Fragmento:
Llegué una tarde reseca, cuando incluso el pozo del pueblo rezumaba calor y las piedras respiraban. El aire olía a gasolina lejana, y desde el amplio y arrasado campo, la capilla aparecía como un negro lunar en la costra del mundo. No era más grande que una casa común, pero algo en la tinta de sus piedras, en la forma oblicua de su única ventana y en la cruz que colgaba torcida sobre la puerta, la hacía parecer una ruina de martirio.
Duración: 10:58
I
Nunca vi nada comparable a la Capilla de San Arturio; y hasta hoy, casi cuatro décadas después, el mero recuerdo de sus muros tiznados es suficiente para helarme la sangre con una de esas náuseas de presagio funesto, lo cual ya sería suficiente para el escepticismo de cualquier hombre cuerdo; pero aquellos que hayan respirado el aire a media luna, cargado de esa sustancia oscura que crece donde la devoción y la demencia se encuentran, sabrán que las apariencias pueden ocultar la naturaleza misma del Infierno.
Fue en 1872, en los llanos calcinados de Michogán, donde el padre Serapio Guzmán, hombre grave y lleno de arcanos, fundó su pequeño centro de penitencia en las ruinas de un monasterio raso. El pueblo —el caserío anónimo entre matorrales ardidos y pozos secos— acudía los domingos atraído más por la esperanza que por la fe. Los pocos que no temían esos muros chamuscados, testigos de incendios y mutilaciones antiguas, retornaban a casa con el vaho del azufre colgándoles en las ropas.
Serapio era de rostro grave, voz untuosa y ojos hundidos bajo cejas cenicientas. Decían que había predicado en hospitales y exorcismos, que sabía los nombres reales de los demonios y que su aceite de unción, amarillo y opaco, no era de este mundo. Nadie preguntaba nunca de qué estaba hecho, y cuando rociaba a los enfermos, los postrados se revolvían bajo la piel como atrapados en llamas invisibles. Así, la leyenda de la unción quemante corrió más rápido que las ardillas asustadas al crepitar de la maleza, y pronto nadie acudía a San Arturio sin pensar en fuego.
II
Fue aquí donde me enviaron, por encargo del obispo Pelagio, a investigar los rumores de herejía y “prodigios”, y a devolver, si era posible, la serenidad de la ortodoxia a la región. Confiaba entonces, como hoy, en la razón; el miedo para mí era sólo un instrumento literario, una ruina psíquica reservada a los supersticiosos. Así partí, armado con pluma, rosario y la convicción de que todo horror tenía su explicación.
Llegué una tarde reseca, cuando incluso el pozo del pueblo rezumaba calor y las piedras respiraban. El aire olía a gasolina lejana, y desde el amplio y arrasado campo, la capilla aparecía como un negro lunar en la costra del mundo. No era más grande que una casa común, pero algo en la tinta de sus piedras, en la forma oblicua de su única ventana y en la cruz que colgaba torcida sobre la puerta, la hacía parecer una ruina de martirio.
El sacristán, un anciano escuálido con voz de calabaza hueca, me recibió con silencios y miradas vacilantes. Me habló en susurros secos, siempre refiriéndose al padre Guzmán con un respeto nervioso. “El padre está en oración. No debe hablarle hasta que caiga la noche”, dijo, y me dejó esperando bajo el pórtico, mientras el sol laceraba con su última garra el campo muerto.
Esperé, entonces, hasta que la noche filtró la última luz y el aire se tornó frío, casi cruel. En ese silencio se oían pasos arrastrados dentro de la capilla, un rumor de hábito y algo más, quizás el roce de pies que no pertenecen del todo a este mundo. Salió por fin Serapio, su silueta recortada por una llamarada fugaz que chisporroteaba todavía en el altar, aunque los cirios estaban apagados.
“Dios es fuego que consume”, me saludó, la voz susurrando cerca del umbral. Sentí en ese instante que las palabras resonaban en mi estómago como un eco de antiguo sufrimiento. Hice la señal de la cruz y sus ojos centellearon amarillos por un segundo.
III
Durante los días siguientes presencié el ritual de la unción. Era siempre de noche, y sólo asistían los desesperados, los cuya dolencia había vencido la prudencia: poseídas, epilépticas, familias enteras acosadas por rachas de mala suerte y pequeñas epidemias. Serapio vestía una sotana tan negra que tragaba la luz. En su homilía nunca usaba latinajos ni exorcismos comunes; sus oraciones eran tónicas de rabia y promesas de purificación mediante el sufrimiento.
El aceite se preparaba en la sacristía, jamás ante ojos ajenos. Yo sólo podía espiar desde el ángulo de una puerta astillada, viendo cómo el padre removía una mezcla que chisporroteaba como si ardiese en llamas heladas: el ungüento, grueso y opalino, era vertido sobre la piel desnuda de los enfermos, que inmediatamente gritaban y se contorsionaban como si ardieran desde dentro. El olor era el del pecado abierto; una mezcla de grasa quemada, incienso rancio y un amargo rastro a azufre.
Después de los rituales las heridas de muchos desaparecían, pero algo nuevo brotaba en su mirada: un brillo malsano, una sombra fetal de horror que permanecía hasta meses después, según los que se atrevían a contarlo.
Me pregunté, con creciente ansiedad, qué infierno personal alimentaba semejantes poderes. Había oído, ya de joven, historias de unciones que quemaban el alma, de sacerdotes herejes que mezclaban sangre de animales con tierra de cementerio y llamaban, sin saberlo, a entidades que se alimentaban del dolor purgado.
IV
Empecé a vivir noches acezantes, despertando entre sábanas frías, cubierto de sudor, oliendo el humo invisible que se colaba por las rendijas. Sueños, si así se les puede llamar, se adherían a mis párpados: veía a Serapio vertiendo óleo sobre su propio corazón, arrastrando tras de sí toda la capilla en un incendio perpetuo, donde las almas de los sanados gritaban en el reverso del mundo.
En el último de estos sueños el rostro del sacerdote se giraba giraba hacia mí. Me ofrecía un cuenco lleno de aquel aceite espeso y ardiente: “Bébelo”, ordenaba, y sus palabras eran siempre seguidas por el crepitar de leña en el fondo del cráneo.
El miedo —algo que nunca creí real— empezó a incorporarse a mi sangre.
V
A los ocho días de mi llegada al pueblo, una mujer llamada Dalia fue llevada a la capilla. Había estado poseída, decían, desde la primavera anterior, y se sospechaba, con pavor de los antiguos, que su espíritu era visitado por un demonio cuyas garras podían cruzar la carne y el tiempo. Su esposo suplicó a Serapio un exorcismo distinto, una misa por su alma quemada.
Aquella noche la capilla se llenó de los crujidos de quienes no cabían adentro. Serapio revistió la mesa del altar con un mantel de lino oscuro, y a la mujer la ataron de pies y manos con tiras de cuero. La lámpara más cercana chisporroteó como si supiera lo que vendría.
Empezó el ritual. El aceite, tras un breve rezo, fue vertido en el vientre de la mujer. Ella rugió con una voz que era y no era la suya, y de su boca brotó un humo negro y denso. De pronto, un grito bajo la mesa, como de niño ahogado, heló la sangre de todos. Nadie se movió, ni siquiera cuando el humo se arremolinó y pareció tomar forma de manos, garras y caras sin párpados.
El sacerdote gritó palabras que no estaban en ninguna Biblia, palabras que suplicaban venganza a un dios de fuego y sombra. Dalia, transformada, escupió llamas blancas, luces danzantes que saltaron de un rincón a otro mientras la madera comenzaba a chisporrotear. Las losas bajo sus pies ardían sin consumir nada y el aceite del altar parecía multiplicarse, fluyendo por las baldosas, lamiendo los pies de los testigos.
Nadie recuerda cómo terminó. Hubo quienes dijeron que la capilla se consumió en una sola llamarada y resucitó antes del amanecer, igual de ennegrecida pero conservando el olor de la carne asada. Dalia no volvió a ser la misma: se fue del pueblo, diciendo que algo había entrado en ella allí, y que algún día volvería para prender fuego al mundo.
VI
Después de ese episodio quise partir. Mis cartas al obispo, sin embargo, se desvanecieron en el camino. El correo nunca llegó, mis súplicas de relevo no recibieron respuesta. Cada vez que intentaba alejarme de la capilla, el polvo me hacía regresar. El sacristán me confesó en un balbuciente hilo de voz: “Aquí nadie se va… salvo que el padre se lo permita”.
La piel del pueblo cambió en cuestión de semanas. Los niños empezaron a nacer con pequeños lunares grises en las palmas; las viudas contaban que sentían marcas ardientes en la cabeza durante las noches sin luna. Unas sombras acechaban a los perros, y la misma iglesia rezumaba una humedad aceitosa incluso bajo la sequía interminable.
Serapio me citó una noche en la sacristía, sólo nosotros y la lámpara oscilante, cuyo resplandor bailaba como lenguas de fuego en miniatura. “Todos estamos manchados, hermano”, me dijo. “El infierno ya no es un lugar: la unción nos lo ha traído aquí”.
VIII
En mi última noche en el pueblo, el crujido de las llamas fue real; el sacristán entró corriendo, mojado en sudor y gritando: “¡La capilla, la capilla!”. Corrí fuera: de las ventanas brotaba humo azul y un chillido inhumano. Contra toda razón, entré.
El interior era un torbellino de humo, calor y vapor aceitoso. El altar ardía, rodeado de figuras que se doblaban y agitaban —más sombras que fieles— y al fondo, Serapio de pie, el aceite humeante cubriendo brazos y rostro como una máscara de cera derretida. Al verme, sonrió: “Dios consume lo que ama”, murmuró.
Algo me empujó al suelo; me vi arrastrado ante el altar, boca abajo en el aceite ardiente, quemándome hasta el tuétano. Serapio tomaba puñados del líquido y los arrojaba sobre sí mismo; su piel, desgarrada y candente, escurría una luz negra. Desde las bóvedas el humo descendió como tentáculos, introduciéndose en mis fosas nasales y garganta. Sentí, en ese trance, la presencia de otras entidades detrás de la llama física: antiguas, hambrientas, atentas, y una voz que repetía —la de Serapio, o de algo adentro de él— “La unción es la puerta, el incendio la llave”.
En algún recodo de la memoria perdí el sentido. Cuando desperté, estaba solo y cubierto de cenizas. La capilla seguía allí, más ennegrecida, intacta como si hubiera despertado de una pesadilla. El sacerdote había desaparecido; el pueblo, esa misma mañana, abandonó sus casas y dispersó sus nombres hasta perderse en los caminos.
IX
Hoy, a veces, huelo el rastro del aceite y veo resplandores bajo mis párpados. La ceniza no me abandona nunca; a veces, cuando me afeito, veo en la cara lunares grises, marcas de quemadura que se extienden por las mejillas —y recuerdo la promesa de Dalia, la que ardería para siempre.
Si aún escribo esto es sólo para advertir al lector de ese horror que espera tras cada rito deliberadamente olvidado, tras cada capilla ennegrecida en los márgenes de la razón. Hay ungüentos y llamas que no curan, sino que abren, y al abrir —Dios o demonio mediante— permitimos que la oscuridad venga no a arder, sino a ungirse en nosotros. Y en ese aceite, más opaco que la misma noche, nada se apaga jamás.
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