Fragmento:
Desde hace tiempo, algo innombrable se esconde entre los surcos resecos de los maizales de Roque Mera. No apareció de golpe, como una herida abierta en la tierra, ni bajó con estrépito como tormenta, sino que creció lenta y subrepticiamente, como el moho entre las piedras frías, avanzando cada noche un palmo más. Nadie en el caserío quería hablar de ello, y, sin embargo, no había un alma que no supiera que allí estaba.
Duración: 11:00
Desde hace tiempo, algo innombrable se esconde entre los surcos resecos de los maizales de Roque Mera. No apareció de golpe, como una herida abierta en la tierra, ni bajó con estrépito como tormenta, sino que creció lenta y subrepticiamente, como el moho entre las piedras frías, avanzando cada noche un palmo más. Nadie en el caserío quería hablar de ello, y, sin embargo, no había un alma que no supiera que allí estaba.
Me llamo Adrián Gómez y soy de esos que no creen hasta verlo. Regresé a la aldea por pura necesidad, tras la muerte de mi madre, con la intención de vender la casa y largarme para siempre. Recuerdo que la última vez que vi el pueblo era un chiquillo, y ya entonces olía a podredumbre y polvo. Ahora, veinte años después, encontré las tapias desconchadas, la maleza invadiendo los senderos y los viejos huidizos, con la mirada clavada en el suelo o en sus propias manos.
El día que llegué, una bruma espesa cubría las eras, y el sol apenas lograba abrirse paso entre la nube dorada de grano que flotaba en el aire. Marta, mi prima, fue la primera en advertirme: “Adrián, no andes de noche por los maizales. Y si oyes voces, tápate los oídos. No repitas nada, aunque parezca la voz de tu madre”. Reí, claro, creyendo que intentaba asustarme. Pero la seriedad de sus ojos, el modo en que agitaba el rosario en los dedos, se me quedó grabado.
Esa misma tarde, pasada la hora de la siesta, me encaminé hacia la vieja parcela familiar. Allí, entre los surcos, la tierra parecía distinta: seca, sí, pero cubierta por una leve pelusa blanca, como si la helada hubiese caído fuera de temporada. Agachándome, recogí un puñado con dedos temblorosos. El polvo no era escarcha: su olor era dulzón, repulsivo, y los granos parecían moverse cuando los apretaba. Se deslizaban, como algo vivo.
No fui el único que lo notó. De la bodega salió don Ismael, un gañán de ceño perpetuamente fruncido. “No toques eso, muchacho”, me aconsejó, y escupió al suelo, como para conjurar una maldición. Pero su advertencia sonaba más a ruego que a orden. Esa noche, el polvo cubrió mi cama, mis mudas, hasta mi piel. Me desperté rascándome, los ojos hinchados y la lengua reseca. Salí al patio y hallé a Marta arrodillada, murmurando palabras que se deshacían al escucharlas. El aire viciado vibraba con algo parecido a un zumbido, como enjambres de insectos frotando alas invisibles.
A la mañana siguiente, alguien había colgado, en la tapia que dividía nuestra finca de la del vecino, un letrero rústico que rezaba: “PROHIBIDO PASAR. ENFERMEDAD NO NOMBRADA”. No era letra de nadie del pueblo; la caligrafía era extraña, irregular, y cada línea parecía escrita por una mano diferente. Sin embargo, todos lo obedecían. Nadie pasaba. Nadie mencionaba el porqué, solo repetían la advertencia: “Si escuchas, no hables; si ves, cierra los ojos”.
Me intrigaba la rigidez con la que respetaban esa frontera imaginaria. Así que una madrugada, cuando la luna era un corte pálido sobre los surcos, me escabullí por detrás del granero, cruzando la tapia. El polvo era más grueso, casi ceniza, y la maleza formaba una maraña sin hojas. Los maizales, del otro lado, no mostraban mazorcas, sólo cañas retorcidas, tan secas que parecía que cualquier roce las haría crujir en mil astillas.
Entonces lo oí: la voz de mi madre. Al principio, un murmullo débil, luego insistente, como susurros caminando entre los tallos muertos. “Adrián, hijo… vuelve… aquí estoy”. Me detuve, el corazón golpeando en la garganta. “Madre murió”, me dije, pero aún así mis pies avanzaron. El aire palpitaba, cargado de una humedad imposible. Las palabras vibraban en mi pecho, repitiendo frases veladas, ininteligibles, repetidas como mantras.
Vi una sombra deslizarse entre las plantas. Era baja, embozada, imposible de enfocar. Algo en tu interior te dice que no debe ser nombrada; tenía la silueta reconocible de un ser querido, pero rostro y formas mutaban, fundidas en el parpadeo entre dos latidos. El susurro cambió, arrastrando palabras que se volvían aire caliente en mis oídos, un idioma nacido para no ser aprendido jamás.
Desperté tendido entre terrones, las manos ensangrentadas de arañazos. Al volver al pueblo, nadie preguntó. Tan solo la mirada de Marta, cargada de una lástima infinita y miedo. Sentí ganas de hablarle, pero me detuve: las palabras acudían a mi lengua en otro tono, irreconocibles, flotando como ecos de lo que escuché allí fuera.
En los días siguientes, aquel polvo se colaba por todas partes. Los rostros comenzaron a oscurecerse; la piel de los ancianos se cubría de ronchas, infantiles tumores informes. Algunos comenzaron a perder dientes, otros decían palabras absurdas, nombres de cosas que nadie reconocía. Pronto todos sentíamos la urgencia de limpiar, de rasparnos los poros, de toser. Pero las manos estaban siempre sucias, al igual que la lengua: las frases al salir adquirían un ritmo malsano, como una oración invertida.
El primer fallecido fue don Ismael. Lo hallaron en el silo, rodeado de ese polvillo y una sonrisa rígida, como si hubiese entendido el chiste cruel de la vida al fin. Nadie tocó el cuerpo, pero todos asistimos al entierro, y una niebla espesa nos cubría a todos mientras se lanzaba la tierra encima del ataúd. Marta apretaba mi mano y murmuraba: “No escuches. No repitas. No te lleves nada contigo”.
Me pregunté entonces quién había escrito las advertencias en la tapia, quién conocía el nombre de aquella enfermedad nunca dicha. Quizá alguien del pueblo vencido, o algún viajero. Empecé a notar que llegaban camiones, descargando cajas de medicamentos sin etiqueta, y que de la capital bajaban funcionarios con caras grises, que intentaban en vano interrogar a los vecinos. Nadie respondía. Nadie admitía sufrir nada. Solo el polvo seguía creciendo, más denso, cubriéndolo todo.
Una noche, desperté con la certeza de que algo me estaba observando. Desde la ventana vi siluetas. No caminaban: oscilaban con el viento, inclinándose apenas, como espantapájaros mal puestos, pero más oscuras que la propia noche. Eran figuras conocidas, pero desenfocadas, con ojos apagados que brillaban un instante si se les miraba de reojo.
Al día siguiente, la primera desaparición: la niña Lourdes, apenas nueve años. “No se debe llamar por quien se ha ido”, sentenció la abuela de Marta, y nadie buscó a la niña. Pero un rumor recorrió el caserío: la habían visto de noche, entre los maizales, arrastrando palabras antiguas, como si memorizara el idioma del polvo.
El estruendo llegó por la radio, que a veces sintonizaba la emisora de la ciudad: “No viajen a Roque Mera. No hay peligro viral. Es una simple cuarentena preventiva por cuestiones sanitarias”. Pero allí, en la cocina, todos sabían que la maldición no era contagiosa a la manera de los virus, sino a la de los secretos. Quien escuchaba, quien repetía, quien pronunciaba el eco de la trampa quedaba marcado.
Quebré mi silencio por fin cuando traté de llamar a la policía. Balbuceé palabras inconexas, mezclando nombres de herramientas y blasfemias. Mi memoria parecía descomponerse. Fui a la taberna desesperado y traté de alertar a los otros. No pude: las frases caían pudriéndose al salir, mudas, ajadas, incongruentes.
Una noche, Marta confesó en voz baja: “La abuela dice que esto empezó cuando los del norte trajeron semillas nuevas, hace años. Dicen que no se deben sembrar cosas sin nombre, ni aceptar regalos de forasteros”. Miré sus ojos y vi en ellos la desolación del ganado acorralado. Comprendí que la censura venía de dentro: nadie podía advertir a los forasteros porque no había palabras, y porque todo lo que se decía se infectaba, como si la lengua y el oído fueran portadores.
Pasaron los días como un tren vacío cada vez más lento. El periódico dejó de llegar, y el médico, al advertir el panorama, se marchó en el crepúsculo sin siquiera despedirse. Entonces el polvo se volvió más que un síntoma: se volvió voluntad, presencia. Se agolpaba en las bocas, cegaba ojos, obstruía el pozo.
Marta enfermó. Dejaba de hablar en ocasiones, y cuando lo hacía, su voz se alargaba en sílabas pegajosas, desprendiendo un rumor que me helaba la sangre. Me rogó que la ayudara a salir del pueblo. Hicimos la maleta una noche, pero el coche no arrancó: los neumáticos, cubiertos de polvo hasta el buje, chirriaban pero no avanzaban ni un centímetro. El teléfono estaba muerto. Los relojes giraban en espiral, marcando horas muertas, nunca la presente.
Desperté, muchas madrugadas después, con la boca llena de aquel polvo viscoso y la lengua incapaz de pronunciar mi nombre. Escribí, a ciegas, en las paredes de la casa frases advertencia, palabras que lograba recordar. Pero al leerlas, mutaban, se retorcían como gusanos, ilegibles incluso para mi propio entendimiento. El único mensaje que conservaba sentido era el de la tapia: “PROHIBIDO PASAR. ENFERMEDAD NO NOMBRADA”.
Una última noche, decidí cruzar de nuevo la línea. Marta, postrada, apenas respiraba. Me lancé entre los maizales, siguiendo el arrullo de las voces, dispuesto a enfrentar a quien fuera. Encontré, en el ojo del polvo, una figura indistinta. Me tendió los brazos con la voz de mi madre, luego con la de Lourdes, y al final, con mi propio timbre creciendo en resonancia dentro de mi cráneo: “No repitas. No lleves. No salgas”.
Comprendí entonces la peor condena: el contagio era del silencio y el olvido, de palabras podridas que se reproducen solas. Si salgo, lo llevo conmigo aunque no quiera, como nube marchita plantando su semilla negra en otra tierra. Si hablo, enfermo a quien escucha. Si escribo, vierto el polvo en cada sílaba.
Ahora, escribo esto con los dedos manchados y los pulmones llenos, sabiendo que ni la ciudad ni nadie de afuera comprenderá el peligro que late entre los surcos. No puedo advertir de otra forma: el mejor remedio es callar, olvidar, y dejar que el polvo me cubra la lengua para siempre. Si llegas aquí algún día, y encuentras una tapia y un letrero maldito, cumple la advertencia: da la vuelta. Nadie recuerda haber enfermado; sólo saben que lo están.
Y, aunque nada quede por escuchar, a veces el viento trae un murmullo viejo, reptando entre las cañas muertas, pidiendo ser repetido, propagando otro brote de olvido. No admitas nunca haberlo oído. No hables de ello. No des nombres. No existas.
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