Portada del relato Las campanas del alba
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Fragmento:


Desde el primer día lo supe: no había cruzado el umbral de un templo, sino de un sepulcro. El hedor helado a incienso mal ventilado; los ecos de los cánticos infantiles chocando contra la húmeda piedra y las miradas esquivas de los dos monaguillos asignados como asistentes, tenían más de exorcismo que de hospitalidad.

Duración: 09:51

Las campanas del alba
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Texto de ajuste de pausa.

Me llamo Ismael Contreras y, aunque en mi historial de vida figuro como antropólogo retirado, sé que en el fondo siempre he sido doblemente aquello que todos detesto: curioso e iluso. Mi doctorado lo corroboran diplomas polvorientos y los recuerdos de los viejos congresos, pero el ansia de escarbar más allá de lo permitido me la sembró el hombre que habitó el sótano de la casa contigua cuando yo tenía trece años.

De nada me sirvió la especialización en rituales sudamericanos, ni los sólidos y robustos tratados que pululan en mi biblioteca, el día que acepté lo que parecía un simple trabajo de inventario. Y es que hay almas que, como polillas ciegas de furia, buscan la lámpara sagrada solo para acabar abrasadas; algunos lo llaman destino, pero yo prefiero el término maldición.

Corría el año 2008. El sacerdote Francisco Telenes, un anciano conocido por sus interminables sermones de amenaza y redención, se había desplomado en plena misa navideña en el pueblo vasco de Arrazua, donde el viento helado de diciembre araña las fachadas de piedra y mantiene viva la leyenda de que cada casa tiene su muerto. En la parroquia de San Graciano crecía una inquietud muda tras su deceso: la diócesis me contrató para organizar y catalogar una suerte de colección secreta sustraída de las catacumbas por generaciones de curas. Era, según el obispo, solo cuestión de “aunar cultura con caridad cristiana” y enviar todo lo encontrado al Museo Diocesano. Lo que nadie dijo en voz alta fue que la mayor parte de la aldea recibía la noticia del fallecimiento de Telenes con el alivio de quien termina una penitencia.

Desde el primer día lo supe: no había cruzado el umbral de un templo, sino de un sepulcro. El hedor helado a incienso mal ventilado; los ecos de los cánticos infantiles chocando contra la húmeda piedra y las miradas esquivas de los dos monaguillos asignados como asistentes, tenían más de exorcismo que de hospitalidad.

El sótano, al que descendí con la ayuda de una linterna de mano y un crucifijo heredado de mi abuelo (de esos objetos que se llevan por prurito psicológico), era un lóbrego almacén de fe rota. Entre cajas y armarios carcomidos por la humedad, encontré lo que –en un primer momento– juzgué parafernalia inútil: estolas moradas, cálices resquebrajados, libros de cuentas de misas de difuntos, santos de porcelana con los ojos arañados y, bajo un paño de lino ennegrecido, una urna sellada en cuyo cristal se dibujaba el signo de Salomón.

La urna, me dijeron los chicos, perteneció a Cipriano El Principio, el primer párroco documentado del pueblo. Contenía, según la leyenda, “los huesos del hereje” –una reliquia cuya historia cacofónica mezclaba el rumor popular y los registros manuscritos que dormían bajo llave en el archivo parroquial. Un hereje, continuó el más locuaz de los monaguillos, cuyo nombre nunca debía pronunciarse y cuya historia de tormento y apostasía estaba reservada para espantar a niños traviesos al anochecer.

Obvié las advertencias. El segundo día, abrí la urna. Apenas lo hice, el resplandor de la linterna se atenuó, tornándose de pronto en un titilar morado. Entre la arena y el aserrín, yacía un montículo de huesos traslúcidos, como sumergidos en un charco de aceite. Mezclados entre falanges y vértebras, distinguí fragmentos de pergaminos escritos en un latín que no reconocí. Tomé uno; al contacto, la piel de mi mano se tornó fría y mis ojos se nublaron.

Debí irme. Debí tomar como advertencia el escalofrío que serpenteó mi espalda y el súbito olor metálico que saturó el sótano, pero la voz lógica se había evaporado. Descifrar la caligrafía demoníaca de aquel manuscrito se volvió una obsesión. Las noches siguientes, solo en la pensión del pueblo, los símbolos y frases saltaron de la página a mis sueños: invocaciones para “abrir la puerta”, “ver entre rejas de fuego” y una llamada al “Señor del Evangelio Silente”.

No sólo me perseguían las palabras. En la iglesia, sentía siempre una presencia más allá del halo de la Virgen: un murmullo apagado, un zumbido de abejas invisibles tras cada piedra, el eco de pasos nunca dados. A veces las luces parpadeaban y la puerta del sótano amanecía abierta, aunque juraría haberla cerrado. Otras veces, y esto lo juro ante cualquier tribunal, los retratos de los párocos muertos viraban sus rostros cuando yo pasaba, negándose a ser observados.

Consulté con Ernesto Garmendia, catedrático de Epigrafía y uno de los pocos amigos que atesoro. Le envié un correo describiendo los símbolos, calculando obtener apenas un par de recomendaciones bibliográficas. Media hora más tarde me devolvió la llamada, susurrando con voz ahogada: “Ismael, lo que has encontrado es una Letanía Apócrifa, una oración para invitar a… lo que duerme más allá de la fe. No indagues más, destrúyelo”.

Pero cuando un veneno entra al alma, nada basta. Toda la semana siguiente dediqué mis amaneceres y ocasos a descifrar cada fragmento, escribiendo compulsivamente en mi cuaderno. Los nombres olvidados se sucedían: Aduniel, Raccus, Veintiochava Puerta. Los monaguillos dejaron de ayudarme, alegando súbitos “problemas familiares”. El sacerdote sustituto evitaba la iglesia.

Un jueves, mientras llovía sin pausa, algo cambió. A las seis de la tarde, descendí al sótano y encontré una marca nueva sobre la urna: una herida reciente cruzaba el cristal, como un tajo hecho por algo afilado. El olor era nauseabundo. Fue entonces cuando la oí por primera vez: una voz, débil y gutural, entonando una plegaria llameante en un idioma que desconocía pero que, en algún nivel abisal de mi mente, comprendí al instante.

Salí de inmediato, sintiendo el frío escalar por mis vértebras, adivinando el significado de las palabras: “que arda la verdad”. No dormí esa noche. Ni la que siguió, ni la otra. Me sorprendían espasmos musculares y pasé a tener la convicción de que algo había entrado en mí a través de la boca, una infestación insidiosa y subterránea.

El correo de Ernesto se tornó más dramático. Me mandó escaneos de un diario del siglo XVII confiscado por la Santa Inquisición en Navarra: en él figuraba la historia velada del “Evangelio para los ciegos”, un libro al que sólo los apóstatas deformados y los cerdos que devoraban lo profanado tenían acceso. Narraba cómo, al leerlo en voz alta frente a las reliquias de herejía, ciertas almas podían “escuchar la música sin notas y el nombre de aquellos que nunca debieron tener nombre”.

¿Me estaba volviendo loco? El pueblo, en esas fechas, notó mi deterioro: mi carne se pegó a los huesos; mi barba creció desordenadamente; mi temperamento pasó del analítico escepticismo a la paranoia más desabrida. Todo crujido, todo golpe seco en la carpintería, era para mí la señal de algo que me seguía. Varias veces —lo admito con un rubor iracundo— oré, aún descreyendo, suplicando no tanto por mi salvación como por el olvido.

Ya en pleno delirio, una tormenta violenta bloqueó la entrada a la iglesia. No podía irme. Febril, bajé una vez más al sótano, impulsado por la convicción de que “algo” me llamaba desde abajo. No sé cuánto tiempo estuve bajo tierra esa noche; la linterna no funcionaba ya y la humedad se pegaba como un sudario a mi ropa. El sótano no era el mismo: bajo la escalinata se había abierto una hendidura, tan profunda como para tragarse la luz.

Me arrodillé ante la urna y, sin pensar, recité los fragmentos descifrados del manuscrito. En cuanto la última palabra salió de mi boca, oí un clamor de pasos descalzos. Hileras de sombras se materializaron a mi alrededor: figuras de hábito oscuro, rostros mutilados, bocas selladas con cera negra. No hablaban, pero su desesperación era tal que la comunicaban sin necesidad de palabras: me tendían los brazos, suplicando liberación.

Bajo una presión indescriptible —un fervor espiritual invertido—, la urna se hizo añicos y de entre el polvo emergió un cráneo, suave como alabastro, surcado de inscripciones augurales. Los ojos, por un instante, brillaron. Todo mi cuerpo se tensó: la plegaria interna que recitaba la voz que ya no era la mía empujaba la realidad a romperse.

Una presión insoportable, desde el centro del pecho, me derribó. Entre convulsiones, sentí al “Señor del Evangelio Silente” calando en mis nervios, escarbando por un conducto invisible en el occipucio hasta clavarse tenaz en mis recuerdos. Vi por sus ojos: un mundo de templos con columnas de carne; cánticos coreados por bocas sin lengua; oraciones tejidas en espasmos y mutilación.

Recobré el sentido en el consultorio del doctor Mendieta, tiritando bajo una manta sucia y con la lengua hinchada como si hubiera probado veneno. Habían pasado tres días. Nadie me visitó; los monaguillos murieron esa misma noche en una carretera nevada. El sacerdote sustituto desapareció, dejando en el altar las llaves ensangrentadas de la iglesia.

Abandoné el pueblo antes del amanecer. Dediqué años a empaparme de ciencia, rituales y escepticismo. Pero cada noche, cuando los párpados me vencen, la iglesia de Arrazua retorna a mi mente envuelta en la letanía insomne de las sombras. Sé que me buscan. Y sé, por la sequedad con la que quema el aire en mi pecho, que pronto encontrarán la grieta por donde escapar de nuevo.

Al concluir este relato, dejo las palabras grabadas aquí como advertencia, tal vez como testamento: hay reliquias que encarnan siglos de hambre y de fe retorcida. Hay evangelios que no salvan, sino que ciegan. Y hay curiosidades que asesinan, con sigilo, la última pizca de humanidad en quien se atreve a mirar demasiado profundo.

No sean tan ilusionados —o tan idiotas— como este que firma.

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