Portada del relato Ecos tras la puerta cerrada
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Fragmento:


Lanzó el control remoto contra la televisión. Su corazón latía furioso, y el sudor se mezclaba con el pegajoso aire de junio que llenaba el minúsculo departamento. Tapó sus oídos con las manos, repitiéndose “tranquilo, tranquilo, tranquilo” como una letanía. Pero las voces no hacían caso, burlonas, atrevidas y seguras, como si fueran propietarios legítimos del espacio detrás de sus ojos.

Duración: 11:21

Ecos tras la puerta cerrada
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Texto de ajuste de pausa.

***

El reloj de la sala marcaba las 2:44 de la madrugada cuando la primera voz le susurró al oído. Mario se había quedado dormido en el sillón de su deprimente apartamento de recién egresado, agotado tras un largo día de entrevistas laborales frustradas. Recordaba haber dejado la televisión encendida por compañía, pero la pantalla estaba ahora negra, reflejando solo su propio rostro descompuesto, pálido bajo la luz azulada del televisor apagado.

—Despierta, Mario —escuchó, y no supo reconocer si la voz provenía de fuera, de dentro de sí mismo o de dónde demonios.

Pero lo peor fue el tono. Era una entonación familiar, cargada de ironía y un dejo de desprecio: la misma voz que a veces utilizaba su madre, que usó su padre antes de irse para no volver, la voz que más odiaba del mundo, solo que esta vez, salía de él. Comprendió que no le hacía gracia; más aún, un terror helado le recorrió la espalda.

Tragó saliva. Se levantó tambaleante, buscó el control remoto y encendió la televisión. La estática llenó el cuarto. Aferrándose a ese ruido blanco, intentó convencerse de que todo había sido un sueño, producto del cansancio y de la ansiedad por la entrevista más importante de su corta y mediocre vida, programada para la mañana siguiente.

Pero mientras se volvía a dejar caer en el sillón, otra voz, completamente distinta, se deslizó en la periferia de su mente.

—No es sueño, Mario. Aquí estamos.

Lanzó el control remoto contra la televisión. Su corazón latía furioso, y el sudor se mezclaba con el pegajoso aire de junio que llenaba el minúsculo departamento. Tapó sus oídos con las manos, repitiéndose “tranquilo, tranquilo, tranquilo” como una letanía. Pero las voces no hacían caso, burlonas, atrevidas y seguras, como si fueran propietarios legítimos del espacio detrás de sus ojos.

No volvió a dormir esa noche.

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La siguiente mañana, aún aturdido, se vistió usando la mejor camisa y el único pantalón de vestir decente que tenía. Una oscuridad lacónica flotaba en su interior. Mientras se peinaba cuidadosamente frente al espejo del baño, sintió una presencia irónica, como si el reflejo pudiera hablar en cualquier momento, y lo haría para insultarlo.

Solo una mueca respondía su miedo. Pero no era él; o al menos, no sentía que fuera él.

El trayecto hacia la empresa Blume-Sakai fue un borrón. Cuando el ascensor se abrió en el piso 37, se vio rodeado por trajes pulcros, zapatos lustrados y miradas afiladas. Pensó en lo fácil que sería engañarlos, pero enseguida se preguntó de dónde venía esa certeza, él que no había engañado a nadie más que a sí mismo durante toda su vida.

La entrevista, a ojos externos, fue correcta. El entrevistador, un tipo huesudo de sonrisa automática, le enumeró las expectativas del programa para jóvenes talentos prometedores. Mario asintió según convenía, repitiendo frases que ni siquiera recordaba haber aprendido. Cada tanto, sentía una presión en la cabeza, como si el cráneo se encogiera y expandiera, y con esa presión, crecían los murmullos, apenas perceptibles: frases maliciosas, retazos de angustia, nombres olvidados.

Salió del edificio empapado en sudor frío, con la extraña certeza de que no había respondido él a la mitad de las preguntas.

“Quisieron escuchar lo que deseaban. ¿Por qué no darles lo que quieren?” Una voz femenina, ríspida, se coló en su mente, o, más bien, por su garganta, pues a continuación se sorprendió musitando en voz alta y temblorosa:

—No soy tu títere.

Pasajeros de la línea tres del metro le miraron con desaprobación. Mario se tapó la boca, enrojecido, hundiéndose en el asiento, mientras las voces cuchicheaban, se reían y discutían entre sí.

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Comenzó así un desfile de voces; algunas demasiado familiares, otras inquietantemente nuevas. A veces eran niños que lloraban, otras, hombres que gritaban y discutían, y en ocasiones, alguien —Mario no podía decir quién— que simplemente observaba en silencio, con odio contenido.

El primer día de trabajo llegó. Mario no recordaba haber aceptado la oferta, pero ahí estaba, con la imprescindible credencial colgando de su cuello, y una caja vacía para sus cosas sobre el escritorio.

Su supervisor era un joven de unos veintiocho años, sumamente ordenado, que le indicó sus tareas con diáfana precisión. Mario tomaba notas en su libreta, aunque notaba que había líneas garabateadas con frases que no escribía conscientemente. Frases como “No les digas tu nombre”, o “Recuerda el sótano, Mario”.

A las pocas horas, empezó a notar que la pantalla de su computadora distorsionaba las letras, que los correos llenaban su bandeja tres veces, y, lo peor, que a veces veía su propio nombre como si estuviera escrito en otra caligrafía, diferentes nombres que se sobreponían al suyo. Mónica. Esteban. Martín.

Las voces volvieron, primero como murmullo de fondo, como agua corriendo detrás de las paredes, y luego, con fuerza brutal. En la cafetería, mientras intentaba vaciar café recalentado dentro de su garganta seca, oyó una discusión interminable entre la voz de una anciana que le acusaba de robo y la voz de un niño que lloraba porque su mascota había muerto. Entre ellos, una tercera voz, ronca y autoritaria, gritaba exigiendo silencio.

Mario sentía que se quebraba por dentro, como una vasija agrietada. ¿Quiénes eran ellos? ¿Por qué estaban allí?

Esa noche, frente al espejo del baño del apartamento, se atrevió a preguntar en voz baja:

—¿Qué quieren de mí?

El silencio creció hasta formar una densa capa de inquietud. Entonces, el rostro reflejado sonrió, pero no con sus labios: una mueca terrible, caricaturizada, asomó en el espejo, mientras su cuerpo permanecía inmóvil y serio.

—Que recuerdes, Mario —dijeron muchas voces a la vez, como un eco en un abismo—. Solo debes recordar.

Recodar qué, se preguntó, mientras una oleada de miedo lo invadía.

---

La semana transcurrió entre tareas mecánicas, reportes, respuestas automáticas a las preguntas de sus compañeros, y largos períodos en los que sentía que miraba el mundo a través de los ojos de otro, mientras su conciencia se desplazaba hacia atrás, expectante y atrapada. Notaba detalles extraños: en su libreta, cada vez más llena de grafías desconocidas; en los mensajes de WhatsApp que él no recordaba haber enviado; en los espejos, donde una vez, fugazmente, vio un guiño proveniente de un rostro que era y no era suyo.

El supervisor comenzó a llamarle la atención: errores nimios, respuestas vagas, ausencias cortas al baño, pero demasiado frecuentes. Los viernes realizaban controles de presencia con huella digital, y Mario notó que el lector siempre se tomaba unos segundos más en aceptarlo, como si dudara de su identidad.

Las noches empeoraban. Ya no dormía. Las voces discutían, acusaban, y, lo que era peor, comenzaron a formular recuerdos, a completar escenas que Mario no comprendía. Una infancia gris, una madre que cambiaba de rostro constantemente, un hombre que jugaba con él y luego se desvanecía después de golpear la mesa, un lugar oscuro y húmedo donde sollozaba y otro —más inquietante aún— en el que alguien reía mientras él lloraba.

Un lunes particularmente caliente, mientras terminaba un reporte, la visión le falló momentáneamente. El monitor titiló. Por un instante, su escritorio se llenó de carpetas etiquetadas con nombres en mayúsculas: CLARA, SANTIAGO, GINO, LUZ. Luego, la imagen volvió a la normalidad. Mario se frotó los ojos, pero ahí estaban las voces, incansables.

—No puedes escapar de nosotros.

Y entonces lo supo: no eran voces ajenas. No eran fantasmas ni producto del estrés. Eran trozos de él, esquirlas dispersas de una identidad hecha pedazos por causas desconocidas, cada una hambrienta de existencia, cada una convencida de su derecho a utilizar su cuerpo y su conciencia.

Se levantó abruptamente, bajo la excusa de ir al baño. Se encerró allí y apoyó la frente contra la puerta. Las voces chillaban.

—Déjanos salir, Mario —dijo la voz infantil.

—No lo consiguió papá, tampoco lo lograrás tú. —La voz era dura, masculina, con resentimiento—. Siempre volvemos, Mario. Todos volvemos.

—Somos más fuertes juntos —serpenteó la voz rasposa de la mujer—. Ayúdanos a recordar.

Recordar, siempre recordar. Pero cuándo, cómo, por qué se había roto así.

Mario se miró las manos; estaban temblando, pero se veían extrañamente ajenas. Juntó valor y cerró los ojos, aceptando por primera vez la invasión, el asalto de memoria, la fragmentación de una historia rota.

***

Esa noche, decidió enfrentar el peor de sus terrores. Dejó el televisor apagado. Apagó el celular y el internet. Se sentó desnudo frente al espejo y, con la habitación a oscuras salvo por la luz del farol de la calle, se atrevió a hablar:

—Estoy listo.

Y entonces los otros, todos los otros, comenzaron a hablar de verdad. No como ecos, sino como entes distintos, usando su voz, su garganta, sus dientes, pero con acentos y emociones propias. El niño gritaba junto con la mujer, el hombre discutía con la anciana, otra figura simplemente lloraba.

Fragmentos de recuerdos asolaron su mente: el primer hombre que le tocó y luego pidió silencio; la mujer que le regaló un perro y lo abandonó al mes; la abuela insultando a su madre por traer “locos” a casa; el niño en el rincón oscuro susurrando para que nadie le encontrase. Momentos de abuso, olvido, rabia y resignación. Imágenes de documentos con diferentes apellidos, rostros cambiantes, identidades que se turnaban para sobrevivir a la hostilidad cotidiana.

Muchos de esos momentos terminaban con una voz, siempre la misma, recitando:

—Ya pasó, Mario, yo me encargaré.

Y entonces el rostro en el espejo volvía a sonreír con esa sonrisa torcida, ambigua, que ya no sabía a quién pertenecía.

Después de horas —o minutos, perdió la cuenta—, Mario comprendió: estaba hecho de muchas voces, muchos pedazos, ninguna completamente suya ni completamente ajena. Y en esa realización, las voces callaron por primera vez, respetuosas, quizás temerosas.

No recordaba mucho más de esa noche. Solo que al día siguiente, se presentó en la empresa puntualmente, habló con seguridad ante el supervisor, y, por primera vez, sintió que sus palabras tenían peso, que podía elegir qué voz usar. Sabía que nunca estaría solo. Sabía que nunca sería únicamente Mario. Pero por ahora, eso bastaba.

En el fondo de su mente, una voz susurró, suave, casi maternal:

—Ahora escucha, Mario. No temas, esta vez no te dejaremos solo. Pero recuerda, hay puertas que nunca debes abrir…

Y entre el zumbido cotidiano de la oficina, de pronto lo sobresaltó el timbre del teléfono. Una llamada para Mario. O para quien quisiera atender en su lugar.

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