Portada del relato La Sombra susurra entre las paredes
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Fragmento:


Fue entonces que escuché el grito. Un grito tan agudo, tan prolongado, tan desesperado y deshumano que me atravesó la columna como una aguja eléctrica. Venía muy lejos, casi un eco, pero provenía de ningún otro lugar más que de la habitación prohibida. Corrí escaleras abajo, tropezando casi en el último escalón. Mi mente racional se escudó tras la incredulidad: soy producto del sueño y la sugestión, me repetía.

Duración: 10:23

La Sombra susurra entre las paredes
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

Nunca quise ser recepcionista nocturno del Hotel Alhídrico, pero los trabajos se escasean en primavera en Kanazawa, y cuando la agencia me llamó, acepté sin preguntar. El dueño, un hombre bajo muy anciano de camisa almidonada, se limitó a deslizar mi contrato con un gesto de dedos manchados por lo que pensé era tinta, aunque su pulso hacía vibrar casi imperceptiblemente el bolígrafo. Solo entonces noté que de su puño a la muñeca un color violáceo extendía aristas capilares, como pequeños meandros azules bajo una piel casi traslúcida. Él jamás me miró a los ojos.

-Las habitaciones están casi vacías, -me dijo, sin sonreír-, excepto la 303. Esa no se toca. Y las luces de la tercera planta deben quedar encendidas hasta antes de la medianoche.

Nunca fui supersticioso, aunque mi abuela me narraba de niño historias de hoteles donde las habitaciones podían devorarte, donde entre el papel de las paredes susurraban voces de los muertos. Pero la lógica era lo mío. Me dije: “La 303 está condenada por avería, o el dueño oculta a algún pariente medio demente, todos los hoteles viejos tienen su ataúd bajo la alfombra”. Y ya está.

Las primeras noches fueron tan apáticas como un cuento jamás contado. Tenía por compañeros el rumor del reloj de péndulo del vestíbulo y el suave zumbido de neón que goteaba en la recepción. Pero esa rutina fue minada por cosas pequeñas: las chicharras se callaban cuando cerraba la puerta tras la medianoche, a pesar del calor prematuro de abril. Algunas veces, en el monitor del pasillo de la tercera planta, un parpadeo, una especie de niebla, enturbiaba la imagen justo entre las habitaciones 302 y 304. Y otras, en el ascensor, notaba un olor extraño, húmedo, como de sudor rancio mezclado con lirios podridos.

Pero lo primero realmente extraño ocurrió cuando, por error, al final del tercer turno, bajé la basura por la escalera principal en vez del ascensor. Al doblar el descanso entre el segundo y el tercer piso, noté una grieta oscura en la pared, casi invisible a menos que te fijaras bajo la luz mortecina. Sentí entonces la presencia de alguien detrás de esa pared. El muro vibraba tenuemente, como bajo una presión que venía del otro lado. Un murmullo apenas audible se filtró, imposible de entender, pero tan innegable como la sensación de que era dirigido solo a mí.

La segunda anomalía fue aún más directa. Estaba revisando la reserva electrónica cuando apareció una notificación de cliente nuevo para esa misma noche, habitación 303. Se llamaba “H. Sagawa”. Nadie reservaba esa habitación. Días antes, el dueño me lo había dejado claro. Dudé: ¿sería una broma? Decidí llamar al número de la reserva: solo se escuchó un sollozo bajo, y luego el chillido distante de algo rozando metal y piedra, como garras en una lápida. Un error del sistema, me dije.

Esa noche, las cámaras parecieron volverse locas. Un parpadeo, luego líneas quebradas, y frames perdidos justo a la altura de la 303. Me armé de valor y subí, alegando una revisión del sistema ante mí mismo. En la tercera planta, algo opresivo destilaba del aire, más húmedo y lleno de ese aroma a lirio podrido. Caminé hasta la puerta. El pomo de la 303 estaba helado.

Fue entonces que escuché el grito. Un grito tan agudo, tan prolongado, tan desesperado y deshumano que me atravesó la columna como una aguja eléctrica. Venía muy lejos, casi un eco, pero provenía de ningún otro lugar más que de la habitación prohibida. Corrí escaleras abajo, tropezando casi en el último escalón. Mi mente racional se escudó tras la incredulidad: soy producto del sueño y la sugestión, me repetía.

Al amanecer siguiente, la rutina me devoró el miedo. Pero las cosas comenzaron a enrarecerse cada vez más. Los huéspedes se quejaban de voces susurrando al otro lado del muro de sus cuartos, especialmente los de la 302 y 304. Decían que el eco, como de alguien tragando agua, les mantenía en vela.

Una noche, mientras hacía inventario, un huésped desaliñado bajó temblando a la recepción. Tenía ojeras profundas como charcos, y las manos le temblaban visiblemente.

-“Hay algo en la tercera planta”, me murmuró. “Algo que lloriquea dentro de los muros. Vi una sombra gigante en la alfombra cuando salía del baño. Algo no humano. Lo juro.”

Le ofrecí cambio de habitación, pero él solo me miró muy fijo, como si con los ojos me midiera la conciencia.

-“No es seguro aquí. Se cuela de noche, bajo las puertas y dentro de las cabezas. Esa sombra quiere salir.”

No regresó pasada la medianoche. Al consultar la lista de huéspedes al día siguiente, su nombre había desaparecido, como si nunca se hubiese alojado.

La dirección seguía sin dar explicaciones. En resumen, estaba solo.

La noche que marcó el punto de no retorno comenzó con el timbre de llamada de la 303, a las 2:03. El número titilaba en el panel. Aturdido, cogí el teléfono. Del otro lado, no hubo voz, solo ese sonido de algo húmedo rozando metal, y luego, a la distancia, un chillido tan similar al del sueño que me heló la espalda.

Colgué, pero me di cuenta de que algo me observaba. El reflejo en la pantalla del monitor; supe que no estaba solo en recepción. El aire olía a podrido y agua estancada.

Salí hacia el pasillo principal. Las luces de la tercera planta volvían a parpadear, y la neblina de los monitores se había vuelto un chisporroteo constante.

Me armé de una linterna y subí. Cada escalón fue una batalla con mi sentido común: lo racional gritaba huir, pero una fuerza oscura me arrastraba hacia la 303.

Frente a la puerta, estaba el rastro. Una mancha oscura, viscosa, se filtraba bajo el marco, extendiéndose y formando un dibujo casi deliberado en el suelo, parecido a un sigilo antiguo. Los susurros eran más claros ahora, un idioma que el cerebro reconocía pero la mente no comprendía.

Tomé la llave maestra. Sabía que incurría en una falta que podría costarme el trabajo, pero la sensación de que era cuestión de vida o muerte me impulsó.

Giré el pomo. La puerta se abrió con el crujido de una madera desecada y, al hacerlo, fui tragado por un hedor tan opresivo, tan espeso, que casi vomité.

La habitación estaba sumergida en una oscuridad imposible. La linterna iluminó por fin un vértice: las paredes estaban cubiertas por filas y filas de papel arrancado, grabado con caracteres antiguos, y en el centro, una figura a medio formar parecía retorcerse bajo una sábana raída. Los susurros cesaron al instante.

Di un paso, y las tablas del suelo gimieron. Bajo mis pies, la mancha viscosa parecía latir. En ese momento, la figura en el centro se agitó. La sábana cayó hacia atrás, y atisbé algo imposible: un cuerpo más allá de la forma humana, con piel pálida surcada de venas violetas, la cabeza torcida en un ángulo inhumano, y los ojos... esos ojos demasiado grandes, completamente negros, húmedos, observaron el haz de la linterna.

No podía moverme, pero el ser habló. No con palabras, sino directo a la mente, una sucesión de imágenes de océanos sin fondo y ciudades perdidas bajo el mar, de criaturas cubiertas de fango y lodo, de dioses antiguos cuya sola mención destroza la razón.

Una palabra se grabó en mi mente: “Zoth-Ommog”. Una promesa: “Pronto”. Supe que lo que dormía aquí no era humano, ni de este tiempo, ni de este mundo. El hotel no era sino una prisión, y los susurros, los chillidos, eran fragmentos de su conciencia filtrándose, contaminando los sueños humanos.

Fui arrojado contra la pared, como si me hubieran repudiado con un empujón mental. Recobré el control y corrí, resbalé en la mancha negra que ahora se extendía, pegajosa, y llegué a la escalera justo cuando una mano esquelética surgía tras de mí, enredada en jirones de sábana y carne vieja.

Bajé rodando por los escalones, chillando de terror puro. Salí al vestíbulo arrastrando la pierna herida. La puerta principal estaba desbloqueada, pero al intentar abrirla, descubrí que no conducía ya a la avenida. Allí, tras la madera, una negrura espesa, casi líquida, se apoyaba contra el portón, jadeando como una boca gigantesca, como si el hotel flotara entre dos mundos solo mientras “eso” estaba despierto.

El reloj de péndulo se detuvo, y todo sonido cesó.

Voces inundaron mi cabeza: los relatos de la abuela, los chillidos del teléfono, los susurros en la grieta. Comprendí, entonces, que el hotel no era sino un cebo, que nosotros, los que descansábamos aquí, éramos alimento para la cosa de la 303, que los desaparecidos no eran simples huidas.

Una sola oportunidad: subí arrastrando la pierna hasta el despacho del dueño; algo me empujaba, insistiendo desde el otro lado del umbral, prometiéndome salida. En el interior, la figura temblorosa del anciano me esperaba, pero ya no tenía ojos, su piel estaba aún más traslúcida, la cabeza ladeada, murmurando desvaríos en una lengua desconocida.

Me miró y susurró, a duras penas, “Perdónanos. Él duerme entre paredes. Pero tú… tú lo despertaste.”

No sé cuánto tiempo ha pasado desde que escribo esto en la mesa de recepción. El hotel entero respira, palpita bajo mis pies. Cada noche, siento que los límites entre yo y el ser se disuelven. A veces, creo escuchar mi propia voz grabada en los ecos de los corredores, mezclada a los susurros de la 303. Sé que pronto alguien bajará la basura por la escalera y descubrirá la grieta, que recibirá una reservación para un huésped que nunca existió.

Mientras tanto, el hotel sigue de pie, y la cosa entre las paredes susurra y grita su promesa lejana, filtrando su hambre a aquellos que, como yo, alguna vez pensaron que los hoteles viejos solo guardan polvo entre sus sombras.

Si lees esto y visitas Kanazawa, no duermas en el Hotel Alhídrico.

Y nunca, nunca, pulses el timbre de la 303.

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