Portada del relato La carne de los sauces
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Fragmento:


“Nakano-cho ya no existe,” dijo esa noche, sus palillos golpeando el arroz frío en el tazón. “Solo hay polvo. No hay por qué ir.”

Duración: 09:48

La carne de los sauces
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Texto de ajuste de pausa.

Mi madre nunca hablaba de su pueblo natal. Decía que recordar solo servía para hacerse daño. Yo insistí, especialmente cada vez que mi hermana y yo nos mirábamos durante horas en el espejo, buscando diferencias en nuestros rostros idénticos, estudiando cada curva de la mandíbula y cada mancha de nacimiento, identificando las fronteras invisibles entre Miki y yo. Pero lo que sea que madre ocultaba enterró sus raíces en nosotras, creciendo como una sombra bajo la piel. El verano en que cumplimos treinta años, la abuela murió, y madre recibió la noticia por teléfono, su expresión endureciéndose como arcilla seca.

“Nakano-cho ya no existe,” dijo esa noche, sus palillos golpeando el arroz frío en el tazón. “Solo hay polvo. No hay por qué ir.”

Miki y yo intercambiamos una de esas miradas que se quedan en el tejido invisible de los gemelos. Cuando una de las dos quiere algo, la otra lo siente, pulsa en los dientes, un zumbido dentro del cráneo. Así que al día siguiente preparamos una maleta pequeña y tomamos el tren nocturno al norte, sin decírselo a madre. No sabíamos aún que lo que llevábamos en el equipaje no era ropa, sino una grieta.

El viaje duró más de lo esperado. El tren avanzaba chirriando a través de campos de arroz humeantes y boreales, cruzando túneles donde las piedras lloraban humedad. Miki se durmió un par de veces, pero yo no podía. Cada vez que cerraba los ojos, veía dos copias de nuestro reflejo, doradas por la luz de las lámparas, parpadeando en sincronía mientras pasábamos estaciones desiertas donde los sauces ahogaban los andenes.

Al amanecer, Nakano-cho se extendía sobre un lecho de niebla, apenas perceptible hasta que el sol comenzó a calentar las tejas musgosas de las casas. El pueblo olía a algo agrio, en descomposición, como pescados viejos envueltos en papel. No nos esperaban, pero los viejos vecinos nos reconocieron. Todos, sin excepción, nos miraban con un ansia silenciosa, una emoción contenida y reverencial. Había pocas casas habitadas, muchas parecían venirse abajo bajo el peso de los años, pereciendo en una batalla perdida contra la maleza.

La casa de la abuela seguía en pie, a pesar del abandono. Puertas corroídas por el tiempo, el jardín invadido por ortigas y maleza, y las ventanas selladas con tablas cruzadas. En la entrada, una cuerda trenzada colgaba del alero, adornada con tiras de papel blanco. Miki —más valiente, o quizás más torpe— atravesó la cuerda sin dudarlo. Sentí un escalofrío recorrerme la columna, pero la seguí; como siempre.

Dentro, la casa olía a humedad y madera podrida. Sin embargo, todo permanecía intacto: las sandalias de abuela alineadas, el altar de los antepasados cubierto de fotografías envejecidas, la tetera aún sobre el fogón de carbón. Ninguno de nosotros hablaba. Nos movíamos en silencio, separándonos como si hubiéramos crecido de una misma raíz y ahora intentáramos estirarnos hacia direcciones opuestas.

Fue en la habitación del fondo donde encontramos la jaula de los conejos. Había seis, apiñados en un rincón, silenciosos. Parecían observarnos, tensos, sus narices temblando. Al tocar los barrotes, uno de ellos se lanzó contra mí, enseñando los dientes. Nunca había visto un animal intentar morder así. Miki se echó a reír.

“Tienen hambre,” dijo, pero su voz sonó distante, como amortiguada. Me acerqué al armario de la abuela y descubrí ropas gemelas, vestiditos azules que recordaba vagamente de una foto antigua, costuras aún aromatizadas con alcanfor. Al tocarlas, una sensación eléctrica recorrió mis dedos.

Salimos esa tarde, disfrazadas de infancia: Miki en el vestido azul, yo en uno igual. La gente del pueblo —los que aún caminaban por sus propias piernas— detuvo su laboreo para vernos. Una anciana encorvada murmuró algo que no comprendí, un rezo o maldición. Un niño nos siguió un tramo, arrastrando una cometa de papel rasgada.

—¿Recuerdas algo de aquí? —susurró Miki, su mano apretando la mía más fuerte de lo usual.

—Solo en los sueños.

Al anochecer, la niebla era tan espesa que el mundo parecía reducirse al corto haz de luz de nuestra linterna de bolsillo. Caminamos hasta el cementerio, siguiendo los escalones cubiertos de musgo. Allí, en la parte más antigua, descubrimos dos lápidas nuevas, todavía sin musgo ni flores. Y las dos llevaban nuestro nombre. Miki en una, el mío en otra. Sentí un frío helado cerrándose en mi estómago.

Miki se inclinó para tocar la piedra y, en ese instante, un temblor sacudió el suelo. Un leve desfase, como si hubiéramos tropezado con el costado de otro mundo. Supe entonces que el pueblo nos esperaba.

Esa noche, dormimos cabeza con cabeza, unidas por la coronilla, como cuando niñas teníamos miedo y buscábamos el calor compartido. Afuera, los conejos rasgaban la jaula con insistencia rítmica. Soñé con una sala repleta de retratos donde todas las mujeres tenían mi cara, la de Miki, la de nuestra madre. Todas gemelas. Todas repitiéndome el mismo nombre, arrastrando sus uñas por las paredes de la memoria.

Al despertar, Miki no estaba. Busqué por la casa en desesperación, llamando su nombre, pero solo el eco me devolvía respuestas. Los conejos habían muerto, sus cuerpos esparcidos como si hubieran peleado a muerte entre ellos. En la puerta, colgaba una nota escrita con la caligrafía de nuestra madre:

“No repitan mi historia.”

La busqué por el pueblo, llamando, llorando. Los rostros me miraban al pasar, demasiado atentos, demasiado fijos. “¿La has visto?” preguntaba. “¿A mi hermana?” Nadie contestaba.

La única respuesta vino de una anciana que tejía bajo el umbral de su cabaña: “Siempre hay dos. Pero nunca terminan siendo las mismas.”

La noche llegó —demasiado rápido, o quizás siempre había estado ahí— y volví a la casa, ondeando entre la niebla, con los pies embarrados y el vestido azul rasgado. Me tendí en el futón, agotada. La pesadilla volvió, más fuerte. Caminaba entre filas de mujeres que me ofrecían pedazos de piel, trozos de sí mismas, susurrando nombres en mi oído. Vi a la abuela de joven, vi a mi madre. Vi a Miki, pero ella me sonreía desde dentro de un espejo roto, extendiendo la mano que se deshacía en reflejos. Su voz era igual a la mía: “Ven.”

Me desperté con la boca llena de tierra. Mi cuerpo, cubierto de arañazos. Había caminado dormida. La linterna aún encendida a medias, la jaula de los conejos abierta y vacía. Fuera, la niebla merodeaba sobre el jardín, alimentándose de la podredumbre.

La segunda noche, la soledad se sentó a mi lado en el futón. Cerré la puerta del cuarto y la atranqué, pero la pulsión entre nosotras todavía latía, la cuerda invisible atada en la sangre. A medianoche, escuché pasos descalzos cruzando el tatami, las tablas crujían con el mismo ritmo del corazón de Miki. Encendí la linterna, y supe ya lo que iba a ver, pero igual me helé.

Allí estaba, de pie ante la puerta, idéntica a mí, el vestido azul clavado con barro y pelo de conejo. Su sonrisa era una grieta.

—¿Por qué volviste? —su voz era mi voz, pero opaca, sin aire.

Quise retroceder, pero mis pies estaban atrapados. Ella se sentó frente a mí, doblando las piernas igual que yo.

—¿Has visto las lápidas? Antes de que llegáramos, dos niñas murieron aquí. Abuela decía que el pueblo es un pozo, y que en cada generación el agua refleja pares. Algunas salen, otras se quedan. Siempre hay dos, pero solo una cruza el umbral.

Hundí la cara en las manos. El temblor era incontrolable.

—¿Dónde está Miki? ¿Quién eres?

La cosa que llevaba mi cara sonrió, ahora sin dientes. Aproximó su frente a la mía, tocándome piel con piel.

—Hay gemelos en la carne y gemelos en el reflejo. Solo una puede quedarse completa. Es tu turno, hermana.

Sentí el tirón, físico, desmembrando mi conciencia. Vi a Miki, vi a la abuela, vi todas las generaciones de gemelas fundiéndose y separándose en la oscuridad de Nakano-cho. El pueblo no olvida: repite, recicla, devora. Lo entendí en un relámpago: quien se va nunca puede dejar atrás a su doble, porque la ausencia se llena con lo que no debe ser.

Desperté más tarde, mareada de pesadillas. La luz del día era frágil y sucia. Recogí mis cosas y huí del pueblo, casi sin mirar atrás, con la sensación de que algo dentro de mí se partía para siempre. Atravesé campos, vagué por las vías, hasta tomar un tren de regreso a la ciudad, al cobijo cruel e impersonal de los rascacielos.

No le conté a madre lo que había visto ni lo que había hecho. No le dije que, a veces, al mirarme en el espejo, una sonrisa ajena asoma en mi rostro antes que la mía, ni le expliqué por qué, desde entonces, mi sombra parece desdoblarse con una vida propia en los bordes de cada habitación. Tampoco le conté que aún siento a Miki, a veces, tentando mi mente en las madrugadas; o que, en la punta de los dedos, a veces, siento el aliento dulce y podrido de la tierra de Nakano-cho.

Quizás mi madre tenía razón: recordar solo sirve para hacerse daño.

Pero dentro de mí, la grieta sigue creciendo, esperando el regreso al pueblo donde la raíz nunca muere, y la carne compartida termina por pudrirse dos veces.

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