta y deforme como antes, pero ahora sentía miradas en cada rincón, murmullos a punto de tomar forma. Al salir, la primera luz del amanecer pintaba la calle de un verde enfermizo.

Las noches y los días en Innsmouth, tras ese episodio, son un borrón en mis recuerdos. Puedo distinguir solo fragmentos: ancianos sin párpado, miradas atroces, la iglesia de los Profundos situada en la esquina, el olor recurrente a marisma podrida. Caminaba aturdido por las calles, escuchando siempre la sinfonía, a veces completa, a veces simple eco bajo el rumor de olas invisibles. Querían que regresara al sótano, que completara el ritual, que liberara lo que mi tío abuelo y tantos antes que él habían mantenido cautivo a tan alto costo.

Fue entonces, en la última noche, cuando soñé con Y’ha-nthlei.

Descendía hacia un abismo color esmeralda. La presión de las aguas era insoportable, pero mi cuerpo no sufría daño. Por doquier, tenía la impresión de que seres de escamas y tentáculos me observaban. No por maldad, sino por insaciable hambre, como uno observa el pasto antes de la siega. Sueños de ciudades lívidas, de cúpulas relucientes bajo la luna sumergida y de coros de los Profundos resonaban en mi craneo.

La sinfonía no era solo música: era historia, profecía y condena. Hablaba de la llegada de los Primigenios, cuando las estrellas estuvieran alineadas y las barreras se debilitaran. Supe entonces cuál era mi lugar en ese ciclo.

Desperté empapado en sudor, con las uñas sangrantes de tanto aferrarme a la sábana. La caja de marfil estaba de vuelta sobre la mesa, abierta, su contenido ahora vacío. Noté un cambio en mi piel: manchas grisáceas, escamas incipientes en el dorso de las manos.

Ahogué un grito, aunque ya intuía el final.

Ahora, escribo desde una celda de la vieja comisaría de Arkham, desde donde puedo aún ver, a través de barrotes cubiertos de salitre, el perfil impreciso de las colinas de Innsmouth. Nadie cree la verdad de los anotadores empapados que envío al exterior. Nadie recuerda a Carrow ni pregunta por los Profundos. Pero el hedor a mar invade incluso este lugar, y todas las noches, la sinfonía resuena en mi cabeza.

Sé que no pasará mucho antes de que remonte el río, atraído por un llamado que ninguna voluntad reconoce. Sé que me espera Y’ha-nthlei bajo la marea, y, con ella, el fin inequívoco de toda humanidad en mí.

La historia termina aquí. Pero la melodía, la melodía nunca acaba.

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