Portada del relato La sangre del arrozal
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Fragmento:


Koichi se limpió como pudo. Debió marcharse, dijo a sí mismo, levantar el teléfono y salir del pueblo. Pero la mirada fija de la silueta infantil, que solo él parecía ver, lo mantuvo clavado en el sitio.

Duración: 11:31

La sangre del arrozal
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Texto de ajuste de pausa.

El sol de septiembre caía con un resplandor muerto sobre el pueblo de Takasawa. Las hojas de los álamos, más pálidas que verdosas, susurraban entre ellas con la brisa débil. Aun así, el calor persistía; quedaba atrapado en las viejas casas de madera, en los rostros surcados de los ancianos y en los campos listos para la cosecha.

No iba nadie a Takasawa si no tenía algo pendiente que atarle. Pero Koichi, en su empeño por limpiar su historia familiar, había regresado tras treinta años de ausencia. Viajar desde Tokio hasta aquel rincón distante de la prefectura de Niigata había sido casi un sacrilegio; los trenes parecían menguar su misma existencia, y cuando finalmente descendió del autobús desvencijado, sintió que toda su vida anterior era solo un vago rumor.

El arrozal de la familia Suzuki era un sitio triste, de agua estancada y fango lodoso, donde los tallos se aferraban con terquedad a la tierra, como si supieran lo que ocultaba el subsuelo. Koichi apenas recordaba su infancia en aquellos parajes. Su memoria era retazos: la figura del abuelo Shigeru, la ventana empañada al amanecer, la campana del templo resonando bajo la lluvia. Y el río, siempre el río, que cortaba en dos el pueblo y cuyo rumor le impedía dormir.

Esa tarde, mientras el aire vibraba con el canto de las cigarras, Koichi se dirigió al arrozal siguiendo el mismo sendero de piedras, mitad cubierto de hierba, que los niños evitaban cuando caía la niebla. Ya no quedaban niños en Takasawa. Los pocos jóvenes se habían ido a la ciudad. Solo quedaban viejos, y la tierra. Tal vez por eso nadie lo miró cuando pasó.

Para sorpresa de Koichi, el arrozal estaba intacto. Ni siquiera el paso de los años, ni las sucesivas inundaciones, ni los rumores, lo habían alterado. Quizá era eso lo más inquietante. Los muros medianos, la acequia negra, la caseta de herramientas en el extremo norte. Su herencia. Su condena.

Una voz que recordaba más una piedra hundiéndose en el agua le dio la bienvenida. Era Kiyoshi, el guardián del campo, un hombre minutos de la misma edad que el abuelo. Su cara era un mapa de arrugas, y su sonrisa, la mueca de quien ha sobrevivido solo porque los muertos lo permiten.

—Tu sangre vuelve, Koichi. Me alegra ver que no olvidas.

Koichi no supo qué decir. En realidad, lo había olvidado casi todo. Pero algo en la forma en que Kiyoshi pronunció «sangre» le hizo sentir un calor desagradable en la nuca.

Permanecieron un rato en silencio, juntos frente al arrozal. Era imposible no notar el hedor dulzón de la podredumbre. En el agua flotaban restos de animales, acaso de ratas, acaso de algo peor.

—Tendrás que limpiar el arrozal —dijo de repente Kiyoshi— Si no, morirá la cosecha.

—¿Hoy?

—Es ahora o nunca. El ciclo termina pronto.

Koichi asintió. Tomó la azada oxidada y se arremangó la camisa. El barro era espeso, y hundirse equivalía a sentir como si manos invisibles tironearan de sus tobillos. Al principio creyó que era su mente, jugando con viejos miedos. Pero luego, cada vez que el agua negra rozaba su piel, un escalofrío lo invadía.

Los minutos se volvieron horas. Kiyoshi le observaba con paciencia de cuervo. El sol empezó a hundirse en el horizonte, tiñendo el arrozal de un carmesí grotesco. Y, justo cuando Koichi volvía la cabeza para mirar hacia las montañas, el primer chillido llegó: un grito ahogado, casi un lamento ahogado por el croar de la rana.

Koichi resbaló, perdió el equilibrio y cayó de golpe en el agua fría. El fango le cubrió la boca y la nariz, y por un instante pensó que moriría allí mismo. Al incorporarse, ciego de miedo, tuvo la certeza de haber sentido unos dedos huesudos rozándole los tobillos.

Respirando rápido, Koichi alcanzó a ver, en el borde mismo del arrozal, una figura infantil. Desnuda, un niño. Pero su piel era tan pálida que rozaba la transparencia. El niño lo miraba con ojos en los que no había fondo alguno. Koichi retrocedió, y la figura, sin mover la boca, pronunció una palabras en un idioma que ya no se habla en ninguna parte.

—Tienes que darnos lo que nos debes. Dánoslo.

Kiyoshi se acercó apresuradamente al borde. Sus pasos apenas perturbaban el barro.

—No le hagas caso, muchacho, los viejos suspiros siempre vuelven con la cosecha.

Koichi se limpió como pudo. Debió marcharse, dijo a sí mismo, levantar el teléfono y salir del pueblo. Pero la mirada fija de la silueta infantil, que solo él parecía ver, lo mantuvo clavado en el sitio.

De noche, en su habitación ancestral —el mismo tatami del que huyó en la adolescencia— escuchó el rumor del agua. No era el río, ni tampoco la acequia. Algo fluía bajo la casa, arrastrando palabras en un murmullo lento. El sueño le venció al alba, y cuando despertó, las uñas de sus pies estaban cubiertas de barro seco.

El segundo día llegó un grupo de aldeanos. No eran muchos: tres hombres altos, una anciana encorvada, una niña de edad indefinible que llevaba en el regazo una piedra tallada. Todos llevaban algo: arroz crudo, flores mustias, ramas con hojas quemadas.

No le hablaron a Koichi, pero tampoco hicieron un círculo en torno al arrozal. Se arrodillaron junto a la acequia y comenzaron a recitar una letanía rota. Los nombres de los antepasados —Suzuki, Nakata, Ogiwara— se entremezclaban con términos que la lengua de Koichi no identificaba. El arroz era arrojado al agua, y una espuma rojiza surgía allí donde caía el grano.

Kiyoshi observaba desde la distancia. Cuando el rito terminó, se acercó a Koichi.

—Tienes que reunir a tu familia. Hoy es el último día de la luna menguante.

—No me queda familia —mintió Koichi. La única hermana que tenía vivía en Saitama y no respondía a sus cartas. Sus padres, ambos muertos.

—Aquí todos tenemos familia aún bajo el barro —replicó Kiyoshi. Un destello de compasión atravesó sus pupilas. —Ellos siempre vuelven a la raíz.

Los aldeanos se dispersaron, y la niña de la piedra quedó mirando a Koichi por sobre el hombro.

Al atardecer, Koichi decidió caminar hasta el viejo puente de madera. Lo recordaba bien: crujía bajo el menor peso, y había sido testigo silencioso de varias tragedias del pueblo. Se sentó al borde, mirando el agua ambarina.

Un anciano, de aspecto tan raído como las cañas de pescar falsas que vendía en su puesto, se le acercó. Koichi percibió su aliento agrio antes que sus palabras.

—¿Has soñado con la voz? —preguntó el viejo.

Koichi se sobresaltó.

—¿Qué voz?

El anciano sonrió mostrando las encías negras.

—La voz que bulle en el fango cuando no queda cuerpo que enterrar.

De pronto, el viento cambió de dirección y del arrozal llegó una ráfaga de hedor. Koichi apretó los puños.

—¿Quiénes son? —musitó.

—Tus deudas —susurró el anciano, y se marchó cojeando.

Esa noche, la temperatura bajó abruptamente. Koichi despertó con un frío helado trepando sus huesos, aun envuelto entre mantas. Bajó al genkan y comprobó que todas las puertas estaban cerradas. El rumor subterráneo seguía allí, y ahora era como un goteo intermitente capaz de volverte loco a quien lo escuchara demasiado tiempo.

Hizo té de cebada y se sentó en la oscuridad, repasando la historia que nunca le contaron. Sabía que su abuelo había estado involucrado en un escándalo en la posguerra. Muchos decían que hubo dinero escondido, otros hablaban de una muerte nunca aclarada. La gente del pueblo evitaba referirse al asunto, pero siempre sentía que aunque su familia hubiera dejado atrás Takasawa, algo suyo seguía creciendo bajo la tierra.

A la mañana siguiente, el arrozal estaba cubierto por una neblina espesa. Caminó hasta el borde, sintiendo el lodazal aferrarse a sus zapatos, y se encontró de nuevo con la figura infantil. Esta vez la silueta tenía compañía: dos mujeres de kimono antiguo, con los ojos abiertos de par en par, y la piel manchada como si hubieran bebido tinta.

Koichi dio un paso atrás. Pero las figuras no avanzaron. Parpadeaban en el aire como si no fueran más que vapores de una pesadilla.

—¿Qué quieren? —preguntó Koichi, su voz temblorosa.

Las mujeres entrelazaron los dedos, y el niño sonrió. Su boca era demasiado grande, sus dientes pequeños y afilados como granos de arroz.

—Queremos volver —susurraron al unísono—. Queremos tu lugar.

La visión se desvaneció con el primer rayo de sol, y Koichi se encontró solo de nuevo, aunque percibió claramente que el arrozal bullía con diminutas burbujas de aire, como si alguien respirara bajo el fango.

Decidió marcharse. Mientras recogía sus cosas, oyó un golpe seco junto a la puerta de entrada: era la piedra tallada que la niña había sostenido el día anterior. Tenía inscrito el símbolo de la familia Suzuki, pero invertido. Koichi la recogió, sintiendo un escalofrío recorrerle la columna. No pensó en supersticiones, pero la dejó en el tatami, como un recordatorio de que aquí todo era evidente y a la vez oculto.

Fue al templo a pedir ayuda a Nakai, el único monje que quedaba en el pueblo. Nakai lo escuchó con paciencia, sirvió sake sin decir palabra, y solo al final habló:

—La tierra te está pidiendo lo que tu abuelo le quitó. Aquí nadie olvida, Koichi-san. La muerte tampoco.

Koichi supo, por primera vez, que no había marcha atrás. Aquella noche, cuando se dirigía al arrozal para excavar con la esperanza de hallar cualquier objeto o cadáver, cualquier explicación, halló a Kiyoshi esperándolo. El viejo tenía una lámpara y los ojos rojos de insomnio.

—Alguien debe quedarse —dijo—. Siempre uno de la sangre debe alimentar el campo.

Koichi rió. Al borde de la histeria.

—¿Alimentar cómo?

Kiyoshi sonrió.

—Igual que lo hicieron ellos antes.

De pronto, el agua del arrozal empezó a burbujear violentamente. Del fango emergieron brazos, rostros, cuerpos pequeños y grandes. Todos con los ojos blancos, todos con las bocas abiertas, todos susurrando el apellido Suzuki. En medio de la marea de espectros, Koichi reconoció a su abuelo y a la niña de la piedra, sus manos ganchudas extendidas hacia él.

No pudo moverse. El aire se volvió sólido, el aroma dulzón de la podredumbre le llenó la boca hasta sentir que se ahogaba. Oyó las voces de la familia, reclamando, peleando, lamentando.

—Cumple con la deuda, Koichi. Da sangre a la tierra.

Koichi gritó, forcejeó, suplicó al viejo Kiyoshi que lo ayudara. Pero Kiyoshi cerró los ojos y musitó: «Todos volvemos al arrozal. Así es desde el principio.»

Cuando la aurora tiñó los campos, nadie habló del grito que recorrió Takasawa. Nadie pareció notar que la cosecha, ese año, fue más abundante que nunca. En la casa Suzuki, sólo quedaba el olor a humedad y, sobre el tatami, la piedra con el emblema invertido.

La voz bajo el fango, sin embargo, nunca volvió a ser sólo un rumor. Cuando alguien pasa junto al arrozal, puede escucharlo perfectamente: sangre, barro y secretos que la tierra devora, y que una vez cada generación, vendrán a reclamar otra vida más.

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