Portada del relato Largas sombras sobre la granja Huxley
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Fragmento:


Cuando empecé a trabajar en la granja Huxley, ya llevaba una temporada larga huyendo de cosas que no podría nombrar entre gente civilizada. Mi ex mujer decía que odiaba el campo y los animales, pero la verdad es que lo único que odio es quedarme sin rumbo, con las manos ociosas, los bolsillos vacíos y el estómago rugiendo. Así que cuando el señor Prentiss, capataz del lugar, me recogió en el pueblo y me ofreció trabajo, ni pregunté el sueldo.

Duración: 09:15

Largas sombras sobre la granja Huxley
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Texto de ajuste de pausa.

Cuando empecé a trabajar en la granja Huxley, ya llevaba una temporada larga huyendo de cosas que no podría nombrar entre gente civilizada. Mi ex mujer decía que odiaba el campo y los animales, pero la verdad es que lo único que odio es quedarme sin rumbo, con las manos ociosas, los bolsillos vacíos y el estómago rugiendo. Así que cuando el señor Prentiss, capataz del lugar, me recogió en el pueblo y me ofreció trabajo, ni pregunté el sueldo.

La granja quedaba al final de una carretera de grava, allí donde solo los cuervos y las tormentas sabían volver. La casa principal era de madera apolillada, tan torcida por los inviernos que parecía retorcida en una mueca de angustia, y el resto de las construcciones, graneros, cobertizos y silos oxidados, se diseminaba por las hectáreas de campo como huesos desordenados.

El primer día, Prentiss dejó claro lo esencial.

—No salgas de la casa después de las once. —Dijo, con sus ojos como cuentas negras fijas en los míos—. No mires hacia el campo si escuchas golpes o cantos. Y si ves luces, cierra las cortinas y reza lo que sepas.

No era el tipo de advertencia que uno espera en un lugar donde el mayor peligro debería ser un toro con mal carácter. Empecé a sospechar que la paga iba en relación directa a lo que esperaban que uno ignorara.

Había otros cuatro jornaleros alojados en la casa. Apenas hablaban y sus rostros eran semejantes a troncos secos, con arrugas profundas y grietas. Comían en silencio, dormían temprano y todos, absolutamente todos, echaban la tranca a su puerta al dar las once. Las noches, entonces, eran infinitas y el viento entre los maizales mecía los tallos como un mar oscuro, murmurando palabras que nunca aprendí.

Los días eran trabajo duro. Ayudar con el ganado, limpiar fosas, recoger los huevos de las gallinas (aunque el gallinero siempre parecía tener menos huevos de los que una docena de gallinas debería poner) y mantener los campos libres de malas hierbas. Prentiss no se acercaba al silo del este, y cuando lo mencioné, los otros bacharon la cabeza.

—Aquí nadie va al silo después de que anochezca —dijo un viejo, Rourke se llamaba—. Si te mandan, ve de día. Y cuidado con lo que recoges entre el pasto alto.

Empecé a notar detalles extraños. El ganado, por ejemplo, eludía ciertas áreas del terreno incluso cuando tenían hambre. Encontré tres terneros muertos en la misma semana; los cuerpos estaban abiertos como por navaja, pero ni una gota de sangre bajo ellos. Los cuervos hacían banquete del resto, aunque algunos se desplomaban muertos, los picos partidos, las tripas fuera, antes de terminar el festín.

Una tarde, mientras buscaba una pala extraviada detrás del establo, vi a Prentiss inclinado sobre el pozo seco. Le hablaba a algo en el fondo, en voz baja, como quien arrulla a un bebé o susurra a una criatura fiera que no debe despertar. Me escondí y, al rato, él se incorporó, recogió una figura de palo amarrada con cuerda y la colgó en la cerca, al norte de la propiedad. Sin darme cuenta, una náusea espesa trepó desde mi estómago.

Las noches seguían pesando. Despertaba bañado en sudor aunque el frío helara los cristales. A veces, sentía un golpe seco en la ventana, como si un ave enorme se estrellara sin descanso, aunque no quedaba rastro al amanecer. Otras, escuchaba campanas lejanas, tan tristes y huecas como un rezo apagado. En una ocasión, juraría haber visto una silueta demasiado flaca, imposible para un hombre, aparecer unos segundos al borde del campo antes de desvanecerse entre los tallos.

Prentiss repetía sus reglas a la menor oportunidad y añadió una, tras encontrarme merodeando demasiado cerca del silo al anochecer: —Si sientes que algo te invita a entrar en el campo, no vayas.

Me habría reído unos meses antes, pero ya nada me resultaba gracioso en Huxley.

El sábado antes de la cosecha, vino la tormenta. El cielo se puso tan negro que parecía que el mundo estuviera por ser devorado, y el viento arrastró olor a tierra podrida, a animal muerto y a agua estancada. Los jornaleros se juntaron en la sala, apretados como pollos asustados. La vieja radio crujía con estática. El reloj marcaba las diez y media cuando comenzó.

Debajo de los truenos, llegó otra clase de sonido: un canto ronco, gutural, que venía desde el maizal del este. Daba la impresión de que cientos de gargantas sin lengua murmuraban al unísono una letanía sin sentido. El aire mismo vibraba con cada nota. El sonido me llenó la cabeza de imágenes: raíces descarnadas cruzando huesos, gusanos ciegos devorando corazones latiendo, rostros hinchados en la tierra, todos mirándome hacia arriba.

A Prentiss le temblaban las manos. Sacó del aparador una caja de puros oscura e hizo tres marcas en la puerta con una navaja afilada.

—No importa lo que escuchen ni quién llame. —Nos miró con una súplica impensada en su voz seca—. Aguanten hasta el amanecer.

A las once en punto, los golpes en las ventanas empezaron. Primero suaves como lluvia, luego más fuertes, rítmicos, calculados. En el silencio entre golpe y golpe, a veces, oíamos el crepitar de pasos pesados en la grava y el arrastre de algo húmedo, que no podía ser humano.

De pronto, la puerta trasera tembló. No era viento; de eso estoy seguro. Algo empujaba, probaba la cerradura y raspaba la madera. Vi los nudillos —si es que eso podía llamarse nudillos— asomar entre la rendija: eran largos, grises, pelados, segmentos de hueso cubiertos de membrana como tela de araña manchada de óleo. Los otros, en la sala, se cubrieron la cara, balbuceando plegarias.

Afuera, entre los rayos, la hierba estaba viva. Me costó comprenderlo. No era el viento. La hierba negra se agitaba alrededor de la casa, se alzaba, giraba y azotaba la madera como un mar enloquecido. Entre los tallos, formas se arrastraban, más largas que cualquier animal, hechas de ramas, podridas y retorcidas, entremezcladas con jirones de cuerpo humano.

Vi los rostros. Vi la cara de una mujer vieja, sin ojos, abrir la boca y cantar; luego de un niño sin lengua, su boca negra de tierra, murmurando sílabas antiguas. Vi un brazo ingrávido reptar por el campo y, cuando la tormenta resplandeció, noté que estaba hecho de raíces y piel cosida, negro de moho.

Los otros jornaleros chillaron cuando la sala se llenó de olor a humus nauseabundo. Prentiss, en el rincón, arrojó sal en un círculo y derramó whiskey en la chimenea. El fuego se encendió, crepitando azul, pero no sirvió para mitigar la presencia que asediaba la casa.

Y entonces, la puerta por fin cedió.

No fue un estrépito, sino un gemido viejo y cansado. El aire se llenó de partículas densas como polvo funerario. La forma que cruzó el umbral era la suma de muchas cosas: carne, madera y sombra. Caminaba con dificultad, como arrastrándose sobre huesos rotos, pero cada paso llenaba la casa de una certeza maldita: Huxley nunca había dejado de cobrar su precio.

El viejo Rourke intentó huir y algo lo alcanzó. No vi qué. Cuando me giré, ya no estaba. El otro jornalero, uno joven, se quedó paralizado, con lágrimas negras corriéndole por la cara. La forma le habló en voz antigua y el chico cayó de rodillas, besó el suelo y se disolvió entre grietas que antes no estaban allí.

Apreté los ojos. El canto subía y subía. Sentí raíces aferrándome los tobillos, frías y anhelantes, hundiéndome. Vi mi vida pasar: mi nacimiento, mis errores, todo manchado de tierra oscura.

Me aferro a la única defensa que aprendí: cierro la mente. Repito el nombre de mi hijo, de mi mujer, de los días luminosos, martillo los recuerdos vivos contra la negrura. Siento las garras en mi carne, el hedor de siglos, pero no cedo.

Por un minuto eterno, el mundo es tan solo viento y canto de ultratumba.

Alguien me sacude. Abro los ojos. El amanecer ha rosa el horizonte. La sala está llena de polvo y huesos. Ni rastro de los demás.

Salvo Prentiss, recostado contra la puerta, muerto, la cara tallada en una sonrisa de alivio o locura, o ambas. El círculo de sal se ha evaporado, el whiskey es solo mancha.

Camino tambaleante hacia afuera. El campo es puro silencio, las plantas se inclinan de forma antinatural, mirando alrededor como perros desorientados. El sol filtra apenas, pero el día ayuda.

No regreso a la casa. Ando, y ando, hasta que por fin el polvo y los árboles me tragan y llego al pueblo, con la ropa apestando a lo innombrable.

Cada noche, en sueños, siento la hierba negra ondulando bajo mi cama. Sé, en el fondo, que lo que acecha en los campos nunca permanece confinado mucho tiempo en la tierra. Sé que algún día tendré que volver para hacerme uno con el barro y las raíces, y entonces, cantaré también bajo la luna.

Hasta entonces, rezo lo que sé. Aunque no me escuchen. Aquí, lejos de Huxley, ya las sombras crecen, y la canción, poco a poco, me llama.

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