Fragmento:
La aplicación lo redirigió por callejones donde nunca habría pasado por voluntad propia. Calles quietas, llenas de pequeños comercios cerrados, sin un alma. Solo dos luces amarillas y un banco oxidado junto a la dirección del pasajero. Allí, envuelto en una gabardina demasiado larga, con un sombrero anticuado que le tapaba las cejas, estaba el hombre.
Duración: 09:45
El frío madrugador de la ciudad hacía vibrar el volante bajo las manos de Tomás. Llevaba casi siete horas al volante, pero su vieja Corolla, encaramada al borde de la obsolescencia y los nuevos estándares de radiotaxis, lo necesitaba tanto como él necesitaba terminar de pagar una deuda que no era solo monetaria. El sistema de Uber titiló haciéndole parpadear: nueva solicitud, una dirección en la periferia, uno de esos lugares donde la neblina baja temprano como una maldición y las farolas parpadean como luciérnagas moribundas. 4,2 de valoración, ningún comentario. Pero la tarifa era irresistible.
Apretó “aceptar”.
La aplicación lo redirigió por callejones donde nunca habría pasado por voluntad propia. Calles quietas, llenas de pequeños comercios cerrados, sin un alma. Solo dos luces amarillas y un banco oxidado junto a la dirección del pasajero. Allí, envuelto en una gabardina demasiado larga, con un sombrero anticuado que le tapaba las cejas, estaba el hombre.
Subió al asiento trasero sin decir palabra. El interior se llenó de una fragancia agria, un matiz salobre, como algas viejas y cuero envejecido. Tomás alcanzó a mirarlo por el retrovisor: piel tan pálida que parecía tensada en exceso, manos enfundadas en guantes de cuero negro.
—Buenas noches, señor —saludó Tomás, más por reacción que por cortesía.
El hombre deslizó dos palabras con voz grave y áspera, disonante, como una cuerda de laúd desafinada:
—Al puerto.
Marcó la ruta en el GPS. Unos veintitrés minutos, según la aplicación y el cálculo optimista del algoritmo. El puerto. Tomás intentó recordar la última vez que había llevado a alguien tan tarde y tan lejos; nada bueno le recordaba el muelle a estas horas. Pero los kilómetros pesaban y pocas carreras aparecían en la noche aún activa. Calculó la propina.
A los cuatro minutos de trayecto, el silencio se volvió tan espeso como la niebla. El pasajero no apartaba la vista de Tomás. Podía sentir sus ojos pesados tras el retrovisor; cuando el conductor no miraba el camino, el pasajero lo contemplaba. Sintió que la temperatura bajaba. Tuvo el impulso, casi infantil, de abrir la ventanilla y llenar el aire de sonidos mundanos, pero sus manos sudaban.
—¿Hace cuánto maneja? —preguntó la voz, ahora más cerca, como si el hombre se hubiera inclinado hacia adelante. La voz le rozó la nuca y el sudor, helado, le recorrió la espalda.
—Cuatro años —contestó Tomás—. ¿Su destino es algún barco en particular?
El pasajero no respondió, aunque Tomás distinguió un gesto en el retrovisor: sus labios se movían, no formando palabra alguna, sino movidos en un murmullo que no pertenecía a ningún idioma conocido.
El viaje se hizo más angustiante cuando Tomás se percató, de reojo, de las manos del pasajero: guantes demasiado finos, las puntas brillaban bajo la luz, como si las uñas se marcase en el cuero o como si… no fueran guantes realmente.
El paisaje fuera del coche se volvió conforme a esas sensaciones: las farolas se espacian, la niebla se adensa; el asfalto parece descomponerse a cada kilómetro. Los pensamientos de Tomás flotan entre la posibilidad de que el pasajero sea solo un tipo excéntrico —quizás un extranjero borracho en las excentricidades de la noche— o algo mucho peor, aunque su mente evitaba terminar de articular esa sospecha.
A mitad de camino, el pasajero se inclinó demasiado hacia adelante. Su boca, ahora visible en el retrovisor, estaba retorcida, como si quisiera forzarse a una sonrisa con músculos a punto de romperse.
—¿Quiere oír una historia, conductor?
La frase, simple, fue lanzada como una pena capital. Tomás escuchó su voz menos como una pregunta que como un augurio inevitable.
—Dígame —contestó, intentando mantener la serenidad.
—¿Sabe de los dioses que yacen dormidos bajo aguas más negras que el petróleo y que no están muertos, si duermen para siempre?
La referencia le heló aún más la sangre. Tomás, aficionado a lo esotérico por pura ociosidad, reconoció ecos de Lovecraft y sus imitadores, pero en la boca de ese extraño, sonaba con una autoridad ancestral. Sin juego. Sin humanidad.
—No mucho, pero he leído algo —mintió.
El pasajero continuó, sus palabras golpeando en la cabina como un aguacero súbito:
—Hay pasajeros que no quieren moverse. Quienes viajan sólo para medir los corazones de los vivos. Nos deslizamos entre los trabajos humanos para recordarles que la piel es simple envoltorio. Que el alma, si la tuvieran, también es vehículo.
Estaban ya cerca de las afueras, donde el río y la niebla convierten el mundo conocido en otra cosa. El puerto se dibujaba ahí, entre ruinas industriales y farolas parpadeantes. El pasajero le indicó que se detuviera junto a un almacén oxidado de chapa. Antes que Tomás pudiera preguntar nada, el pasajero habló otra vez:
—Aún no hemos llegado, Tomás. Dé un rodeo por el muelle, junto a los depósitos vacíos.
Las instrucciones se desbordaban del GPS, haciendo innecesarios los mapas digitales. Tomás obedeció, como ante la sorda autoridad de un jefe invisible. Al pasar junto a los enormes contenedores vacíos, algo llamó su atención. En un recodo donde sólo habría gato sarnoso y rumores, algunos bultos estaban amontonados, tan idénticos que parecían sacos de arpillera. Uno tenía forma humana, y desde allí, la oscuridad parecía reptar fuera de su espacio, alargando una sombra irreal hacia el Corolla.
La radio, encendida solo por llenar el vacío con voces, comenzó a chisporrotear. La estática fue llenándose de sonidos húmedos, palabras sumergidas en otro idioma —quizás sueños de los buzos muertos o fonemas de bestias dormidas bajo el mar.
El pasajero, sin preguntar, puso una mano sobre el hombro de Tomás. La piel era fría, cadavérica. Y aun así, había fuerza. El grito de Tomás quedó atrapado en el espasmo del aire y solo pudo girar cabeceando lentamente, en espasmo. Lo que vio en los ojos del pasajero no era humanidad, era una negrura donde bullían formas sin nombre, abisales, reptando como tentáculos en lo profundo de un mar imposible.
—Hace mucho que alguien te pidió este trayecto, Tomás —susurró la sombra, y Tomás sintió que olía a sal, a piel fermentada y costras de otros cuerpos. El pasajero apretó su hombro y donde le tocaba, la carne de Tomás dolió, le ardió como si la punta de un punzón invisible le recorriera debajo de la propia epidermis.
La radio escupió un solo nombre, distorsionado, con una voz demasiado antigua:
—Iä… Y’ha-nthlei…
Tomás no conocía, pero la palabra le arañó la memoria, como un grito de la infancia olvidada, algo que le decía “ahora toca regresar”.
El pasajero salió del coche y subió, arrastrando a Tomás, aún sin voluntad propia. Lo llevó hacia los montones junto a los depósitos. A media luz, Tomás atisbó la escena: cuerpos. Demasiados. Todos desollados, su piel colgaba en jirones, cada rostro una máscara grumosa. Cartera rota, billeteras abiertas, teléfonos celulares tirados. Hombres y mujeres, algunos posiblemente choferes, otros clientes de la misma aplicación.
—El pago por cruzar a los dominios del sueño —murmuró el ser—. Debes aprender a dejar tu envoltorio aquí, junto al resto.
Tomás gritó al fin, pero la noche estaba vacía. El pasajero metió su mano en la boca, forzándole a tragar un líquido viscoso, salobre. La nausea fue instantánea, pero los reflejos le abandonaron. La piel, primero en la nuca, luego en los hombros y brazos, se le abría sola; no sangraba, sino que se deslizaba, serpenteando, como si aprendiese a desprenderse de su dueña. El dolor era irreal; la carne de Tomás susurraba, como si dentro de ella no hubiera apenas humanidad, sino otra cosa, desesperada por entrar en contacto directo con el aire frío y húmedo.
Mientras sentía cómo su piel era tirada hacia los pies por fuerzas invisibles, con el chillido sordo del arranque de velcro mojado, Tomás aún forcejeaba: sus manos, a punto de quedar expuestas, ansiaron aferrarse a la carne del espectro que lo había traído hasta allí. Pero la criatura solo soltó una última advertencia, con voz colosal, que reverberó dentro de sus costillas abiertas:
—Solo viajas si pagas el tributo correcto. La piel es la moneda universal.
El mundo se tornó vastísimo y diminuto a la vez, y en la madrugada de ese puerto infame, Tomás alcanzó a ver, antes de oscurecerse para siempre, que la noche de la ciudad era solo la máscara de algo más hondo, una urbe irreconocible donde las sombras cobraban peaje y los pasajeros llevaban su propia mortalidad a cuestas.
No era el primero en pagar con trozo de cuerpo, ni sería el último. Los bultos lo sabían, y el rumor de la radio, convertida en canto profundo, seguiría llamando a otros conductores solitarios, hasta que la ciudad entera fuese solo una urdimbre de rutas y desollados, alquilando el silencio a los dioses viejos.
En la aplicación, para cualquier otro chofer, la carrera simplemente desapareció. Una mala señal, una desconexión, un problema con el destino. Nada más. Solo una posible penalización. Otra noche cualquiera.
Pero en el puerto, donde la niebla nunca despeja del todo y el agua repite el eco de idiomas antiguos, todos los que han pagado la tarifa continúan aguardando. Por un viaje. Por una piel. Por un pasajero dispuesto a andar más allá, hasta la orilla donde la humanidad ya no cubre nada, salvo el miedo.
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