Portada del relato La siega de Gritaolivos
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Fragmento:


La carretera era poco más que un atajo mal trazado entre campos polvorientos y el monte. Jacinto, conductor de una furgoneta desvencijada, mantenía los ojos fijos en los baches y en el último trazo de luz crepuscular que caía sobre los sembrados. El motor jadeaba, el aire olía a tierra mojada y a algo más: podredumbre, seguramente de algún animal muerto en la cuneta, o peor aún, de los charcos que dejaban las últimas lluvias estancadas y llenas de sapos verdes.

Duración: 10:41

La siega de Gritaolivos
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Texto de ajuste de pausa.

La carretera era poco más que un atajo mal trazado entre campos polvorientos y el monte. Jacinto, conductor de una furgoneta desvencijada, mantenía los ojos fijos en los baches y en el último trazo de luz crepuscular que caía sobre los sembrados. El motor jadeaba, el aire olía a tierra mojada y a algo más: podredumbre, seguramente de algún animal muerto en la cuneta, o peor aún, de los charcos que dejaban las últimas lluvias estancadas y llenas de sapos verdes.

—Te vas a arrepentir —le había dicho la vieja Fermina en el portal del bar de Alpezuela—. Ahí, en Gritaolivos, no pasa nada bueno por las noches.

Pero Jacinto había reído. Hacía dos semanas que Doña Rosa, la alcaldesa, le había encargado llevar unos materiales a Gritaolivos, para la restauración urgente del aljibe del pueblo. "Te pagarán doble, pero hazlo rápido. Y no te quedes de noche", había recalcado la mujer, buscando en los ojos de Jacinto alguna señal de miedo, o de simple sensatez.

El aviso de Fermina era el eco de todos en el pueblo, una repisa de historias para asustar críos o para encender la morriña de los viejos al amor de un vaso de vino. Pero Jacinto no era un hombre de fantasmas. Su terror era más cotidiano: la sequía, la deuda del tractor, los recibos del banco pellizcando como la garra de una corneja.

Aun así, cuando el sol desapareció y la silueta de Gritaolivos se recortó sobre la penumbra, Jacinto sintió un cosquilleo burdo en la nuca. Era un pueblo dormido, con la sombra de una torre a medio caer y el ficus desbordado en la plaza, ahogando la estatua sin cara de algún santo olvidado. Solo al llegar a la entrada, vio el letrero torcido: "Gritaolivos. Pueblo con Hueso".

Estacionó la furgoneta junto a la fuente, y mientras descargaba los sacos de cal y las herramientas, el silencio lo rodeó como una mano húmeda. Nadie en la plaza, ni una voz. Solo se oía a las cigarras y a lo lejos, el tosco zureo de una paloma. Tocó en la puerta del ayuntamiento despintado y al rato se asomó Tristán, el alguacil: barba poblada, la boina encajada hasta el ceño y la mirada hundida bajo párpados caídos.

—Vas tarde, muchacho. Aquí no gusta la noche.

—Ha habido atasco —mintió Jacinto, dejando caer el saco—. ¿Dónde está la obra?

—En el aljibe. Esperábamos que acabaras antes del anochecer.

Jacinto miró al cielo. La luna, apenas un cuerno, comenzaba a rasguñar la negrura entre nubes dispersas. Un par de farolas, medio fundidas, iluminaban la calle. Tristán lo condujo por un callejón que olía a musgo y humedad rancia. Las casas, de adobe y mora, estaban tapiadas o con las persianas forzadas como dientes rotos.

El aljibe era una oquedad redonda y ennegrecida, tapada con una losa agrietada y cuerdas podridas. El albañil de días atrás se había negado a bajar: "Dice que oyó voces que zumbaban como avisperos", comentó Tristán en voz baja.

Jacinto soltó una risotada, pero el eco de su propia voz tembló en el pozo.

Tristán le entregó una linterna y se alejó. —No tardes más de lo necesario. Cuando canta la lechuza... no te quedes aquí.

Jacinto resopló. Todo era paranoia de viejos. Se puso el frontal, se ató la cuerda a la cintura y descendió entre olores de tierra mojada y sudor oxidado.

Al fondo, el habitáculo del aljibe era angosto. El agua rezumaba como sudor frío sobre las piedras verdes. En el lado norte, una grieta abierta mostraba la raíz pálida de un olivo que buscaba el fondo con desesperación. La linterna arañó el interior y, por una fracción de segundo, Jacinto creyó ver una sombra moviéndose bajo el agua.

Sacudió la cabeza. Empezó a picar la cal vieja y mezclar mortero. Escuchaba el pulso de su corazón amplificado, el occasional chapoteo de una gota, el crujido del albañal. Pronto, otro sonido sutil se unió: un gemido remoto, como si el viento se arrastrara entre los huesos de la tierra.

Trabajaba rápido cuando el eco del gemido se tornó en un rumor. Parecían sílabas, palabras quebradas que venían de la raíz del olivo. Jacinto, nervioso, llamó:

—¿Hay alguien ahí?

Solo obtuvo un gorgoteo. Peor fue cuando la cuerda de su cintura vibró de pronto, como si alguien la sujetara arriba. Miró al círculo de luz que era la boca del aljibe. No vio silueta, pero sintió la presencia, una sombra densa más allá del alcance de la luz.

Jacinto decidió terminar el trabajo cuanto antes. El rumor de la raíz seguía, arrullando como un cántico olvidado. De pronto, cuando introdujo la paleta en el mortero, notó otra textura, más blanda. Sacó un bulto con forma de muñeca, envuelta en arpilleras y raíces. Al abrirlo, el olor lo golpeó: carne vieja, huesos diminutos... y un ojo, todavía húmedo, lo miraba fijo.

El grito se le atascó en la garganta. Soltó el bulto en el fondo del aljibe, el cual se hundió apenas chapoteando. Afuera, se oyó el ulular de una lechuza. Jacinto trepó la cuerda a trompicones. Cuando salió al exterior, temblando, la luna estaba velada por una nube negra. Tristán había desaparecido.

Las calles seguían vacías. Los pasos de Jacinto resonaban como cajones vacíos. La furgoneta estaba tal como la dejó, pero al tocar el capó notó que estaba húmedo, frío, como si alguien la hubiera estado tocando o chupando. Abrió la puerta, encendió el motor. Este tosió, bufó, pero no arrancó.

—¡Maldita sea! —murmuró Jacinto.

Decidió buscar a Tristán para pedir ayuda. Caminó hasta la plaza, la linterna temblando en su mano. Allí, bajo el ficus, encontró el bastón del alguacil. A su lado, una huella, grande, formada por barro y hojas, como si algo arrastrando raíces hubiera pasado por allí.

Un frío urente le recorrió la espalda. Buscó señal en el móvil, solo para encontrar que la señal había muerto como un pájaro hinchado.

En la penumbra, surgieron voces de dentro de una casa próxima, una cantinela sorda, entre dientes, con la que las viejas rezan en los velorios. Jacinto se acercó y vio una grieta en la puerta: dentro, media docena de ancianos se balanceaban en sillas de enea, los ojos cerrados, murmurando:

"Raíz que sangra, llanto que brota,

que la luna recoja lo que el agua anota…"

Alguien levantó la cabeza. Su ojo derecho se balanceaba fuera de la órbita, colgando de un hilo, igual al ojo del bulto hallado. Jacinto retrocedió y la puerta se cerró de golpe.

Corrió hasta la iglesia. La torre, que de día era un esqueleto torcido, de noche se erguía como una astilla clavada en el cielo. Llamó, pidió ayuda. Nadie contestó. Solo el viento que se arrastraba con el sabor oxidado de una herida antigua.

Al volver a la plaza, vio que varias casas tenían luces encendidas, una tras otra: candiles y velas, figuras encapuchadas que recitaban letanías sin sentido. Cada ventana era un ojo mirando a la noche, y la noche respondía con otro ojo que se abría en la raíz del olivo, justo en medio de la plaza.

El ficus, que durante el día era un simple árbol decaído, ahora crecía con un pulso monstruoso. Sus raíces emergían del suelo, retorcidas, salpicadas de huesos y cabellos. Del tronco, agua oscura rezumaba: no olía a savia, sino a sangre vieja.

Atraído por una fuerza inexplicable, Jacinto se vio caminando hacia el árbol. La raíz mayor, hinchada, rompió el empedrado y se detuvo ante sus pies. Sintió el impulso de hincar rodilla, de oler la corteza, de beber lo que exudaba.

Detrás, las puertas se abrían y los vecinos de Gritaolivos salían en procesión. Solo ancianos, hombres y mujeres de rostros dadivosos pero podridos como peras en octubre. Cantaban en susurros, y las palabras encajaban en la mente de Jacinto como clavos:

"Hijo de carne entregamos,

raíz de olivo reclamamos…"

Tristán apareció, blando, la boca manchada de negro. Los ojos, de un blanco lechoso, le contemplaron.

—Has tocado lo que no debes, forastero. A cada luna, hay que entregar al agua el bocado de la raíz. Quien lo interrumpe, recibe la semilla.

Jacinto intentó huir, pero la raíz le atrapó el tobillo, un agarre húmedo y viscoso. Cayó de bruces, la cara contra la tierra que olía a vida recién podrida. Las raíces se enroscaron en sus piernas, en sus brazos, en su garganta, hasta que apenas pudo respirar. Oía, muy lejos, el costillar del canto fúnebre, la lechuza pujando aire.

Abrió la boca para pedir socorro y algo blando, fibroso, se le deslizó entre los labios. Tierra y sangre, hueso y savia. Intentó escupir, pero la raíz se le metía más dentro, empujando en la garganta, brotando, echando yemas por debajo de su lengua.

Cerró los ojos cuando los ancianos le rodearon. Notó dedos hinchados sobre su frente, voces antiguas marcando un ritmo.

"Ya eres lo que fuiste,

ya sangras con la raíz…"

Sintió cómo el pecho palpitaba, primero de terror, luego de otra cosa —un deseo inhumano, animal, primitivo. Extrajo el olor a sangre vieja, el tacto de la savia, la tumba fría que era el aljibe. Dentro de sí, se abrió un túnel de raíces, y Jacinto se vio envuelto en la oscuridad.

De repente, flotó fuera de sí, entre la tierra y las lombrices. Vio cómo los de Gritaolivos le tapaban con ramas y hojas, arrullando. Vio cómo, bajo el aljibe, un cadáver blando —el del bulto de niño— se abría, dejando que otra raíz, la más pálida y sedienta, saliera reptando hasta arrimarse a una nueva presa.

Vio, también, la furgoneta arrancando sola, camino a otro pueblo, las ruedas llenas de barro y sangre. Vio el chasquido de otra puerta cerrándose en Alpezuela, y en el horizonte la luna llena presidiendo el rito perpetuo.

Sabía, con la certeza del hambre antigua, que de Gritaolivos nadie salía sin dejar parte de sí en la raíz. Y que los que regresaban, nunca volvían a hablar, porque la raíz, con paciencia, les devoraba los recuerdos y les anudaba la lengua.

La lechuza ululó por última vez y, en el centro del pueblo, bajo el ficus negro, una raíz más gruesa comenzó a sangrar, alimentando otra noche perpetua en Gritaolivos, el pueblo con hueso.

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