Portada del relato Sombras en el Viento
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Fragmento:


Y entonces sucede, siempre a la misma altura, siempre cerca de aquel mar invisible en el que flotan las luces de la ciudad: la voz. Primero un murmullo, tan tenue como el roce de una brisa; después más insistente, hasta que se articula en una frase. No me pertenece, y sin embargo resuena en mi cráneo como un eco antiguo, quizá el susurro de todos los que han ocupado este cuerpo antes que yo.

Duración: 10:17

Sombras en el Viento
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Texto de ajuste de pausa.

Al principio está el movimiento, y nada más. El roce de la tela del abrigo, la presión gélida contra las mejillas, el vibrar sordo de huesos que no parecen propios. Después, un silencio, tan denso como el terciopelo, y una oscuridad absoluta, poblada sólo por el zumbido interior de venas y arterias. Así es cada noche, aunque nunca consigo despertar exactamente igual; como si un trozo de mí, cada vez, se hubiera quedado atrás con las luces de la ciudad, girando entre las sombras y las campanas de la catedral, esperando un regreso que no termina de llegar.

Las gárgolas de piedra me miran desde arriba mientras me encamino, como cada noche, hacia el aeródromo. El sombrero calado, el maletín con los papeles y la linterna, el silbido entre los dientes: piezas que he memorizado con una tenacidad casi dolorosa, porque sólo así puedo sentirme completo. Me digo que mi nombre es Richard Haversham. Que nací en Liverpool. Que mi madre murió joven y mi padre fue capitán de marina. Y cada vez que lo hago, una grieta imperceptible parece abrirse en estas afirmaciones, como si fuesen dagas flotantes en una niebla que no acaba nunca.

Mis pasos me llevan hasta el hangar, donde el aparato aguarda envuelto en penumbra. Ni un alma más allá del vigilante, que levanta la lámpara y, sin mirarme, murmura un saludo. Sé que él me reconoce; a los ojos de los demás, soy siempre el mismo. Sólo yo oigo el ruido, el crujido de mi esqueleto cambiando de forma en la oscuridad, la multitud de voces diminutas que empujan desde lo profundo del pecho, reclamando su derecho a respirar.

Subo al avión a oscuras, guiado por las manos, que parecen tener memoria propia. Los dedos encuentran los controles, el interruptor, el acelerador: movimientos perfectos, repetidos hasta el cansancio por ese otro que viaja conmigo y a quien nunca alcanzo. El motor cobra vida, la hélice ruge y, afuera, la niebla comienza a moverse en tentáculos líquidos por el campo. Me ajusto las gafas y bajo el visor, mirando la pista con una concentración casi patológica.

La ciudad bajo mí es sólo un rastro de luces, jirones de resplandor anaranjado que se enredan en la bruma como cabellos arrancados. El avión trepa, devora la noche sin piedad y, al poco, lo único que existe es el horizonte curvo y hostil del cielo negro; allí, bajo la luna, los límites entre cuerpo, máquina y pensamiento se diluyen. No siento frío. No siento miedo, tampoco: sólo esa delicada impresión de estar sostenido por algo que no soy yo, de andar por un sendero labrado a fuerza de repeticiones, donde cada acto es sólo la huella de otro anterior.

Y entonces sucede, siempre a la misma altura, siempre cerca de aquel mar invisible en el que flotan las luces de la ciudad: la voz. Primero un murmullo, tan tenue como el roce de una brisa; después más insistente, hasta que se articula en una frase. No me pertenece, y sin embargo resuena en mi cráneo como un eco antiguo, quizá el susurro de todos los que han ocupado este cuerpo antes que yo.

—No regreses.

Tiemblo, pero las manos no vacilan. El avión describe un arco sobre el agua, y por un instante la tentación de obedecer es casi insoportable. ¿No era eso lo que deseaba? Desaparecer entre nubes y vientos, olvidar la tierra y sus sombras, dejar colgando el levísimo hilo de mi identidad sobre el abismo. Pero hay un deber, uno que me repito como una letanía: transportar la valija diplomática, regresar antes del alba, no romper el ciclo.

El motor tose, una vibración distinta, como si la máquina fuera, también ella, presa de una incertidumbre súbita. Una ráfaga golpea el fuselaje. Y, por debajo de la máscara de piloto, la piel se eriza.

Me esfuerzo por recordar el día: la reunión en la base, los rostros alrededor de la mesa, los papeles firmados, la orden, la promesa. ¿Era yo entonces quien creía ser? ¿O era sólo la suma de órdenes y recuerdos prestados, una marioneta en la cuerda de hábitos ajenos?

El zumbido se intensifica. Ahora no es una sola voz, sino varias, que se entremezclan y solapan en una polifonía perversa. Frases rotas, monólogos que no salen de mi boca aunque están detrás de mis dientes: reproches, súplicas, letanías muertas. Recuerdos de hombres que cayeron en picado sobre el canal, de pilotos que no regresaron nunca más a tierra firme. Yo he oído esas historias en la cantina, junto al café y el humo, pero ahora las siento en los huesos.

El aparato se comporta extrañamente, como si vacilara entre dos rutas. Por un instante, la brújula gira sola, la aguja apunta al norte en lugar de al este. El horizonte se invierte y, abajo, la línea del mar se funde con la negrura del casco. El sudor frío corre por la espalda, pero me obligo a recordar la secuencia: nivelar alas, observar los instrumentos, comprobar la altitud. Retomar el control.

Pero cada acción lleva consigo la sospecha de que ha sido realizada antes, y no necesariamente por mí. Como si este cuerpo, al igual que el aparato, fuese sólo un inquilino temporal, habitado por presencias sucesivas que dejan su marca en los músculos, en los reflejos automáticos del pulgar sobre el gas y la precisión de la mirada en la oscuridad.

Pienso, sin quererlo, en la primera vez que soñé con volar: un patio de ladrillos, el olor acre a carbón mojado, el temblor de las rodillas infantiles ante el primer avión visto contra el cielo gris. Aquel niño era yo, y sin embargo desconfío de la memoria; podría ser la infancia de cualquiera, incrustada en las circunvoluciones de un cerebro que ya no tiene dueño. ¿Qué soy, entonces, cuando me pierdo en estos pensamientos? ¿El piloto que lleva la valija? ¿El niño con miedo a la tormenta? ¿O el eco de todos, uno sobre otro, como capas envejecidas de pintura en una habitación a oscuras?

En el extremo del ala, una luz roja titila, y en ese destello algo parece moverse; una figura, quizá, encaramada al borde, envuelta en la neblina nocturna. No puede ser real. Pero no soy el único que la ve: alguien dentro de mí —el Viejo, lo llamo— murmura un juramento aprendido en las trincheras.

—No mires. No te detengas.

Pero la figura está allí. Se desliza con movimientos lentos, y de ella no puedo distinguir más que aquello que el pánico me permite: unas manos largas y huesudas, unos ojos opacos como fragmentos de noche. El vidrio del visor se empaña, y por un segundo el mundo deja de tener sentido.

Cierro los ojos y, en ese acto, una sucesión de imágenes golpea la conciencia: cabinas de aviones distintos, noches arrugadas como papeles viejos, paisajes borrosos, nombres en lenguas que no reconozco. Todos ellos convergen en esta fracción de segundo, reclamando su parte de realidad, exigiendo ser reconocidos o al menos recordados. Pero ¿quién soy yo para hacerlo? Un impostor en su propio esqueleto.

Abro los ojos: la figura ha desaparecido. Pero ahora la sospecha es total. ¿Fue en verdad esto lo que vi, o sólo la somatización de mi miedo? ¿Y si todo cuanto hago —volar, regresar, cumplir el deber— no es más que la repetición hueca de memorias ajenas, el eco de algo que sucedió durante una noche anterior, a otro, en otro lugar?

Quiero hablar, pero la garganta se ha sellado. Siento, más que oigo, el jadeo de otros pulmones en la cabina, como si no estuviera solo. La niebla se aferra al fuselaje. Me veo obligado a descender, tanteando con torpeza, luchando contra el impulso de dejarme guiar por esas voces que no callan.

Durante la aproximación final, la luz del aeródromo surge como una luciérnaga en mitad del abismo. Y entonces lo comprendo: no es la muerte lo que temo; es la disolución, el olvido, el despertar una vez más en otro cuerpo, otra noche, sobre el mismo mar negro e inexplicable.

Toco tierra con violencia, el avión rechina y vibra, como si todo mi ser se resistiera a regresar. Hay un rugido final, un gemido, y entonces el silencio. Apago el motor, me quito los guantes; mis manos tiemblan, y la niebla las devora hasta hacerlas desaparecer. Bajo de la cabina, sintiendo el peso de cada paso como el de un recuerdo sospechoso: ¿cuánto de lo que hago es realmente mío?

El vigilante se acerca, esta vez con el rostro claramente visible bajo la lámpara. Me mira a los ojos y sonríe. Pero en su sonrisa detecto la miseria y el secreto: ¿acaso él también sabe? ¿O es sólo otro reflejo, otra máscara impuesta por la noche?

Dejando el avión atrás, me encamino al edificio del mando. En el despacho, el reloj sentencia las tres y veinte. El jefe de operaciones, un hombre de voz chillona, recoge la valija diplomática sin mirarme. Firmo un recibo, mi firma automática, sin brillo, como la de un autómata.

Al salir, la voz interior arde, fuerte y clara entre el silencio: —No eres más que el mensajero. Y debajo, casi imperceptible, el eco: —Nadie recuerda al mensajero.

La calle está vacía. Camino hasta mi departamento, repitiendo en la cabeza mi nombre, mi historia, mi pequeña letanía. No hay respuestas, sólo la impresión persistente de invadir una morada ajena cada vez que abro la puerta, cada vez que me arrojo en la penumbra del lecho.

Al acostarme, el zumbido persiste. Voces diminutas, palabras a medio decir, fragmentos de recuerdos que no puedo colocar. Afuera, aviones surcan la noche, invisibles bajo la neblina, transportando cuerpos y almas fragmentadas por los cielos de Europa. Cruzo las manos sobre el pecho y me repito mi nombre, hasta que sueño.

Y en el sueño vuelo de nuevo, pero esta vez sé que no soy yo quien pilota; que sólo soy el eco de otros, una sombra que se desplaza a través de cuerpos y recuerdos, depositando cargas que nadie reclama, cumpliendo órdenes que nadie recuerda haber dado. Cuando despierto, el día es pálido, y durante un instante me asalta el extraño terror de no saber, ni por un momento, quién seré cuando caiga la próxima noche.

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