Portada del relato La mirada del terrón
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Fragmento:


—¿Te gusta el dulce? —preguntó De la Vega, sentándose frente a ella y acercando con sus dedos anillados una copa de licor turbio.

Duración: 09:21

La mirada del terrón
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Texto de ajuste de pausa.

El último ómnibus había partido hacía mucho, tragándose en su vientre oxidado el canto monótono de la tarde y las preocupaciones ordinarias de los jornaleros de la comarca. Ya no quedaba en el andén ni el brillo de los faroles. Sólo persistía la penumbra y la brisa cálida del campo, colándose entre los maizales y esparciendo el olor de la tierra removida.

Amalia permanecía de pie junto al cartel de la vieja estación, contemplando el caserío distante, donde la civilización parecía diluirse hasta consumirse en los terrones recién surcados. El silencio era absoluto, salvo por el zumbido ocasional de un escarabajo nocturno y el susurro persistente de los álamos. Sabía que la esperaban; no podía retrasarse más. Con la maleta colgando de un brazo, comenzó el brevísimo peregrinaje hacia la casa. No una casa cualquiera, sino la del patrón —el Sr. De la Vega—, a quien la región atribuía riquezas antiguas, incluso antes de que se apropiara de las tierras, los establos y el molino. Circulaban rumores, pero nunca certezas: de noche, a veces, se veían destellos en sus ventanas, y se hablaba de ruidos extraños en los lindes del terreno más allá del molino.

De la Vega la había invitado esa noche. No era habitual que el patrón bajase desde la ciudad ni que requiriera compañía en su casona rural. Pero este verano parecía especialmente hambriento de afectos jóvenes y, según decían algunas lenguas, de la presencia incondicional de quienes en su desesperación estaban dispuestas a cambiar blandura y sumisión por un fajo de billetes y favores velados.

La calzada despachaba sus últimos suspiros de luz solar cuando Amalia, temblorosa, alcanzó el umbral de la mansión. Tocó la aldaba—un hierro frío y roído con forma de serpiente enroscada—sin mucha convicción, sabiendo que sería escuchada.

Al abrir la puerta, el Sr. De la Vega la contempló con una sonrisa inusualmente ancha, ajena a cualquier emoción corriente. Había algo en sus ojos: un brillo antiguo, tal vez robado a las criaturas que anidan en los barrancos o a las raíces hurañas de los árboles centenarios, esos que miran desde lejos y nunca olvidan a los vivos.

—Pasa, niña —ordenó y su voz sonó resinosa, envolvente y seca como un atado de maleza muerta.

Pasó, no sin sentir cómo la quietud la tragaba igual que la estación al ómnibus.

La casa era amplia y ostentosa, aunque, vista de cerca, la opulencia era sólo un barniz para ocultar el polvo, los retratos carcomidos y los muebles cuyo tapiz sudaba una humedad que había encontrado su sitio siglo atrás. En el centro del salón, sobre una mesa de nogal, la esperaba un banquete de embutidos, quesos añejos y dulces que relucían bajo la luz trémula de una lámpara de aceite. Todo dispuesto, todo recubierto de cierta pulcritud postiza, como si aquello fuera una ofrenda para alguien que nunca había sentido verdadera hambre.

—¿Te gusta el dulce? —preguntó De la Vega, sentándose frente a ella y acercando con sus dedos anillados una copa de licor turbio.

Asintió, aunque no sentía hambre. La mirada del hombre la mantenía alerta, como si hubiera en ella una orden silenciosa que empujaba sus decisiones hasta doblegarlas por completo. Tomó un trozo de membrillo y lo llevó a la boca. De inmediato, percibió algo: una corriente de electricidad, un cosquilleo en la nuca. No era el sabor. Era la sensación de estar observada, no sólo por el patrón, sino también —y más inquietante aún— por algo más, una presencia escondida en el rincón donde la lámpara no llegaba, cerca del biombo de madera enmohecida.

—Me gusta el silencio —murmuró el patrón— y cómo resuena en el campo profundo, cuando nada ni nadie puede romperlo.

Amalia tomó sorbos lentos del licor, sintiendo cómo la acritud del alcohol se mezclaba con el dulzor pastoso del membrillo. La visión comenzó a nublarse y la gravedad de la estancia pareció fluctuar. De la Vega susurró palabras suaves y seguras, ajenas a cualquier afecto real, pero envolviéndola en una promesa de protección y ternura, tan vacía como emocionante.

—Aquí se escuchan cosas de noche. Cosas que sólo los forasteros perciben —añadió. Sus ojos la taladraban—. Los del pueblo ya ni reparan en ellas. Aprendieron a no mirar. Pero tú, tú sí las notarás si te duermes en esta casa.

Amalia tragó saliva, ignorando si aquello era una amenaza, una advertencia o apenas el capricho de un hombre deseoso de atemorizar a su joven invitada. La conversación se deslizaba por una pendiente resbaladiza, entre halagos que bordeaban la obscenidad y preguntas íntimas carentes de ganas de saber.

—¿Te estás sintiendo bien, Amalia? —proclamó de pronto el patrón.

No lo estaba. El aire dentro del salón se había vuelto espeso y denso, como si cientos de respiraciones antiguas se tragaran el oxígeno, exhalando a cambio una humedad salina que pinzaba los pulmones. Notó una presión en la sien, un tamborilear en la garganta y una confusión creciente. Cerró la boca, temiendo que el siguiente bocado —el postre, el vino, lo que fuera— propagara aún más esa somnolencia viscosa.

De la Vega sonrió al notarla mareada.

—Ven, quiero mostrarte el jardín. Es hermoso bajo la luz de la luna.

No pudo negarse. Caminó tambaleante, como en un sueño, tras su anfitrión que iluminaba el sendero con la lámpara de aceite. El jardín era enorme, limitado por tapias altas y húmedas de musgo. Le pareció ver, por un instante, la silueta de algo o alguien al pie del fresno mayor. Quizá una ilusión, provocada por el temblor de la lámpara, o quizás uno de esos murmullos del campo que el patrón prometió.

Al acercarse al árbol, De la Vega se volvió para mirarla. Había perdido la máscara de cordialidad que lo hacía más humano. Ahora era todo huesos, bolsillos vacíos y sonrisa endurecida.

—¿Ves ese montículo? —señaló con la lámpara, proyectando una sombra alargada e informe sobre la tierra húmeda.

Amalia sintió —lo supo sin precisar cómo— que bajo aquel bulto, bajo la luna y la tierra, descansaba algo o alguien. Una memoria ajena, una voluntad no redimida, quizá, que aguardaba la promesa de vida que traen los cuerpos jóvenes.

—Las muchachas del pueblo no duran mucho en mis aposentos —prosiguió De la Vega, casi como si recitara un poema aprendido de memoria— pero tú eres distinta, ¿verdad? Sientes lo que hay aquí.

El fresno crujió sobre ellas. Entre sus ramas, la brisa pareciera llevar palabras antiguas, casi inaudibles, como nombres acariciados por el viento. La presencia se materializaba poco a poco, no en la forma concreta de un espectro o de un monstruo rural, sino más bien en una marea invisible que presionaba las sienes, encogía la piel y susurraba en voces que flotaban justo detrás del parpadeo.

De la Vega se inclinó y susurró casi al oído:

—Si esta noche accedes al dulce que te ofrezco, te preservará del hambre de esta casa. Si no, te llevarás contigo el silencio de la tapia. Y eso, niña, es un peso imposible de soltar.

Amalia se estremeció. La aparición —la presencia— se sentía ahora tan nítida como el olor del estiércol en las caballerizas o el frescor sobrenatural de los caños subterráneos. Era una inteligencia que acechaba, una fuerza inapacible y expectante.

Intentó retroceder, pero sus piernas se hundieron unos centímetros en el barro. Sintió, agazapado entre raíces y brotes, el susurro de la historia más oscura del paraje. No estaba sola con el patrón. Estaban todos los que alguna vez cruzaron el umbral de la casona por invitación, todos los que negociaron un poco de dulzura a cambio de seguridad, todos los que no supieron negarse y, a la vez, no supieron marcharse.

De la Vega rozó su rostro con la yema del dedo.

—Decídete. Elige: ¿te quedarás como invitada o te irás como pasto para la tierra?

Todo perdió nitidez. Se sintió flotar y durante un lapso indeterminado le pareció oír, mezclados con el arrullo del viento, los ecos de risas femeninas, risas que no terminaban nunca, burla y dolor en la misma melodía. Era el cántico velado de otras como ella.

La presencia serpenteó a través de su carne, tentándola, invitándola a dejarse absorber por el frescor perenne del jardín y por el terror atávico de perderse —no sólo el cuerpo, sino también el recuerdo, la voz, la voluntad— en los surcos de un paisaje insaciable.

El patrón aguardaba, impaciente y silencioso, en la frontera entre la casa y la tumba, entre el banquete y la hambruna, entre la carne y la raíz. Esperaba una transacción; esperaba, como siempre, que la nueva sangre colmara el hambre de la tierra y el suyo propio.

Amalia abrió la boca para responderle —sí, por miedo; no, por dignidad; o para negarse a elegir—, pero la noche se cerró de súbito, envolviéndola, tragándola en un sueño sin sueños, en esa frontera borrosa donde ya no hay diferencia entre el deseo y el espanto, entre el dulce y la podredumbre.

En la penumbra del campo, donde ni el tren regresa ni el fresno olvida, otra muchacha aprendía, demasiado tarde, el precio real de decir "sí" en la casa grande de la tapia, y el dulce ofrecido era solo el disfraz de un hambre mucho más antigua y vasta que cualquier hombre o cualquier presencia pueda nunca saciar.

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