Fragmento:
Salió de la cama como quien se desprende de una carcasa, apático ante el cuero cabelludo que cosquilleaba de miedo, frente al helor palpable bajo las uñas. Cruje la casa: el pasillo lo observa, puertas entreabiertas revelan retazos de sí mismo, fotos polvorientas en las que, a veces, la expresión de Daniel parece ajena, los ojos torcidos en una dirección imposible, la sonrisa tensa como una cuerda antes de romperse.
Duración: 11:51
El grito del despertador desgarró la madrugada como una uña sobre cristal. Daniel Calder abrió los ojos tan pronto la alarma chilló para luego mirar, sin comprender—ni desear hacerlo—el techo agrietado de su cuarto. Las grietas lo observaban de vuelta, parecía, como venas grávidas de odio que creían en secreto no ser vistas.
El cuerpo le dolía, un dolor de consumo lento, de huesos arrastrados y piel reseca por una noche sin sueños coherentes. Algunos fragmentos saltaban a la memoria: una sombra en el rellano de la escalera, el sonido de su propia voz diciendo cosas que no recordaba haber pensado jamás, la helada sensación de no estar solo en la cama aunque los únicos pies desnudos fueran los suyos. Quiso hablar, confirmar su propia presencia; al abrir la boca, un sonido brotó, seco y hueco. No era su voz exactamente. No del todo.
Salió de la cama como quien se desprende de una carcasa, apático ante el cuero cabelludo que cosquilleaba de miedo, frente al helor palpable bajo las uñas. Cruje la casa: el pasillo lo observa, puertas entreabiertas revelan retazos de sí mismo, fotos polvorientas en las que, a veces, la expresión de Daniel parece ajena, los ojos torcidos en una dirección imposible, la sonrisa tensa como una cuerda antes de romperse.
Camina hacia el baño tambaleándose, el suelo frío contra los pies desnudos lo ancla apenas en el mundo. Frente al espejo, busca la confirmación que toda mañana exige: identidad, continuidad, certeza. Pero el espejo le escupe varias posibilidades divergentes. Por un segundo, ve tres reflejos superpuestos, como negativos mal alineados. Parpadea y sólo queda uno, jadeante y con la frente perlada de sudor.
"Hueles distinto", susurra una voz en su oído izquierdo. Es una voz grave, con ecos de nicotina y arrepentimiento.
Se gira de golpe, solo para enfrentar la cortina de la ducha que se mece, nada más. Cierra los ojos, cuenta hasta diez. La voz se ríe en su cabeza, esta vez más clara. "Hoy no eres Daniel. Hoy eres..." Hay un vacío donde debería estar el nombre, sólo el eco ocupado de una intención sin rostro.
No, piensa. Corta esa línea de pensamiento como quien aparta la mano de una hornilla encendida. Otro día más de la vieja enfermedad: insomnio, paranoia, despersonalización. Vuelve a contemplar el espejo pero esta vez no busca consuelo, busca una fisura por donde asome la verdad. Quiere encontrarse fragmentado, quiere descubrir el fallo fundamental en el basamento de su yo.
El teléfono suena, arrastrándolo al presente. Es Julia, su pareja, quien no duerme en casa desde hace una semana. "Te pasaste por el consultorio ayer, Daniel. Hablaste con el Dr. Roa durante cuarenta minutos. ¿Por qué no me avisaste?"
Él niega, da vueltas al asunto, pero en su memoria hay un agujero. "No recuerdo haber ido."
Ella suspira, la tensión atraviesa los cables. "Estabas muy molesto. Me dijiste cosas que no entendía. Hablabas de 'otros' que querían tomar tu piel. ¿Recuerdas?"
Cuelga y permanece aferrado al teléfono. Los recuerdos giran en su cabeza como copos en un vidrio nevado; cada uno distinto, ninguno encaja. Sale del baño y cruza el pasillo, un ojo puesto en los retratos antiguos. Siempre los ha detestado: se ve a sí mismo en todas las edades, pero nunca es la misma mirada.
En la cocina, enciende la cafetera. Una voz femenina canta en un susurro, la canción de cuna que su madre entonaba mientras arrancaba de raíz las ideas malas de su mente. "Duerme, niño. Duerme y no seas tú esta noche." Daniel paraliza la mano en el aire, la cuchara tintinea sobre la taza vacía.
Camina hasta la ventana, mira la calle desierta bañar en la luz anémica de la mañana. Al otro lado del vidrio, la figura de un hombre lo observa desde la acera. Viste gabardina, y un sombrero que arroja sombra sobre el rostro. Parpadea, y la figura sigue ahí, fija como una mancha antigua, salvo que ahora, la postura cambió ligeramente; Daniel siente—o sabe—que lo observa directamente, aunque no logra distinguir ningún rasgo. El mismo escalofrío de antes, la misma presión en la garganta.
Decide salir. Necesita aire, movimiento, bullicio de ciudad que distraiga ese rumor incesante en la mente. Rebautiza cada paso—esto soy yo, esto también—por pura terquedad, por la promesa de que los límites personales son todavía respetados.
En la calle el hombre de la gabardina desapareció. O nunca estuvo. Avanza entre transeúntes cuyo lenguaje corporal es siempre evasivo: todos parecen conscientes de su paso, de su diferencia. Una mujer empuja a su hijo a un costado, un perro se detiene a mirarlo con la cabeza ladeada, pelaje erizado.
Llega a la consulta, camina por el pasillo recubierto de placas ajadas; la recepcionista lo saluda con una voz que arrulla y alerta. "El doctor le espera, señor Calder." Siente su nombre como una piedra fría debajo de la lengua.
Dentro, Dr. Roa lo recibe con su usual sobriedad, gafas en la frente, manos largas, piel cuarteada como pergamino. Le pregunta cómo ha dormido, si ha habido episodios de despersonalización. Daniel lo niega. Miente. Pero está cansado de repetir esas mentiras.
"Julia dice que vine ayer. Le grité, hablé de... otras personas. No me acuerdo de nada."
El doctor asiente, apunta notas. "No fueron solo palabras, Daniel. Se presentó usted como Iván. Y luego, por un breve instante, como Lucía." Hace una pausa, lo observa a los ojos. "¿Sabe lo que significa?"
En su pecho, la marea de las voces se agita. Un cosquilleo que no es propio, una sensación de que la piel le queda extraña, como ropa prestada. "Solo quiero parar de dudar. Usar un solo nombre. Sentirme entero."
"¿Y si entero no es usted realmente? ¿Si esas partes también son verdaderas, aunque sean aterradoras?"
La idea lo rebasa. Se acurruca en la butaca negra, respirando hondo.
Al salir la noche cae. Camina de vuelta a casa, pero el mundo parece más denso. Los postes lanzan sombras que contienen resplandores de cosas posibles, de personas que llevan su rostro pero caminan distinto.
Entra, cierra la puerta tras de sí; apaga y enciende luces con la ansiedad de alguien que sospecha no estar solo en su propia casa y, tal vez, ni en su propia piel.
Al mirar el reloj, descubre que avanzó una hora de la que carece todo recuerdo. Observa de reojo la mesa del comedor, donde hay tres tazas de café vacías alineadas con esmero; reconoce su taza—la del borde desconchado—pero las otras dos no han sido tocadas por nadie más, no desde que Julia se marchó. Daniel siente su estómago revolverse. Empieza a sospechar que los otros nombres tienen manos, pies, tacto. Notó la trilogía de tazas como un presagio.
Mientras prepara la cena, el cuchillo parece observarlo también. Cada semana hay nuevos cortes en su antebrazo, rasguños poco profundos; al principio pensó en dormir agitado, o en las uñas sin cortar, pero no puede explicar los patrones, las palabras talladas a veces diminuto en su piel. Esta noche lee: "Lucía es tranquilidad, Lucía es agua". El cuchillo cae. Cierra los ojos y recita su nombre como un conjuro, pero una voz aguda, femenina, responde desde el fondo de su mente: "No estás solo. Nunca lo has estado." Le tiemblan las piernas, respira como un pez recién sacado de agua.
El televisor prende por sí solo. Una interferencia grisáceo se desliza, entrecortada; en ella—está casi seguro—aparece su propio rostro, pero distorsionado. La imagen tartamudea, y escucha su propia voz pronunciar palabras que jamás se diría así mismo: "Hoy yo cuido la casa. Recuéstate. Deja de luchar."
Daniel experimenta un desfase brutal, un vértigo en el estómago, una repulsión animal. Sube al cuarto tambaleante, cierra el seguro, se envuelve en las mantas como si de un santuario pudiera protegerse.
Despierta en la oscuridad, sin saber si ha dormido cinco minutos o cinco años. A su lado, la sombra de alguien sentado sobre la cama lo observa, los ojos inundados de un brillo impío. El aire huele a perfume dulce, un aroma familiar, pero nunca suyo. Extiende la mano y la sombra se incorpora, pasea por la habitación, toca los objetos, reacomoda sillas, recoge fotos que Daniel jamás ha visto.
No grita—no puede. La voz cristalina de la sombra le habla sin abrir la boca: “No fue tu culpa. Pero tampoco fue sólo tu vida.” No comprende, no quiere comprender, pero una corriente de entendimiento invade sus pensamientos, como una infección amable pero persistente. Al tercer parpadeo, la sombra desaparece.
Al día siguiente, frente al espejo, observa sus ojos: en uno descubre una mancha oscura nueva que no estaba ahí. Sonríe, pero la mueca sólo sube de un lado, como si otro rostro intentara surgir. Escucha la risa de la voz masculina, luego el canto suave de la femenina y, por último, el murmullo nada humano que tiñe los márgenes de toda lucidez, un cántico en lengua inarticulada: él y ellos, juntos en el recipiente insuficiente de un cuerpo.
Los días se convierten en una secuencia confusa. Bruñidos lapsos de absoluta certeza y luego largas horas de neblina interna; las voces empiezan a manifestarse en los objetos, las cartas en la mesa, palabras escritas en los márgenes de sus libros. Vecinos que juran oír música y griterío salir de casa cuando Daniel no está seguro de haber recibido a nadie.
Encuentra en una libreta una lista de nombres: Daniel. Lucía. Iván. Elías. Doce en total. No recuerda haber escrito ninguno, pero el trazo caligráfico tiene su firmeza, y huele al sudor seco de sus manos. Cada nombre tiene un símbolo al lado: un triángulo, un círculo, una espiral, una línea quebrada. Por la noche, sueña que camina en una procesión de figuras encapuchadas, cada una con un nombre tallado en el rostro, todas arrastrando sus propios pies, todas mirándolo con esa expresión secreta que ha visto en el espejo.
Se acerca a la ventana. Afuera, el hombre de la gabardina lo espera, inamovible en la penumbra. Daniel levanta la mano en un saludo inseguro y el hombre responde al gesto, pero lo hace con el mismo movimiento nervioso que Daniel reconoce en sí mismo. El sombrero cae, revelando su propio rostro, pero mucho más viejo y cansado, trazas de todos los otros en el contorno de los ojos.
De golpe, una de las voces se adueña de la boca de Daniel: “Hay fracturas que nunca cierran. Hay puertas que no pueden regresar a cerrarse.” Los otros nombres laten en su interior, manchando la energía de su cuerpo, pulsando en su pulso débil.
En lo profundo de la madrugada, Daniel comprende que siempre fue los otros, y que los otros siempre fueron él, sufriendo y amando y odiando en cada rincón mal iluminado entre las paredes.
El terror ya no es no saber quién es, el terror ahora es la certeza de que ninguno de ellos podrá jamás exorcizar al resto. El cuerpo compartido es la casa peligrosa: uno que susurra, otro que observa, la tercera que arrulla para dormir, y bajo todos ellos, uno que jamás ha tenido nombre, que bosteza paciente en la oscuridad, esperando su turno de encarnar en los músculos tensos y en los ojos abiertos al horror de su propia imposible existencia.
En cada espejo y ventana ve, por un titilante segundo, la superposición de todos los nombres y ninguna certeza. Se acuesta, esperando dormir, y jura que no será él quien despierte. Quizá, en la próxima madrugada, otro ponga el café, otro escriba estas líneas. O todos ellos, juntos, testigos y cómplices, fragmentos bailando en la penumbra.
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