Portada del relato La sima de los espejos
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Era la medianoche cuando Natsuki comenzó a sentir que la oscuridad detrás de los ventanales era más espesa que nunca, como si algún frío animal acechara fuera, presionando contra el cristal del piso catorce. Las luces del edificio, parpadeantes, reducían su departamento a una caverna de tonos inciertos, y el resplandor azul, mortecino, del televisor apagado, delineaba apenas los contornos de su figura en la sala. Ni el aire acondicionado lograba disimular el calor aplastante del verano tokiota; sin embargo, Natsuki temblaba.

Duración: 11:05

La sima de los espejos
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

Era la medianoche cuando Natsuki comenzó a sentir que la oscuridad detrás de los ventanales era más espesa que nunca, como si algún frío animal acechara fuera, presionando contra el cristal del piso catorce. Las luces del edificio, parpadeantes, reducían su departamento a una caverna de tonos inciertos, y el resplandor azul, mortecino, del televisor apagado, delineaba apenas los contornos de su figura en la sala. Ni el aire acondicionado lograba disimular el calor aplastante del verano tokiota; sin embargo, Natsuki temblaba.

Era la tercera noche consecutiva en la que no podía dormir. Su madre insistía en que la mudanza le había afectado y que todo era el estrés del nuevo empleo, pero la verdad era otra: desde que había llegado a ese apartamento, sentía que alguien —o algo— la observaba, y ese sentimiento solo se intensificaba cuando se encontraba sola.

La construcción era reciente, una torre elegante y minimalista en un barrio que, apenas una década atrás, era el vertedero de todas las almas que la ciudad prefería olvidar. Su alquiler era absurdamente moderado, un regalo imposible de rechazar dadas las carencias de su salario de oficinista, pero las conversaciones en el ascensor y las miradas huidizas de los otros inquilinos le daban a entender que nadie vivía allí por elección entusiasta. Cada vez que tomaba el elevador, la invadía una inexplicable ansiedad, y aunque nunca veía a nadie entrar o salir de las otras unidades, a menudo oía pasos lejanos bajando con violencia por las escaleras metálicas en la madrugada.

Sin embargo, lo más perturbador era el ventanal de su dormitorio. Aunque cubría el cristal con gruesas cortinas al caer la noche, no lograba evitar que, al cerrar los ojos, se repitiera el mismo sueño: estaba de pie frente a la ventana, observando su propio reflejo, pero tras su imagen, en la superficie pulida, se intuía otra figura. Más alta, delgada en demasía, carente de facciones definidas, apenas una sombra con un movimiento sutil, serpenteante, que parecía deslizarse junto a ella, copiando no los gestos de Natsuki, sino los de un visitante invisible, alguien —o algo—que se desplaza en la oscuridad de ese espacio reflejado que debería estar vacío.

Al tercer día sin dormir, Natsuki cometió un error imperdonable: olvidó correr las cortinas antes de acostarse. La noche, calurosa, estaba atravesada por un bochorno que le impedía respirar, así que se sentó junto a la ventana, armada de una lata de cerveza, buscando el alivio del posible viento nocturno que nunca llegó. Desde allí contempló el neón intermitente de una panadería cerrada, el tráfico lejano de la autopista como una arteria abierta en la ciudad y su propio reflejo, inmerso en la penumbra relativa del departamento. Eso fue lo que vio primero: algo raro en la simetría de la imagen; la forma en que, cada vez que elevaba la lata hacia su boca, su reflejo parecía dudar medio segundo antes de imitar el gesto. No era exactamente un desfasaje —sería absurdo pensar en defectos de la luz en vidrio tan nuevo—, era una decisión voluntaria en ese doble inverso. Como si el reflejo no estuviera interesado en acompañar a Natsuki, sino en vigilarla.

Se acercó más al vidrio. El reflejo de sus ojos era tan oscuro que no podía distinguir la pupila, y por un instante, sintió que el resplandor nocturno del cuarto —azul, verde, la luz de los pequeños electrodomésticos— migraba del otro lado del cristal, sumando profundidad y volumen a esa otra versión de sí misma, separada por un espesor casi inexistente. Las palabras de una compañera de trabajo, una chica rara que evitaba los ascensores y prefería subir por escaleras hasta el piso dieciséis, le vinieron a la cabeza como un chirrido:

—Dicen que aquí, en Kagutsuchi Tower, no hay espejos en los baños porque los delatores no deben tener ventanas.

Le había preguntado qué eran los “delatores”, pero solo recibió una risa intranquila y una silenciosa reverencia antes de desaparecer por la escalera.

El zumbido de un insecto rompió sus pensamientos, y Natsuki creyó ver una línea oscura cruzar el otro lado del cristal. Pensando que era una polilla, encendió la lámpara, forzando a que la oscuridad exterior se volviera opaca por el reflejo reforzado. No obstante, percibió una fractura mínima en ese espejo artificial: mientras ella se movía de lado para ver mejor el perfil de su rostro, su reflejo parecía moverse con un retardo, como calculando cómo deformar la imagen de modo aún más fiel. Natsuki apretó la lata entre los dedos. Estaba caliente.

Decidió irse a la cama y dejar la cerveza sobre el buró. Miró una última vez hacia la ventana: la calle estaba vacía, ni una brisa movía los cables eléctricos. Decidió pensar que era solo el insomnio y la mente, jugando a las pesadillas mientras el mundo real se mantenía suspendido, ajeno y frío allá fuera.

Pero la noche se hizo interminable. Los latidos del reloj parecían acelerar y luego detenerse durante segundos, un vaivén que alimentaba el terror latente en su pecho. Sintió —no, más bien, supo— que la figura, aquella que danzaba en el reflejo, la observaba incluso cuando sus párpados caían, resistiéndose a ceder el control. Atrapada en un limbo febril, escuchó crujidos en las paredes, y después, un susurro apenas audible:

—...tú... detrás...

Abrió los ojos de golpe, bañada en sudor. El departamento estaba invadido por ese olor agrio de los sueños contaminados: sudor, cerveza y una capa invisible de algo rancio. Al mirar hacia la ventana, comprobó que no la había cerrado. El reflejo seguía allí, quieto, demasiado quieto.

La mañana transcurrió entre bostezos y tazas de café en la oficina. Tartamudeó excusas sobre la falta de sueño y soportó una reunión que parecía roer las horas eternas de la jornada. Al regresar, lo primero que notó al entrar al departamento fue el frío inusual. El aire acondicionado seguía apagado, no había ventanas abiertas, pero el ambiente era indudablemente más helado que el pasillo exterior, más gélido que la promesa de la noche.

Una mancha apareció en el vidrio: tres huellas dactilares, elongadas, deformes, como si hubieran sido presionadas desde el otro lado de la cristalera. Natsuki, con el corazón acelerado, quiso convencerse de que era simplemente vapor y pasó la mano sobre el vidrio, pero nada se borró. La mancha estaba incrustada entre dos superficies: la frontera invisible de la realidad y la imagen.

Esa noche decidió dormir en la sala, con todas las luces encendidas. Se envolvió en la manta vieja del sofá y puso música para distraerse. Cuando el sueño comenzó a vencerse por las rendijas de la ansiedad, el sonido de una vibración metálica la alertó: el timbre del telefonillo.

—¿Natsuki-san?— la voz del portero era metálica, distorsionada, lejana.

—Sí, ¿qué ocurre?

—¿Se encuentra bien? Desactivamos las alarmas, pero uno de los sensores de movimiento de la azotea se activó cerca del extremo de su apartamento. ¿Ha estado subiendo al techo?

—No... no, no fui yo. —buscó explicarle que vive sola, pero la línea se cortó con el chisporroteo de la señal.

Miró por la ventana. Desde aquella perspectiva podía ver hacia arriba la esquina de la baranda metálica del techo. El corazón le palpitó con fuerza, reconociendo una extraña certeza: lo que fuera que ocurrió allí, comenzaba y terminaba en los cristales de los pisos superiores, una secuencia de ventanas que, de noche, parecían ojos. Se preguntó si los demás residentes también luchaban con sus propios reflejos.

El teléfono móvil vibró de pronto. Un mensaje: “¿Puedo entrar?” Provenía de un número desconocido, pero la imagen de detalle era ella, Natsuki, —o alguien idéntico a ella— sonriendo, tomada exactamente desde la perspectiva de su ventana, como si el teléfono estuviera agujerando el cristal desde el otro lado. Tiró el móvil lejos, sintiendo una electricidad recorrerle la médula espinal.

A la noche siguiente, exhausta y superando los límites de la razón, Natsuki decidió sellar la ventana. Sacó cinta americana y cartones vacíos para bloquear la superficie reflectante. Mientras cubría la última esquina, escuchó el crujido del cristal, como si algo pesado se apoyara desde el lado invisible. Cerró los ojos, repitiendo una oración que ni siquiera sabía si recordaba correctamente, y se acurrucó contra la pared, sudando y suplicando que el sol llegara.

Aquella madrugada, la habitación vibró. Un golpe seco, un zumbido inhumano, y la cinta, que creía bien pegada, cayó. Al abrir los ojos, vio, ya no su reflejo, sino una grieta zigzagueando desde el extremo superior del vidrio hacia abajo, cruzando el cristal como una lengua hendida. A través de la grieta miró la oscuridad inenarrable del otro lado; y entonces, sucedió: un par de dedos pálidos, translúcidos, exploró la hendidura, palpitando levemente, buscando el margen por donde reptar.

Hasta ese instante Natsuki no gritó, o no pudo. Su grito fue ahogado por la revelación: desde el otro lado del vidrio emergió lentamente una cara, o la sugerencia de una, que no tenía ojos ni boca, solo un vacío giratorio y oscuro, delimitado por piel que se deshacía en hilachas.

Saltó de la habitación y se encerró en el baño, que, como le había dicho su compañera, carecía de espejo. Debió sentarse en el suelo y taparse los oídos para no oír el sonido viscoso de algo deslizándose por el piso del pasillo, enganchándose a las paredes mientras balbuceaba, fragmentado:

—D...e....já...n...os... ver...

No supo cuánto tiempo permaneció allí. El amanecer penetró con lentitud, transformando el peligro en una neblina rosa a través de la puerta de madera. Todo parecía tranquilizarse. Natsuki salió titubeante, y al abrir la puerta del baño, encontró el apartamento inmaculado, sin rastros del cartón, ni de la grieta, ni de la cosa que buscaba asomarse a su mundo. Todo estaba perfectamente normal.

Pero al mirar su móvil, y entonces la televisión, la pantalla del microondas, todos los dispositivos con superficies reflejantes, comprendió la verdad: ahora había demasiados reflejos. Todos a la vez, en todos los recovecos. Miró su propio rostro repetido decenas de veces, y en cada uno, en ese lapso pequeñísimo que un parpadeo no puede registrar, la sombra oscilante del visitante tras el cristal imitaba su miedo, su gestualidad crispada, y sonreía con una boca que no era la suya.

Afuera, una silueta desgarbada caminaba acercándose, alzando la mano derecha en un gesto de saludo. Y, en algún lugar dentro de su mente, Natsuki entendió —con la convicción de la locura— que nunca estaba sola en el reflejo. Jamás lo había estado.

Cada noche posterior, tras correr las cortinas y apagar las luces, escucha desde la oscuridad aquella voz, cada vez más convincente, repitiendo, hasta que la última frontera se agote y la locura finalmente la arrastre al otro lado del cristal:

—Déjanos entrar... déjanos entrar... déjanos entrar...

Copyrights © 2025 Miedoyhorror.com. Todos los derechos reservados.