Portada del relato Susurros en la hondonada
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Fragmento:


Comenzó, si así puede decirse, en los últimos días de octubre, cuando la luz grisácea ya apenas se atrevía a rozar el bosque de Galloway y la niebla ceñía los contornos hasta hacerlos irreales. Por aquel entonces, el retiro rústico que mi hermano Elijah y yo cuidábamos en la frontera del páramo parecía el último bastión de algún mundo creíble. Allí, en la casona de los Crowthorne —tres generaciones ancladas a la desconfianza de los vecinos y al rumor antiguo de los árboles—, creía haber hallado una confortable distancia de todo cuanto atormenta al hombre diligente.

Duración: 09:23

Susurros en la hondonada
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Texto de ajuste de pausa.

Yo, Nathaniel Crowthorne, escribo estas palabras no para que sean leídas, sino para que sean encontradas después de mi desaparición inevitable. Hay, en la soledad de quien observa más allá del velo, una desesperanza que corrompe incluso la memoria. Lo que voy a relatar no es fruto de la fiebre ni del delirio, aunque así lo pueda creer el lector racionalista de un futuro dudoso. Mi relato es, por encima de todo, un testimonio de advertencia; una suerte de epitafio con la vana esperanza de que los pasos de otros hombres eviten rozar la grieta por la que yo caí.

Comenzó, si así puede decirse, en los últimos días de octubre, cuando la luz grisácea ya apenas se atrevía a rozar el bosque de Galloway y la niebla ceñía los contornos hasta hacerlos irreales. Por aquel entonces, el retiro rústico que mi hermano Elijah y yo cuidábamos en la frontera del páramo parecía el último bastión de algún mundo creíble. Allí, en la casona de los Crowthorne —tres generaciones ancladas a la desconfianza de los vecinos y al rumor antiguo de los árboles—, creía haber hallado una confortable distancia de todo cuanto atormenta al hombre diligente.

No obstante, el silencio tiene una manera de trabajar en la mente de los solitarios, y poco a poco comenzó a desmoronar lo que yo, con arrogancia, creía inexpugnable. Elijah, siempre adusto y testarrudo, empezó una serie de caminatas nocturnas. Decía que el aire del crepúsculo era saludable para su asma y alegaba que la soledad era incompatible con la compañía de un hermano inquieto. Lo cierto es que cada vez regresaba más tarde y con los ojos hundidos en una extrañeza que no supe descifrar sino hasta demasiado tarde.

La fuente de su perturbación se me desveló cuando, una noche de bruma impenetrable, le seguí en silencio hasta los lindes del bosque. La luna, apenas visible tras la neblina, lanzaba destellos enfermizos sobre la maraña de ramas retorcidas. Desde la espesura, un rumor líquido, como el suspiro de una marea subterránea, parecía llamar a Elijah con la atracción tranquila y mortal de las profundidades ignotas.

Observé atónito cómo se adentraba en el bosque, cruzando el umbral de un viejo portón cubierto de líquenes —un vestigio de los días en que las tierras de los Crowthorne limitaban con la aldea de Dunwich, ahora apenas una ruina silente—. Le seguí a través de senderos apenas insinuados y pronto comprendí que avanzábamos hacia la hondonada de fenland, una antigua depresión cubierta por la niebla y considerada, desde generaciones, maldita por los escasos habitantes de la región. Allí, decían los viejos, habían caído pastores y cazadores que no dejaron más rastro que un leve hedor salino al alba.

Fue en ese círculo prohibido donde Elijah se detuvo. Unas piedras hincadas en el suelo, formadas en círculo, yacían cubiertas de una pátina verdosa, ocultando inscripciones imposibles de leer. Elijah avanzó hacia el centro y, justo antes de que pudiera intervenir, un murmullo inhumano llenó el aire —mezcla de coral y óxido, de olvido oceánico—. Me vi retorciéndome internamente ante el sonido, pues evocaba imágenes de abismos abiertos y ojos que nunca parpadean.

Desde el suelo, la niebla comenzó a arremolinarse en formas vagamente humanoides, aunque eso es solo por la limítrofe incapacidad de mi mente a nombrar lo que allí se manifestó. Las figuras, líquidas pero pesadas, hablaban en sílabas rotas, palabras colgantes cuya musicalidad corrompía el sentido y la propia idea de lenguaje. Elijah, de pie entre ellas, unió su voz a la suya en un repiqueteo gutural que en ningún ser humano debería poder realizar. Traté de avanzar, de tirar de mi hermano, de devolverlo a nuestro mundo, pero mis pies estaban como atados por raíces invisibles de incorpórea malevolencia.

No recuerdo más de aquella noche salvo la impresión de haber perdido pasos en la senda, como si parte de mi existencia hubiera sido absorbida en ese corro. Al volver en mí, yacía a la orilla del espeso lodazal, con un sabor amargo y antiguo en la boca. Corrí, trastabillando, hacia la casa, temeroso de encontrar a Elijah convertido en una de esas formas neblinosas, pero lo hallé sentado junto al hogar, sus ojos fijados en los carbones consumidos.

Durante días, evitamos hablar. Yo sentía en el pecho la presión de las palabras no dichas y el duelo de un futuro irreparable. Elijah se consumía de dentro afuera. Apenas comía y sus manos temblaban incluso en reposo. Solo pronunciaba frases inconexas sobre voces que llaman bajo la tierra, sobre puertas que deben abrirse, aunque se desconozca el umbral.

Todo esto parece, ahora, la antesala lógica de la noche final, al filo de noviembre, cuando desperté con el rumor de pasos en la galería. Desde la ventana, un bramido de viento y marejada golpeaba la hondonada. Descendí a tientas y vi la puerta entreabierta, la niebla colándose como dedos de un pianista incorpóreo. Elijah no estaba.

Me lancé tras él, guiado por un impulso primigenio, como el padre que busca al hijo en la tempestad. La noche era un precipicio sin base. Las ramas parecían susurrar en dialectos arrastrados. Al llegar a la hondonada, la niebla era tan espesa que solo vi las piedras hincadas brillar con un fulgor imposible. El aire era viscoso; la sensación, la de estar sumergido en el interior de una criatura viva y febril.

Vi a Elijah, o lo que quedaba de él, de pie en el centro del círculo, elevado levemente por hilos de niebla que pendían desde el mismo aire. Su rostro había perdido los contornos, derretido en una máscara de éxtasis melancólico que me repugnó y aterrorizó a partes iguales. Su voz, ahora tan ajena como los retumbos de un volcán sumergido, entonó un cántico de palabras que arrastraban consigo la gravedad de edades inconcebibles. Con cada frase, el suelo parecía abrirse y un olor a sal y muerte llenó el claro.

Luego lo vi: algo se liberaba bajo las piedras, una oscuridad líquida y burbujeante, como si todo el océano del Tiempo intentara filtrarse a través de una hendidura en nuestra realidad. No puedo describirlo más allá de decir que no era ni materia ni sombra, sino el recuerdo de una existencia no permitida, una memoria del abismo. Se elevaba, lenta y segura, y tanteaba el aire con apéndices tan ambiguos que la mente temía ajustarlos a concepto alguno.

Enloquecí, debo admitirlo, aunque la locura fue una gracia. Aquella presencia, por un instante, me vio —si es que una conciencia semejante puede detenerse ante un ser insignificante—. Percibí que mi presencia era al mismo tiempo irrelevante y necesaria. Noté que mi testimonio, mi mirada temblorosa, era como una ofrenda; que aquello que acechaba bajo las piedras anhelaba ser visto, reconocido en su imposible horror, alimentado por la mirada misma de un hombre. Es algo que he meditado desde entonces en vano.

Fui arrastrado fuera del claro por una fuerza instintiva, un empuje que era deseo de sobrevivir o, quizás, la piedad resignada de la entidad recién emergida. Corrí en la oscuridad, tropezando y desgarrando mi carne en los zarzales, hasta rebasar el portón cubierto de líquenes. Afuera, el mundo parecía sordo al abismo que acababa de abrirse en su propio corazón.

No volví a ver a Elijah, si bien en los días siguientes, la hondonada exhalaba un vaho más denso y pútrido de lo habitual. Se organizó una búsqueda, infructuosa, y los habitantes del pueblo aceptaron de mala gana mi relato de desaparición. Pronto la casa de los Crowthorne quedó desierta, y sólo de vez en cuando paso para comprobar que la niebla no ha devorado sus cimientos.

Lo que no puedo borrar, lo que cada noche me asalta, es la sensación de ser seguido; en los umbrales de la conciencia, de oír el repiqueteo de palabras irrompibles en la lengua de los sin rostro. A veces, cuando la bruma pesa especialmente tras la ventana, distingo la silueta de Elijah más allá de los linderos del jardín, observando con ojos ya ajenos, invitando a salir, a seguir su senda de no-retorno.

Vivo preso entre el deseo de olvidar y el anhelo febril por regresar a la hondonada, por responder a la llamada inarticulada y recorrer, bajo el manto de la niebla, la senda que se dobla sobre sí misma, conduciendo a un abismo que no es muerte ni vida, sino la permanencia en la memoria de aquello que sólo debería ser exilio y negación. Y temo, cada vez peor, que algún día no resistiré y saldré, “sólo por dar un paseo”, sin jamás regresar del todo.

Más de una vez he despertado al alba con las botas cubiertas de lodo y las sábanas impregnadas de ese hedor salobre. En sueños, la hondonada sigue creciendo, la niebla pulsa en cada latido de mi corazón, y oigo palabras que no pronuncio. En algún momento la senda se hará irreversible y yo —como Elijah, como tantos antes— seré sólo otra sombra diluida en la memoria de los que aún pueden, por un tiempo, olvidar que el abismo camina entre nosotros.

Si alguien encuentra estas páginas, les ruego que ardan la casa, derriben el portón y no permitan jamás que la niebla lleve a sus seres queridos al círculo de piedras. Porque, cuando abran los ojos —si alguna vez regresan—, sabrán que nunca estuvieron realmente solos, ni aquí ni en los lugares donde la realidad se arruga bajo la presión de lo innombrable. Y sabrán cuán delgada puede ser la senda entre el paseo y el olvido, entre el recuerdo y el horror primordial.

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