Portada del relato Ecos en la penumbra
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Esa tarde, mientras transcribía las grabaciones, noté que mis manos temblaban. “Esto no está pasando”, murmuré en voz alta. Pero incluso mi voz sonaba ajena, distante.

Duración: 11:58

Ecos en la penumbra
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

No recuerdo el momento exacto en que el aullido empezó a visitarme cada noche. Hay quienes dicen que la locura es una lenta destilación, un veneno que se filtra gota a gota en la sangre hasta que la mente se resquebraja. Otros aseguran que llega de golpe, con la fuerza de un trueno, y convierte la razón en cenizas en un solo instante. Para mí, fue ambas cosas a la vez: la larga gestación de la duda y la súbita irrupción de otra presencia, de otro yo.

Mi nombre es Aida Kramer. O eso he querido creer. Vivo sola en un apartamento de techos altos y mobiliario antiguo, un legado familiar que recuerda a la elegancia desvaída de otro siglo. La madera siempre cruje por las noches, y las sombras parecen movidas por el aliento de una bestia anónima. Desde que empezó el grito nocturno, miro con recelo cada espejo, cada reflejo. No confío en lo que veo.

Al principio lo atribuí a las pesadillas; había leído demasiados informes sobre la fragmentación de la mente, sobre dobles que acechan más allá de la conciencia. Yo misma soy especialista en rehabilitación mental, y he tratado pacientes con trastornos de identidad tan complejos que la frontera entre lo real y lo impostado parecía diluirse en cada sesión. Pero la distancia entre teoría y experiencia es abismal; nunca imaginé que alguna vez sería yo el paciente de mi propio experimento.

La primera noche, el aullido parecía venir de la calle, tal vez de un perro abandonado o un gato en celo. Pero había algo irregular en el sonido: una vibración subterránea, casi humana, que helaba la sangre. Me despertó a las tres, una hora en que la muerte y la soledad siempre parecen estar al acecho. Me incorporé y agucé el oído: el lamento se filtraba por los muros, resonando en las cañerías como un animal atrapado en las venas mismas del edificio.

No dormí. Recorrí los pasillos con una linterna, abrí armarios, inspeccioné el rellano. Todo estaba en orden. Nada, salvo el reflejo distorsionado de mi sombra moviéndose por las paredes, y un vago temblor en mis manos.

Las noches siguientes, el aullido se volvió más insistente, más personal. Ya no era un rumor animal, sino un tono imposible, algo que se insertaba bajo la piel y la desgarraba en silencio. No podía decir si provenía de afuera o si vibraba en mi garganta. En ocasiones, tras el sobresalto, sentía la boca reseca, los labios humedecidos con un sabor a óxido. Pero no encontraba heridas ni rastro de sangre.

Empecé a soñar que descendía por pasillos interminables dentro de mi propia casa, pasillos que no estaban ahí durante el día. Al fondo, siempre, un espejo roto. Frente a él, una figura encorvada, su rostro oculto en la penumbra, las manos cubriéndose la cabeza. Y el aullido, surgiendo tras el vidrio, torcido y antinatural, como si el reflejo gritara por lo que había perdido.

En los días siguientes, los olvidos se hicieron moneda común. Despertaba en lugares distintos a los que había caído dormida. A veces junto a la mesa de la cocina, otras en el baño, aferrada al borde del lavabo. Una noche, abrí los ojos en el pasillo principal, con la espalda apoyada en la puerta cerrada y los nudillos enrojecidos, como si hubiera estado golpeando desde dentro para salir.

Intenté racionalizarlo. Le expliqué a mi colega Lucía que andaba estresada, que el insomnio me hacía sonámbula. Que no era nada. Lucía me miró con ojos tristes y no insistió; sé demasiado bien cómo manipular las apariencias.

Empecé a dejar grabadoras encendidas en distintas habitaciones durante la noche. Por la mañana, escuchaba el material con un nudo en la garganta. Al principio, solo silencio: mi respiración, el tic-tac del reloj, algún coche lejano. Pero en la tercera noche, oí el aullido con una claridad que me obligó a taparme los oídos. Era una voz, o muchas, superpuestas en una armonía antinatural, como un réquiem cantado por lunáticos. Reconocí mi propio tono de fondo.

Esa tarde, mientras transcribía las grabaciones, noté que mis manos temblaban. “Esto no está pasando”, murmuré en voz alta. Pero incluso mi voz sonaba ajena, distante.

A partir de entonces, los despertares extraños se mezclaron con episodios de tiempo perdido. Encontraba mi ropa salpicada de barro, aunque no había salido del apartamento. En la ducha, veía surcos recientes en mi piel, arañazos en los antebrazos, como si hubiera intentado arrancarme algo de debajo de la carne. Un día, al mirarme en el espejo, tuve la certeza de que la imagen no seguía mis movimientos con exactitud. Parpadeé. La figura parpadeó una fracción de segundo después, con una mueca de dolor.

Las sesiones de trabajo se hicieron insoportables. Ya no podía prestar atención a las historias de mis pacientes: escuchaba, en cada frase, ecos del mismo lamento. “No soy yo”, decían algunos, “no es mi culpa”. Sentía que las palabras palidecían y se disolvían antes de llegar a mis oídos. Mis colegas comenzaron a evitarme; decían que tenía mala cara, que mis ojos se hundían en un abismo de fiebre y desencanto.

Cada noche, el aullido era más intenso. Mi garganta, reseca y áspera, se contraía en silencio. Empecé a dormir con la puerta cerrada y la llave girada desde dentro, como si eso pudiera contener al espectro.

Una madrugada, faltaban aún horas para el alba, desperté de nuevo. Un jadeo inhumano crecía en intensidad detrás de la puerta. Algo arañaba la madera, muy suavemente al principio, luego con creciente desesperación. Sentí el impulso de liberar el cerrojo. No era miedo, sino una fascinación antigua, como si lo desconocido me reclamara con una voz propia. Me puse de pie y avancé; mis dedos se movieron solos.

El aullido cesó en el instante en que giré la llave. Abrí la puerta con lentitud. Vacío: solo el pasillo en penumbra. Traté de dar un paso, pero mi pierna derecha se negó a moverse. Caí de rodillas sobre la madera, sudando. Volví a oír el aullido, esta vez dentro de mi cráneo, arañando el hueso desde adentro.

Al día siguiente, llamé a Lucía. Le pedí ayuda. Me citó en su consultorio por la tarde. Recordé recorrer varias calles bajo un sol enfermo, la textura del aire denso, los escaparates descompuestos. Pero al llegar, Lucía me miró como si estuviera viendo un espectro. “¿Estás segura de que eres Aida?”, me preguntó, medio en broma, medio en serio. Yo sonreí pero sentí un frío glacial llenando mis vísceras.

Conté mi historia como un exorcismo, tratando de atinar con palabras precisas que pudieran contener la marea. Hablé del aullido, de los vacíos, de las voces. Lucía transfirió todo a un cuaderno, escribió notas y me preguntó si había antecedentes familiares de trastornos severos. Negué con la cabeza. Ella frunció el ceño y bajó la voz: “Tal vez deberías pasar unos días fuera del apartamento. Respira otro aire. Aquí todo parece estar contaminado”.

Volví a casa con la sugerencia zumbando en mi mente ajada. Pero la idea de abandonar el apartamento me resultaba insoportable. Era como si estuviera enraizada en esas habitaciones, como si cada parte de mí solo pudiera existir plenamente allí.

La siguiente noche fue la peor. Esa madrugada, desperté envuelta en sudor, con la lengua pegada al paladar. Algo se movía en la cocina. Oí pasos arrastrados, el golpeteo hueco de una cuchara contra la encimera, un leve crujir de cristales. Me atraganté con mi propio aliento.

Tomé el atizador de la chimenea –una reliquia apenas funcional– y avancé con lentitud. Llegué a la cocina y vi algo imposible: mi silueta, reflejada en la ventana, se movía descompasadamente con la mía. Noté que los ojos del reflejo brillaban con una intensidad felina, y la expresión era feroz, enajenada, una mueca de puro odio.

De repente, la figura abrió la boca y dejó escapar un grito espantoso: un aullido desgarrado, más animal que humano, pero inconfundiblemente mío. Retrocedí, tropezando con una silla. El reflejo seguía gritando, aunque yo tenía la boca cerrada.

Corrí al baño y me encerré. Pasé los minutos –quizá horas– sollozando y cubriendo las orejas con ambas manos. Al otro lado de la puerta, la casa entera parecía retumbar con el eco del grito. Cuando al fin se hizo el silencio, salí tambaleándome. No vi nada anormal, pero mi reflejo se negaba a mirar hacia atrás cuando yo lo hacía.

De ahí en adelante, la voz del aullido me acompañó durante el día, como un murmullo estancado en la base del cráneo. Empecé a hablar sola, aunque no podía distinguir del todo si la voz era mía o del otro ser que habitaba mi cuerpo.

Falté al trabajo durante varios días. Perdí la noción del tiempo. Recuerdo vagamente una noche en que encontré mi diario escrito con una letra desconocida. Las páginas estaban cubiertas de frases fragmentadas, como pensamientos cortados en mitad de un gesto: “No es mi voz... El lamento cruzó el umbral... Me veo moverme pero no soy yo... Arañazos en la garganta... Deja salir a la otra...”.

La peor mañana fue aquella en que no reconocí mi cara tras el espejo. Era yo, pero no era yo. Las facciones eran las mismas, pero la firmeza de los músculos era ajena, la sonrisa una mueca desafiante, demasiado torcida para ser mía. Apoyé la frente contra el vidrio y sentí un escalofrío: una especie de corriente eléctrica que me sacudió hasta la raíz de los dientes.

El aullido se volvió canción, rumor incesante que subía y bajaba en intensidad, como el ritmo de mi pulso. A veces sentía que una segunda lengua brotaba en mi boca y quería decir cosas que yo no comprendía. Empecé a escribir palabras al azar, a llenar hojas con dibujos inconexos. Algunas noches despertaba fuera de la cama, sentada en el suelo, rodeada de papeles rotos.

La madrugada final llegó con un cataclismo de imágenes y sonidos en mi mente. El aullido ya era mi voz, mi canto, mi grito de renuncia. Me vi caminando hacia el vestíbulo, pero no controlaba mis movimientos: era como si flotara dentro de una cáscara vacía, mirando desde dentro de mis propios ojos. Crucé el pasillo, abrí la puerta principal, bajé las escaleras; la ciudad se extendía vacía y muda bajo la luz sucia de las farolas.

En una esquina, vi a una figura agazapada en la sombra. Me acerqué, sintiendo que el suelo ondulaba bajo mis pies. La forma se puso en pie. Era yo misma, pero el pelo caía desordenado sobre el rostro, y la piel parecía más tirante, casi animal.

Nos miramos por largos segundos. El aullido surgió de ambas gargantas a la vez –un duelo, un eco compartido, un abrazo de desesperación. Sentí que la barrera interna se resquebrajaba; los límites entre yo y ella, entre carne y reflejo, entre humano y bestia, se disiparon como humo.

La memoria se desvaneció entonces. Sé que regresé de alguna forma al apartamento, pero ya no puedo estar segura de quién narra estas líneas.

Ahora, cuando llega la noche, pongo grabadoras, pero los sonidos que recogen me resultan desconocidos. A veces son risas. A veces frases en una lengua sin nombre. Pero siempre, antes del alba, surge un aullido: largo, asfixiante, de una soledad tan perfecta que traspasa las paredes y, sospecho, reverbera en los sueños de los vecinos.

Me miro en el espejo, y a veces parpadeo primero; otras, la figura reflejada es la que me observa, expectante. Y cada vez que el aullido se acerca, siento que algo en mi interior responde con anhelo, como si lo estuviera esperando desde antes de nacer. Como si finalmente estuviera en casa.

Copyrights © 2025 Miedoyhorror.com. Todos los derechos reservados.