Fragmento:
Empecé a notar mensajes en partes de la casa donde nunca escribo. En el borde del espejo del baño: NO CRUCES LA PUERTA. En el reverso de mi agenda diaria: EVITA LOS ESPEJOS DESPUÉS DE LAS 2 AM. Una noche hallé un papel doblado en mis zapatillas, temblorosamente escrito: “Emma, te lo ruego, no la escuches”. Emma. El nombre hizo una ola en mi pecho, algo parecido al reconocimiento, pero distante, torcido.
Duración: 10:00
La primera vez que desperté dentro de un mismo día dos veces, fue en medio de la quietud punzante de mi dormitorio, con el sabor metálico de la sangre en la boca y mi reflejo parpadeando como una sombra detrás de mis párpados pesados. El reloj digital junto a mi cama marcaba las 4:57 a.m. Lo recuerdo perfecto porque sonaba una gota constante, como si marcara el paso de segundos que yo no podía contar; esa gota no venía del grifo del lavabo, sino de la pequeña cortadura en la base de mi muñeca izquierda.
No estaba seguro de quién era. No como olvido un nombre o una dirección; era mucho más punzante, mucho más real. Me miré al espejo: una mujer de cabello oscuro y corto, la piel pálida y los ojos agrandados, maquillados con el rímel aún corrido por el sudor del sueño o la pesadilla de la noche anterior. Mi camiseta era roja, desgarrada cerca del hombro. No reconocí la camiseta. La habitación parecía mía y no, sus libros en los estantes, sus fotos en la pared, pero al mirar esas sonrisas congeladas de una mujer abrazando a un hombre y una niña pequeña, sentí nada. Vacío, absoluto.
Empecé a notar mensajes en partes de la casa donde nunca escribo. En el borde del espejo del baño: NO CRUCES LA PUERTA. En el reverso de mi agenda diaria: EVITA LOS ESPEJOS DESPUÉS DE LAS 2 AM. Una noche hallé un papel doblado en mis zapatillas, temblorosamente escrito: “Emma, te lo ruego, no la escuches”. Emma. El nombre hizo una ola en mi pecho, algo parecido al reconocimiento, pero distante, torcido.
No recuerdo haber comprado la casa. No recuerdo haber jurado nunca amor eterno al hombre de las fotografías, ni haber llevado a la niña de la sonrisa amplia al parque. Pero cada mañana, la secuencia reproducía: despertar, luz pálida, costado adolorido, y luego la invasión de emociones ajenas. Una vez, al encontrarme con la niña parada frente a la puerta del sótano—la puerta “prohibida” en los mensajes—sentí un temblor subiendo por mi espalda.
“Mamá, ¿por qué lloras?”, preguntó ella.
No recordaba su nombre. No recordaba haber visto sus ojos azules antes. Pero allí, en la mirada expectante, supe que debía fingir.
“Estoy cansada, pequeña”, dije, la voz ajena, hueca.
El hombre, David según las fotos, llegaba casi siempre a la misma hora cada noche. Sus pisadas en la entrada hacían que mi estómago se anudara. Me abrazaba y sentía su olor como si fuera el de un extraño que intentaba convencerme de su amor. Cuando dormía, lo miraba desde la penumbra, buscando recordar la curva de su ceja o el sonido de su respiración, y la amnesia era total. Una noche, me preguntó: “Estás bien, Eva?”.
Y entonces, por un segundo, todo colapsó dentro de mi pecho.
Eva.
“¿Quién?”, respondí. Riendo, convencido de que era una broma o un despiste más de sus largas jornadas de trabajo.
Pero esa noche, en el baño, escribí en el borde del fregadero: NO SOY EVA. NO SÉ QUIÉN SOY.
A partir de entonces, los episodios fueron más frecuentes. Me dormía siendo Emma y despertaba siendo Eva. A veces era Emma durante días, días en los que no podía soportar el contacto de la niña, en los que las preguntas de David caían como espinas. Otras veces, despertaba siendo Eva, con la certeza de que debía evitar a David, mantener la puerta del sótano cerrada, y sobre todo, no mirarme jamás en los espejos después de las 2 AM.
Para comprobar la realidad de mi fragmentación, empecé a escribir un diario, pero encontraba páginas ya escritas, relatos inconexos de sueños: Eva describía un bosque frío y una sombra que la espiaba entre los árboles. Emma hablaba de una ciudad con relojes y rostros fluorescentes. Ninguna recordaba las actividades banales del día a día, y solo en las anotaciones de ambas aparecía el mismo miedo: “la puerta del sótano”.
La niña lo notó primero.
“Mamá, a veces hablas diferente”, dijo una tarde mientras dibujaba mariposas en la mesa de la cocina. “Y te miro y me pareces otra persona, aunque sigues diciendo que me quieres.”
No supe qué decirle.
Un viernes, después de oír pasos en el piso de abajo a las 3:17 AM, me armé de valor y bajé, aún temblando, una linterna en la mano temblorosa. El sótano me recibió con un frío que no era de este mundo. La puerta rechinó como si alguien hubiera estado apoyado contra ella por dentro. Literalmente, cada célula de mi cuerpo me gritaba que no entrara, pero la curiosidad y el terror compiten en los peores momentos.
Nunca bajé antes. O eso creía.
Encontré el sótano vacío, salvo por un espejo antiguo, cubierto por una sábana casi translúcida, y una mesa con un solo cajón. El espejo, con sus bordes dorados y tallados, parecía respirar a la luz de la linterna.
En el cajón, un puñado de viejas cartas. El papel amarillento, la tinta corrida. Todas dirigidas a Eva; algunas estaban firmadas por Emma.
“Eva, debes irte. No entiendo qué pasa, pero a veces todo se mueve sin que yo lo quiera, a veces mi cuerpo hace y dice cosas que no controlo. Las cosas empeoraron cuando miré mi reflejo aquella noche. Te lo ruego, no vuelvas a mirar.”
El terror creció conforme leía. Incluso el trazo de la letra variaba entre las cartas, la caligrafía pulida de Eva contrastando con los garabatos nerviosos de Emma. ¿Cuánto tiempo llevaba esto ocurriendo? ¿Por qué nadie notaba mi ruina? ¿O acaso la niña tampoco existía cada vez que yo no era “su mamá”?
Dejé las cartas y, como atraída por un imán siniestro, retiré la sábana del espejo.
Lo que vi fue mi rostro, pero multiplicado: detrás del cristal, docenas de versiones, todas variaciones mías, algunas con el cabello largo, otras con la piel quemada o los ojos completamente negros. Vi a Eva sonriendo, luego a Emma llorando y entre ambas, una tercera mujer que no era ninguna de las dos, cuyos labios susurraban algo, pero su voz estaba ahogada por el vidrio.
Las figuras se voltearon hacia mí en perfecto unísono. La tercera mujer alzó una mano. Sentí un tirón en el centro del estómago, como si me estuvieran arrastrando a través del vidrio. Grité, girando la cabeza, cerrando los ojos, pero la imagen quedó impregnada en mis párpados: un carnaval de rostros distorsionados, todos luchando por salir.
Me desmayé. Al despertar, estaba en mi cama, las muñecas limpias, el reloj marcando las 7:00 a.m. La niña, que nunca me visitaba antes de las diez los fines de semana, estaba al borde del colchón. Sostenía una nota escrita con mi letra: “Hoy soy la otra”.
“¿Estás enferma?”, preguntó.
No respondí.
El ciclo se volvió interminable. A veces, al mirarme al espejo, veía el parpadeo de otra cara tras la mía; otras, al hablar por teléfono, no reconocía mi propia voz. Una vez, al intentar huir con la niña, mis piernas se negaron a moverse fuera del pórtico; otro yo había clavado la llave en el fondo de la tierra del jardín la noche anterior, algo que descubrí solo porque mi otra personalidad dejó la pala afuera, con barro aún fresco atrapado en las hendiduras.
Las cartas en el sótano incrementaron en número, apareciendo incluso cuando no recordaba haber escrito nada. Una noche, después de la medianoche, bajé nuevamente. Esta vez, al entrar, mi reflejo ya estaba parado allí, esperándome, sonriendo. Detrás, la tercera mujer—la que ni es Eva ni Emma—levantó de nuevo la mano, susurrando sin sonido. Esta vez comprendí: la puerta, siempre la puerta.
La boca de mi reflejo se abrió y de allí brotó un grito viscoso, una mezcla de dolor y deseo homicida. “No dejes que la otra entre”, chilló, la voz vibrando como las cuerdas de un violín roto. La habitación giró a mi alrededor; la linterna rodó por el suelo.
En la siguiente conciencia, estaba en la cocina, las manos lavadas de sangre. La ropa de la niña desaparecida. En el piso, un dibujo donde las tres figuras nos cogíamos de la mano, las sonrisas extrañamente anchas, los ojos sin pupilas.
David apareció varios días después; su rostro envejecido, la voz pastosa de sueño. “¿Dónde está Lucía?”, preguntó, en un susurro. “¿Dónde está mi hija?”
“No lo sé”, respondí, aunque mi voz no era la mía, y mi corazón latía lento, demasiado lento para ser humano.
Lo que queda ahora son repeticiones. Un día despierto como Eva, otro como Emma. Unas veces la niña existe, otras veces no. David me mira, pero no me ve. Intenté marcharme, buscar ayuda, pero siempre regreso, como si la casa en realidad estuviera dentro de mí y no a la inversa.
Ahora entiendo que no hay salida. He escrito en todos los espejos: NO ENTRES, NO VUELVAS A MIRAR. Pero cada noche siento a la tercera mujer, la que no tiene nombre ni recuerdo, empujar de mi interior, abrirme la boca desde dentro, su voz un eco que golpea el costado de mis pensamientos: “Solo uno puede salir. Solo uno puede vivir”.
Sospecho que, una de estas noches, será ella quien despierte, y no yo. Y aunque no sepa mi verdadero nombre, aunque mis recuerdos estén destrozados como cristales rotos, mi último pensamiento será esta certeza helada: quizá nunca hubo Emma ni Eva, ni hija ni esposo. Quizá solo fui siempre un eco indiferenciado, subiendo y bajando escaleras, repitiendo gestos que no me pertenecen, fragmentos prestados de alguien más. La puerta, el espejo, la casa, todos somos una misma grieta.
No sé quién llorará la próxima vez en la oscuridad, ni cuál de mis rostros ocupará el vidrio. Pero sí sé que, detrás de esa otra puerta, alguien espera. Alguien que lleva mucho tiempo queriendo salir.
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