Portada del relato Custodios de la Pared
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Fragmento:


Hay algo inconfesable en recordar una pérdida. Pero perder la razón tiene la singularidad de que no sabes que has caído en la fosa hasta que, de pronto, ya no recuerdas nunca haber conocido la superficie. Te quedarás conmigo un rato, eso espero.

Duración: 09:00

Custodios de la Pared
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Texto de ajuste de pausa.

Tengo que advertirte: la casa en la que viví durante seis años existe, aunque sus líneas ya no se distingan en este mundo. Es un bosque de piedra y madera que me dejó cicatrices, y aunque dudé mucho en escribir sobre lo que sucedió, la noche que lo hice, noté de inmediato un cambio en el mundo, en la luz eléctrica de los faroles de la calle y, sobre todo, en el silencio. Aquella vez, al romper la rutina y plasmar mi memoria en palabras, sentí que mi paranoia adquiría carne y uñas.

Hay algo inconfesable en recordar una pérdida. Pero perder la razón tiene la singularidad de que no sabes que has caído en la fosa hasta que, de pronto, ya no recuerdas nunca haber conocido la superficie. Te quedarás conmigo un rato, eso espero.

La casa era grande y de ventanas estrechas; un esqueleto desparramado a la orilla del bosque. Me mudé tras un descalabro profesional en la ciudad, había alcanzado el límite de mi ansiedad y al borde del colapso me refugié en la herencia de un primo lejano. Apenas me instalé, sentí los síntomas de la reclusión: la madera ondulaba con el viento como si la casa respirara, y por las noches, un olor a tierra húmeda y sal avanzaba desde el sótano. Olvidé pronto la vida anterior dando largas caminatas por aquel pequeño pueblo donde los pocos vecinos evitaban el contacto prolongado. Un tipo, Bradmoore creo que se llamaba, me advirtió una tarde –en el bar único del pueblo– que si escuchaba “ruidos detrás de las paredes”, no debía investigar. Rió, pero su risa sólo me llenó de una incomodidad fétida y persistente.

La primera vez que lo oí fue el cuarto mes: un crujido parecido al de la madera, pero más profundo, animal. Venía detrás de la pared del estudio, justo donde la casa se curvaba para formar un ángulo imposible con el corredor. Al principio, lo achaqué a la humedad. Pero se repetía, casi cada noche, siempre a la misma hora. Una vez, harto, apoyé la oreja en la pared, y sentí, al otro lado, una vibración, como si algo pesado y sin rostro se arrastrara justo fuera de mi alcance.

Intenté ignorarlo. Compré auriculares, grabé música para ocultar ese sonsonete subterráneo. Pero no sirvió de nada: si cerraba los ojos, lo veía –negro, deforme, inclinado entre el yeso y el ladrillo– aplastado, ansioso. Cada mañana me encontraba el plato de leche del gato movido unos centímetros, y una mancha pegajosa junto a la despensa. Me volví cuidadoso, obsesivo. Registraba los sonidos, garabateando horarios. Bradmoore me veía con lástima, a veces con fastidio.

Una noche de tempestad, la bestia decidió salir. Me encontraba leyendo un libro viejo –la clase de ejemplar con páginas tan impregnadas de polvo que los bordes parecen teñidos de sombra– cuando escuché el estruendo. Fue un golpe seco, la vibración sacudió los estantes. Corrí al estudio con un cuchillo de cocina y allí, detrás de la puerta, encontré la pared abierta: una grieta abrupta, como un tajo, por la que fluía un aire podrido, casi líquido.

Más allá, en ese hueco, se entreveía otra puerta. Era una losa de hierro –oxidada, decorada con una lengua de símbolos que se retorcían y brillaban como si se movieran bajo mi vista. No debería haberme acercado. Lo sé ahora, lo sé como sé que jamás debería haber asomado la cabeza por la barandilla de aquel edificio veinte años atrás. Pero lo hice, acechado por un instinto débil, una curiosidad que era una extensión de mi enfermedad.

No estaba solo detrás de la pared.

Sentí primero el olor: sangre añeja, miedo seco, pelo quemado. Luego, el rumor de muchas manos desplazándose, presionando la losa desde dentro, como queriendo abrir una puerta con garras y huesos. Me retiré, temblando, y la grieta se cerró tan rápido que dejé un mechón de mi cabello atrapado en la junta como ofrenda.

A partir de esa noche dormía cada vez menos. Ya no podía distinguir entre la vigilia y el sueño: veía criaturas agazapadas detrás de cada ventana, curvas deformes apenas reconocibles bajo el parpadeo de la lámpara del pasillo. Los gatos de la calle se reunían en el umbral de mi casa, miraban con los ojos abiertos, como enviados de un dios menor.

El pueblo se dio cuenta de mi transformación. Nadie se acercaba, incluso Bradmoore me evitaba. A veces, sentía que las voces del bosque traían mi nombre, arrastrado por el viento. Me sumergí en los archivos familiares buscando alguna explicación y confirmé una sospecha: mi antepasado materno, Hugh Jennings, se había vuelto loco y desapareció tras hablar de “la Bestia de la Habitación Ciega”. Fue él quien levantó los cimientos, él quien construyó el paso tras la pared para, según sus cartas, “alimentar, custodiar o aplacar”.

¿Aplacar a quién? ¿A qué?

Durante días solo vagaba por la casa evitando mirar de reojo la junta de la pared; pero el olor, la vibración –el deseo de avanzar– me desquiciaban. Corté las tablas, sellé ventanas, y aún así la bestia, lo que sea que era, me susurraba desde el otro lado. Despertaba con la sensación de que alguien había atravesado mi carne, dejado marcas en mis brazos, consumido fragmentos de mi sueño.

Un día, desperté con el rostro bañado de sudor y la casa sepultada en el silencio más absoluto. Me vestí y di vueltas como un loco. Pero antes de que pudiera convencerme de huir, la puerta tras la pared crujió, arrastrando mi voluntad con ella. La losa cedió –el hierro desplomándose con el gemido de los condenados– y en el pasillo se filtró una figura, arrastrando extremidades numerosas, un cuerpo negro y amorfo, cruelmente anguloso como una pesadilla geométrica.

Tenía brazos donde un espectro tiene cabellos; lenguas donde el aire sólo debería estar húmedo. Avanzó hacia mí, y sentí que gritaba, pero no salía sonido. Una presión se formó en mi pecho; la muerte tenía sabor a ceniza.

La criatura se detuvo. No parecía verme –o sí, pero a través de mí–. Sus “ojos” fluctuaban bajo la piel, como burbujas en un líquido denso y antiguo. Levanté el cuchillo, pero la bestia solo observó, como si dudara brevemente. Olí mi miedo hecho carne y lo reconocí: sabía que yo estaba allí para servirle, no como carne, sino como llave o guardián.

Un zarpazo imposible tocó la mesa: un solo dedo y la madera se partió en secciones perfectas. Entendí algo: la casa no era prisión, sino refugio. La puerta estaba cerrada porque afuera, en el mundo silencioso, el hambre de la bestia era mayor. Ella no escapaba; permanecía porque necesitaba alimentar la locura en dosis precisas.

El tiempo se desbarrancó aquel día. Caí de rodillas, gimiendo, sintiendo cómo la lógica se derretía a mi alrededor. En la visión que siguió, vi habitaciones que nunca debieron existir, repletas de seres sin ojos, flotando sobre mármol ajedrezado y muros líquidos. Vi legiones de hombres y mujeres de otros siglos, arrastrándose hasta la bestia para entregarse en rituales cuyo propósito era siempre el mismo: mantener la puerta cerrada, custodiar el paso entre dos realidades.

Desperté. Había pasado una hora, o días quizá. La puerta de piedra estaba otra vez intacta, pero en mis manos llevaba el polvo de lo que había soñado –humanos convertidos en ceniza, las huellas de la bestia impresas en mi carne. Recorrí la casa con el cuchillo en la mano, la paranoia convertida en costumbre, la sombra de la criatura transpirando todavía en los rincones húmedos como una fiebre que trepa lentamente.

Los meses siguientes, aprendí a vivir con el ciclo. La bestia regresó varias noches más. No siempre la veía al otro lado, pero sentía su peso, su calor. Me resigné a mantener la puerta custodiada. Alimenté su hambre con sueños, con pedacitos de mi cordura, con carne alguna vez. Nadie vino jamás en mi auxilio y, cuando la policía llegó, después del incendio que arrasó la casa, apenas encontraron polvo, madera quemada y unas marcas talladas en un trozo de piedra ennegrecida: una secuencia de glifos que aún hoy llevo tatuados en el pecho, a pesar de todas mis cicatrices quirúrgicas.

Jamás he contado esto, excepto aquí. Cuando la noche huele a limo y a sangre reseca, cuando miro de reojo un muro particularmente frío, sé que la grieta puede abrirse de nuevo en cualquier lugar. La locura, he descubierto, no es solo un abismo: es una bestia que espera, tranquila, mientras la puerta esté cerrada. Y yo, contigo aquí, me siento menos solo… aunque mis ojos en la penumbra vean algo más, algo que nunca debió haber pasado de largo en la vida de un hombre cuerdo.

Mañana te escribiré de nuevo, si logro cerrar este umbral. Y si no, confía en que alguien tomará mi lugar para custodiar. Porque no hay puerta cerrada que no busque una nueva llave. Y ninguna bestia que tolere un descuido.

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