Fragmento:
El ruido se repitió, más fuerte. No era un animal, ni el crujido habitual de la madera podrida o las raíces presionando bajo tierra. Había un ritmo: una suerte de lamento gris, apagado y tenaz. Germán se incorporó despacio, con las piernas pesadas y la mano temblando sobre la linterna. Descendió los cinco escalones, húmedos y resbaladizos, hasta que el frescor del sótano se tragó casi todo el sonido.
Duración: 09:40
La calima enturbiaba el aire tan pronto como la tarde caía, convirtiendo el pueblo de Esquileo en un susurro lejano, una mancha apagada en mitad de la planicie agria. El olor a tierra húmeda se filtraba bajo las puertas y por entre las rendijas de las ventanas desvencijadas, transportando consigo mensajes para aquellos que aún se atrevían a recordar. El viento no era limpio; arrastraba jirones de humedad y algo más, invisible, que a veces apretaba el pecho como una mano fría.
Sólo Germán seguía habitando la vieja casa de los Fraile, plantada al borde de la ciénaga. Había pasado allí la mayor parte de sus cuarenta y seis años, recibiendo la amplitud del horizonte como única promesa. Había pasado ya demasiado tiempo desde la última vez que alguien visitó la iglesia o usó la estación abandonada. Apenas algún perro flaco se internaba, de tanto en tanto, hasta perderse por los sembrados que circundaban la charca y sus sauces. Nadie iba ya hasta su casa. Nadie quería mirar los páramos en que se había convertido Esquileo.
La casa, de piedra enferma y tejado picado de musgo, parecía respirar con su dueña. El suelo de la cocina tenía losas rotas, debajo de las cuales crecían raíces viejas y viscosas. El salón era una jaula de fotos sepia y muebles podridos. Solo una linterna, vieja y con la pantalla opaca, iluminaba las noches interminables.
Germán sentía el cansancio antiguo de los que han olvidado incluso el alivio del llanto. Su esposa se había marchado a Ciudad Real diez años atrás, llevándose consigo la risa de sus hijos –¿o era la risa de su hija, o simplemente el sonido de una radio olvidada?– y el tiempo desde entonces no era más que una sucesión de días iguales, ladrillo tras ladrillo en un muro de negrura.
Aquella tarde había una calma antinatural. Tras el almuerzo, cuando el sol apenas adivinaba sobre el lomo de la ciénaga, Germán oyó algo: un roce, casi un quejido, proveniente del sótano. El sótano, pensó, sabiendo que sólo se aventuraba allí para tirar bolsas de basura o revisar viejas herramientas. Nada bueno salía del sótano.
El ruido se repitió, más fuerte. No era un animal, ni el crujido habitual de la madera podrida o las raíces presionando bajo tierra. Había un ritmo: una suerte de lamento gris, apagado y tenaz. Germán se incorporó despacio, con las piernas pesadas y la mano temblando sobre la linterna. Descendió los cinco escalones, húmedos y resbaladizos, hasta que el frescor del sótano se tragó casi todo el sonido.
Abajo, las cajas húmedas estaban temblando. Una bolsa negra sobresalía de entre los trastos: la de su última mudanza, la que contenía ropas viejas de cuando aún había niños en casa. El ruido provenía de allí.
Germán se acercó y, sin saber por qué, la abrió. De la bolsa rodaron unas chaquetas, un peluche sin oreja, y algo más: un mechón de pelo oscuro, todavía húmedo. Lo levantó con dos dedos. Olía a tierra removida. Entonces el sótano susurró. Era una voz, dulce y lejana, la de su madre quizás, aunque los ojos de Germán se llenaron de una tristeza casi infantil. Le oía llorar, igual que cuando era niño, cuando la ira de los Fraile se abatía sobre él como la tormenta.
El mechón titiló y se deshizo en agua negra que se resbaló entre sus dedos y se sumó al charco que crecía bajo los escalones. Al mirar hacia la penumbra vio lo imposible: debajo de la losa, el agua subía, hinchando la raíz madre del viejo sauce plantado junto a la ciénaga medio siglo atrás.
Sintió entonces el peso del pasado como nunca antes: la voz de su padre, maciza, siempre hiriendo; la risa de su hermano menor, apagada en la niebla de la memoria. Su mente, cansada y resquebrajada por la soledad, dejó escapar un sollozo. Subió, huyendo del espectro de esos recuerdos, y cerró el sótano con doble vuelta.
Las horas siguientes, Germán fumó en la penumbra del porche. La noche llegó pronto, anunciando la lluvia. Relámpagos lejanos iluminaban de vez en cuando el contorno de la ciénaga. Eso, pensó, era lo que quedaba: la casa, el sauce, el agua negra, y un rumor de cosas perdidas que se negaban a morir.
No durmió. Cuando los primeros goterones empezaron a caer, la tristeza adquirió cuerpo: recordaba el funeral de su hermanita, la pala abriendo la tierra justo en esa esquina del cementerio donde el agua asomaba siempre en primavera. Recordó ver, en el barro que rezumaba de la fosa, una forma parecida a una mano, nudosa y oscura, que la tierra, siempre ávida, había devorado enseguida. Los Fraile nunca hablaban de ello. La única que, a veces, en las noches de fiebre, murmuraba al respecto era la abuela: “El agua lo ve todo, el agua nunca olvida”.
Cerca de la medianoche, la linterna se apagó y Germán se refugió bajo la manta, como un crío. De pronto, un golpe sordo retumbó en la puerta principal. Se levantó, tembloroso, temiendo un animal o quizás el viento, pero lo que vio fue mucho peor: la madera de la puerta chorreaba savia negra, espesa como alquitrán. Retrocedió, sintiendo cómo el corazón martilleaba en su pecho y la boca se le llenaba de tierra amarga.
—¿Quién anda ahí? —su voz sonó ridícula, hueca.
Por toda respuesta, el silencio.
Se atrevió a mirar por la mirilla: no había nadie, salvo la forma encorvada del viejo sauce, agitándose como un espectro contra la lluvia. Podía jurar que los brazos del árbol eran ahora más largos, que rozaban casi el alero.
Sintió entonces la fatiga total, la certidumbre de que ya no había escape. Recordó la voz de su madre: “Mientras quede uno de los Fraile en la casa, la pena no se irá nunca”.
La savia seguía manando; ahora rezumaba también de las paredes y de las grietas en el suelo. Germán cayó de rodillas, incapaz ya de sollozar.
De pronto, la linterna parpadeó sin estar encendida y proyectó una sombra, grande y amorfa, que cubrió toda la habitación. Y en el centro de esa sombra apareció el rostro de su padre, cruel y monstruoso, multiplicado hasta el infinito en mil gestos de desaprobación y odio. La voz le susurró, desde el sauce y desde el agua de la ciénaga: “Nada muere en esta casa, hijo. Solamente cambiamos de forma”.
El olor a humedad lo inundó todo. Germán gritó, pero la noche se tragó su voz, como el agua tragaba siempre lo que la familia Fraile arrojaba a la ciénaga, generación tras generación: ropa, juguetes, animales muertos, secretos y, quizás, hasta niños.
Cerró los ojos, esperando que el terror se disipara, pero algo frío le rozó el tobillo. Notó que, en la oscuridad, el agua subía lentamente hasta invadir las habitaciones. Y supo, con un horror silencioso, que aquello no era solo una inundación sino una llamada; el agua le buscaba, pretendía envolverle, disolver el último vestigio de quienes allí vivieron y arrastrar su memoria a un fondo más viejo y profundo, donde ni siquiera los nombres cuentan ya.
El sauce golpeó la ventana, y esta vez no se limitó a agitarse con el viento: una rama fina penetró por el cristal, reptando como un dedo huesudo hacia su cara. Germán retrocedió y tropezó con la mecedora de su abuela, que comenzó a balancearse sola, emitiendo un chirrido enfermizo que se confundía con un llanto apagado.
Por las paredes, las viejas fotos de familia comenzaron a oscilar —sus caras, borrosas e hinchadas por la humedad, observaban con la resignación de quienes han visto, una y otra vez, repetirse el mismo destino trágico—. Sintió entonces que era el último, el último Fraile aferrado a una idea de refugio imposible.
El agua, densa y negra, le llegaba ya a la cintura. La tristeza era completa; ninguna esperanza, ni siquiera la ira de antaño, era suficiente para combatir esa negrura. Aceptó, en un instante de lúcida desesperación, que la casa, el árbol, la ciénaga y su herencia eran una sola cosa, una pena que nunca se sacia, que corroe desde dentro como los hongos devoran una raíz.
El rumor del agua se convirtió en un susurro infinito. Imágenes de su infancia, de las voces que marcaron sus días, desaparecieron una tras otra, disolviéndose en la corriente. Miró al sauce, que ahora asomaba una forma humana —quizás el rostro podrido de su padre, o el de todos los Fraile juntos— y ya no sintió rabia, solo un peso demoledor, una nube negra que le aplastaba el espíritu hasta reducirlo a un pliegue insignificante.
La última imagen que cruzó sus pensamientos fue la de su hermanita, arrastrando el vestido blanco por la orilla de la ciénaga, mientras la abuela, desde la ventana, rezaba palabras sin sentido. La pena, como el agua, era algo que no se podía vaciar, solo se transformaba, subiendo desde la raíz y buscando otra carne a la que adherirse.
No hubo gritos; solo la casa, hundiéndose poco a poco, perdiéndose en la bruma de la ciénaga, quedando en silencio para siempre, hasta que las lluvias la devoraron o hasta que algún otro pobre diablo, descendiente o forastero, viniera a escuchar los susurros del agua, ignorando las advertencias, ignorando la tristeza, y abriera las puertas de la herencia para siempre.
Al día siguiente, un cielo de una tristeza casi insoportable cubría Esquileo. La ciénaga había crecido, tragándose la vieja casa de los Fraile, y sólo el sauce seguía en pie, acechando, paciente, la llegada de otro invierno y otra víctima.
Y así, hasta que la pena encuentrara, bajo otra lluvia, a quién abrazar de nuevo.
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