Portada del relato La noche del cenobio
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Fragmento:


Todo comenzó con el doctor Meilán, jefe de psiquiatría, que me llamó a su despacho una tarde, justo después de la cena, mientras tintineaban los cubiertos y un silencio adusto recorría la sala. “Altamira, ¿alguna vez ha oído hablar del Cuarto Ochenta y Tres?”, preguntó, y su mirada se volvió opaca, como si recordara horrores bajo una losa de hielo.

Duración: 09:21

La noche del cenobio
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Texto de ajuste de pausa.

La lluvia caía callada, como quien se desliza entre las páginas de un grimorio olvidado, rozando los cristales polvorientos del sanatorio de Adramis con un compás sin vida. Los cipreses del jardín, oscuros y vetustos, se agolpaban en la penumbra más allá de los muros. Y, más adentro, sentados en la brillante decadencia del vestíbulo, médicos y pacientes tejían murmullos que parecían escapar de pesadillas compartidas.

Era allí donde yo, Darío Altamira, fui enviado como médico residente, aunque ignoraba entonces el verdadero propósito de mi estancia. Octubre teñía el aire de un color parduzco y la región fronteriza, apartada de toda civilización, era fértil para el rumor y la leyenda. Bastaron unos días para que comenzaran a llegarme ecos de historias prohibidas —de palabras no nombrables y pasillos que nadie vigilaba al caer la noche—, narraciones escupidas entre dientes que no cabían en los registros clínicos.

Todo comenzó con el doctor Meilán, jefe de psiquiatría, que me llamó a su despacho una tarde, justo después de la cena, mientras tintineaban los cubiertos y un silencio adusto recorría la sala. “Altamira, ¿alguna vez ha oído hablar del Cuarto Ochenta y Tres?”, preguntó, y su mirada se volvió opaca, como si recordara horrores bajo una losa de hielo.

Negué con la cabeza. Meilán esbozó una sonrisa que pretendía ser firme, pero le temblaron los labios. “No debe entrar en ese pasillo, doctor. No por simple prevención médica. Se lo digo porque aquí, cuando uno comienza a escuchar la lengua prohibida, el regreso ya no es posible”. El aviso quedó flotando, como una nube negra, mucho después de que me despidiera del despacho.

Dormí mal esa noche. Los zócalos crujieron más de lo habitual y, un par de veces, creí ver formas moviéndose más allá de los visillos de mi ventana. Al amanecer, la luz gris coagulaba el ambiente. Decidí preguntar al personal de servicio durante el desayuno —mi curiosidad ya era una pequeña llama y la advertencia de Meilán, una promesa. Fue entonces cuando la enfermera Angélica, de mejillas cetrinas y ojos huecos, me habló en voz muy baja.

—El Ochenta y Tres fue sellado —dijo—. Dicen que el año pasado desapareció uno de los internos: García Miralles. Nadie lo vio salir. A partir de entonces, algunos aseguran escuchar voces que salen de allí, palabras que no pertenecen a ningún idioma, y sueños que no terminan al despertar…

El relato palpitaba en la nuca cuando me entregaron el listado de pacientes. Uno de ellos, Julián Muñoz, había sido internado por esquizofrenia paranoide, según los registros, mas sus síntomas —delirio persecutorio, insomnio rebelde, notas escritas en una caligrafía ilegible— hacían eco al rumor del pasillo maldito. Decidí visitarlo.

Frágil, envuelto en la bata y la penumbra, Muñoz apenas levantaba la mirada cuando entré en su habitación. Le hablé con cuidado, evitando aludir a la estancia prohibida, pero él ladeó la cabeza y susurró:

—¿Sabe usted leer el glo'ak? ¿La lengua de las bóvedas?

De nuevo una palabra, gloriosa y maldita, rompía la membrana de lo real. Fingí no comprender, pero mis manos sudaban mientras paseaba la pluma por el papel. Trató de escribir unas frases. Los signos, angulosos, parecían fracturas en el lenguaje humano. No se atrevería uno a leer en alto aquel código. Sentí un escalofrío en la espina dorsal, la intuición de que algo ancestral se agitaba en esos grafos.

Volví a mi cuarto aterrorizado. Al apoyarme en el ventanuco, veía como el ciprés mayor se mecían con fuerza, agitados por un viento que quizá sólo yo oía. Pero lo peor llegó a medianoche: un murmullo desde el pasillo, como la recitación de un salmo deforme y arcaico, fue creciendo hasta apoderarse de mi conciencia. No dormí. Soñé con tentáculos y criptas, con hombres sin rostro arrastrándose bajo entramados de piedra.

A la mañana, Meilán no respondió a mi saludo en el comedor. Lo hallé más tarde en la biblioteca, hojeando un volumen tan viejo que la encuadernación se descosía. No pude evitar preguntarle, esta vez con urgencia, por la lengua y el pasillo sellado. Miró alrededor, comprobando que estábamos solos.

—Altamira, hay saberes que corrompen. El Cuarto Ochenta y Tres fue parte de un antiguo monasterio —los libros de admisión lo mencionan de pasada. En algún momento, una secta llamada la “Congregación del Oculto Juramento” llevó a cabo rituales allí, invocando palabras de poder que no debían ser oídas. El idioma que usted menciona... Bueno, se supone que es fragmento del lenguaje que los Antiguos trajeron al mundo, usado para abrir puertas a sus dimensiones.

Meilán se interrumpió, notoriamente incómodo. Cerró el libro y musitó: “Lo peor no es oír la lengua. Lo peor es comprenderla”. Sentí que el suelo temblaba bajo mis pies.

No obstante, la semilla estaba plantada. Obsesionado, busqué el plano del sanatorio; localicé el fatídico pasillo. Por la noche, munido de una linterna y una excusa para enfrentar mi culpa, descendí despacio la escalinata hasta el sótano. El silencio era tan denso que sentía mis propios pasos como aldabonazos. Frente a la puerta condenada, el frío tenía textura de acero, y algo más: un leve susurro, repetido, que parecía esperarme.

Forcé la cerradura —como si una urgencia ancestral me obligara— y avancé por el pasillo, apenas iluminando las losas. Había símbolos grabados en las paredes, arcanos y enloquecedores, semejantes a los que vi en el cuaderno de Muñoz. Un olor a humedades remotas, a incienso podrido, lo impregnaba todo. El eco aumentaba, amplificado por la arquitectura gótica y la resonancia de lo innombrable.

Al final del corredor, una puerta metálica de remaches rojos. Dispuesta a abrirse o a rechazarme. El murmullo era intenso, ahora discernible: una letanía en la lengua prohibida. Temblando, apoyé la frente contra el frío metal y sentí cómo las palabras se deslizaban en mi mente, ocupando un espacio vedado. Allí me vi: de pronto, en la penumbra, los glifos se reordenaron a voluntad y entendí lo incomprensible. La puerta cedió, como invitándome a un abismo.

La sala era circular y al fondo estaba el anciano García Miralles, o su contorno devastado, de pie, con los brazos en cruz. Sus ojos vacíos miraban hacia ninguna parte; no había piel sobre sus mejillas, solo líneas ásperas de un idioma tatuado a sangre y púrpura. Su voz era la raíz de todos los sueños: “Ya sabes cómo volver, porque ahora sabes decirlo”.

Sentí una náusea de siglos retorciéndose bajo mi lengua. Una resaca de memorias que no eran mías, de ruinas sumergidas y océanos imposibles. Alrededor de Miralles, los símbolos latían rojos; las palabras danzaban en mi mente.

*De aquí no se vuelve*, decía su mirada muerta.

Algo reptaba en el círculo. Los muros sudaban negrura, el aire se contraía. Ante la atrocidad de lo presente, supe que sólo quedaban dos opciones: entregarme a la lengua prohibida —ser el heraldo de los que aguardan en la grieta de la realidad—, o huir, sellar con mi silencio aquello que no debía regresar al mundo.

Pero el *glo'ak* ya vibraba en mis cuerdas: sentí el sabor de su promesa en mis dientes, el peso de un viaje sin retorno. Salí corriendo por el pasillo, devolviéndome contra la humedad, el pecho comprimido casi hasta romperse, sin atreverme a mirar atrás. El murmullo, sin embargo, me acompañaba, disperso en cada rincón del sanatorio, en los sueños de los internos, en los rezos involuntarios de Angélica o el silencio cobarde de Meilán.

No puedo decir cuánto duró mi estancia posterior. Los días se fundieron en una niebla indescifrable. Empecé a oír la lengua incluso en mi propia boca, a escribirla sin memoria sobre paredes y servilletas. Lo prohibido se había infiltrado. Fue entonces cuando comprendí: el verdadero paseante sin retorno ya no es quien entra en la sala; es aquel que sale, pero deja atrás su sombra, su conciencia, su hogar en el mundo de los vivos.

Ahora, mientras escribo estas líneas, sé que no habrá remedio ni consuelo. Releo los bosquejos y el eco de mi última conversación con Muñoz me parece una profecía. *No hay salida cuando el lenguaje es la cárcel*.

El sanatorio de Adramis está aún de pie —lo sé porque lo escucho, cada noche, llamarme en la lengua que ya es mía. Afuera, la lluvia sigue cayendo, y hay un ciprés viejo que se agita, señalando el camino al que no regresa nadie.

Quedan, sobre la humanidad, ciertas palabras que son heridas. Y pasillos que se recorren sólo una vez. Entré allí buscando ajustar cuentas con la locura o la ciencia; salí con la lengua de los Antiguos floreciendo en mi pecho, condenado a ver la realidad marchitarse y abrirse como una cicatriz.

Por eso, si alguna noche en sueños escuchan voces que no se corresponden con lengua alguna, o contemplan pasillos más largos de lo posible, retrocedan. No respondan nunca. El regreso ha sido siempre la mayor de las mentiras.

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