Portada del relato La vecindad de la penumbra
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Las noches siguientes trabajé hasta tarde con la radio. Dormir me era esquivo, así que, cuando finalmente sucumbía, caía en un sueño profundo y sin imágenes. Pero en la quinta noche, una voz me despertó —un murmullo apenas— cuyo idioma desconocía, aunque reconocí en la entonación una urgencia desagradable, como si alguien, muy cerca, sollozase su propio nombre.

Duración: 10:49

La vecindad de la penumbra
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

Me llamo Eric Herzfeld y no tengo por costumbre escribir relatos; sin embargo, a estas alturas, admito que no me quedan mejores métodos para apoyar mi propia salud mental. La psique de un hombre es fácilmente trastornada, y late en mí la sospecha de que quienes jamás han sentido el filo de la locura no la reconocen ni como posibilidad. El horror acecha en los actos cotidianos, invisibles a quienes jamás han visto una sombra moverse fuera de la ley de las horas.

Escribo precisamente porque temo olvidar mi historia, y porque, cuando mis asistentes encuentren estas notas y las leen en voz baja en alguna sala tibia, tal vez comprenderán qué le ocurrió al inquilino del tercer piso. Empiezo así:

Al principio fueron los sonidos. Una vibración tenue, apenas un roce de la madera allá donde la escalera cruza el rellano principal. Era una casa antigua y, en un principio, lo achaqué todo a los rigores del clima y los caprichos del viento. En Zürich, mi ciudad, suele hablarse de “resonancias»; jamás de ecos. Sin embargo, este sonido era un eco. O más bien, una respuesta.

Me había mudado allí después de una separación. No dormir bien, temer las noches sin la compañía de mi mujer, acostumbrarme a cocinar para uno: todos estos pequeños cuchillos le hacían a uno los días largos, y las noches aún más inabarcables. Inventé rutinas: leer poesía, anotar sueños, limpiar minuciosamente mis zapatos. Fue en una de esas limpiezas, frotando la suela con una esponja casi a medianoche, cuando escuché por primera vez el crujido claro: una pisada sobre el parquet del pasillo, que se detuvo justo detrás de la puerta.

Me incorporé.

Nada. Salí, recorrí el pasillo, miré al rellano vacío. Volví al interior sintiéndome un iluso. Algunas casas, pensaba, se llenan de un aire tan denso que parece apropiarse de la realidad misma, torciéndola.

Las noches siguientes trabajé hasta tarde con la radio. Dormir me era esquivo, así que, cuando finalmente sucumbía, caía en un sueño profundo y sin imágenes. Pero en la quinta noche, una voz me despertó —un murmullo apenas— cuyo idioma desconocía, aunque reconocí en la entonación una urgencia desagradable, como si alguien, muy cerca, sollozase su propio nombre.

Desperté empapado en sudor y oí la radio: chisporroteos, una estática amarga. Me levanté, di una vuelta por la casa. Un remolino de frío se enroscaba en las habitaciones, y por puro instinto prendí todas las luces.

Transcurrieron días así, en los que solo pensaba en cosas grises: la correspondencia extraviada, las manchas apagadas en los muebles, el gotear lento de la cisterna en el baño. Mi desdicha era también una forma de resistencia.

A la semana, encontraron muerto a Herr Bitterli, el vecino del primer piso, en su cama. Era viudo y apenas saludaba. El casero, un hombre demasiado educado, anunció discretamente el asunto a todos y pasamos la tarde comentando que ni un suspiro habíamos oído.

Empecé a notar las grietas entonces. Llegué a casa una tarde de marzo y vi, junto a la lámpara de pie, un hilo irregular que cruzaba la pared hasta el zócalo. Pasé el dedo: la pintura se descascarilló; un polvo ceniciento se pegó a mi uña. El casero vino a verla; murmuró excusas, prometió obreros, salió deprisa. Y fue en ese momento, tan banal, cuando supe —sin razonarlo— que esa grieta crecía, cuando nadie la miraba.

No puedo decir cuándo empezó la siguiente fase. El crujido en el pasillo se hizo habitual; entonces llegó el temblor en mi mano, justo al atardecer, cuando entrecerraba la puerta de la cocina y veía, no sé cómo, que la sombra que proyectaba en la alfombra era demasiado alargada, demasiado oscura para la bombilla que colgaba del techo.

Probé a cambiar la línea de luz, pensé en algún defecto eléctrico, pero el fenómeno persistía. No era solamente mi sombra; su alcance era congruente, hasta familiar, pero a veces parecía demorar su movimiento respecto al mío.

En esas noches, dormía mal, con el cuerpo encogido y el aliento rápido. En sueños, la mancha oscura se acercaba, reptando sobre la alfombra. Supe el sabor de la locura entonces: una mezcla de asco y fascinación, el gusto del hierro en la lengua.

Bajé por consejo de mi terapeuta a la biblioteca municipal, buscando distraerme. El bibliotecario, un hombre de bigote, me recomendó historias de casas. Sonreí, más para sus adentros que para él: nadie conoce las casas que uno habita. Los libros no advertían de esas geometrías.

Cada tarde, al regresar, el piso parecía más breve, las habitaciones se acortaban. Caminaba de la puerta al lavabo en menos pasos. Me convencía de que era efecto del cansancio, pero marqué la distancia: del pomo de la puerta a la mancha en la alfombra —siete pasos. Al día siguiente, la repetí: seis y un cuarto.

Soñé una noche con Bitterli. O con alguien muy parecido: ojos huecos, el cuerpo inmovilizado por vendas. En el sueño, me pasaba la mano por la frente y murmuraba: “No la dejes crecer”. Desperté llorando.

Amanecí sobresaltado. Fui a mirar la grieta: avanzaba ya cerca del enchufe. De noche, la sombra se acuñaba a su vera, alargándose mucho más allá de lo razonable, pegándose al zócalo como una lengua negra.

Mis amigos evitaban venir. Usaban excusas: mucho trabajo, cenas con colegas. Empecé a llamarlos menos. Solo la sombra de la alfombra me hacía compañía; después de cenar, la miraba largo rato, hasta que pestañear me dolía. Varias noches me sorprendí sentado en la oscuridad, contemplando el borde difuso mientras la mancha fluctuaba suavemente, como si respirase.

El casero abrió la puerta una tarde, sin llamar.

—¿Va todo bien, Herr Herzfeld? —preguntó, sin cruzar el umbral.

—No, no sé. La grieta… —le señalé, con un gesto tembloroso.

Miró de reojo, carraspeó.

—Hay que ventilar, mucha humedad —dijo, bajando la mirada—. Visite algún parque.

No volví a verlo después de eso; la correspondencia comenzó a llegar más tarde y la luz del pasillo fallaba a menudo. El mundo se angostaba a esa estancia y su doblez nocturna.

No sé con precisión cuándo la sombra se desdobló. No puedo decir con certeza si fue una ilusión, o bien lo que los antiguos llamaban un “doble”. Sé que el día estaba muy nuboso, y había dejado la persiana entreabierta para que entrase alguna claridad turbia. Me levanté del sillón para buscar el libro; fue entonces cuando, al volver la vista, el área oscura en la alfombra, bajo la lámpara, se bifurcó un segundo, como la lengua de una serpiente, y luego regresó a su forma habitual. Lo vi, y supe que también la sombra lo había advertido; la sentí, más que la vi, retirarse apresurada hacia el zócalo, tratando de confundirse con la doblez de la grieta.

La luz menguaba, el aire también. Pronto bastaban minutos, tras la caída de la noche, para que el zumbido de la radio se disfrazara, por debajo, de aquel murmullo sibilante.

Empecé a registrar las noches. Anotaba la hora, los detalles de la sombra, la exactitud del crujido en la escalera. Pronto tenía páginas llenas de garabatos, flechas y notas autocríticas: “¿Estoy durmiendo demasiado poco?” “¿Prueba de imágenes residuales?” Pero cuanto más anotaba, menos sentía que pertenecía a la realidad diurna.

Una noche escuché el ruido justo tras la pared: un golpe seco, como los nudillos de una mano. Me acerqué, sin pensar, y pegué mi propia frente a la madera. Nada. Pero al pegar la oreja, sentí... sentí el aire enfriarse, y muy leve, se filtró un susurro arrastrado, como si una boca inmensa recitase una lista de nombres. El mío, repetido con variaciones, corrompido por sílabas incompletas, cada vez más próximo.

Detrás de la puerta, vi la grieta abrirse apenas: no horizontalmente, sino hacia dentro, en profundidad. Una niebla negruzca se evaporaba de su interior y, durante un lapsus breve, supe (y odié saberlo) que aquello que moraba detrás de la grieta conocía mi miedo: lo saboreaba, lo alimentaba, le daba forma.

Fui al baño y vomité. La noche se extendió, y comprendí que la sombra jamás desaparecería por completo. Era ya menos una anomalía visual y más un elemento tangible de la habitación: una mancha que absorbe los ruidos, los pensamientos, la voluntad.

En los días siguientes la grieta se transformó en una herida real: pequeñas cosas comenzaron a perderse, primero tijeras o monedas, luego un zapato, después la tapa de un libro, siempre junto a la grieta. Una mañana la encontré levemente abierta, como si la pared hubiese perdido su compacta voluntad.

Intenté mudarme, pero cada vez que cruzaba la puerta con una caja, la sombra se extendía a mis pies, y la sensación de vértigo me atrancaba la garganta. Volvía a dejar la caja, fingía normalidad. Pronto dejé de recibir correo; los vecinos pasaban sin saludar.

Supe —y odié saberlo— que estaba solo, y que lo único creciendo en la casa era, precisamente, esa otra cosa: la mancha adherida a la alfombra, a la grieta, a mis propios talones. Una noche, sin querer, vi en el espejo —en la penumbra— que la sombra de mi cabeza, al pasar, no estaba pegada a la mía, sino a la de alguien más, un rostro hundido, de ojos vacíos, que se demoró un larguísimo segundo antes de disiparse.

No sé cuánto tiempo llevo aquí. Las paredes palpitan. El frío es mineral. La sombra ya no necesita fingir apego: se mueve con la soltura de una criatura que ha aprendido a caminar erguida, que sabe el nombre de su dueño y puede imitarlo, incluso mejorarlo.

Hoy, cuando he intentado salir, he sentido la grieta temblar. Una risita debajo del zócalo. Un suspiro idéntico al mío. Las luces han estallado.

Aún puedo escribir. No sé cuánto tiempo más podré, antes de que la sombra me reclame por completo y el nombre Herzfeld se disuelva como una sílaba incompleta, arrastrada por esa voz al otro lado de la pared, ese lugar donde no llega la luz del día.

Si alguien lee esto, le ruego: no permanezca en casas viejas. No ignore la grieta ni la sombra. No crea que la locura es solo mala suerte o un esfuerzo de la imaginación. No, la locura es una humedad: se filtra, se instala, te ahoga hasta que ya no sabes de qué lado de la sombra te encuentras.

Copyrights © 2025 Miedoyhorror.com. Todos los derechos reservados.