Portada del relato Identidades bajo el Puente
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Fragmento:


La humedad de la medianoche se cuela por los resquicios de los cartones amontonados debajo del puente. Afuera, la lluvia se abalanza sobre el mundo como si quisiese arrastrarlo todo al río, como si buscase purgar la ciudad de sus desechos humanos. Yo soy uno de esos residuos, aunque a veces no estoy seguro de quién. O de cuántos. Desperté hace un instante, los pulmones llenos de neblina, el estómago lleno de vacío, y por unos segundos no recordé casa, ni nombre, ni por qué mis manos temblaban. Pero la memoria llueve de nuevo, traicionera y selectiva.

Duración: 09:54

Identidades bajo el Puente
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Texto de ajuste de pausa.

La humedad de la medianoche se cuela por los resquicios de los cartones amontonados debajo del puente. Afuera, la lluvia se abalanza sobre el mundo como si quisiese arrastrarlo todo al río, como si buscase purgar la ciudad de sus desechos humanos. Yo soy uno de esos residuos, aunque a veces no estoy seguro de quién. O de cuántos. Desperté hace un instante, los pulmones llenos de neblina, el estómago lleno de vacío, y por unos segundos no recordé casa, ni nombre, ni por qué mis manos temblaban. Pero la memoria llueve de nuevo, traicionera y selectiva.

Había estado hablando solo otra vez, alguien—yo, pero no yo—susurrando respuestas mudas a oscuras, explicando a nadie cómo llegué aquí. Cerca, el vapor sale de una boca como de chimenea humeante. El cabrón de “Japonés”, como los demás le llaman, ronca entre periódicos viejos y celofán. Tiene una pequeña caja de crayones con la que pinta rostros en papeles recogidos. Nadie sabe cómo llegó aquí, nadie le pregunta, y él nunca pide nada. Dicen que antes tenía familia, pero no le importa admitir que duerme más tranquilo bajo el cemento.

Los demás son como fantasmas. Cada noche se arrastran hasta el nido de colchones y cartones, cada uno con su forma de caminar, de mirar a los ojos o de evitar las miradas. Hay uno al que llaman Oso, con barba enmarañada y manos como garfios. Está “Cruzado”, al que le falta un ojo y habla en susurros bíblicos. Y luego, estoy yo. Algunas noches me cuentan historias sobre cosas que hice, o palabras que dije, y juro que no recuerdo nada. Una vez robé un reloj, otra vez me salté al río para rescatar una bolsa de pan, otras noches desaparezco y despierto más lejos, como si alguien más usara mis piernas. Pero nadie aquí pregunta, porque todos huyen de sus propios recuerdos.

La lluvia redobla el tambor sobre el metal y, por un instante, creo escuchar pasos entre las sombras—pero aquí abajo, cualquier ruido parece siniestro. Me siento más solo que nunca, porque incluso mis pensamientos me abandonan. Anoche creí ver a una mujer sentada a mi lado. Llevaba un abrigo rojo y los cabellos mojados le tapaban la cara. Sus labios apenas moviéndose en una letanía suave. Yo la escuché decir: “Ya viene, ya regresa”. Pero cuando abrí los ojos, sólo vi el río creciendo y mis propias manos arañando la tierra.

No tengo nombre, pero los demás a veces me llaman “El Profesor”, por las palabras que suelto cuando bebo y me pongo a filosofar sobre el alma, la ciudad o la mierda de vida que llevamos. Algunos dicen que vengo de la universidad, que una vez tuve un salón lleno de alumnos y escribía mi nombre en la pizarra. No sé si creerles. Hay noches que me despierto con frases largas en la cabeza, ideas brillantes como cuchillas, y noches que apenas puedo hilar dos palabras. Siento que algo dentro de mí se mueve, cambia de forma, como si compartiera este cuerpo con otros inquilinos.

No me atrevo a hablar de esto con los demás. La locura es moneda corriente aquí, pero una locura muy evidente te convierte en blanco. Pasas de mendigo a perro apaleado. Así que guardo mis voces y fragmentos como un tesoro, aunque no sé si son míos o ajenos. A veces, una voz suave canta en mi oído; otras, una risa cruje en mi pecho y debo morderme la lengua para no reír en mitad de la noche.

Una madrugada escuché un grito. No de los humanos, sino algo larvado, denso, reptando por la piedra. Me asomé entre los cartones y vi a un hombre apoyado sobre la baranda del puente. Su abrigo era grueso, caro, y su rostro se reflejaba en el agua. No era uno de los nuestros, sino alguien de afuera. No sé cuántos segundos permaneció allí, pero su sombra era tan larga como el río. Pronto, se soltó del barandal y, sin un suspiro siquiera, cayó al agua como un peso muerto.

Nadie hizo nada. Nadie habló del asunto. Los vagabundos sabemos cuándo apartar la mirada. Pero yo me quedé pensando en el reflejo, en la expresión fugaz de ese rostro, y por un instante, juraría que era igual a uno de los hombres cuya foto guardo arrugada en el fondo del bolsillo. No soy el único que de vez en cuando roba una foto de una casa, una billetera perdida, alguien a quien quisimos ser.

Oso y “Japonés” estaban murmurando al amanecer, uno de esos temas sobre el pasado que nunca llega a ningún puerto. “Quizá él era uno de nosotros”, dijo Oso, refiriéndose al hombre del puente. “Quizá un día despertamos con otro nombre, otra cara, otra historia, pero el mismo frío aquí adentro.” Toqué mi estómago, pero no sentía frío, sentía un hervor y un miedo infantil.

Los días, si es que existen para nosotros, discurren en bucles de hambre y espera. “Japonés” rara vez habla, pero me ofreció mirar sus dibujos. Son rostros. Rostros deformes, partidos por la mitad, algunos con ojos vacíos o bocas tan grandes que se comen la frente. Señaló uno y susurró: “Ayer viniste así, no eras tú, era otro”. Le arrebato la hoja y me quedo mirándola. No le encuentro parecido, pero lo reconozco. Es el hombre que veo en mis sueños, el que me habla desde el agua, el que susurra cuando duermo entre cartones.

Esa noche no dormí. Me quedé abrazando mis rodillas, mirando la oscuridad como si esperara que se abriera una puerta. Y se abrió, pero no para mí. Alguien comenzó a llorar, pero no con voces reales, sino detrás de mi frente. Era un llanto que parecía arrastrar todos mis recuerdos, todas las palabras que nunca dije, todos los nombres que no recordaba. Me cubrí la cara y sentí que mis manos eran de otro hombre. Los dedos largos, huesudos, oliendo a café viejo y tiza. Fue entonces que recordé un aula, una pizarra, voces de niños, y alguien escribiendo mi nombre: Yutaka.

Me llamé así alguna vez. Me aferré a ese nombre como al último hilo de una soga deshilachada. Y así, envuelto en voces y nostalgia, sentí que empezaba a deslizarme hacia afuera de mí mismo, en el mismo río que arrastra esta ciudad al olvido. “No eres tú, siempre hay alguien más”, susurró una voz, y no era la mía.

Los días siguientes son una neblina de fragmentos: la policía en el puente, la señora de las bolsas que trae pan duro, Oso buscando comida en los basureros, “Japonés” dibujando cada vez más hojas, rostros más distorsionados. Un día simplemente no volví. Es decir, el cuerpo volvió, pero algo de mí se perdió en la corriente. Me despierto con otro nombre en la boca, agrego detalles que no recordaba y siento que las manos obedecen a otro ritmo.

Los otros lo notan. “Hoy ni siquiera caminas igual”, me dice Cruzado. Veo mi sombra alargada en el suelo y no la reconozco. Entonces empiezo a pensar que hay demasiados nombres para una sola vida, demasiados recuerdos para un solo cuerpo. A veces me encuentro balbuceando oraciones que no entiendo, repitiendo números, fechas, palabras. Me pesan los bolsillos con objetos que no sé cómo llegaron ahí: una llave oxidada, un pedazo de espejo, una estampita de Buda.

Esa noche, la peor de todas, sueño que cruzo el puente siguiendo a la mujer del abrigo rojo. No me dirige la palabra, sólo me mira de soslayo, y cuando intento alcanzarla, se derrama en mil rostros—mis propios rostros—riendo y gritando al mismo tiempo. Me arrojo tras ella al río, pero el agua se convierte en un campo de cartones mojados, y sobre ellos veo todos los dibujos de “Japonés”. Ahí están mis caras, mis vidas, mis miedos. Entre ellos, un rostro que nunca había visto, grave y calmado, con una cicatriz en la frente. Me despierto aterrado y jadeando, el corazón estrujado por la certeza de que esa cara soy yo, pero también que no lo soy.

Me levanto despacio. El campamento está desierto. Los cartones vacíos, las colchas frías, los periódicos arrugados. No hay señales de los otros, salvo las huellas frescas en el lodo que apuntan hacia la ciudad. Siento que he vuelto a nacer, que ninguno de los míos regresará. Y sé que si salgo a la lluvia, si vuelvo a cruzar la ciudad, algún fragmento de mí podría sobrevivir en otro rostro, en otra historia mugrienta.

Y entonces la ciudad resplandece como una bestia ciega sobre el asfalto. Camino por la acera, descalzo, con ropa que apesta, sintiendo que todos los recuerdos bailan detrás de mis párpados. Veo algún niño arrastrando una chaqueta vieja, una anciana rebuscando restos, un hombre con una guitarra sin cuerdas. Veo a “Japonés” en una esquina garabateando sobre la pared, y a Oso dormido como un bulto a la entrada del metro.

Y por un segundo, el reflejo en la vitrina de una tienda me devuelve un rostro limpio, peinado, con gafas doradas. Parpadeo y se disuelve en un amasijo de arrugas, suciedad y ojos hundidos. Ya no sé quién soy, y esa certeza me hiela el alma. El río sigue su curso a lo lejos, arrastrando secretos, cartones y rostros olvidados.

Podría decirte que salí del puente para buscarme, que en algún momento recuperé un nombre, una certeza, una identidad. Pero sería mentira. Porque ahora entiendo que soy uno y muchos, que mis manos, mis recuerdos, mis sueños no me pertenecen, sino al río, al cemento, a la ciudad que devora. Y que bajo el puente, entre vagabundos y lluvias ajadas, los fragmentos de nuestra personalidad flotan de noche. Esperando una nueva cara en quien fundirse, esperando que el eco del hambre sea más fuerte que el grito del olvido.

Y así, vuelvo a dormir alguna noche, arrullado por las voces de quienes fui y de quien jamás volveré a ser, sabiendo que mañana, tal vez, otro hombre llevará mi cuerpo a despertar bajo algún otro puente, con otro nombre y otro temblor. Pero siempre, siempre, con el río esperando paciente a que lleguemos a su orilla.

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