Portada del relato El otro yo
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Fragmento:


En la oficina, la rutina y el papeleo lo anclaban a la realidad. La voz del supervisor, grave y cortante, le sonaba distante; los compañeros murmuraban sin mirarlo, como si temieran contagiarse de él, aunque John no podía atribuirse la certeza de tener una identidad definida, como los demás. Un rostro, un apellido, una biografía. Le pareció que todos los rostros eran versiones levemente alteradas de la misma máscara de resignación.

Duración: 12:49

El otro yo
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Texto de ajuste de pausa.

En las habitaciones de John Harrington

El retrato discontinuo

Pese a los múltiples oficios con que se ganaba la vida en Londres, y los diferentes nombres con los que firmaba, era de noche, frente al espejo agrietado de su dormitorio en Bloomsbury, cuando John Harrington sentía el peso abismal de no saber quién era. El paso de las horas de trabajo, inclinado sobre cuentas de algún comercio anónimo o rebuscando libros como asistente en una biblioteca, podía hacerle olvidar esa inquietud. Podía incluso acallar las voces —tenía la firme certeza de que no eran pensamientos, sino voces— que desde algún punto inasequible de su mente murmuraban con familiaridad cruel. Pero el espejo no mentía.

La noche en que comienza esta historia, un viento tibio y cargado de tormenta sacudía las calles. La oscuridad era espesa y pesada como una manta. Una luz oscilante proveniente de la farola afuera se colaba, mutilada, por las cortinas raídas. En ese ambiente denso, John puso una carta sobre la mesa. Recordó vagamente haber limpiado algunas manchas del sobre con la manga del abrigo. La carta, sin remitente, tampoco portaba dirección; sólo un nombre, escrito con tinta negra y titubeante: «Sr. John Harrington».

Con una inseguridad casi infantil, rasgó el papel. Adentro, unas líneas:

«¿Recuerdas lo que has hecho?

Nadie puede esconderse de sí mismo mucho tiempo.»

Sintió, primero en el pecho y después bajo la piel, el frío. El escalofrío era lo único familiar para él; ese frío, en las noches en que la realidad palidecía. Pensó en quemar la carta o tirarla, pero una parte de sí —quizá menos suya que las demás— la dobló prolijamente y la guardó en el libro más polvoriento de la estantería.

Esa noche durmió a saltos, soñando una y otra vez que era observado. A la mañana, al pasar ante el espejo mientras anudaba la corbata, distinguió una sombra junto a él, invertida, con el rostro apenas desdibujado, el pelo más corto, y la boca torcida en algo parecido a una sonrisa forzada. Cuando giró la cabeza, se encontró solo.

En la oficina, la rutina y el papeleo lo anclaban a la realidad. La voz del supervisor, grave y cortante, le sonaba distante; los compañeros murmuraban sin mirarlo, como si temieran contagiarse de él, aunque John no podía atribuirse la certeza de tener una identidad definida, como los demás. Un rostro, un apellido, una biografía. Le pareció que todos los rostros eran versiones levemente alteradas de la misma máscara de resignación.

A mediodía, en la fila del comedor, un colega —Hayward, creía que se llamaba— lo abordó con una sonrisa conciliadora. “¿Descansaste algo anoche, Harrington? Te ves… distinto.”

John se sorprendió del temblor de su propia voz. “No mucho, últimamente no duermo bien.”

Hayward bajó la voz: “¿Te sigue molestando esa… cosa? Lo del sótano… vaya, no juzgo, pero deberías hablar con alguien.”

John negó, inseguro. No recordaba nada del sótano, o prefería no recordarlo. Se llevó el tenedor a la boca y en su mente, por una fracción de segundo, asomó la imagen de un pasillo estrecho con una bombilla titilante, al fondo de una escalera empinada. Olía, en el recuerdo, a humedad, y en la boca sentía el frío sabor del metal.

Esa tarde, mientras ordenaba libros, advirtió que sus manos tomaban, casi con propósito, un volumen encuadernado en cuero: «Estudios sobre la fragmentación de la personalidad», de un tal Dr. Lanyon. La portada tenía una inscripción manuscrita: “A J.H., con afecto. Nadie puede esconderse para siempre.” El destinatario era claramente él, aunque la caligrafía no le resultaba familiar.

Un mareo lo obligó a sentarse en el suelo, entre dos estantes. La biblioteca estaba desierta; la única luz tenue provenía de un ventanuco alto. Supo, en esa quietud frágil, que algo dentro de él intentaba salir a la superficie. Cerró los ojos y —en un parpadeo— percibió, con claridad imposible, una conversación sostenida en penumbras con una voz ronca, muy cerca de su oído.

“¿Cuánto tiempo más vas a negarte? ¿Crees que puedes seguir así, saltando de rostro, de nombre, olvidando lo que has hecho?”

Una ráfaga de imágenes acudió a su mente: su propia mano con un cuchillo; una puerta entreabierta; gritos ahogados. Retrocedió espantado, topándose contra la madera polvorienta del estante.

Al salir a la calle, el cielo temprano de la tarde parecía de plomo. Caminó sin rumbo fijo, hasta que los pies lo llevaron, por inercia, a uno de esos viejos pubs londinenses donde nadie pregunta nada. Pidió whisky. No recordaba haberlo probado jamás, pero el sabor amargo le pareció conocido.

En el fondo del local, lo acechaba su propio reflejo multiplicado en los espejos. Durante una fracción de segundo, tuvo la certeza de que había visto otro rostro reflejado junto al suyo, más joven, burlón, de ojos oscuros y despiertos.

La visión le produjo un malestar indecible. Se llevó la mano a la frente, como quien intenta borrar ese segundo de realidad que la razón se niega a integrar. Cerró los ojos, buscó en el bolsillo la carta. La recitó mentalmente, pero en su mente resonó una voz superpuesta. “Recuerda lo que has hecho”.

Arrojó el vaso contra el muro, cubierto de manchas y fotografías de generaciones pasadas. El impacto sólo despertó un murmullo indiferente en los parroquianos. Nadie lo miró. Ni siquiera el barman, que apartó los vidrios con fastidio, pareció notarlo.

Al caer la noche, el viento había cesado pero la ciudad olía a tormenta contenida. El regreso a casa fue largo; cada paso reverberaba como si un eco fuera de sí mismo lo siguiera a escasa distancia. Subiendo las escaleras, de madera carcomida, el eco de sus botas parecía multiplicarse. Se detuvo ante su puerta: alguien había dejado un sobre idéntico al primero.

Con las manos temblorosas, lo abrió. Solo había una hoja:

«No puedes huir de él. De ti mismo.»

Esta vez no intentó descartarla. Caminó directa y al borde de la desesperación hasta el espejo de su cuarto. El reflejo titubeó, se disolvió, como si otro rostro intentara reemplazar el suyo. Jadeante, apoyó ambas manos en el marco, el frío del vidrio lo atravesó. Un parpadeo. Por un momento, la cara del espejo era completamente extraña: labios delgados, ojos implacables, una bravura ominosa que no le pertenecía. Retrocedió con un grito.

Se arrojó a la cama sin desvestirse. La noche regresó, opresiva, humedecida por el miedo. En su pecho palpitaba una certeza viscosa: no estaba solo en su carne. Intentó recordar los hechos del sótano —aquel episodio que Hayward mencionara—, pero los recuerdos se desvanecían como humo. Solo quedaba la sensación de algo atroz.

En medio del sueńo, la voz surgió, ahora inconfundible:

—¿Por qué insistes en luchar contra mí? ¿No ves que yo soy tú?

La alucinación fue vívida: en el mismo cuarto, no uno, sino dos hombres —idénticos pero diferentes— se enfrentaban frente al espejo. Sus palabras fluían entrelazadas, igual que las imágenes de una pesadilla. Pelearon sin tocarse, riendo y gritando con idénticos tonos, hasta que uno de ellos —él, pero también el otro— tomó una lámpara y rompió el espejo. Los fragmentos cayeron, dispersos, reflejando mil rostros incompletos.

Despertó al amanecer empapado en sudor, cubierto de cortes finísimos en las manos. En el suelo relucían trozos de vidrio. Había gritado, comprendió, lo suficiente para que algún vecino golpeara la puerta preguntando si estaba bien.

Trató de recomponerse; se puso una venda, ventiló el cuarto. En el vidrio partido del espejo, observó las fragmentaciones de su rostro repetido infinitas veces. Cada trozo parecía contener una mueca, un gesto, una emoción diferente. Notó, como una revelación postrera, que en uno de los fragmentos su reflejo parecía guiñarle el ojo.

Durante los días siguientes la fragmentación se aceleró. Las voces internas se superaban unas a otras, yuxtaponiéndose. Olvidaba nombres, recorría las calles bajo el impulso de deseos ajenos. Un día, al mirarse al espejo de la barbería, saludó al barbero por su nombre —sin saber cómo lo conocía— para descubrir, segundos después, que aquel hombre le devolvía una mirada de lástima, como si supiera su secreto.

Una noche fue a cenar al club donde ocasionalmente le permitían entrada. Se sentó, dejó el abrigo en el perchero, pidió steak and kidney pie. Cuando llegó la cuenta, firmó sin pensarlo: “Edward Marsh”. El camarero, un tal Parker, le sonrió: “Hace semanas que no lo veíamos, señor Marsh.”

El nombre lo sacudió. Supo, en un flash, que Edward Marsh era él mismo; más tarde recordaría esa vida fragmentariamente: la amante de Hampstead, los amigos del ajedrez del Soho, la deuda con un sastre innombrable. Pero en ese instante, sólo supo que era otro.

Al volver a casa, el ahora exiguo y reducido mundo le pareció estridente; la ciudad, monstruosa. Al pasar ante su portal, vaciló; temía no encontrar el camino a la habitación que —por turnos— le pertenecía a varios hombres distintos.

Tumbado en la cama, recorrió mentalmente recuerdos ajenos: una infancia campestre; la academia militar; el primer beso con una joven pelirroja; una pelea en una callejuela. Todos, paisajes y emociones sobre su piel que no le pertenecían del todo. Tomó un trozo del espejo, afilado, y pasándolo sobre la palma, dijo en voz alta: “¿Quién eres?” esperando que la sangre respondiera.

Pero la respuesta llegó desde la habitación, donde un segundo reflejo —opaco, apenas visible en la ventana— le sonreía sin ternura.

Con el paso de las semanas, los fragmentos se independizaron. Empezó a encontrar notas escritas con su letra, pero dirigidas a “Harrington”, a “Marsh”, a “Charles Fox”. Los objetos en su cuarto se desplazaban de noche; despertaba vestido con ropas ajenas, el aliento cargado de alcohol de bebidas jamás probadas.

Se obsesionó con el sótano que mencionó Hayward. Una tarde, lo buscó hasta encontrar la puerta oculta tras el abono de carbón en el sótano del edificio. Una escalera descendía hacia la penumbra. El frío era tan profundo que le pareció irrelevante, casi dulce.

Allí, en la oscuridad, enfrentó —o creyó enfrentar— a su otro yo.

Había un espejo agrietado en el muro y, en su centro, la marca de una mano sangrante. En el reflejo vio dos figuras: ambas suyas, ambas desconocidas. Una avanzó, erguida y burlona, mientras la otra —él, temblando— retrocedía.

La voz del espejo, metálica, profunda, le habló:

—No puedes matarme, porque yo soy tu recuerdo. Tu culpa.

—No he hecho nada —protestó, pero el eco de los gritos ahogados en el sótano lo contradijo.

Unas manos invisibles lo sujetaron contra el muro; comprendió, en ese instante abismal, que la fragmentación no era el problema, sino la defensa: que su mente había huido a otros nombres y cuerpos para no recordar, nunca, lo sucedido en aquel sótano.

—¿Por qué lo hiciste? —musitó la voz.

—No fui yo… —implotó Harrington, pero la defensa sonó hueca.

La otra figura sonrió, y en un último estertor de conciencia, John —o Edward, o Charles, o simplemente el hombre que ya no recordaba quién era— sintió la rendición. Con el crujido del dolor, el espejo estalló en mil fragmentos; cada trozo un rostro, cada rostro una pregunta.

Salió del sótano caminando por la ciudad, sin temor ni angustia. En cada esquina le parecía ver su rostro repetido en las vitrinas, en los vidrios empañados de las tabernas, en el reflejo fugaz de los charcos bajo la lluvia gris de Londres.

Todavía, cuando la luna era alta y el viento arrastraba su nombre entre los edificios, los fragmentos del espejo —guardados uno a uno en diferentes bolsillos— le recordaban lo que había hecho, lo que sería, y la certeza imposible de que no podía escapar de sí mismo.

En las noches, unas veces John, otras Edward, otras nadie, se inclinaba ante el espejo reconstruido imperfectamente, y buscaba, en las fracturas del reflejo, la unidad imposible de una sola vida. Pero siempre, desde algún ángulo, la sombra le devolvía la sonrisa.

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