Fragmento:
Roque dudó en responderle. Las cartas, con sus oraciones desmedidas, habían hablado de milagros, de una aparición que les prometía prosperidad, de un “bautismo de la tierra”, como lo llamaban. Pero fueron las últimas palabras escritas –“el lodo nos reclama, padre, venga a dar fe…”– las que arrastraron su voluntad.
Duración: 08:07
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El padre Roque llegaba con la sotana enlutada por el polvo del camino, ocultando en su impavidez la sospecha de que jamás debió responder a la carta. Había partidos antes del alba, poseído por la inquietud, siguiendo la indicación con el nombre del pequeño pueblo de Santa Merecida, que ni siquiera figuraba en los mapas de la diócesis. Al poco de cruzar el antiguo puente, el aroma dulzón de la putrefacción le invadió. El lodo se pegaba a sus zapatos y cubría la calzada; perezoso, vivo, licuado por las recientes lluvias. Veía la iglesia a lo lejos, extraviada en un claro entre juncos, salpicada de manchas y musgo.
A cada paso, sus pies se hundían un poco más en esa materia fría y viscosa que exudaba por todos lados. Los paseos de piedra de la plaza estaban alisados y cubiertos de una babilla pardusca. Nadie lo esperaba en la puerta, y solo después de accionar la campana y esperar un sonido que nunca llegó, se atrevió a entrar en la nave principal de la iglesia, pasado el portón carcomido.
Dentro, el aire era más pesado aún, impregnado de humedad. Las bancas deshabitadas, todas menos una, la última al fondo, en la que dormitaba una anciana retorcida en un manto negro, se parecían a embarcaciones varadas en un cementerio marino. Al fondo, la luz caía en ángulos extraños, tamizada por vitrales cubiertos de lodo reseco.
–Padre –dijo la anciana, sin volverse–. Sabía que vendría. El pueblo lo necesita.
Roque dudó en responderle. Las cartas, con sus oraciones desmedidas, habían hablado de milagros, de una aparición que les prometía prosperidad, de un “bautismo de la tierra”, como lo llamaban. Pero fueron las últimas palabras escritas –“el lodo nos reclama, padre, venga a dar fe…”– las que arrastraron su voluntad.
–Hermana, ¿quién es usted?
–Mi nombre no importa. Pero he velado la iglesia desde el último derrumbe –susurró la viejecilla sin mirarlo–. Venga, le mostraré lo que ocurre aquí.
Avanzaron hacia la sacristía, cruzando el altar y bajando por una escalerilla torcida. Abajo, el hedor era nauseabundo. El suelo era un charco de barro denso. Y junto a la pared, apoyado, un crucifijo de madera ennegrecida se doblaba hacia el suelo. Allí, la anciana se arrodilló, y al hacerlo, sus rodillas se hundieron en el limo con un chapoteo húmedo.
–Aquí, cada día, sube más. Trae cosas… cosas que no son para nosotros.
El padre Roque se sintió incómodo. No era más que tierra, agua que cubría los cimientos, pero sin embargo la superficie del lodo bullía con lentitud malsana, como si respirara.
–¿Cosas? ¿Qué cosas?
–Escuche, padre –contestó la anciana, y tocó el lodo con sus dedos nudosos.
Al hacerlo, cientos de burbujas reventaron, y del agua surgieron, bulliciosas, decenas de oraciones en susurros, voces de niños, en un idioma roto, palabras que Roque no comprendía pero que sintió en el vientre, en la nuca, como si mil lenguas le lamieran el alma. Quiso recitar el Padre Nuestro, pero su lengua trastabilló, engrasada de terror.
La anciana, de rodillas, bajó la cabeza sobre el limo.
–Han vuelto otra vez –lloriqueó–. Se alimentan de nosotros, de nuestra fe. El lodo los trae.
Roque retrocedió, pero sentía cómo el barro se pegaba a la suela, como si quisiera retenerlo. Los muros de la cripta temblaban, y unas voces viejísimas reptaban por entre las piedras.
Escapó a la nave. En ese momento, vio a los habitantes: salían uno a uno de casas anegadas; todos tenían las ropas salpicadas de tierra húmeda, las miradas ausentes, sedientas. Se acercaron sin decir nada, mientras la niebla avanzaba desde el río, cubriendo la plaza.
Una niña se le colgó de la sotana.
–¿Nos bautiza, padre? –susurró– Dicen que usted puede cerrar la grieta.
Roque la separó con cuidado, notando la costra de barro en el dorso de su mano, y gritó por ayuda. Nadie respondió. Fue entonces cuando vio que la iglesia, la plaza entera, cedía lentamente, sumida por una fuerza densa bajo la superficie. Le llegaron rezos deformados, promesas de redención. Con exabruptos, intentó recitar un rito de bendición, salpicando agua bendita, pero las gotas se volvían marrones en su mano, volvían barro.
La niña rió, y por un instante, el padre Roque percibió unos dientes negros y rotos, surgiendo de encías llenas de tierra húmeda.
–No es agua, padre –dijo ella–. Es lodo. Es nuestro camino.
Un temblor cruzó la plaza. Donde los pies antes pisaban piedra, ahora el fango se extendía, acunando los cuerpos hacia abajo, invitándolos a hundirse. Los rostros de la congregación se entrechocaban con una devoción bestial.
De pronto, un alarido brotó de debajo de la nave; un clamor que no era humano, mezcla de rugido y lamento. La anciana apareció entonces, cubriéndose el rostro con las manos recubiertas de lodo. Chorreaba barro por entre los dedos, resquebrajados, como muñones.
–Nosotros lo invitamos, padre –balbuceó ella entre sollozos–. Rezamos por un milagro, y vino esto. La tierra se abrió y fue esto lo que germinó.
Roque no podía moverse. Sentía su voluntad arrugada por la presión subterránea del lodo, que tiraba y masajeaba sus pies. Intentó separarlos, pero el barro era como cemento húmedo. Quiso volver al altar, pero la congregación le cerraba todo paso. Gente de mirada vacía, con sonrisa expectante.
El temblor aumentó. La nave crujió desde sus raíces, y del suelo del altar brotó un rayo negro, una sombra líquida que rezumaba hacia arriba, con una lentitud extraña, grotescamente solemne.
–Padre –dijeron todos los feligreses al unísono–. Es la hora del nuevo bautismo.
Roque, temblando, elevó la cruz. Los símbolos ya no tenían fuerza, y su fe, tan segura en otros tiempos, ahora le pesaba como el limo en su garganta. Quiso orar. Quiso pedir por el pueblo, por sí mismo, por la anciana; pero la oración no subía, no encontraba palabras. En su lugar, solo se escuchaban los murmullos del lodo, promesas andróginas, deformadas, nuevas escrituras.
La niña fue la primera en acercarse a la mancha negra. Se arrodilló en el fango, y el líquido la fue absorbiendo con suavidad reptiliana. La multitud la seguía, uno a uno, hombres y mujeres, hasta el último niño. Desaparecían casi sin resistencia, devorados en un silencio apenas roto por el rumor ululante del barro. Solo Roque y la anciana quedaban ya.
Ella levantó la cabeza. De sus ojos escurría fango.
–¿Vendrá usted también, padre? –preguntó, y por un instante tuvo la voz de miles–. ¿Acepta la comunión de los caídos?
Roque sintió que no había opción. Rezó otra vez, pero al hacerlo, su plegaria salió en un idioma que no era el suyo, una lengua de raíces y hocicos, de tierra vieja. Comprendió, en ese instante –demasiado tarde–, que no rezaba a Dios, sino a algo más antiguo.
El lodo subió hasta sus rodillas. Quiso gritar, pero lo que salió fue una carcajada involuntaria y oscura, como un eco en una tumba de arcilla. La anciana extendió sus manos, lo tomó del rostro y lo sumergió en el barro. Todo fue negrura caliente, besada por voces que lamían y prometían paz. Paz y olvido.
Cuando la comisión de búsqueda llegó, semanas después, hallaron el pueblo sepultado bajo metros de limo negro. Ningún cuerpo fue recuperado. La iglesia había desaparecido, como si nunca hubiese estado allí. Del pueblo solo quedó una cruz de madera podrida, media sumida en un lodazal interminable. Nadie, jamás, volvió a hablar de Santa Merecida. Pero, en los amaneceres de niebla, algún pescador juraba oír, bajo la superficie del lodo, unos rezos huecos, arcaicos, que no pertenecían a hombre alguno.
Y allí, en alguna parte, el barro seguía esperando, hambriento de fe.
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