Portada del relato La sonrisa de los que sueñan
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Fragmento:


Fue entonces cuando comenzó a ocurrir lo que sólo después supo llamar el asedio: ciertas noches, al cerrarse la puerta de su cuarto, Versley creyó escuchar su propio nombre, susurrado con una voz tan baja que apenas parecía atravesar el aire; una voz semejante a la de su madre, fallecida hacía décadas. Al principio, descartó cualquier posibilidad sobrenatural. Ideó explicaciones: la madera crujiendo, el ulular del viento, la casa acomodando su armazón cansado… Todo era susceptible de explicación racional hasta que, una madrugada, oyó un segundo susurro. Éste llevaba un mensaje, articulado nítidamente en la penumbra: "No despiertes."

Duración: 12:11

La sonrisa de los que sueñan
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Texto de ajuste de pausa.

Nada hay tan horroroso como disfrutar de la cordura, respirar su aroma a costumbre mansa, caminar de su mano por los senderos de la vida y, de pronto, cómo un relámpago funesto, sentir su ausencia. Entonces, cuando uno se ve arrojado al abismo siempre presente pero nunca contemplado de la locura, toda la realidad se transmuta en un escenario de infinitas pesadillas. La historia que voy a relatar, si aún logro recordar la realidad y no me engaña la maleabilidad de mis pensamientos, es el testimonio del verdadero horror: el asedio metódico de la locura hasta el último refugio de la razón.

En un pueblo olvidado por las rutas principales, donde las noches parecen más largas y los silencios palpitan con vida propia, vivía el doctor Edgard Versley. Era un médico reputado, de cuarenta y cinco años, afamado por sus diagnósticos infalibles y su frialdad casi mecánica. Versley habitaba una casona señorial, de ventanas altas y pesados cortinajes que apenas dejaban filtrar la luz, como si la casa misma desconfiara del día.

No era hombre muy dado a las supersticiones, ni mucho menos a creer en aquello que no pudiera aprehender con los instrumentos de la ciencia. Sin embargo, mantenía una respetuosa lejanía ante las historias que murmuraban sus pacientes y vecinos. Narraban cosas curiosas, voces en los campos, pactos oscuros en tabernas antiguas, y más de una vez le habían contado que ciertos hombres, tras beber en un pozo cerca del bosque, nunca volvían a ser los mismos.

Era una noche cruda de otoño cuando lo visitó la señora Dane. Se presentó envuelta en una capa negra, encorvada por los años y el pesar. Traía consigo a su hijo, un joven de veintisiete años. El muchacho, Nadiel, había sido un mozo ágil y locuaz, pero desde hacía semanas no articulaba palabra. Sus ojos —altamente expresivos antes— se habían vuelto abismales, y el rostro macilento mostraba un rictus extraño, una sonrisa casi imperceptible, como grabada a fuego.

—Doctor, mi hijo no duerme —sollozó la señora Dane—. Dice que cuando cierra los ojos, ve cosas peores que la muerte.

Versley hizo un gesto tranquilizador, ofreciendo asiento y extendiendo una lámpara de aceite para iluminar los rostros demacrados. Se dispuso, entonces, a interrogar al muchacho con amabilidad, pero las únicas respuestas que recibía eran parpadeos largos y esa sonrisa fija que cruzaba su boca como si presenciara a los mismísimos dioses danzando en la hoguera del juicio final.

Esa noche, después de agotar los recursos científicos —probó vértices de la medicina, afecciones, síndromes, e incluso intentó terapias de choque, hierbas y tés— Versley comenzó a sobrellevar una inquietud creciente, tan nueva como invasiva. El muchacho, alojado en la habitación de huéspedes, murmuraba por las noches frases inconexas. Apenas frases, realmente; más bien balbuceos, sonidos inarticulados que, en ocasiones, le resultaban a Versley insólitamente familiares.

Fue entonces cuando comenzó a ocurrir lo que sólo después supo llamar el asedio: ciertas noches, al cerrarse la puerta de su cuarto, Versley creyó escuchar su propio nombre, susurrado con una voz tan baja que apenas parecía atravesar el aire; una voz semejante a la de su madre, fallecida hacía décadas. Al principio, descartó cualquier posibilidad sobrenatural. Ideó explicaciones: la madera crujiendo, el ulular del viento, la casa acomodando su armazón cansado… Todo era susceptible de explicación racional hasta que, una madrugada, oyó un segundo susurro. Éste llevaba un mensaje, articulado nítidamente en la penumbra: "No despiertes."

Su corazón golpeó las paredes de su pecho, y ahí se percató de otra cosa: no había sido un solo susurro, sino una multitud titilando en el fondo del pasillo, como si su conciencia se hubiera fraccionado en cien bocas que hablaban al unísono. Lanzó la lámpara al vacío, pero la oscuridad sólo lo abrigó más profundamente.

A la mañana siguiente, no pudo dejar de pensar en Nadiel. Encontró al joven sentado junto a la ventana, los ojos velados y la sonrisa cada vez más marcada. La señora Dane, al observarlos juntos, murmuró apenas:

—A veces pienso que mi hijo no duerme porque su alma va a otro lugar, un lugar que ningún hombre cuerdo ha de mirar.

El doctor sofocó una carcajada nerviosa. Por primera vez, sintió la presión intangible de otra mente dentro de la suya, no maldad, no amenaza, sino la vibración de una presencia inhumana, terrible por lo ajeno e incomprensible. Recordó la frase que había oído, la multiplicidad de voces en la noche, y algo en su razón comenzó a quebrarse sutilmente.

Exploró el pueblo en busca de nuevas pistas. Nadie, salvo los más ancianos y olvidados del lugar, pudo o quiso hablar. Un viejo, el señor Wiltham, le relató entre murmullos cómo un pozo antiguo —el mismo del que todos hablaban en susurros— había sido condenado años atrás, tras la inexplicable transformación de varias gentes que, tras beber de sus aguas, se pasaban los días murmurando frases desconocidas, sonriendo con los labios secos y marchitos, antes de deambular al bosque y desaparecer.

—No sabemos si afuera salía el demonio o si nosotros lo despertábamos, doctor. Lo único que puedo asegurarle es que la peor de las muertes es la del pensamiento, y ese pozo la da a tragos lentos.

No tardó en averiguar que Nadiel sí había bebido de aquel pozo, arrastrado por una apuesta insignificante una tarde de verano. Desde entonces, no era el mismo. Versley, dogmático en el escepticismo, decidió que el asunto venía de un mal físico: alguna bacteria, un gas extraño, la corrosión de algún metal arcano. Pero pese a toda su lógica, no dejó de escuchar por las noches la voz múltiple, cada vez con más nitidez, rompiendo progresivamente el orden de su mente.

Empezó a dudar. Dudó de las sombras que cruzaban sus ventanas en el crepúsculo, de los ruidos en la sala contigua, del reflejo en el espejo. Se volvió paranoico, encendiendo velas de noche, revisando sus notas médicas, controlando compulsivamente las puertas y ventanas, buscando alguna herida en sí mismo, alguna marca en su cuerpo. Y sin embargo, el verdadero herido era su pensamiento.

Una noche, y sólo puedo decir que de todos los atardeceres aquel fue el más vívido y grotesco, sintió un llamado imperioso, como el toque lejano de una campana. Bajó, casi arrastrado, al comedor oscuro. Allí lo esperaba Nadiel, de pie, con la sonrisa petrificada y sus dedos danzando sobre la mesa con un ritmo inaudible, un tamborileo que parecía una letanía. La señora Dane temblaba en la penumbra.

—Ya lo ve... ahora usted lo sabe, ¿verdad, doctor? —dijo la mujer, sus ojos empañados por lágrimas antiguas—. Lo infectó, igual que infecta a todos los, los que escuchan.

Versley quiso replicar, pero un temblor le cerró la boca. Escuchó como si la casa entera respirase, palpitante, y todas las maderas, todas las paredes, se estremeciesen con las voces que le susurraban un único mandato: "Bebe". Entonces recordó su niñez, la voz de su madre, los susurros maternos a la hora del sueño. Pero ahora, caricaturizados, deformes, como muecas de un rostro que observa desde más allá del vidrio del mundo.

El doctor se refugió en el laboratorio anexo; recogió un frasco de cloroformo y lo inhaló, decidido a forzar el sueño. Las voces, sin embargo, sólo se hicieron más nítidas, coreando canciones sin sentido, nombres de personas que nunca había conocido, acontecimientos imposibles. El cloroformo lo llevó a un estado liminal donde la realidad perdió densidad. Caminó por pasillos de su memoria, pero en cada bifurcación lo esperaba Nadiel, sonriendo, ofreciendo un vaso de agua oscura.

Despertó sobresaltado. Afuera, la tormenta rugía. Revisó la habitación: todo en orden, salvo la ventana entornada. Se levantó e instantáneamente comprendió —más allá de toda lógica firme— que no estaba solo. Un susurro detrás de la puerta musitó de nuevo: "Despierta." Pero el tono ahora no era el de una advertencia sino el de una burla, familiar y detestable, como si su mente jugase con él, mostrándole su propio proceso de desmoronamiento.

A la mañana siguiente, intentó escribir una carta a un colega en la ciudad. Mientras redactaba, se dio cuenta horrorizado de que en vez de palabras trenzaba líneas y círculos, signos que no reconocía pero cuya naturaleza aberrante lo estremecía. Cada trazo le producía náuseas, como si hubieran sido dictados por otra fuerza, una entidad oculta detrás de su mano. Quiso arrancar el papel, pero entonces supo —lo supo con la certeza de los condenados— que la enfermedad no era física ni mental, sino otra cosa; la presencia de otra inteligencia que anidaba, sorda y voraz, en las fisuras más íntimas de su pensamiento.

La señora Dane, marchita, apenas le dirigía la palabra. Nadiel sólo murmuraba más fuerte, y el tamborileo de sus dedos se transformó en un idioma propio, oscilante y sugerente, como si invocara algo. Por las noches, las voces eran polifónicas, llenando los espacios, reptando sobre su cama, cantando canciones de cuna con letras imposibles.

Comenzó a sospechar que ningún médico de la ciudad podría ayudarlo, que ningún remedio lograría apagar el eco de esas voces. Hubo amaneceres en que saltaba de la cama, exhausto, convencido de haber caminado por el bosque, haber bebido del pozo, de haber encontrado a otros, idénticos a él, sonriendo, todos convocados por el mismo imperativo: "Bebe." "Sueña." "No despiertes."

Cierta mañana, notó que su reflejo en el espejo no lo seguía exactamente. Su imagen tardaba una fracción de segundo en replicar sus gestos, y la sonrisa que engalanaba la boca del reflejo era notablemente más ancha que la que creía estar mostrando. Empezó a temer el contacto con el agua —se negaba a lavarse la cara—. Cada vez que oía agua correr, sentía un vértigo que lo hacía tambalear. Empezó a escuchar, a cualquier hora, el rumor subterráneo del pozo, aunque se hallara lejos del bosque: una corriente de susurros entrecruzados, trenzas de pensamiento que lo arrastraban al fondo de una conciencia ajena.

Meses transcurrieron así, en ese vaivén entre la realidad aparente y la susurrante, y durante ese tiempo oscurecido, Versley descubrió algo más terrorífico que la locura: la persuasión, la belleza aterradora del desequilibrio. Comenzó a experimentar placer al escuchar las voces, a encontrar en la coreografía de los murmullos nocturnos el arte más perfecto. Prefería el reino de la noche a la claridad hiriente de la razón. Tuvo una visión: vio a su madre, al viejo Wiltham, a la propia señora Dane, todos bebiendo en el pozo y sonriendo, danzando en círculo, mientras en el centro Nadiel reía con la boca llena de oscuridad.

La locura ya no era un tormento, sino un cálido refugio. Las voces celebraban, aplaudiendo el abandono de su última resistencia. La razón, convertida en una reliquia caduca, se descompuso en pedazos translúcidos y ligeros, incapaces de competir con la fortaleza y la persuasión de las voces. Se dejó arrastrar por los corredores de la casa, la sonrisa fija, los ojos vacíos, el alma deshabitada, hasta el umbral de la puerta. Sabía —en algún sitio remanente y remoto de su mente— que tomaría por fin el peregrinaje hacia el pozo, como todos los elegidos.

Y así, si algún día viaja usted a este pueblo y encuentra una figura erguida en el bosque, bebiendo de las aguas negras, con una sonrisa tan fina, tan hondamente grabada en los labios, no se acerque. No escuche la letanía. No beba. Porque la locura —la verdadera, la irresistible y transformadora— no es un castigo, ni una enfermedad, ni un error de la química cerebral. Es algo mucho peor: un canto hermoso que espera, paciente y multifónico, en el fondo de cada pozo, de cada sueño, para hacer de la mente su hórrido paraíso.

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