Portada del relato La voz de los otros
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Fragmento:


Retrocedí y tropecé contra la mesita. El cepillo cayó y escuché mi respiración volverse más densa. No tenía sentido. No tenía explicación lógica. Me dije que era el reflejo distorsionado, la luz, el cansancio acumulado de noches sin dormir. Pero después comencé a verla fuera del espejo.

Duración: 10:10

La voz de los otros
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Texto de ajuste de pausa.

El espejo era oval, con marco de madera endurecida por el tiempo y el polvo. Desde el principio me sentí observada por él o, peor aún, a través de él. Era un objeto de la familia de Sebastian, mi marido, y cuando por fin nos mudamos juntos al pequeño apartamento en la Rue Delambre, me suplicó que no lo arrojara a la basura. “Ha estado conmigo desde que era niño”, dijo, aunque nunca supe si lo heredó de sus padres, de una tía lejana, o si simplemente lo encontró.

Al principio, la ciudad me deslumbró. El aire de París me envolvía mientras caminaba bajo las luces de la ribera en las primeras noches de primavera. A Sebastian el trabajo lo devoraba; a mí, la soledad me convertía en una especie de espectro flotando por habitaciones que olían a humedad antigua. Empezaron los ruidos. Los pasos ligeros a medianoche, el roce de ropas invisibles contra los marcos de las puertas. Pensé que tal vez era el tráfico o los vecinos. Pensé que tal vez eran imaginaciones.

Hasta que, una mañana, mientras me peinaba frente al espejo del salón, vi a la otra.

No era yo. O, más bien, era yo, pero de otro modo: un leve cambio en el gesto, una asimetría en la sonrisa, una extrañeza apenas perceptible en el movimiento de su mano al pasar el cepillo por su cabello. Me quedé paralizada. Pero ella siguió peinándose, y cuando terminé, ella me sonrió, insolente.

Retrocedí y tropecé contra la mesita. El cepillo cayó y escuché mi respiración volverse más densa. No tenía sentido. No tenía explicación lógica. Me dije que era el reflejo distorsionado, la luz, el cansancio acumulado de noches sin dormir. Pero después comencé a verla fuera del espejo.

Aparecía de reojo en el pasillo, doblando la esquina segundos antes de que yo llegara. Una noche, desapareció mi bata azul y apareció tirada en el suelo del baño, húmeda, como si otra persona la hubiese usado. Un calcetín que nunca volví a encontrar. Sombras en el dormitorio, frías y densas, desplazándose como animales asustados.

Sebastian no advertía nada. Me observaba con esa mirada de hombre práctico, asegurándome que todo era consecuencia del estrés, del cambio, de la mudanza, de la presión invisible de una vida nueva en la ciudad. “Falta que te adaptes”, murmuraba, mientras él levantaba los ojos del periódico.

Pero había algo más. Soñaba con ella, ahora. Una mujer igual a mí se escurría entre los dedos de mi mente, adoptando mis recuerdos y hablando con mi voz, aunque lo que decía era imposible: fragmentos de historias que no reconocía, deseos que no podía aceptar que fueran míos.

La ansiedad comenzó a corroerme por dentro. Me levantaba en la madrugada, con la certeza de que faltaba algo en mi memoria. Días enteros se deslizaban como páginas arrancadas de un cuaderno. Un martes desperté en el salón, la televisión encendida —no recordaba haberla encendido ni haberme levantado de la cama—. La puerta del balcón estaba abierta.

A veces, encontraba papeles con garabatos que no recordaba haber escrito. Poemas extraños, listas de compras de productos que detestaba, mensajes para Sebastian en frases azucaradas que nunca utilicé. Era mi letra, sí, pero la energía era otra, como si una impostora acechase mis movimientos cuando no la vigilaba.

Había momentos de vacío, huecos de recuerdos donde debía haber continuidad. El desayuno que nunca preparé, la ducha que no tomé, conversaciones con vecinos descritas en mi agenda personal y cuya existencia no podía asegurar. Y, siempre, estaba la otra: una sombra pegada a la suela de mis zapatos, que a veces tomaba la forma de una mueca extraña o de una carcajada que no era mía.

Mi angustia fue creciendo. Las discusiones con Sebastian empezaron, primero sutiles, luego ásperas. Él insistía en que debía salir, integrarme, ver amigos. “Quizás deberías regresar a tus clases de pintura, Emma”, sugería. Pero temía perderme incluso más: cada vez que pintaba, tenía la impresión de que mi mano no respondía a mi cerebro y lo que surgía de la tela me horrorizaba. Rostros fragmentados, rostros duplicados, ojos mirando desde lugares imposibles.

Finalmente, cedí. Fui a ver a una terapeuta —no porque creyera estar enferma, sino porque necesitaba que alguien atestiguara mi desmoronamiento. La consulta era en un edificio antiguo de la orilla izquierda. La doctora tenía el aspecto de una mujer práctica y eficiente, pero en el fondo de sus ojos había una paciencia resignada, como de quien asume que hay enfermedades que ya sucedieron antes de que los pacientes llegaran a su sala de espera.

Le hablé de los olvidos, de la otra Emma, de los objetos fuera de sitio, de las sensaciones de extrañeza frente a mi reflejo. Ella anotó todo con precisión quirúrgica. “A veces, en condiciones de estrés extremo o aislamiento, la mente desarrolla estrategias”, me explicó. Dijo que podíamos probar ejercicios de anclaje y registro, que lo importante era no sucumbir a la paranoia.

Extrañamente, ese término me consoló, aunque sólo por unas horas. Esa noche, en el baño, sentí por primera vez el frío de una mano distinta a la mía sobre mi hombro. No era una sensación física, sino la absoluta certeza de su presencia: la otra Emma estaba tan despierta como yo, tan ansiosa, tan acorralada.

Después de ese día, mi fragmentación cobró velocidad. Despertaba en habitaciones cerradas con llave; una vez la puerta se trabó y Sebastián tuvo que buscar al portero para abrirla. Lloré como una niña, mientras él intentaba explicarme que jamás había cerrado la puerta, que debía estar cansada.

Intenté razonar. Empecé a grabarme con la cámara del móvil, a escribir notas minuciosas con marcas de hora. Anotaba lo que vestía, lo que desayunaba, lo que leía. Pese a ello, las lagunas siguieron aumentando, y las marcas de lápiz labial en el espejo del baño —palabras, a veces oraciones completas: “No soy tú”, “¿Quién está afuera?”, “Déjame salir”— estaban escritas en mi caligrafía. A Sebastian le dije que jugaba a escribir mensajes motivacionales, pero ni él ni yo lo creímos.

Abandoné al fin los intentos de vivir como si no estuviera siendo ocupada, desgajada, duplicada. De noche, la otra me hablaba en sueños y ya no como sombra, sino como voz: “¿Por qué no dejas de resistirte?”, “¿Por qué te aferras?”, “Sería más fácil si compartieras conmigo, Emma.” A veces, hablaba con extrañeza, pero supe que ella sabía cosas que yo no.

Una tarde, Sebastian llegó a casa más temprano. Lo encontré en el estudio, observando el cuadro en el que había trabajado en mis estados de neblina. Era un pavoroso políptico: en cada panel, una Emma diferente; una carcajeando, una llorando, una con el rostro borrado. Él no dijo nada, pero en sus ojos leí pánico y asco. No podía soportar la idea de esa multiplicidad, de ese desdoblamiento del que yo era la primera y principal víctima.

Pasaron los días. El apartamento empezó a asfixiarme; me sentía atrapada entre las paredes, sofocada por las voces que se acumulaban al fondo del cráneo. No sólo era la otra Emma, sino otras más: fragmentos de risa, pánico, ira. A veces, la sensación de que era observada se volvió certeza: al girar, mis propios ojos me devolvían una mirada cínica y antigua desde el espejo oval.

Una noche, incapaz de dormir, bajé al salón guiada por un impulso irreprimible. La luna lanzaba rayos lechosos sobre la madera, y el espejo, estratégicamente colocado entre dos vitrinas, me tentaba. Me senté frente a él, sintiendo de inmediato la densidad de la presencia de la otra.

En ese instante, supe que ella también me miraba con atención. Sostuve la mirada, negándome a parpadear. Noté cómo su expresión se separaba de la mía, cómo su cabeza se ladeaba independientemente de la mía. Sentí un vértigo, un temblor helado en la nuca.

—¿Por qué quieres destruirme? —dijo su reflejo, su voz audible sólo en mi cabeza.

El terror —el verdadero terror— llegó al comprender que ya no podía distinguir cuál era la original. ¿Ella era la impostora, o era yo quien había usurpado su lugar, expulsándola de mi cuerpo hacia el reflejo?

—Ya no puedo vivir aquí —respondí, pero no sabía si lo había dicho en voz alta.

Entonces, la otra sonrió, dulce y venenosa:

—Tal vez nunca viviste aquí… sola.

Se levantó. Yo no. Ella pasó a través del cristal. Sentí que algo me arrancaba con una violencia innombrable, que me despegaban de mis huesos. En la superficie del espejo quedó mi rostro paralizado, congelado en una expresión de sorpresa y súplica. La Emma al otro lado —la Emma que se levantó— se estiró, flexionó los dedos, exploró el aire, y luego avanzó tranquilamente hacia el dormitorio, donde Sebastian dormía con el sueño de los inocentes.

Por la mañana, él me besó la frente (“Buenos días, amor”) mientras yo —la Emma genuina, la Emma atrapada— trataba de gritar desde el fondo del espejo, mudamente, viendo cómo la otra tomaba mi café, respondía a mensajes, acariciaba sus cabellos frente al reflejo donde yo era ahora una sombra más, negada al mundo.

Los días siguieron. Quedé allí, incapaz de hacer más que observar, rodeada de la fría y tersa superficie. Pronto advertí que no estaba sola: otras sombras se deslizaban por los bordes de la imagen, otros rostros, otros ojos. Todas eran como yo, o fueron en algún momento, víctimas de sus propios reflejos usurpadores. A veces, cuando el apartamento está en silencio y la otra Emma se mira largo rato en el espejo, noto un destello de angustia en sus ojos: quizás intuye que puede ocurrirle lo mismo.

Mientras tanto, nos multiplicamos en la penumbra, esperando.

Porque de este lado sólo existen la espera y el miedo. Y el deseo de —algún día— poder volver a cruzar.

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