Fragmento:
Sirva esta confesión como mi último legado a la razón. Puede que al acabarse el papel empiece yo mismo a desaparecer, no porque me quite la vida–ya no soy dueño de tal privilegio–sino porque aquel que escribe esto no es más que uno de varios ocupantes de este cuerpo, y esta noche el residente más antiguo ha comenzado a levantar la cabeza.
Duración: 09:23
Confieso, caballero, que las líneas que trazo a la luz de este pobre candil no están exentas de la temblorosa inseguridad de quien no sabe ya a cuál de sus recuerdos poner fe. Desde hace mucho tiempo, he sentido desmoronarse los cimientos de mi propia percepción, hasta el punto que me es imposible distinguir el contorno de mi personalidad, tan difuminada como la niebla que rodea la ciénaga cerca de esta exangüe villa. Una vez quise aprehender la verdad de mi ser; ahora temo que ella sea inasible, como una sombra que no deja ser tocada. A quien lea, advierto: la identidad es un velo delgado. Cuando se arranca, bajo el pretexto de una indagación sincera, revela terrores que no deberían ser observados.
Sirva esta confesión como mi último legado a la razón. Puede que al acabarse el papel empiece yo mismo a desaparecer, no porque me quite la vida–ya no soy dueño de tal privilegio–sino porque aquel que escribe esto no es más que uno de varios ocupantes de este cuerpo, y esta noche el residente más antiguo ha comenzado a levantar la cabeza.
Nací Odiseo Vernier bajo los techos sombríos de la mansión Abalón, en las afueras de Dorsay. Me crié entre sombras y ventiscas, escuchando desde la infancia, mudo tras las cortinas, el tropel de los fantasmas familiares que poblaban la mansión–al menos, eso aseguraban los sirvientes, incapaces de soportar más de un invierno en la casa, incluso con el incentivo del oro. La realidad era que el verdadero espectro aquí era yo mismo. Desde la niñez se me escapaban horas enteras del recuerdo; mi nana, una vieja francesa devota del laúd y los mitos, solía decirme: “Mon petit, hay lugares en tu cabeza donde ni tú deberías entrar con linterna.”
Pasaron los años, la casa quedó vacía tras la epidemia, y vine a heredarla en mi sóla juventud. Con la herencia de la soledad, nacieron conversaciones pueriles: voces dentro del espejo, susurros en la madera, y un reflejo que a veces no me devolvía la expresión que deseaba. Pero eran nimiedades hasta la llegada de la carta del doctor Pomaret, aquel psicólogo amigo de la familia, que en su tono clínico mezclaba simpatía y algidez: “Odiseo, la mente es una mansión con más habitaciones de las que el propio dueño conoce”.
Sintiéndome presa de una disociación suave pero constante, acepté su invitación y pasé un verano bajo su escrutinio. Pomaret era hombre grave, de rostro abisal y voz hipnótica, y sus métodos, si bien ortodoxos en apariencia, rayaban en el ocultismo. Bajo su guía exploré sueños, recuerdos y trastabilleos de mi memoria. Fue él quien primero pronunció la palabra “fragmento”.
“¿Fragmento?”, pregunté una noche, mientras la tormenta destilaba agua sobre los cristales y el fuego del hogar contaba historias de ruina. “Fragmento, querido Odiseo, es la única manera de nombrar lo que permanece en ti: trozos, pedazos de afectos, deseos y recuerdos que no forman un todo. Me temo que no eres una tela; eres un mosaico.”
Aquella noche, cuando regresé a Abalón, la casa me pareció más vasta. Cada salón una mente, cada corredor un pensamiento clausurado, y –sobre todo– en el vestíbulo, junto al gran espejo dorado, sentí un peso frío. Como si algo, no yo, se mirara a través de esos ojos.
El tercer día tras mi retorno, me descubrí recitando frases en latín sin jamás haberlas aprendido. Bebía aguardiente a las tres, luego me sorprendía amaneciendo desnudo en las escaleras, con los pies cubiertos de barro. Recibí cartas dirigidas a “Septimus Vernier” y “Isidoro Van Ghelen”, escritas con mi caligrafía, firmadas con mi nombre y sello. Fue tan solo el principio.
Las jornadas eran lagos turbios. Me refugié en el estudio tratando de ordenar la correspondencia, encontrar pruebas de mi desdoblamiento. En mi diario, página tras página, la letra cambiaba de inclinación, la prosa volvía arcaica, luego pueril. Encontré fragmentos de poemas en alemán, dibujos infantiles, instrucciones para abrir la bóveda donde mi abuelo guardaba secretos que ni en mis peores pesadillas quise tocar. Una mañana, desperté con las manos cubiertas de tinta roja; sobre la mesa, la inscripción: "Hoy salgo yo, bastardo."
Pocos días después, llegó Fenton, un antiguo colega de Londres, atraído por mis vacuas cartas de auxilio. “Pálido como la mármol” fue lo primero que dijo al verme. La hospitalidad fue forzada; la conversación, angular. Fenton, hombre de ciencias naturales, requirió pruebas de mi fenómeno. Accedí, convencido de mi propia locura, y juntos pactamos una simple experiencia: cada noche, al sonar las campanas las tres veces, yo debería presentarle una frase acordada, escrita en mi puño y letra. Si alguna noche variaba el mensaje, sería prueba de mi quebranto.
La primera noche, escribí, aún dueño de mí: “El cuervo blanco duerme.” La segunda, amaneció con: “Nieve en la copa del ahorcado.” La tercera, Fenton halló: “Nunca más, nunca aquí.” Y la firma, irreconocible, se había transformado en grotescos arabescos. Fenton, atemorizado, quiso marcharse, pero esa noche abrieron las ventanas, y la ventisca trajo consigo ecos de risa. Voces. La suya y la mía. Pero también la de otros, más secos, infantiles, crueles.
Me convencí de que la mansión albergaba no ya los fantasmas rurales de la imaginación, sino una multitud de yos apilándose tras los muros. Voces que, en la soledad de la noche, discutían entre ellas en lo que yo sólo podía describir como un tribunal infernal. Una vez, al cruzar el corredor de los retratos, sentí un desgarrón: la mitad de mi cuerpo quiso avanzar, la otra permanecer. Después, no recuerdo nada hasta el amanecer, cuando el cuadro sobre la chimenea apareció girado, y mi reflejo, en el espejo jadeante, sonreía con una expresión animal.
Las noches siguientes, supe que habitaba un laberinto sin centro. Cerraba los ojos y al instante me veía —a través de otros ojos— recorrer mi propia casa, husmear entre mis papeles, acariciar el retrato de mi madre y escribir cartas a Pomaret en latín macarrónico. Algunas tardes oía detrás de la biblioteca un llanto hueco; otras, una risa seca que invariablemente terminaba con un golpe, como de cabeza contra madera. Varios días, despertaba con la impresión de haber sido estrangulado; la marca en mi cuello era la firma de mi otro yo.
Cometí el error, entonces, de viajar al sótano, empujado por la insistencia de los susurros. Allá abajo, entre los restos de la Revolución y la peste, encontré una habitación oculta. La puerta sólo encajaba tras decir “Septimus Vernier” en voz alta, y, adentro, sobre una mesa, tres diarios con nombres distintos y fechas superpuestas: uno relataba mis días como estudiante en París; otro, mis juegos de la infancia junto a un hermano que juraría jamás haber tenido; el último, un compendio de fórmulas y rituales, grotesco en su precisión y crudeza.
Fue entonces cuando el horror me alcanzó. No era yo sólo Odiseo Vernier. Era, también, Septimus: un parricida relegado a los márgenes de la memoria familiar. Era también Isidoro: el niño nunca nacido, anhelo de mis padres. Y—si el tercer diario decía la verdad—era el mismo Pomaret: experimentador, manipulador de mi mente, quien había volcado sus propias obsesiones en mi alma como un alquimista que vierte veneno en una copa. En suma, era tres, cuatro, cinco, quizás diecisiete. La casa entera era una jaula de identidades; yo, apenas un eco.
El verdadero terror, sin embargo, llegó cuando sentí extinguirse mi propia conciencia. Es difícil describirlo: la sensación de ser empujado atrás de los ojos, testigo impotente de actos que no deseas, de palabras que tu boca pronuncia y de las que no eres responsable. Una noche, Fenton desapareció; amanecí con una pala mojada de barro y no pude recordar nada. La policía vino y se fue, desinteresada; la mansión era ya conocida por sus excentricidades.
Hoy, cuando escribo esto, siento tras mi hombro la presión de otro. Percibo pensamientos que no son los míos, recuerdos de vidas jamás vividas. Intenté acabar con todo, abrir las venas o el gas; pero siempre, justo cuando la luz se extingue, regresa la lucidez de otro, ajeno, despiadado. El cuerpo sobrevive; la mente es un teatro sangriento en el que los protagonistas tropiezan sobre sus mismas sombras.
Este será mi último testimonio. Quien encuentre estas páginas, sepa: nunca estamos solos dentro de nosotros mismos. Somos tantos como la casa lo permite. Quizá ya no soy yo quien escribe; tal vez ahora, mientras cierra la noche y el viento se cuela por las grietas de Abalón, el verdadero Odiseo esté al fin dormido y yo, el otro, por fin tenga las manos libres. Le ruego, lector, que si desea mantener su integridad, su cordura y su nimia felicidad, jamás indague demasiado profundamente en su propio ser. Porque tras el rostro con que saludamos al mundo se ocultan miles de otros, esperando la noche para surgir. Nadie habita solo su cráneo. Nadie.
Y ahora, la tinta se apaga y la vela también. Oigo que alguien sube las escaleras. No sé si he de darle la bienvenida, o si soy yo quien está a punto de abrir la puerta. Pero tal vez, al final, el rostro con que me despediré de este mundo no es el mío después de todo.
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