Aquí, en el norte de Maine, al borde de los bosques que se encrespan como olas heladas, hay campos que nadie recuerda, ni siquiera en las postales desvaídas de la tienda de Winters. Entre el pueblo y el olvido, persiste un caserón traicionero. Sus techos amenazan con caer al menor soplo y, aún así, aguanta, como si la propia casa tuviese miedo de rendirse. Los niños la llaman La Casa Quebrada. Fue Suzanne McNealy quien nombró el lugar así, mucho antes de su desaparición. Nadie discutió el apodo; sonaba cierto.
Llegué a Newburgh por la carta de mi tío Morrie. Decía que nadie dormía tranquilo y que esto, de alguna manera, me concernía. No creí que hablaba en serio. Nadie considera las cartas de viejos granjeros exiliados en pueblos donde las semillas brotan de cementerios olvidados y la lluvia siempre sabe a óxido. Acabé yendo porque Morrie era mi único pariente. Porque debía hacerlo.
La primera noche dormí en el cobertizo, rodeada de bolsas rasgadas y el constante pulso de grillos enajenados. La casa de Morrie era decrépita, pero limpia. Aún olía al tabaco dulce de mi abuela, que murió cuarenta años antes. Él me recibió con una sonrisa extraña, demasiado fija y tensa para su rostro carnoso. Sus labios no descubrieron los dientes, pero la sonrisa lo forzaba a apretar los pómulos, como si todo fuese una broma macabra que solo él entendía.
—¿Recuerdas la Casa Quebrada, Hayley? —preguntó, vertiendo café del termo azul mellado—. La casa arriba de la carretera, justo antes del bosque.
Recordaba. Pude decir que sí; que mi madre me había advertido que no cruzara aquel alambre de púas. Que los McNealy siempre estaban “raro”. Pero no dije nada.
Morrie seguía sonriendo:
—Algo anda mal ahí otra vez.
Silencio. La sonrisa seguía sin desmoronarse. El aroma del café se volvió ácido.
—Desapareció Jessa Harlow, la hija del carnicero. Justo hace dos noches. El sheriff vino por acá preguntando. Te dirán que escapó con algún novio, pero bajaron todos los perros esa madrugada. Algo la... —miró el suelo y la sonrisa se afianzó aún más, dolorosamente— ... la casa ya no sabe guardar cosas en secreto. Pero sí sabe quitarlas.
En ese momento, debí pensar que Morrie enfermaba. O que estaba solo. Pero no me moví. Sentí un frío lento instalándose en la base de mi columna.
Fui al pueblo al día siguiente. Compré pan y leche en la única tienda. Los pocos que me reconocieron—antigua Hayley, la de la ciudad, la sobrina de Morrie—desviaron la mirada. Menos la señora Calhoun, la medio ciega, que repitió dos veces: No salgas de noche. No mires a los que sonríen. Luego rió y desapareció tras el montón de lechugas marchitas.
Al volver, encontré a Morrie en el jardín, junto a la radio encendida. No hablaba, solo sonreía y miraba la Casa Quebrada a lo lejos, más allá de los campos de trigo recién cosechado.
Esa noche, la luz en la ventana del caserón parpadeaba. Solo una bombilla, colgando, bailando al ritmo del viento, cuando hasta ayer nadie vivía allí.
Soñé con el alambre de púas, cubierto de rostros. Sonrisas largas y licuadas. Manos largas, extendiéndose, invitando a cruzar.
Desperté y encontré la puerta principal abierta y a Morrie sentado en el porche, mirando la niebla.
—Voy a verla —dijo, como si me hubiera leído el pensamiento—. La Casa Quebrada me llama cada noche.
Le rogué que entrara, pero siguió quieto, esa sonrisa enferma, tallada a cuchillo. Cerré la puerta, acorralada por su calma insidiosa.
Pensé en escapar. Abrir el cobertizo, tomar el autonómico a Bangor y dejar Maine para siempre. Pero no podía. No mientras Morrie pudiese aún ser salvado.
Al tercer día desapareció Morrie. Solo hallé sus botas y la colilla de un cigarro a medio consumir, humeando junto a la verja. No había huellas. No hubo nadie que admitiera oír gritos, aunque la señora Calhoun murmuró esa tarde, entre gestos de cruz:
—La casa nunca deja nada a medias. Cuando sonríe, es que tiene hambre.
Ese atardecer, fui hasta el portón. Nadie me siguió. Ni un coche. Ni un perro. Al acercarme, noté el cerco corroído, la madera vieja reventada por la hiedra. Ante mí, la Casa Quebrada parecía mirar con todos sus ventanales oscuros, aguardando.
Al cruzar el umbral, el aire se volvió espeso. Había algo vivo en esa quietud podrida de la casa. La puerta crujió tras de mí. Sentí olor a humedad, rancio, terroso, mezclado con algo dulce, casi como caramelo. Caminé, pisando vidrios y astillas. Cuadros ladeados, muebles cubiertos de mantas polvorientas, y, en el centro del pasillo, un espejo antiguo, ondeando imágenes tenues.
Allí, por un momento, capté sonrisas falsas—caras que conocía, deformadas, fijas—la calidez de Morrie antes de marcharse, la ternura rota de la madre de Jessa Harlow y, al fondo, una niña pelirroja de ojos desmesuradamente abiertos. Todos sonreían, sonrisas dibujadas, congeladas, sin vida.
La casa tembló y el suelo crujió debajo de mis pies. Sentí vértigo, el piso parecía curvarse. Escuché pasos arriba, luego risas apagadas.
Me obligué a subir.
La escalera lloró bajo mi peso. El aire era frío y áspero en la planta alta. Volví a escuchar la risa, quebrada, como si alguien imitara risas humanas sin comprenderlas.
Había rastros de barro y algo oscuro goteaba desde una de las puertas entreabiertas. Empujé. El cuarto era vacío salvo por una cama y, sobre ella, Morrie. O lo que quedaba de Morrie.
Mi tío sonreía, una sonrisa grotesca, abierta hasta las orejas. Sus ojos estaban secos, vidriosos, y en la comisura de su boca, una humedad oscura, como mermelada podrida. Alrededor de él, sobre la pared, decenas de sonrisas pintadas con alguna sustancia mugrienta: repeticiones toscas y siniestras, intentos patéticos de replicar felicidad, una y otra vez, hasta el delirio.
Retrocedí, mareada, y caí de rodillas. No dejé de mirar la sonrisa de Morrie, indecentemente ancha, sus dientes amarillos, la piel orgullosamente levantada como si hubieran intentado estirarla más allá de lo posible.
Aferrándome a la pared, sentí dedos recorrerme la mano, como si la pintura húmeda de las sonrisas estuviera viva. El contacto era frío y punzante. Sentí voces, todas riendo, repitiendo mi nombre, arrastrándome en una marea de ecos. En ese instante, supe que había algo en la casa: no un monstruo clásico ni un fantasma. Era la propia ausencia, un hambre vieja y azucarada, la necesidad de rostro, de emoción, de presencia para llenarse.
Bajé a trompicones las escaleras. Las paredes se inflamaban con relieves de sonrisas. Sonrisas monstruosas, humanas, bestiales, iguales y no iguales. Me perseguían, apareciendo en las ventanas y en el reflejo de los pomos, en las vetas del suelo. La puerta principal, ahora sin bisagras, parecía infinita, alejada, como si el pasillo cambiara de tamaño con cada paso. Grité, pero mi voz se quebró en la oscuridad, absorbida por el dulzor insano de la casa.
Corrí. No recuerdo cómo. Salí. Afuera, la loma ondulaba preñada de niebla, y la noche se filtraba temprana, con un silencio astillado. La luz de la bombilla se apagó sola, tras de mí.
Del pueblo nadie preguntó por Morrie. Nadie preguntó tampoco por Jessa, ni por los demás desaparecidos. Comenzaron a mirarme con esa misma sonrisa: los labios demasiado estirados, la expresión hueca. Sospeché entonces que la casa no era la única que tenía hambre. O quizás lo era, y la gente aceptaba, en su cobardía rural, servirle ofrendas.
Me marché al sexto día, dejando la casa de Morrie y los campos marchitos. No podía explicarlo, pero sentía que la Casa Quebrada me perseguía en pensamientos, en dobles reflejos, en la forma difusa de la penumbra tras las cortinas del autobús.
A veces, desde la ciudad, me parece oír la risa de Morrie en algún cruce de pasillo, o veo su sonrisa reflejada en los cristales del metro, súbitamente etérea y obsesiva. Algunas noches muy frías, me despierto con el eco de la voz de la niña McNealy diciendo: “La casa nunca deja nada a medias. Si sonríes, puede encontrarte donde sea”.
Y entonces, sólo entonces, me atrevo a sonreír a mi reflejo de manera forzada, para no mostrarle mi miedo. Sé que no es suficiente. Sé que algún día mi propia sonrisa será una más en sus paredes, pintada, colgada, estirada hasta el absurdo.
Porque la Casa Quebrada nunca olvida una cara. Y mucho menos olvida una sonrisa falsa.
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