Portada del relato La semilla en la casa del páramo
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Fragmento:


En la cuarta noche, desperté sobresaltado por tres golpes secos en la ventana. Me asomé, con la torpeza de quien teme lo que busca, pero no vi sino mis propias facciones, fantasmales y descompuestas, en el vidrio. Ya bien despierto, sentí que algo, o alguien, rondaba la periferia de la casa; pasos ásperos, más como el roce de raíces sobre grava que como los de un ser humano. No era posible que Inés se paseara a esas horas ni que ningún aldeano hubiera ido tan lejos sólo para turbar mi sueño.

Duración: 10:34

La semilla en la casa del páramo
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Texto de ajuste de pausa.

Al borde del páramo, donde la niebla se adhiere con tenacidad a las jaras y el viento bate contra la piedra como el suspiro de un moribundo, se erguía la casa de los Ochoa. Era un edificio vetusto, cuadrado, de gruesos muros que las lluvias no habían conseguido enflaquecer ni las heladas desmigajar. Por las ventanas, en ciertos atardeceres, asomaba el crepúsculo como una lengua, indecisa y viscosa, y quemaba los cuadros antiguos de los antepasados, a quienes nadie recordaba ni tampoco interpelaba.

En esta casa, donde mil rumores de tragedias circulaban por los pueblos cercanos, recalé yo, Andrés Gustavo Prado, por mandato casi caprichoso del azar. Iba buscando la quietud después del desastre: una vida urbana destrozada, el aire viciado de la ciudad, y esas debilidades de la mente que sólo los médicos dicen comprender. Buscaba sobrevivir, darme la oportunidad de un silencio que mi corazón rogaba y mis costumbres no podían concederme sin exilio.

La casa había pertenecido, por generaciones, a la rama materna de unos parientes lejanos, y sólo vivía en ella Inés, una mujer de edad imprecisa, con la voz aspera de los helechos y el andar vehemente de quien se ha acostumbrado a abrirse paso entre cardos. Inés me miró, en mi primer día, con cierta compasión y un desdén apenas disimulado. La traté con respeto y no me atreví a hurgar en su historia ni en la de la casa. Bastó que me indicara mi habitación, con su ventana orientada hacia la ciénaga, para que yo decidiera que estaba, en efecto, fuera del mundo pero dentro de otra realidad donde la oscuridad parecía más densa y la vigilia más inquietante.

La ciénaga –me di cuenta en mi tercera noche– era el alma no confesada de la casa. Ningún sendero la cruzaba, ni los niños del pueblo ni los pastores se atrevían a cortar camino por sus fangos negros y sus cañaverales retorcidos. Al menor viento, las cañas crujían como articulaciones viejas y la niebla les cosía las copas, dándoles —en ciertas horas, cuando aún no ha llegado la luna— el aspecto de figuras encorvadas, rodillas al pecho, inmóviles en su consejo. Nadie me habló, pero supe, por instinto y por temor, que algo en la ciénaga merecía ese respeto tan silencioso, tan hondo, que la propia Inés la llamaba “el otro lado” y jamás dejaba que los perros se acercaran.

En la cuarta noche, desperté sobresaltado por tres golpes secos en la ventana. Me asomé, con la torpeza de quien teme lo que busca, pero no vi sino mis propias facciones, fantasmales y descompuestas, en el vidrio. Ya bien despierto, sentí que algo, o alguien, rondaba la periferia de la casa; pasos ásperos, más como el roce de raíces sobre grava que como los de un ser humano. No era posible que Inés se paseara a esas horas ni que ningún aldeano hubiera ido tan lejos sólo para turbar mi sueño.

A la mañana siguiente, intenté referirle a Inés mi inquietud, pero me cortó con un “no escuche, no mire” que no admitía réplica. Mientras la observaba preparar café —un líquido turbio y amargo— noté que su mano temblaba al pasar cerca del ventanal. “Aquí,” me dijo, señalando la madera descascarada del alfeizar, donde se veían marcas recientes, “el viento deja garras.” Sus palabras sonaron más a advertencia que a consuelo. Así, decidí que era mejor seguir el consejo y me dediqué a mis lecturas y mis paseos diurnos por el páramo.

Con el paso de los días, fui notando que, al caer la tarde, la atmósfera cambiaba de textura: el aire se volvía prensado y áspero; los objetos dentro de la casa parecían moverse sólo cuando no los miraba; y siempre, siempre, ese rumor sordo de la ciénaga, como un corazón palpitando bajo el fangal. En ocasiones, desde mi habitación, escuchaba los zarpazos del viento o de algo más, que recorría la fachada sur de la casa, donde la piedra estaba más erosionada.

Una tarde, al levantar la pesada cortina del salón —un tapiz raído en tonos mustios— vi a Inés sumida en una suerte de letanía frente a la chimenea apagada. Sus labios se movían sin sonido, y sus ojos brillaban como ascuas guarecidas bajo la ceniza. Sentí un escalofrío, como si la temperatura del aire descendiera varios grados sólo allí, sólo en torno a ella. Cuando me acerqué, susurró una frase, apenas audible: “Ya no hay dónde enterrarlo… ya no hay quién lo olvide.” Presa de una mezcla de curiosidad y recelo, no pregunté nada. Abrí un libro y aguardé, durante largos minutos, a que recuperara su compostura. Luego, se levantó y salió al patio. Por la ventana la vi encaminarse, con lentitud recelosa, hacia la ciénaga. No fue hasta mucho después que advertí que llevaba una pequeña caja de madera, muy antigua, contra el pecho.

No supe más de Inés esa tarde. La noche cortó el páramo como un hachazo, trayendo de regreso los crujidos y suspiros de la ciénaga, esta vez con mayor ferocidad. Me fui a la cama, fingiendo tranquilidad, colmado de esas imágenes extrañas que a veces preceden a los sueños más peligrosos.

Mis sueños fueron un delirio de fango y raíces. Caminaba, sin quererlo, por la ciénaga; mi cuerpo se hundía, pero mis pasos no dejaban marcas. A mi alrededor, las cañas murmuraban palabras sin forma, y el barro me reclamaba para sí, prometiéndome una paz imposible. Cuando desperté, envuelto en sudor frío, la habitación olía a humedad y a tierra removida.

Pasaron tres días sin que volviese a ver a Inés. Una angustia gelatinosa se arremolinó en mi estómago; notaba la presencia de algo no-humano, cerca, acechando desde los límites de la casa. De noche, la ventana era tamborileada más fuerte, y en la madera fresca del alfeizar aparecían nuevas señales: hendiduras largas, cruzadas, como hechas por dedos muy largos o por garras cubiertas de alambre oxidado.

El cuarto día, una tormenta se abatió sobre el páramo. La lluvia era tan densa que oscurecía la tarde antes de tiempo, y el viento, en arremetidas cíclicas, hacía vibrar los cimientos de la casa. Sin embargo, en medio del estruendo, escuché un lamento; no el silbido del aire, sino un lamento humano, ahogado y antiguo. Provenía de la ciénaga, y aunque traté de convencerme de que era el eco de algún animal perdido, la voz tenía una cadencia indiscutible, un ritmo que deshacía cualquier lógica natural.

Al llegar la calma, salí armado de una linterna y un instinto que no sabría calificar de valentía ni de locura. Siguiendo el lamento, avancé hasta el límite del terreno seco. Ante mí, la ciénaga brillaba con un fulgor malsano. La linterna barría la faz del fango, y en un claro, a unos diez pasos, distinguí la figura de Inés. O, mejor dicho, de lo que había con el cuerpo de Inés.

Estaba de rodillas, medio hundida en el limo, y la tierra la abrazaba cada vez más alto. Sus brazos se agitaban como queriendo apartar la marea ascendente, pero parecía sumida en una pugna desigual. Cuando me acerqué, con pasos lentísimos, escuché lo que musitaba: una palabra, una y otra vez. “Regresa… regresa…” Entonces, vi la caja abierta sobre el fango, y en la caja, algo que no sabía si era raíz o muñón, húmedo y oscuro como un corazón mal formado. De pronto, el viento calló en seco y sólo quedó el eco de la palabra, vibrando entre las cañas.

Inés me miró. Sus ojos estaban cubiertos de una fina película lechosa, como si la ciénaga misma reclamara su mirada para sí. Alargó la mano —cuya piel ya parecía de otro color, y otra textura— y me suplicó que la ayudara a tapar la caja. Me incliné, y en un acto sin voluntad propia, cubrí aquello con la tierra húmeda, presionando hasta que el barro la sepultó por completo. Inés se desplomó y en su caída apenas murmuró: “Siempre vuelve.”

Logré arrastrarla, semiconsciente, hasta la casa, donde la acosté en su cama sin poder ignorar el olor a ciénaga, a putrefacción vieja, que traía consigo. Durante horas deliró, repitiendo palabras sueltas: “Semilla… padre… hueso… raíz…” Finalmente, en la madrugada, se sumió en un silencio absoluto de quien se ha marchado mucho más lejos que el sueño.

Al alba, la lluvia había barrido la mayor parte de la ciénaga, pero desde mi ventana vi, y todavía lo veo en mis peores noches, una figura moverse en los bordes, no del todo humana ni del todo animal —como hecha de ramas, de brea y de hueso, ensartada en la bruma, esperando. Pensé en la caja y la raíz, y en la palabra que Inés repitió mil veces: regresa. Porque de todo lo que nos enraíza, lo peor es aquello que no sabemos nombrar.

Pasaron semanas antes de que logré salir de la casa. La tormenta cesó, pero ya no me atreví a cruzar la ciénaga, ni siquiera a mirar hacia ella al atardecer. Inés murmuraba nombres que no reconocía, en sueños agitaba las manos buscando la caja sepultada. El tiempo perdió su filo; los días y las noches eran como un único páramo indefinido, y la casa, con cada crujido, me recordaba que estaba cerca de la raíz de todos los horrores.

Un mes después, Inés desapareció. No hubo despedida, ni huellas, ni señales en su habitación. Sólo la ventana abierta, el rumor del barro y un leve perfume de tierra húmeda. Los días siguientes, exploré todos los confines de la casa como un animal asustado, buscando la seguridad imposible en cada rincón vacío.

Llegó la primavera con su promesa de vida. El páramo floreció, pero la ciénaga seguía igual de negra y los juncos susurraban, de noche, nombres y formas en la oscuridad. Yo también empecé a olvidar; no podía recordar el rostro exacto de Inés, ni la secuencia de aquellos días. Lo único que persistía era el miedo, tan viejo como el fango, tan obstinado como la raíz.

En el pueblo todavía cuentan, entre susurros, la historia del huésped de la casa Ochoa, que llegó buscando silencio y acabó atrapado en la vigilia más larga. Nadie va ya cerca de la ciénaga; ni los perros, ni los niños, ni los pastores. Las casas del contorno han reforzado puertas y ventanas. Y yo, cada noche, desde cualquier parte donde intente dormir, siento bajo la almohada el temblor sordo de la raíz, y sé, antes siquiera de soñar, que todo lo que fue enterrado sin nombre, algún día regresa.

Así es el terror rural: uno nunca sabe qué late bajo la tierra, ni qué silencio se torna grito mientras afuera, la tormenta pasa y las voces ancestrales reclaman lo suyo desde el barro.

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