Portada del relato Las Catedrales del Abismo
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Fragmento:


Aquella noche, la llevé a la sacristía y le serví té mientras la tormenta vibraba las vidrieras. No tenía ropas secas ni más palabras tras su súplica. Le recé, busqué en mis libros rituales y antiguos exorcismos, y al alba dormí en el reclinatorio, velando por ambos.

Duración: 08:13

Las Catedrales del Abismo
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Texto de ajuste de pausa.

I

Hay cierta quietud en las iglesias desiertas que nunca me inspira paz. La muerte, disfrazada de devoción, descansa en bancos carcomidos, susurra en las baldosas y se suspende como incienso en el aire pesado que huele a cera muerta. Yo supe esto desde niño, criado por una familia para la cual la liturgia era tan natural como el sueño, pero siempre, al orar, sentía cómo se erizaban los pelos de mis brazos ante el susurro incomprensible de algo más allá de lo humano.

Crecí y, contra la voluntad de mi madre, perseguí la senda del clero. A los cuarenta y tres, ejercía de párroco en Dunleigh, un pueblo tan gris como la niebla otoñal que lo envolvía desde septiembre hasta bien entrado abril. Mi fe era ya solamente un conjunto de hábitos: orar, confesar, dar la comunión, y cerrar la iglesia.

II

No recuerdo el primer detalle de cuándo comenzó lo extraño. Fue gradual, como si alguien desenroscara lentamente el mundo, dejando grietas minúsculas a través de las cuales cosas antes imposibles se colaban. Primero fueron los susurros en el confesionario: palabras incomprensibles de penitentes anónimos. Luego, el humo de las velas formando signos cuyo significado mi mente rechazaba. Finalmente, la aparición de Abigail Lowry en mitad de una tempestad, empapada, temblorosa, con los ojos tan abiertos que apenas parecían humanos.

–Padre Marcus –dijo ella, su voz quebrada como ramas secas–. Han comenzado otra vez.

La única vez que conocí a Abigail, había sido años atrás, cuando su padre se pegó un tiro en el granero tras días de delirio. Decían que veía demonios aferrados a su espalda. Abigail desapareció al segundo día del funeral, y nadie en el pueblo dudaba de que la locura había saltado de padre a hija.

Aquella noche, la llevé a la sacristía y le serví té mientras la tormenta vibraba las vidrieras. No tenía ropas secas ni más palabras tras su súplica. Le recé, busqué en mis libros rituales y antiguos exorcismos, y al alba dormí en el reclinatorio, velando por ambos.

III

Nevaba la tarde siguiente cuando regresó el sonido a la iglesia. Fue como si cientos de voces susurraran al unísono detrás de los muros. Abigail, pálida, temblaba mientras rezábamos en voz alta el Padrenuestro, pero las palabras parecían desvanecerse, anegadas por aquel murmullo Voraz.

–Padre, él está aquí –dijo, susurro helado–. Él siempre observa desde la sombra del altar.

Intenté razonar. El miedo es un líquido viscoso; se infiltra, gota a gota, por la razón hasta ahogar toda certeza. Me vestí con la sotana más antigua y busqué la Biblia negra grabada que algún antecesor dejó en la sacristía. Sus páginas nunca habían sido leídas en voz alta, y la advertencia “Non aperias” (“no lo abras”) tallada en su lomo, no me detuvo.

Leí; la lengua era extraña, más antigua que cualquier himno, más densa que cualquier dogma. A cada palabra, sentía el aire espesarse, como si fuesen súplicas, no rezos, palabras que sangran.

IV

La iglesia gemía. Algo golpeaba desde el subsuelo, detrás del ladrillo y la piedra, como si una gran bestia despierta se desperezara allí abajo, deseando salir tras siglos de cautiverio. Abigail susurró una oración en idioma infantil, y uno de los confesionarios crujió tan violentamente que pensé que iba a derrumbarse.

–Hay un pasadizo bajo el altar –me dijo, sus ojos fijos en la negrura que se extendía bajo la sábana blanquísima del altar principal–. Papá me lo enseñó.

Con temblor en la voz, la seguí. Afuera, la nevada era total, el viento ululaba como un rebaño poseído. Adentro, bajamos por una trampilla oculta, viscosos peldaños de piedra descendiendo a una capilla que jamás figura en los planos. La linterna reveló reliquias destellando como huesos pulidos: crucifijos invertidos, un relicario repleto de dientes humanos, cálices secos por siglos.

Pero en el centro, la losa. Abigail me miró, sus ojos ya no de niña vulnerable sino de alguien más antigua. Entre los salmos, oí algo rasguñando desde bajo la losa, como si lo que duerme ahí jamás tuviese que ver la luz.

–Papá decía que todos los sacerdotes hicieron un pacto –dijo ella–. Uno que se remonta a antes del primer sermón.

No hubo tiempo para preguntas. Desde la iglesia, ruido de pasos, muchos, como si todo el pueblo hubiese despertado de la misma pesadilla. Repicaban las campanas por sí solas. Intentamos cerrar la trampilla, pero no se movió. La losa vibró y de debajo emergió, no una figura, sino una oscuridad más densa que la ceguera, una grieta de la nada.

V

Cuando intenté rezar, mi voz se quebró. Entre la negrura, vi contornos: figuras encapuchadas, bocas sin rostro, dedos largos arrastrándose por el suelo. Algo reptó sobre mi pierna, su lengua como el aliento del invierno adentrándose bajo mi piel.

–El pacto era de silencio –dijo Abigail–. Ellos vigilan, alimentados de los secretos confesados aquí. La fe les da hambre, padre. El pecado les da forma.

No hay palabras para describir el abuso de realidad ante aquello. El mal que nos acecha no busca poseer el cuerpo, sino la memoria, reescribir la historia con nombres borrados y culpas ahogadas. Vi el rostro de mi padre entre la masa, los ojos llorando sangre, su boca gritando un nombre olvidado.

Abigail comenzó a recitar de memoria la última parte de la Biblia negra. A cada verso, la criatura retrocedía, quemada por palabras tan antiguas que parecían cicatrices en la piedra. Pero el precio era alto. La voz de Abigail se tornaba ronca, vacía. A cada estrofa, su carne se agrietaba como cera expuesta a fuego.

VI

Los pasos arriba se dispersaron. Ahora eran lamentos. Supongo que los fieles, enloquecidos por las confesiones susurradas a medianoche, no pudieron salvarse. Los oí rasguñar la puerta de la cripta. La oscuridad bajo la losa, hambrienta, comenzó a derramarse como brea.

Con fuerzas que no reconocía, forcé a Abigail a subir la escalera. Ella gritó, pero la tiré hasta arriba. Algo invisible me cegó, arrancó de mi piel al subir, la lengua del abismo rozando lo más profundo de mi culpa. Antes de cerrar la trampilla, escuché la voz de mi propio hijo muerto recitando las mismas palabras prohibidas.

Encerrados de nuevo, caí de rodillas ante el altar destrozado. No había oración que liberara los pecados ahora. El organista, Murray, yacía en un banco con la boca costurada. Las velas derretidas dibujaban un círculo en torno a nosotros.

VII

Pensé que el horror acabaría con el alba, que la luz traería al menos la locura y no el pánico. Pero el sol nunca entró por las vidrieras. Afuera, la nieve era tan espesa que el mundo era solamente sombra y frío.

A la siguiente noche, los villancicos llegaron retorcidos, de la boca de los que habían muerto el invierno pasado. En el altar, la madera crujía como hueso partido. Abigail, envejecida en horas, ya no lloraba. Me pidió que le confesara. Cuando terminé, se levantó y fue tras el altar, a la trampilla. Me prohibió seguirla.

Sus pasos resonaron en la piedra y cada vez en la cripta el silencio era más denso, más pesado, hasta que hubo un crujido final. Comprendí, entonces, lo que el pacto exigía: a cada generación, una vida abierta en sacrificio, una memoria vaciada en nombre del olvido.

Caí, exhausto, entre bancos. Afuera, el pueblo despertaba. Nadie recordaba la noche. El organista tocó “Te Deum”. Los niños reían. Todo igual, salvo por la ausencia de Abigail, de quien nadie volvió a hablar.

VIII

No volví a hablar de ello. La fe me abandonó, pero seguí fingiendo. Sé que las noches de luna nueva la iglesia respira, susurra con el estómago vacío. Sé que la memoria del pueblo se escapa gota a gota, y los confesores somos cómplices, manteniendo sellado a lo que duerme bajo la losa orlada de reliquias funestas.

Porque así fue desde antes de la primera misa. Y así será después. La iglesia es la tumba de todos sus secretos. Afuera, la nieve nunca deja de caer. Y en la cripta del altar, bajo los muros cansados, late la auténtica fe: la de las bestias que esperan que olvidemos cómo rezar.

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